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El amor en los tiempos del cólera, capítulos dos y tres

¡Bienvenidos pasajeros! El día de hoy continuamos nuestra travesía por la novela de García Márquez, y aunque las partes medias suelen ser más cortas que las introducciones, la planeación del mes quiso que hoy tuviera listas mis impresiones no sólo del segundo capítulo sino del tercero, con lo que terminamos hoy la primera mitad del libro, y se nos ha permitido conocer a profundidad a los tres protagonistas.


Cuando terminamos con el primer capítulo les comenté que tenía mis dudas de como iba a recibir al personaje de Florentino, considerando que su rival de amores me pareció muy bien construido. Para mi sorpresa, tras una analepsis de "cincuenta y un años, nueves meses y cuatro días", Florentino es introducido como un personaje con más carisma del que esperaba, en parte porque las múltiples habilidades del personaje (es violinista, telegrafista y trabajador) lo vuelven más interesante, en parte porque está rodeado de memorables personajes secundarios, como su madre y el dueño del hotel.


La construcción del romance entre Florentino y Fermina es el principal foco del segundo capítulo, y aunque tiene algunos elementos problemáticos (la actitud de Florentino roza el acoso), es clara la influencia de Romeo y Julieta en el autor, pues sobresale la ingenuidad de los personajes: ella pasa por un tránsito lento de la lástima a la curiosidad, el se obsesiona por la longitud de su carta de amor, que va decreciendo conforme acepta consejos. Tal es la inocencia de ambos que uno de mis pasajes favoritos es que, pese a llevar semanas sabiendo del otro, y Florentino ya está totalmente enamorado para cuando se da el primer encuentro formal, se sorprenden cuando llega el momento de descubrir la voz del otro, algo tan ridículo bajo una perspectiva contemporánea como dulce, pues marca la inocencia casi fantástica de la relación, que continúa sobre todo por medio de cartas y serenatas, y culmina con una propuesta de matrimonio a los dos años de relación (en medio de la fantasía del amor juvenil, que ella tenga dudas y miedos antes de aceptar logra el cometido de inyectarle realismo a la situación).


Paralelo al cortejo, en el fondo están ocurriendo algunas subtramas que le permiten a García Márquez incorporar un comentario político, que aunque disminuido en comparación con otras de sus narraciones, la enlaza temáticamente con estas. El trasfondo de la familia Daza (un arriero y contrabandista, de posición acomodada pero socialmente marginado) fue un misterio sencillo pero efectivo, y las descripciones de la guerra civil logran contextualizar tanto momentos de humor (cuando Florentino es casi fusilado) como serios (el conflicto es la razón principal del retraso del compromiso). Estas subtramas permiten a Florentino madurar como personaje, y a través de sus ojos se expande el mundo de la ficción conforme lee, trabaja y resiste tentaciones, en el hotel que es casi un mundo contenido en sí mismo, plagado tanto de personajes anónimos como nombrados, y que podría ser el escenario de sus propias historias. Es gracias a estas desventuras, apartadas del romance central, que el lector empatiza con este nuevo protagonista, con lo que se logra el efecto deseado en la inevitable confrontación con el padre de Fermina, que culmina con la separación forzosa de los amantes (sin embargo, debo decir que más trágica que la situación de los dos jóvenes es el exilio de la tía de Fermina y su triste desenlace revelado en una breve prolepsis, pues aquella mujer astuta y carismática se convirtió por mucho en mi personaje favorito del capítulo).


La parte final del capítulo, intuyo yo, es la que volvió a la novela popular entre el público en general pues, sin perder su estilo característico, se presenta la versión de García Márquez de una novela de aventuras: por un lado Fermina enfrentando peligros en el viaje que su padre la obligó a tomar, tanto del clima como de la guerra, y encontrando de forma astuta la manera de continuar la comunicación con Florentino. Este por otra parte, se embarca en la búsqueda del tesoro hundido, pero es estafado y es víctima de varios negocios fallidos; mostrando la terca fuerza de voluntad de la primera y la mala suerte del segundo, características que los marcarían el resto de sus vidas. El reencuentro está marcado por el rechazo de una desencantada Fermina al ver rota la imagen que tenía de su novio a distancia, un comentario a la realidad de las relaciones (sobre todo las juveniles), pero este final es la prueba definitiva de la transformación de mi experiencia lectora: iniciando el capítulo buscando odiar a Florentino, lo terminé empatizando con su duelo, y considerando a Fermina frívola en su trato hacia él.


El tercer capítulo, el más largo hasta el momento y por mucho mi favorito de los que he leído hasta el momento expande la estrategia narrativa de saltar tanto de puntos de vista como con el tiempo del relato para dedicar, prácticamente a partes iguales, a sus tres personajes protagónicos, quienes reciben por primera vez el mismo foco. Al igual que el autor, en esta ocasión no diré mis opiniones en orden cronológico, sino que las dividiré por los personajes, en el orden en el cual me interesaron.


Tras un excelente segundo capítulo, Florentino por desgracia aparece en su mayor parte desdibujado, con el corazón roto, abandonando la música y un muy buen trabajo en su melancolía. Sin embargo, su caracterización es más compleja de lo que aparenta, pues no existe el odio hacia Fermina y Juvenal, sino un autodesprecio pues los ve como la pareja perfecta, su enlace una inevitabilidad, y comienza un intento de olvidarla con resultados mixtos. Es aquí donde comienza su descenso erótico, con una virginidad robada y un amorío compartido con la viuda de Nazaret (descrita por el autor como ambos "lanzándose mutuamente a la vida"), revelando su carácter obsesivo al llevar registro de todas sus amantes (García Márquez le comparte al lector que eventualmente llegarán a las seiscientas veintidós frecuentes, más los incontables encuentros casuales).


Fermina por otra parte, quien parecía frívola en su rechazo a Florentino en el capítulo pasado adquiere en el tercero nuevas dimensiones al mostrar también su rechazo inicial por Juvenal. Lo que en una lectura superficial parecería como una actitud cruel puede ser reinterpretado desde una perspectiva femenina ¿por qué Fermina es juzgada por rechazar a sus dos pretendientes, no acaso tendría derecho a permanecer sola? Esta etapa del segundo cortejo está lleno de situaciones divertidas (como el asunto con la muñeca embrujada) como incluso homeróticos (una fascinante relación con la prima Hildebranda), en medio de un comentario sobre el delicado equilibrio social de su familia (Juvenal debe sacrificar gran parte de su capital social por ella). Caracterizada como un personaje rebelde, fumadora y voluntariosa, no deja de llamarme la atención que sólo se interesa por el doctor cuando le comienza a llamar la atención a su prima, revelando su carácter posesivo y orgulloso que se consolida en la noche de bodas, en la que ella lleva la iniciativa y el control del ritmo. En ese apartado, celebro que García Márquez ponga al joven matrimonio a conversar la primera noche, sin culminar el acto sexual, y que cierre el capítulo describiéndolos no como enamorados, sino como cómplices y amantes efectivas, una perspectiva fresca del matrimonio, sobre todo arreglado.


Sin embargo, de nuevo mi personaje favorito es Juvenal, en parte en sus intentos de seducir a Fermina (donde regresan elementos recurrentes como la música, las cartas y el ajedrez), que me parecen el equilibrio perfecto entre noble y manipulador, pero sobre todo por su actitud ante el cólera, que por fin ocupa su lugar como elemento narrativo clave. Aunque la caracterización del doctor parte de un cliché (el hombre educado que regresa al tercer mundo), me pareció uno de los mejores momentos emocionales del libro, que muestra algunas de las realidades más duras del ser adulto, como desencantarse de la infancia y la ciudad natal, que se recordaban con nostalgia, pero aún así sentir la obligación de quedarse. En ese sentido, la ciudad anónima cobra mucha más personalidad que incluso en el primer capítulo, y sus intentos de sanear la ciudad de pésimo drenaje, combatiendo los prejuicios y supersticiones de la época, lo logran aún más entrañable, sobre todo en su victoria para una ciudad que se niega a morir "pese a los mejores esfuerzos de sus habitantes por lograrlo".


Si el cólera permitió que Juvenal se convirtiera en un héroe y propician el primer encuentro con Fermina, en la historia de Florentino el brote se vuelve un obstáculo que lo mantiene aislado en el barco de su destierro. Sin embargo, este no es el único hilo conductor entre los tres personajes, y los dos rivales de amores son paralelos en más sentidos de los que ellos imaginan, incluyendo la relación con el padre (Florentino nunca es reconocido por el suyo, Juvenal se obsesiona con el legado del propio); y aunque Fermina piensa constantemente en los dos, García Márquez lo plantea con tal habilidad que, raro en historias de triángulos amorosos, Fermina nunca queda caracterizada como mentirosa con uno en la añoranza del otro, sino que se recrea en emociones más complejas. Junto con las aventuras inverosímiles y un par de interesantes referencias bibliográficas (a Víctor Hugo y Oscar Wilde), la novela comienza a introducir una lectura un tanto picaresca del destino, como prueba el elemento narrativo de una foto perdida de Fermina que, de alguna manera llegará a Florentino, una historia que deseo con fervor, García Márquez decida contar en la segunda mitad de la novela.





Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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