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El pudding de Navidad/El cofre español

¡Bienvenidos pasajeros! Se aproxima el momento de comenzar en esta sección la discusión de una nueva novela, como anuncié a principios de año; y aunque me gustan este tipo de proyectos, tienen una desventaja con la que siempre he lidiado, que es que se pierde un poco de la diversidad que he intentado conservar en este espacio, al concentrarnos en una sola historia, a veces por meses completos.


Por eso, he decidido que el día de hoy hablaré no de uno sino de dos relatos de la misma autora, protagonizadas por el mismo personaje; y para mi suerte son dos historias que están entrelazadas casi desde el inicio, pues aunque nacieron en la prensa, cuando llegó el momento de publicarse en forma de libro formaron parte de la misma antología, que releí recientemente. Son, en mi opinión los dos mejores de la colección y aunque en tono son muy distintos, ambos son ejemplos típicos de lo que debe contener una buena historia de misterio.


Si bien el detective en ambos relatos es Poirot, de quien hemos hablado en muchas ocasiones anteriores; las historias son radicalmente opuestas: en el pudín de Navidad, el misterio se trata de identificar a la ladrona de un extraordinario rubí antes de que el escándalo se destape, pues involucra dignatarios extranjeros, y el detective acepta el caso renuente, tratando de negarse al inicio; con el resultado siendo una aventura ligera, bastante cómica, en la que los culpables son bastante evidentes y el principal atractivo es la forma de descubrirlos, con la autora recuperando elementos de la comedia de enredos. En contraste, el cofre español es un homicidio más convencional, donde el culpable es desconocido; por lo tanto el tono es considerablemente más serio, pero la principal diferencia es la actitud de Poirot, que en esta historia tiene un fuerte interés por el caso mucho antes de ser contratando, siendo mucho más activo en la trama, aunque, irónicamente, un poco menos ingenioso.


Tales son las diferencias, pero creo que leerlas en conjunto resulta en una experiencia muy interesante en dos niveles. En el primero, el de los tropos y arquetipos del género, pues los contextos de las dos historias son tan similares como distinta es la ejecución: un triángulo amoroso es el detonante de ambos misterios, la solución al acertijo se encuentra en una fiesta alrededor del cual se construye el caso, con los invitados (ocho en el pudding, seis en el cofre) integrando la lista de sospechosos y el elemento de carrera contra el tiempo (el rubí debe ser recuperado antes que la prensa publique la historia, el verdadero asesino debe ser encontrado antes de que el sospechoso arrestado sea condenado). Por otro lado, en cuanto al tratamiento del personaje principal, ambos relatos dan a Poirot una dimensión de humanidad ausente en muchas de sus otras historias, que roza lo picaresco, pues en ambas la posibilidad de un interés romántico para el detective es planteada (en uno como un coqueteo inocente, en el otro como una atracción prohibida), y se le dedican párrafos a explorar su soledad y psicología sentimental. Si bien en las historias de Christie la trama en términos generales es más fuerte que los personajes, en estos dos relatos es donde el protagonista presenta mayor carisma, elevándolo más allá de un recurso narrativo. Cerrando con el aspecto de las similitudes, me parece interesante una conexión temática más, que es que aunque la mayoría de los personajes tienen una posición relativamente acomodada, la interacción clave para resolver el misterio es una conversación con un miembro del personal de servicio, que Christie suele retratar como más observador pese a su falta de tacto.


Aunque disfruté los dos, quiero comenzar el breve análisis individual con el que me parece el menos efectivo de los dos: el pudding de Navidad. En esta aventura que, como dije anteriormente, es muy cómico, tiene un ritmo impecable, con una narrativa que con cincuenta y cuatro páginas de extensión ocupa el nicho perfecto, lo bastante largo para desarrollarse de manera apropiada, pero sin alargarse demasiado. La estructura es en cinco capítulos, uno dedicado al planteamiento del misterio, un segundo dedicado a la presentación de los personajes y la subtrama, el tercero una brevísima transición con un giro inesperado; el cuarto la climática cena donde se presentan todas las pistas del misterio y un último capítulo que es una excelente subversión de la estructura de la narración, pues se trata de una resolución extendida que está planteado como si se tratara del primer acto de un nuevo misterio, lo que hace que el giro funcione.


Como mencioné en el resumen introductorio de la historia, la identidad del responsable del robo de rubí es evidente desde el segundo capítulo (aunque su conexión con la autora material resulta difusa hasta el final), y quizá es por eso que fue el que menos me gustó de los dos, además de que un par de los personajes (sobre todo David) permanecen subdesarrollados. Sin embargo, la autora tiene una gran virtud, y es que está consciente de lo "fácil" que es resolver el misterio, por lo que en este relato perfecciona su metodología de dar pistas falsas, no sólo con un inesperado "segundo delito", sino con la introducción de nuevos elementos que confunden al lector, pero que en retrospectiva favorecen la coherencia interna del relato. La nota de advertencia que aparece en la recámara del detective es quizá el mejor ejemplo de estos recursos, pues es de las pocas ocasiones en las que Poirot queda verdaderamente perplejo. Los personajes, pese a su simplicidad, son efectivos, pues creo que favorecen la construcción de atmósfera y el sentido del humor que la autora busca construir, brillando en ese aspecto el viejo coronel (hilarante), la anfitriona de la fiesta (cuyo diálogo logra volver interesante la exposición) la acidez de la cocinera, la chispa de la mucama y los tres jóvenes invitados (en particular Bridget), con mucho carisma y cuya subtrama, de planear una travesura para engañar al detective no sólo es hilarante, sino que apuntala de manera sensacional la trama principal con un doble giro muy bien logrado.


El cofre español, por otro lado, tiene exactamente la misma extensión de páginas, pero la lectura es al mismo tiempo más ágil y más estructurada, pues la división capitular es mayor (nueve, de tamaño distinto); con principios y finales muy bien definidos pero redactados de tal forma que siempre esté presente la tentación de continuar la lectura (una vez terminada la primera mitad del relato, me fue imposible dejarlo hasta terminar). En el caso de esta historia, en mi relectura me pareció fascinante en particular el primer capítulo y la primera mitad del segundo, pues ambos muestran una visión melancólica de Poirot, añorando a su amigo Hastings, así como su frustración por la falta de un compañero de investigación interesante una vez que se ve seducido por el crimen narrado en el periódico. Los capítulos dos a siete siguen el mismo patrón: el detective hablando con un personaje (la clienta, el investigador, los testigos, el acusado, el sospechoso), antes de resolver el caso en los dos últimos capítulos; sin embargo, la personalidad de cada uno de estos personajes es tan distinto que en ningún momento el texto se siente repetitivo, cada segmento tiene casi su propio espíritu.


La incorporación explícita de Otelo como referencia meta textual es excelente, y aunque en muchos sentidos es una historia arquetípica; realiza dos innovaciones relevantes, pero que se han convertido en nuevos tropos: por un lado, el concepto sencillo pero fascinante del misterio de habitación cerrada, en el que todo indica que sólo dos personas pudieron realizar el crimen, pero ninguno de los dos convence al investigador. Por el otro, una deconstrucción del cliché de la femme fatale que debió ser revolucionario en su época, considerando historias similares de sus contemporáneos. Debo decir que logré deducir la identidad del culpable antes de que se revelara, pero el otro giro, necesario para darle sentido a un misterio en apariencia indescifrable fue uno que no vi venir, y que fortaleció el clímax, que, de forma inesperada, logra ser satisfactoria pese a la falta de una típica confesión o arresto (el final, sin embargo, no es abierto, pues Christie ha trabajado a Poirot de tal forma que el lector tiene certeza absoluta en sus deducciones sin necesidad de comprobación empírica).


Ninguno de los dos misterios tiene mayores pretensiones, explotando el género de forma fresca pero sin reinventarlo, y es en esa sencillez es donde radica su efectividad, dos lecturas ligeras que dudo dejen insatisfecho a un lector curioso.



  • Título original: The adventure of the Christmas pudding/The mystery of the spanish chest

  • Autora: Agatha Christie

  • Año de publicación: 1960




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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