Extiendo mi mano muda
- raulgr98
- hace 17 minutos
- 5 Min. de lectura
Bajo la luna nace un anhelo, revelando un vacío que el sol logra ocultar. Quiero ser abrazado por las olas serenas de un mar en calma, que el viento se torne en dulce melodía para arrullar mis noches de insomnio, que el invierno recupere la calidez que alguna vez me trajo; su fuego en la nevada. ¡Grita! me repito, pero incluso cuando logro encontrar las palabras para tejer mi sentir, no puedo sino extender la mano ante la nada, y esperar dudoso que alguien venga a tomarla, pues no hay dentro de mí la voz que necesito para buscar compañía.
En mi salón del trono, rodeado de mis libros y juguetes, mis diplomas y collares, lo tengo todo; pero tales tesoros son efímeros, pues el mosaico está incompleto, y el solo pensarlo me atraviesa con una cadena de culpa, pues ¿Qué derecho tengo yo a victimizarme, cuando no haya día que no sienta el amor de mis padres? ¿Cómo me atrevo a decir que algo falta, cuando toda mi vida sólo he tenido que pedir para que se me conceda? ¿Estoy acaso tan vacío, que a dos meses de una celebración en mi honor me siento en la más absoluta soledad?
Añoro los blanquiazules pasillos del bachillerato, llenos de grietas y polvo; donde cada día parecía un combate. Sí, esos fueron los años en los que descubrí la ansiedad por vez primera, pero incluso en los días en los que parecía que no habría mañana, existía la rutina. Los mismos colores, los mismos rostros, las mismas risas. Eran los tiempos en los que mi mano se sentía cómoda en el silencio, no sabía ni siquiera que estaba muda, pues cuando la vida es la que te obliga a hablar, el esfuerzo no es necesario. Las conversaciones sobre pendientes y tareas surgían con naturalidad, no existía la presión de "ponerse al día", la angustia de esperar la respuesta a un mensaje, el miedo de una amistad perdida. Lo que ahora requiere planeación entonces era espontáneo, y fuera en la reja de entrada, el viejo billar o el camino hacia una casa, siempre existía la certeza: a quienes viste ayer, verás mañana. Es más fácil ocultar el miedo a compartir tus intereses cuando todos viven lo mismo, pues siempre habrá una salida al silencio incómodo.
Pero aquellos días se han terminado, y aunque es doloroso vivir en el recuerdo, también lo es el dar un poco más de esfuerzo. No entiendo. No entiendo. No entiendo. Casi todos los que me hicieron feliz siguen aquí, y cada vez que se organiza una reunión recuerdo lo que es la felicidad plena, pero no son más que encuentros fugaces, separados uno de otro por un abismo que siento cada vez más grande. Las reuniones especiales han dejado de ser suficiente, creo que nunca lo fueron. Quiero más ¿por qué no lo busco?
Todos los días, pienso en un nombre, y un recuerdo florece en mi corazón; pero pronto se marchita, pues sabes lo que hay en cualquiera de tus conversaciones atrapadas en el teléfono: intercambios de diez minutos, separadas por semanas de silencio. Cuando los veo en persona puedo conversar por horas, la madrugada llega de imprevisto, pero ¿con cuantos me he escrito desde que comenzó el año? ¿Cuatro? ¿Por cuanto tiempo? Es entonces que el demonio sobre mi hombro susurra: "si les importaras ellos te buscarían". Sí, vivo atormentado porque aquellos que se llaman mis amigos parecen satisfechos con el encuentro esporádico, pero no puede avanzar de la tristeza y la derrota, pues ¿qué rencor podría guardarles si yo soy culpable del mismo crimen? ¿Con qué derecho hablo mal de aquellos que no me escriben, cuando una sensación indescriptible me impide que yo de el primer paso?
Cuando no escribo, leo, y cuando no leo veo televisión; pero la constante es la misma. Me rodeo de aquellos que sólo existen en la ficción para no reconocer que necesito más compañía de la que he tenido. Pero todas las páginas se acaban, todos los libros se cierran, todos los créditos finales comienzan a correr, y es cuando estas historias terminan que los sentimientos son más fuertes, pues todo lo que me gusta refuerza expectativas que cada mes parecen más imposibles de cumplir: la de una pandilla que salga siempre junta, la de un mejor amigo al que todos los días le cuentes algo nuevo, la de un grupo más íntimo que la misma familia. Pero esa no es mi realidad, y no sé si es el destino o mis propias decisiones. En las noches bajo la luna, estoy demasiado triste para sentir furia, pero más de una vez, no puedo evitar pensar lo más terrible, lo más doloroso, lo que nadie debería decir jamás.
"Creo que no tengo amigos"
Y sin falta, una corriente de aire frío me trae rostros que me miran adoloridos; reclamando, todos aquellos que significan mucho para mí, para los que espero que yo signifique algo, todos aquellos a los que quisiera tener frente a mí, pero me da miedo buscar, pues creo que pido más de lo que puedo recibir, y lloro pues ninguno de ellos es más culpable que yo mismo de mi infortunio. No, mi soledad es peor, y es un laberinto del que no encuentro la salida, pues la verdad es que sí tengo amigos, pero no tengo la capacidad de crear momentos con ellos si las oportunidades no se dan solas por una rutina, o llegan a mí por la iniciativa de otros.
¿Qué es lo que deseo?
Deseo que cuando termino una de las historias que amo, nueva o conocida, alguien esté siempre ahí para responderme.
Deseo un sentido de pertenencia que trascienda a una escuela, un trabajo o los viejos cariños, donde nunca tenga que ocultar mis intereses.
Deseo salir de mi casa con frecuencia, incluso cuando no haya nada especial para celebrar, para jugar con un grupo, intercambiar anécdotas, compartir las memorias.
Deseo poder tomar la iniciativa de planear una salida, iniciar una conversación, proponer un encuentro.
Deseo que los días en que hable con otros seres humanos que no sean mis padres sean la norma, no la excepción.
Deseo que se terminen aquellas largas sesiones de ver las cosas solo, y que incluso cuando lo esté físicamente, alguien con quien hablarlo no esté muy lejos.
Deseo un futuro en el que nunca más tenga que iniciar una conversación con un "sé que tiene mucho que no hablamos..."
Deseo que la próxima vez que vea aquellos grupos de amigos inmortalizados en la pantalla o las páginas pueda pensar "esto es lo que tengo" y no "esto es lo que quisiera".
Deseo a alguien que me mire a los ojos mientras cuento mis dolores más íntimos, y al que no tenga miedo de pedirle un abrazo, alguien con quien hablar diario.
Pero permanezco en silencio bajo la luna, mudo ante la oscuridad; ahogándome en el pesar de la espera, demasiado temeroso para salvarme a mí mismo. ¡Amiga que no conozco, ven pronto a mi encuentro! ¡Amigo que ya está en mi vida, perdóname por mi reclamo, pues son también mis fallos los que me tienen así! Hasta mis lágrimas son silenciosas, pero esto es lo más cerca de un ruego de lo que soy capaz. Estoy extendiendo mi mano ¿cuándo llegará alguien a tomarla?
¡Bienvenidos pasajeros! Perdonen lo experimental de esto que acaban de leer, sin ningún tipo de estructura o revisión. No tenía la intención de un texto de conmiseración, y me disculpo si tal es el resultado, pero hay tantas emociones complicadas dentro de mí que sólo escribiéndolas les encuentro algo de sentido. Me quiero disculpar en especial con mis viejos amigos, por los que siento un cariño inmenso; verme con ustedes es lo mejor de mi vida, pero la infrecuencia de estos encuentros, y sobre todo las dificultades para buscarlos yo, me están atormentando. Es injusto poner sobre ustedes la carga de buscarme, lo sé, pero si leen esto, por favor, un "Hola" será suficiente para empezar.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
Comentarios