La casa de los espíritus
¡Bienvenidos pasajeros! La noche anterior a que ustedes lean esto por primera vez, el lunes 02 de noviembre; me encontré por casualidad con un ensayo que mencionaba tres cuentos como los mejores ejemplos de la relación de los mexicanos con la muerte. Dos de ellos (Chac Mool de Fuentes, y Diles que no me maten, de Rulfo) ya tienen análisis en este espacio, y por eso me pareció interesante buscar el tercer relato, con el que no estaba familiarizado, y del que hay sorprendentemente pocos análisis en línea y el resultado fue inesperado. Debo confesar que en una lectura inicial, la experiencia me desconcertó, pero después de meditarlo un poco, encontré muchos elementos que rescatar en su exploración de la sociedad mexicana.
Situado en un tiempo y espacio indeterminados, aunque se puede deducir que probablemente sea la Ciudad de México en la pos revolución, el relato breve sigue a un notario que recibe la visita de un medi hermano, para suplicarle ayuda pues el padre de ambos, que abandonó al narrador cuando éste era muy joven (puede que incluso antes de que naciera), está a punto de morir, lo que trae a la luz una oleada de traumas y rencores no resueltos mientras vive los últimos días de su padre, y planea el funeral.
La redacción del cuento, pese a su brevedad, puede ser un poco pesada para algunos lectores por una combinación de factores: la autora elige un lenguaje refinado para el monólogo interno del protagonista, que se vuelve casi filosófico en la segunda mitad (lo que contrasta con el diálogo, mucho más directo y cotidiano. La introducción de un nuevo personaje en los últimos párrafos, aunque viene con un desarrollo temático excelente, resulta un poco confusa a nivel narrativo; el manejo del tiempo, con saltos sin una estructura bien definida refuerza la ambiguedad en el relato y por último: la autora decide preservar sus misterios: aunque se pueden hacer conjeturas bastante acertadas sobre porque se rompió la relación de los padres del protagonista, todo permanece en el plano del recuerdo vago, familiar para el narrador pero desconocido para el lector, pues la escritora parece tener una aversión a la exposición.
El efecto inmediato de dicha decisión autoral es que se construye de forma efectiva una buena atmósfera de tensión: el rencor, prácticamente odio del narrador es evidente, pero su pasado permanece rodeado de misterio, lo que impide predecir con total certeza su comportamiento, e incluso cuando toma decisiones, hay incógnitas en sus motivaciones, de las que él mismo llega a dudar. A esta deconstrucción psicológica de la identidad, que ocupa casi todo el cuerpo del relato, se suma un excelente uso contenido de la descripción: el aspecto físico de los personajes nunca es revelado, y aunque la historia transcurre en cuatro locaciones distintas, sólo una es descrita: la vieja casona donde el protagonista vivió su infancia, una sola habitación, donde tres espejos venecianos y un viejo piano son los elementos distintivos: metáforas del trauma y de los peligros de perderse en los recuerdos.
Por desgracia, la existencia de "la otra familia" es algo muy común en la sociedad mexicana, y este relato explora de forma madura los rencores y heridas que esto puede sanar. Las acciones del padre del narrador, sin embargo, rebasan el mero abandono e implican una crueldad que le da otra dimensión al resentimiento del protagonista. Sin embargo, estos recuerdos contrastan de forma evidente con la reacción de la segunda familia del moribundo, un dolor y amor evidentes que el narrador no puede soportar ver; y aunque su padre si pide un perdón y reconciliación en los últimos momentos, ni el protagonista ni el relato le da oportunidad de contar su versión, lo que deja la puerta abierta para la existencia de un narrador no confiable.
De hecho, la decisión de narrar el cuento en primera persona fue brillante, pues sólo conociendo de forma íntima el trauma que siente el protagonista es que el lector puede establecer una conexión emocional con él, antes de replantearse su empatía al observar bajo una mirada atenta su comportamiento: el narrador, cuyo nombre permanece un secreto hasta las últimas líneas del relato (lo que da a pie a una increíble revelación, que es el eje temático de todo el cuento), es un ser amargado y rencoroso, soberbio y condescendiente, encadenado por sus propios prejuicios; tan egocéntrico que en ningún momento de su monólogo interno llama por nombres propios a sus hijos, y se ufana de casi poder leer el pensamiento a su mujer con sólo un par de miradas, pero una a la que minimiza y trata con una indiferencia y tiranía que hoy en día la mayoría consideraríamos comportamiento violento, aunque no se pase al terreno de lo físico. Esta decisión es una intencional por parte de la autora, no sólo porque al negarle voz a casi todos los personajes femeninos (las hermanas, esposa y madrastra del protagonista en el presente, la madre y abuela en el pasado), con una loable excepción en los momentos finales que funciona como voz de la razón, refuerza su condición de sometimiento y explotación (en una crítica que no es explícita, pero sí firme), sino que refuerza el principal elemento de caracterización del narrador: al vivir aferrado al pasado, negándose a cambiar una sola cosa de la casa y usando los espejos como metáfora del trauma; escoge de forma consciente y deliberada su propia infelicidad, pese a tener alternativas claras a lo largo de toda su vida.
Un protagonista más desagradable conforme la narrativa avanza y una atmósfera opresiva, fantasmagórica sin que en ningún momento intervengan elementos sobrenaturales, que entremezcla las relaciones entre el perdón y el recuerdo, cuestionando incluso si lo primero es posible; parecería un texto deprimente, pero sobre todo en relecturas lo encontré, si bien agridulce, también una invitación a la reflexión, y un ruego por tomar el control de las propias decisiones. En ese sentido, creo que Inés Arredondo, en su exploración de la repetición de patrones y la incapacidad de crecer más allá de las terribles experiencias del pasado, escribe un texto adelantado a su época, pues es una excelente representación del trauma intergeneracional que tantas narrativas contemporáneas ha inspirado.
Título original: La casa de los espejos
Autora: Inés Arredondo
Año de publicación: 1965
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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