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Punto final

¡Bienvenidos pasajeros! Hay veces que parece que el destino quiere empujarte a una sola historia, y no te queda al final más que aceptar. En la fase de planeación de la publicación, mi primera idea fue explorar el tema de finales abiertos o narrativas inconclusas; buscando referencias, internet me arrojó el título de un cuento. Como no lo conocía, decidí ignorarlo. Después mi mente viajó a Sudamérica y las dictaduras, pero no a Venezuela, sino a Uruguay, pues pensaba en un trabajo que hice en la universidad sobre dicho país, y al leer un artículo de su literatura en el exilio me encontré el mismo relato, de la misma autora. Mi tercera idea para esta publicación fue regresar al Boom, pero sin ningún interés particular por los cuatro grandes, busqué a los mal llamados “autores secundarios”, y de nuevo encontré su nombre. Finalmente, inmerso en una meditación profunda sobre el cierre de ciclos, recurrí a la vieja táctica de procesar las emociones a través de la literatura, y el audiolibro que por alguna razón la red me recomendó incluyó ese texto al cual le rehuía. Entendiendo las señales, suspendí la narración y busqué una copia del relato del cual al final me decidí a hablar.


Extremadamente corto, probablemente no llenaría dos páginas si lo trasladara a papel, el relato sigue el resquebrajamiento de una relación entre dos personajes anónimos, empujados al rencor y la pena por la incapacidad de poner fin a su romance cuando aún perduraban los buenos recuerdos. Con solo tres diálogos, el relato tiene como prioridad a la atmósfera y la descripción, que es fluida en un estilo prácticamente poético, tan bien lograda que en solo dos párrafos el lector siente que ha sido testigo de una vida completa en pareja, y aunque los personajes reciben muy poca caracterización, sus reacciones a los acontecimientos son tan orgánicos que es muy fácil identificarse con ellos.


La incorporación del elemento fantástico es impecable, pues convertir el metafórico punto final en un objeto real, con dominio absoluto de la relación es clave para que el lector entienda la importancia de saber reconocer cuando las cosas llegan a su fin. En el relato, hay una fuerza que impide que los personajes se separen, pero esa ausencia del punto final, que roza lo sobrenatural, es solo un reflejo de la aprehensión y amargura que impregna a muchas relaciones: al igual que los personajes, a muchos de nosotros nos es fácil perdernos en el ensueño de una relación (y la manera en la que describe la autora el inicio de esta, idílica pero con una sutil sensación de inquietud en el horizonte), e incluso cuando la realidad es evidente, es humano no encontrar la manera de terminar las cosas, incluso cuando es lo que se desea, pero no se reconoce.


Resulta interesante que la enamorada de la voz narrativa sea una mujer, pues aunque el sexo del narrador no se especifica, y permanece ambiguo en la redacción, es una incorporación sutil de los temas de erotismo y lesbianismo que impregnan mucha de la obra de su autora. El final es abierto, pero realista, pues no hay salvación en el horizonte para los personajes, que permanecen encadenados a su pesar, y a recuerdos cada vez más enturbiados. Incluso si el punto final llegara a aparecer, es demasiado tarde ya, pues éste nunca será el mismo que los personajes se entregaron alguna vez, y en eso queda la lección agridulce para los lectores: no sólo es importante saber decir adiós, sino el reconocer cuando es el momento, pues la falta de un punto final puede arruinar el recuerdo hasta del amor más bello.


Emocionalmente muy efectivo, capaz de ajustarse a múltiples contextos de lectura y a más de una interpretación, se los anexo en su totalidad, esperando que lo disfruten.


Cuando nos conocimos, ella me dijo: «Te doy el punto final. Es un punto muy valioso, no lo pierdas. Consérvalo, para usarlo en el momento oportuno. Es lo mejor que puedo darte y lo hago porque me mereces confianza. Espero que no me defraudes». Durante mucho tiempo, tuve el punto final en el bolsillo. Mezclado con las monedas, las briznas de tabaco y los fósforos, se ensuciaba un poco; además, éramos tan felices que pensé que nunca habría de usarlo. Entonces compré un estuche seguro y allí lo guardé. Los días transcurrían venturosos, al abrigo de la desilusión y del tedio. Por la mañana nos despertábamos alegres, dichosos de estar juntos; cada jornada se abría como un vasto mundo desconocido, lleno de sorpresas a descubrir. Las cosas familiares dejaron de serlo, recobraron la perdida frescura, y otras, como los parques y los lagos, se volvieron acogedoras, maternales. Recorríamos las calles observando cosas que los demás no veían y los aromas, los colores, las luces, el tiempo y el espacio eran más intensos. Nuestra percepción se había agudizado, como bajo los efectos de una poderosa droga. Pero no estábamos ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de una rara capacidad para armonizar con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos una singular melodía que respetaba el orden del exterior, sin sujetarse a él.


Con la felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí, inadvertidamente. No puedo saberlo. Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final por ningún lado. Esto crea conflictos y rencores suplementarios. «¿Dónde lo guardaste? —me pregunta ella, indignada—. ¿Qué esperas para usarlo? No demores más, de lo contrario, todo lo anterior perderá belleza y sentido». Busco en los armarios, en los abrigos, en los cajones, en el forro de los sillones, debajo de la mesa y de la cama. Pero el punto no está; tampoco el estuche. Mi búsqueda se ha vuelto tensa, obsesiva. Es posible que lo haya extraviado en alguno de nuestros momentos felices. No está en la sala, ni en el dormitorio, ni en la chimenea. ¿El gato se lo habrá comido?


Su ausencia aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el punto no aparezca, estamos encadenados el uno al otro, y esos eslabones están hechos de rencor, apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir así, desechando la posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son penosas, compartiendo la misma habitación, donde el resquemor tiene la estatura de una pared y asfixia, como un vapor malsano. Tiñe los muebles, los armarios, los libros dispersos por el suelo. Discutimos por cualquier cosa, aunque los dos sabemos que, en el fondo, se trata de la desaparición del punto, de la cual ella me responsabiliza. Creo que a veces sospecha que en realidad lo tengo, escondido, para vengarme de ella. «No debí confiar en ti —se reprocha—. Debí imaginar que me traicionarías». Era un estuche de plata, largo, de los que antiguamente se usaban para guardar rapé. Lo compré en un mercado de artículos viejos. Me pareció el lugar más adecuado para guardarlo. El punto estaba allí, redondo, minúsculo, bien acomodado. Pero pasaron tantos años. Es posible que se extraviara durante una mudanza, o quizás alguien lo robó, pensando que era valioso.


Luego de buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no encontrar su mirada de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad anterior ha desaparecido, y sería inútil pensar que volverá. Pero tampoco podemos separarnos. Ese punto huidizo nos liga, nos ata, nos llena de rencor y de fastidio, va devorando uno a uno los días anteriores, los que fueron hermosos.


Sólo espero que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un bolsillo, confundido con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio y polvoriento punto final, a destiempo, como el que colocan los escritores noveles.



  • Título original: Punto final

  • Autora: Cristina Peri Rossi

  • Año de publicación: 1983



Hasta el próximo encuentro…


Navegante del Clío






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