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Tres cuentos de Juan José Arreola

¡Bienvenidos pasajeros! El día de hoy no habrá un análisis exhaustivo; pues pese a tener la agenda relativamente libre por diversos motivos no tuve oportunidad de prepararlo; pero para compensar les traigo tres relatos cortos, de uno de los autores más importantes del subgénero en México.


No es la primera vez que hablo de Arreola en este espacio, y por eso no ahondaré mucho en las peculiaridades de su estilo, que podrán encontrar desglosadas en otras publicaciones; pero creo que estos tres relatos, pese a compartir una extensión similar, son prueba de su versatilidad, pues cada uno de ellos tiene un tono y uso del lenguaje distintos; aunque encuentro un paralelo interesante: los dos que tienen un lenguaje más técnico son los más humorísticos, y el que tiene una construcciones de oraciones más fluidas es mucho más pesado.


Quiero comenzar con el más breve de los tres, titulado "La jirafa", que de hecho fue de los primeros textos de Arreola que leí, pues lo incluía uno de mis libros de texto. En solo cuatro párrafos, y a través de la metáfora de un animal, el autor satiriza el ideal humano de siempre aspirar a más, pero también la ironía de siempre acabar regresando a la tierra. Asimismo, encuentro muy irónico, de forma efectiva, el iniciar invocando a la divinidad, que siempre es relacionado con el arte, la belleza y lo armónico, para describir el proceso de creación como frío y mecánico.


Al darse cuenta de que había puesto demasiado altos los frutos de un árbol predilecto, Dios no tuvo más remedio que alargar el cuello de la jirafa.


Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad corporal y entraron resueltamente al reino de las desproporciones. Hubo que resolver para ellas algunos problemas biológicos que más parecen de ingeniería y de mecánica: un circuito nervioso de doce metros de largo; una sangre que se eleva contra la ley de la gravedad mediante un corazón que funciona como bomba de pozo profundo; y todavía, a estas alturas, una lengua eyéctil que va más arriba, sobrepasando con veinte centímetros el alcance de los belfos para roer los pimpollos como una lima de acero.


Con todos sus derroches de técnica, que complican extraordinariamente su galope y sus amores, la jirafa representa mejor que nadie los devaneos del espíritu: busca en las alturas lo que otros encuentran al ras del suelo.


Pero como finalmente tiene que inclinarse de vez en cuando para beber el agua común, se ve obligada a desarrollar su acrobacia al revés. Y se pone entonces al nivel de los burros.


Parece ser que el escritor tenía fascinación, pero también muchas reservas, sobre el proceso de industrialización, pues está presente en más de uno de sus trabajos. Como ejemplo, les comparto el que es, en mi opinión, el más divertido de su bibliografía. Escrito copiando a la perfección el estilo de los infomerciales de radio y televisión, Baby H.P. es una excelente crítica al capitalismo tardío, que es capaz de convertir cualquier cosa en un producto, incluyendo algo tan ridículo como un bebé, pero en la exploración del utilitarismo se esconde un humor negro, al desdeñar el promocional los posibles riesgos a la integridad de las criaturas que utilicen el producto. Asimismo, creo que este relato ha mejorado con los años, pues creo que estuvo adelantado a su época, y parecía predecir las crisis recientes con el tráfico de datos personales y las condiciones de explotación propiciadas por la inteligencia artificial.


Señora ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus niños. Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H.P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña.


El Baby H.P. es una estructura de metal muy resistente y ligera que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil, mediante cómodos cinturones, pulseras, anillos y broches. Las ramificaciones de este esqueleto suplementario recogen cada uno de los movimientos del niño, haciéndolos converger en una botellita de Leyden que puede colocarse en la espalda o en el pecho, según necesidad. Una aguja indicadora señala el momento en que la botella está llena. Entonces usted, señora, debe desprenderla y enchufarla en un depósito especial, para que se descargue automáticamente. Este depósito puede colocarse en cualquier rincón de la casa, y representa una preciosa alcancía de electricidad disponible en todo momento para fines de alumbrado y calefacción, así como para impulsar alguno de los innumerables artefactos que invaden ahora los hogares.


De hoy en adelante usted verá con otros ojos el agobiante ajetreo de sus hijos. Y ni siquiera perderá la paciencia ante una rabieta convulsiva, pensando en que es una fuente generosa de energía. El pataleo de un niño de pecho durante las veinticuatro horas del día se transforma, gracias al Baby H.P., en unos inútiles segundos de tromba licuadora, o en quince minutos de música radiofónica.


Las familias numerosas pueden satisfacer todas sus demandas de electricidad instalando un Baby H.P. en cada uno de sus vástagos, y hasta realizar un pequeño y lucrativo negocio, trasmitiendo a los vecinos un poco de la energía sobrante. En los grandes edificios de departamentos pueden suplirse satisfactoriamente las fallas del servicio público, enlazando todos los depósitos familiares.


El Baby H.P. no causa ningún trastorno físico ni psíquico en los niños, porque no cohíbe ni trastorna sus movimientos. Por el contrario, algunos médicos opinan que contribuye al desarrollo armonioso de su cuerpo. Y por lo que toca a su espíritu, puede despertarse la ambición individual de las criaturas, otorgándoles pequeñas recompensas cuando sobrepasen sus récords habituales. Para este fin se recomiendan las golosinas azucaradas, que devuelven con creces su valor. Mientras más calorías se añadan a la dieta del niño, más kilovatios se economizan en el contador eléctrico.


Los niños deben tener puesto día y noche su lucrativo H.P. Es importante que lo lleven siempre a la escuela, para que no se pierdan las horas preciosas del recreo, de las que ellos vuelven con el acumulador rebosante de energía.


Los rumores acerca de que algunos niños mueren electrocutados por la corriente que ellos mismos generan son completamente irresponsables. Lo mismo debe decirse sobre el temor supersticioso de que las criaturas provistas de un Baby H.P. atraen rayos y centellas. Ningún accidente de esta naturaleza puede ocurrir, sobre todo si se siguen al pie de la letra las indicaciones contenidas en los folletos explicativos que se obsequian en cada aparato.


El Baby H.P. está disponible en las buenas tiendas en distintos tamaños, modelos y precios. Es un aparato moderno, durable y digno de confianza, y todas sus coyunturas son extensibles. Lleva la garantía de fabricación de la casa J. P. Mansfield & Sons, de Atlanta, Ill.


Dejo para el final el cuento que, quizá no sea mi favorito de esta selección, pero sí es el que más me ha impactado. Un cuento de horror que explora temáticamente el miedo a la muerte; tiene un giro muy original, en el que el protagonista anónimo (y narrador en primera persona, lo que aumenta la inmersión), se sometió voluntariamente al tormento constante. La revelación de su motivación, aunque anticipada en las oraciones iniciales, es una sorpresa apropiada que recontextualiza todo el texto y le da mayor profundidad tanto psicológica como emocional. Este cuento es la razón por la que decidí escribir de Arreola el día de hoy, pues aunque mi mal de amores no ha sido ni de lejos tan graves, si he tenido que vivir con crisis de ansiedad tan graves que he desarrollado casi una adicción a ellas, llegando a buscar nuevas fuentes de estrés porque la relajación se llega a confundir con vacío.


La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.


El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.


Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.


La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.


Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.


Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.


Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.


Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.


Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.


  • Título original: La migala/Baby H.P./La jirafa

  • Autor: Juan José Arreola

  • Año de publicación: 1952/1952/1958





Hasta el próximo encuentro...


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