Amanecer sobre el Capitolio, anochecer bajo la roca
- raulgr98
- 16 ene
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Roma
El dios sin padres no sabía qué hacer para ganar la devoción de los suyos. No entendía porque no era el más adorado de los dioses, cuando sólo de él se podía decir que no había amado a otro pueblo que el de los romanos, mientras que los olímpicos habían llegado de la extraña Grecia. Él, dios de los inicios, nunca engendrado pues existía al principio; ¿por qué debía arrodillarse ante Júpiter, Marte o Minerva, que nacieron cuando ya era anciano? Él, dios de las decisiones, más de una vez había ofrecido consejo desinteresado, pero eran pocos los que le rezaban en momentos de incertidumbre.
Aquel era uno de aquellos tiempos inciertos, pues Roma, tierra de muchos hombres pero pocas mujeres, había raptado decenas de vírgenes y ahora una hueste de padres y hermanos furibundos marchaban al combate, y su campamento rodeaba ya los muros de la ciudad. Cuando los otros dioses habían mandado mensajes de que sus templos permanecían cerrados; él, dios de las puertas, comandó a sus pocos sacerdotes que las del suyo permanecieran abiertas: mientras hubiera guerra, Jano recibiría dentro de él a todos aquellos que buscaran refugio, y sus puertas solo se cerrarían al llegar la paz.
Pero aquellos soldados ni aquello agradecían, y hacía mucho que el dios no saboreaba el humo de una ofrenda. Mientras se preparaba para ver el amanecer, sus dos rostros libraban su propia batalla:
—Los romanos no han cometido delito alguno —decía una— pues se han desposado con ellas en lugar de solo usarlas para tener hijos con ellas. Algunas ya sienten afecto por sus maridos.
—Con cuanta celeridad olvidas sus ruegos y llantos, pues ninguna consintió aquellos matrimonios —contestaba la otra— ¿acaso el que no sean miserables hoy perdona el que fueran arrancadas de sus hogares ayer?
Jano siempre estaba acompañado, pero se sentía solo. El sol comenzaba a salir y por primera vez el dios vio a otra criatura, tan solitaria como él; contemplando el alba en la cima del Capitolio. Reconoce su cabello rojo ondeando con el viento, las finas sedas de su vestido, el brillo de sus ojos perfectos. Es una de las pocas hijas nativas de Roma, y de entre ellas, sin duda la más hermosa. Pero no solo es belleza con lo que la bendijeron los dioses, pues es divertida, astuta y caritativa. Su familia era la más rica de Roma, pero el privilegio del que gozaba por encima de todos, era de poder. A pocos más se les permitiría ver el paso del carro solar desde lo más alto del Capitolio, pero ella era la única hija del jefe de la guarnición, segundo sólo por detrás del rey, y tenía todo lo que pudiera desear al alcance de la mano.
Las horas pasan y la doncella sigue en el techo, viendo al horizonte; y pasando el mediodía, Jano reconoce la indecisión en su semblante. Quizá por primera vez en su vida, no sabe que hacer. No pronuncia una sola palabra, pero los dioses tienen maneras de leer el corazón de los mortales, y él también se ve inundado por los sentimientos de la mujer: ama a su padre, ama a sus dioses, ama a Roma; pero no puede cerrar los ojos sin recordar las lágrimas de las sabinas. Aunque pudiera ver las tímidas sonrisas que comienzan a surgir en las familias recién formadas, diría que son miedo y sumisión. Por primera vez en una vida de privilegio, comienza a entender que el mundo está lleno de claroscuros, y que aquellos a los que aman pueden cometer tantas atrocidades como aquellos a quienes odia.
Tan sumida está en su dilema, que se olvida de comer, de beber, incluso de rezar; pero para cuando la tarde comienza a descender, ha tomado ya su decisión. Se dirige a los muros, pero no a las puertas custodiadas, sino al punto débil de la defensa, el portón secreto, aquel que sólo conoce porque ha asistido a los consejos de guerra de su padre. Y mientras Jano la sigue curioso, sus dos rostros comienzan a discutir de nuevo.
—Fulminémosla ahora. Sabemos que va al campamento de los sabinos. ¡Es una traidora!
—Dejarlos entrar sería traicionarse como romana, mas quizá sea ser fiel a sí misma como mujer.
—Son enemigos de Roma los que acampan frente a los muros.
—Quieren recuperar a las suyas.
—No son suyas ya, sino nuestras desde que se ató el lazo matrimonial. ¿Acaso no recordamos que pertenecemos a Roma?
-—Son los romanos quienes lo han olvidado; no nosotros. —entonces, movido por el rencor de sentirse menos apreciado que los otros dioses, sentenció —quizá los sabinos probarán ser más agradecidos. Nos mantenemos al margen.
Jano se sentía ignorado, lastimado, resentido; pero aún así albergaba amor a los suyos, y por eso no encontró la voluntad de escuchar los términos de la traición. Sólo se atrevió a regresar a la puerta secreta hasta unos minutos antes del anochecer, cuando la hija del capitán abrió las puertas a los enemigos de su padre, su rey, su ciudad, con grandes escudos redondos en la mano derecha y masas, hachas o espadas en la izquierda. Frente a ella se erguía un guerrero sabino, que decía actuaba con la autoridad de su monarca. Portaba una antorcha, aún apagada, y fiel a la tradición de su pueblo portaba un enorme brazalete de oro en el brazo derecho, engarzado con joyas de seis colores.
—¿Segura que no quieres nada por este servicio? —le preguntó a la doncella.
El dios de las decisiones vio el brazalete del guerrero relucir bajo las últimas luces de crepúsculo y aunque solo fue por un instante, alcanzó a distinguir los hermosos ojos de la mujer desviarse hacia el oro. Supo lo que iba a contestar antes de que pronunciara palabra alguna, pero lo que se preguntaría por muchos eones después es ¿por qué? ¿Era una forma de callar sus propios remordimientos o acaso la codicia siempre había sido su motivación? ¿Fue una ocurrencia del momento o acaso está en la naturaleza de aquel que tiene, incluso del más virtuoso, siempre ambicionar más, un instinto tan difícil de cambiar como las mismas estaciones?
Tarpeya, hija del capitán de los ejércitos romanos, con el dios de las encrucijadas como testigo, tomó su última decisión:
—Quiero que cada uno de los guerreros me entregue lo que llevan en el brazo derecho.
Uno de los rostros de Jano bufó de ira, escupiendo mil y un vituperios contra la que veía como una desalmada traidora. El otro permanecía en silencio, atormentado por la desilusión y la vergüenza de haber creído. En aquella grotesca escena, el único que sonrió fue el líder sabino.
—Ya oyeron muchachos. Denle lo que llevan en el brazo derecho.
Y sin pronunciar otra palabra, reventó su escudo contra el abdomen de la mujer, quien cayó al piso retraída de dolor, incapaz ya de pronunciar palabra. El escudo del segundo guerrero descendió sobre su espalda expuesta; el del tercero, contra sus piernas. El cuarto la levantó, sólo para golpearla en el pecho. Así, ante las miradas de horror de Jano, uno a uno decenas de guerreros descargaron su ira y sed de sangre contra la muchacha que les había abierto la puerta de sus enemigos y, de alguna manera, incluso después de que todos estuvieran dentro de Roma, a Tarpeya aún le quedaba un hilo de vida.
El jefe ordenó entonces que se prendieran las antorchas, y comenzó la matanza. Jano se ufanaba de conocer no solo todos los principios, sino todos los finales, pero en aquel momento se encontraba anonadado. Los invasores, que comenzaban ya a prender fuego a las primeras casas, le producían repulsión, y mientras los gritos de los moribundos hacían eco en las colinas, el dios se preguntó cómo alguna vez pudo apoyar su entrada a la ciudad. Puede que aquellos que salieron de sus ciudades lo hicieran en busca de justicia, pero aquella cuadrilla no estaba compuesta por otra cosa que no fueran monstruos.
La defensa de los romanos apenas se estaba organizando; y la turba ya se aproximaba al Capitolio; pero cinco sombras se desviaban hacia una enorme roca a unos pasos de la sede de poder. Una de ellas no podía sostenerse, debía ser cargada por dos de los otros. Jano, absorto en la violencia a su alrededor, no reconoció en la frágil figura a Tarpeya hasta que el líder invasor soltó unas risotadas en la cima de la roca.
—Nunca me gustaron los traidores, menos aún las mujeres. Este parece un buen lugar de castigo.
Sólo entonces el dios comprendió porque la habían conservado con un atisbo de vida, pues habían planeado una humillación final. Ya era noche cerrada, y los asesinos estaban bajo el amparo de la luna nueva, pero sus ojos inmortales distinguieron a la perfección como entre risas, cuatro brutos arrojaban a una mujer más allá de toda salvación, pero aún consciente, por la orilla de la roca.
Fue entonces que Jano escuchó lo único que podría haberlo sorprendido en aquella noche de horror: voces en su templo, por centenas. Era el único que había mantenido las puertas abiertas, el único que en aquel momento aciago podía aproximarse a un refugio. En él, romanos y romanas rezaban, cantaban, suplicaban ayuda. Por fin su pueblo recordaba su existencia, por fin sentía de nuevo que tenía un propósito. Y por única ocasión, sus dos rostros hablaron con una sola voz:
—Roma nos llama al combate, y Jano acudirá.
Otras historias contarán como la tierra tembló aquella noche, y como de lo profundo surgió una enorme fuente con la efigie del dios de dos rostros, que escupió agua hirviente y ceniza a los invasores. Aquella magia no logró acabar con todos, pero dio el tiempo suficiente a los romanos de defenderse a sí mismos, y las heroicas sabinas de parar el derramamiento de sangre.
Pero aquellas hazañas no tienen cabida en esta historia, pues de la mañana siguiente, Jano no recordará las negociaciones de paz, ni los nuevos cultos en su honor, ni siquiera los juramentos solemnes de invocar hasta el fin de Roma su nombre al iniciar y terminar una guerra. Sólo recordará el cadáver destrozado de Tarpeya, destinado a ser enterrada al pie de la roca donde encontró la muerte en una zanja sin marcas. Borrarán su lugar de descanso final, olvidarán los motivos de su traición, dejarán que se pierda el recuerdo de sus cabellos y sus ojos, pero recordarán su nombre, pues así bautizarán el lugar de donde arrojarán a los más odiados de entre sus condenados a muerte.
Y la razón por la que Jano solo puede concentrarse en aquella mujer, es porque el triste destino de la doncella le hizo comprender por primera vez como nada es eterno para los mortales, y los giros de los que es capaz de dar la Fortuna. Como alguien puede recibir al sol en la cima del mundo y perecer junto con el día arrojada sin honores de una roca grotesca. Del todo a la nada, en un solo día, y ante tal ironía; Jano, dios de las decisiones y las puertas, de los inicios y los finales, sólo puede decir:
—Arx tarpiea Capitoli proxima.*
*La roca Tarpeya siempre está cerca del Capitolio
¡Bienvenidos pasajeros! El relato de hoy cumple dos propósitos, como las dos caras de su protagonista: por un lado, responde una duda de cómo Jano se volvió tan importante para los romanos siendo el único dios que no procede de la mitología griega, pero tiene el mismo rango de los olímpicos. Por el otro, quise contar el origen de la roca Tarpeya, célebre lugar de las más humillantes ejecuciones de la historia romana, y parte de una famosa expresión que describe lo incierto del poder y lo rápido que puede perderse todo, y que se tradujo en el imaginario popular castellano como “cuanto más alto se sube, más dura es la caída”.
Hasta el próximo encuentro…
Navegante del Clío
Sabía de la roca tarpeya, no de su historia.