Tres fantasmas y un poeta
- raulgr98
- hace 4 días
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Tesalia, alrededor del 514 antes de Cristo
Quien haya dicho alguna vez que los espectros del pasado buscan solo el mal es porque nunca ha visto uno, pues ¿que placer podría traerle el mal a un ser que ya no podría obtener beneficio alguno de tal crueldad? "Es por eso", me contestan los incrédulos, "los muertos están más allá de cualquier miedo al castigo, pues nada se les puede arrebatar ya". Pero yo, Simónides, que conozco a los fantasmas como ningún otro en toda Grecia, entiendo la verdad: que tienen razón aquellos que afirman que la moral no les importa a los que han partido al reino de Hades. Sí, es cierto que el miedo que tanto atormenta a los vivos ha dejado de ser su enemigo. Ahora, la única batalla que libran es contra el olvido, y bajo esa luz hay que leer todas sus acciones.
Mas no crean en ninguna retórica, por tentadora que sea al oído, si el orador no está dispuesto a ofrecer ejemplos que vuelvan sólidas sus palabras bellas. Por eso hoy no les traigo grandes tratados de los filósofos de antaño, ni la sabiduría de los sacerdotes. Si yo sé que no hay que temer a los espíritus, tan solo honrar su memoria, es porque en carne propia me he enfrentado no a una, sino a dos apariciones, y de ambas he salido airoso.
El primero de tales encuentros aconteció muchos años atrás, cuando Hiparco de Atenas fue asesinado por el hombre que rechazó su cortejo, y el amante de este. Sé que ahora lo llaman tirano, pero para mí será el constructor de la gran biblioteca, el compilador de los poemas de Homero, el hombre me mandó a llamar de mi isla de Ceos y me dio la oportunidad de hacerle honor a mi nombre con mi voz. Justo cuando comenzaba a creer que era alguien, me arrojaban de nuevo a la negrura de la nada. En Atenas mi vida corría peligro, y la influencia que ejercía en Ática era tal que un regreso a mi isla se tornaba imposible. Así fue que llegué a Tesalia, tierra de salvajes e ignorantes, incapaces de ser conmovidos por teatro y poesía.
No merecen ustedes que los torture con la descripción de lo que me vi forzado a hacer para sobrevivir en aquella tierra ingrata, cuantos poemas míos nacieron y murieron sin encontrar jamás un público; pero tras meses de malbaratar versos simplones a cualquiera que estuviera dispuesto a pagarlos, logré ahorrar suficientes monedas para comprar pasaje en un barco que me llevara de vuelta a Grecia, donde creía yo, nadie recordaría mi asociación con peligrosos personajes.
Nunca olvidaré esa mañana, la anterior a aquella en la cual zarparía. Recuerdo sentir el calor, mucho para ser otoño; como el viento acariciaba mi rostro y el olor del mar resultaba más embriagador que el más dulce vino; pues la brisa traía murmullos de casa. Recuerdo haber creído que nada podía arruinar mi felicidad...
Fue entonces que me llegó el olor, mucho antes de ver a los buitres sobrevolando. Aquel desgraciado no podía llevar mas que medio día muerto, y su cuerpo permanecía aún sin mancillar, pero la podredumbre ya lo embestía. Jamás supe que le arrebató la vida, si el arma de un salteador de caminos, la indiferencia de una plaga o la agonía de Lincoln; pero sus ojos abiertos, que el sol apenas comenzaba a quemar, parecían clavados en mí con una súplica muda. En ese momento no creía en las apariciones del otro lado del Estigia, pero contemplando el rostro demacrado de un hombre al que nunca conocí, me embargó la compasión como nunca antes. El enemigo de los muertos es el olvido, es algo que comprendí en ese momento, al pensar en aquella alma que no podía pagar al barquero, y languidecería en la orilla hasta que todo rastro de lo que fue, pensó y soñó se desvaneciera; incluso de su mismo interior.
"Nadie merece esto", pensé, y en la que quizá fue mi primera acción desinteresada, me detuve bajo el sol abrasador de la mañana a regresarle lo único que podía proporcionarle: un poco de dignidad. Estas manos sin callos, que nunca empuñaron una espada o jalaron un arado; cavaron un agujero en la arena. Esta lengua, pronta para el insulto y el ingenio, pronunciaron ritos fúnebres para un desconocido. De estos bolsillos, avaros cuando estaban llenos y envidiosos cuando se encontraban vacíos, salieron los dracmas para Caronte.
La tarde comenzaba cuando terminaron los funerales improvisados. y agradecí mi previsión, pues podría descansar antes de tomar el barco. Me sentía en duelo, más que ninguna otra pérdida, puede que por haber logrado una conexión que no sabía que me eludía. Estaba tan cansado que, al llegar la aparición, la confundí con un sueño, y no fue hasta tiempo después que comprendí que seguía despierto.
Lo reconocí al instante, pese a que tenía todo el color que le faltó cuando lo encontré; con un poco más de peso y una expresión serena en el rostro. Saben bien que en muchos problemas me he metido por no poder contener mis palabras, pero aquella noche me poseyó la inspiración del silencio, como si una fuerza superior a mí me convenciera de que mi única labor fuera escuchar.
"Le diste un entierro decente a un extraño al que no te unía deuda alguna" me dijo "y gracias a ti es que soy más que una sombra. Voy camino a esperar el veredicto de los jueces, pero al menos, gracias a ti, lo hago sabiendo quien soy. No hay manera de pagar tal generosidad, mas que con un poco de sabiduría. Escucha mis palabras buen hombre: no abordes ese barco mañana".
Mi primer impulso fue desdeñar tal aviso como un desvarío, producto del desvelo y mis emociones en conflicto. Me vestí como si nada hubiera cambiado y abandoné la posada cerca del pequeño muelle, pero al ver el barco que con tanto esfuerzo había reservado, de madera nueva y más fuerte que la piedra, a mi mente regresó la advertencia, y me descubrí incapaz de dar un paso más.
No había pasado ni una hora, el navío aún no desaparecía en el horizonte, cuando escuché la algarabía, pues Escopas, el poderoso señor de Tesalia; había tenido a bien salir a cabalgar a la orilla del mar. En su mente no existía ningún conocimiento de las artes, ni en su corazón la intención de apreciarlas; pero sabía lo que se esperaba de un hombre de su posición, y aunque yo lo desconocía entonces, llevaba semanas en búsqueda de un poeta para su corte. Poco tardé en encontrar el modo de presentarme ante él, pues anhelaba la oportunidad de volver a gozar del privilegio de declamar en un gran salón, por salvaje que este fuera, y por casi tres años creí que ese había sido el regalo del espectro: un encuentro fortuito, y una posición cómoda y segura. ¡Oh, que ingenuo de mi parte! ¡Debí saber que los muertos sólo pueden saber el porvenir cuando concierne a los que pronto han de acompañarles! No fue sino hasta mucho después que llegó a mis oídos el relato de una enorme tempestad, que el Egeo engulló aquella embarcación a la que estuve a instantes de abordar, y que ni un alma llegó a su destino.
La segunda experiencia vino a mí unos meses después de la revelación, la semana antes de que me decidiera a regresar a mi patria; y aunque jamás vi a aquellas apariciones, ni escuché con mis propios oídos su voz, no me cabe duda que me salvaron la vida.
En los salones de Escopas era respetado, protegido, y llegué a ser de los hombres más ricos de Tesalia, pues el señor era fácil de complacer y dadivoso con quienes tenía a su servicio; pero también era de gustos simples y corto de entendimiento. Jamás recibí elogios por una sátira mordaz, y el público se aburría pronto de las largas épicas, pero pronto aprendí a dominar su simple sentido del humor. Fueron años de comodidad, pero no de libertad. Sólo una vez mi pasión pudo emprender vuelo en aquel lugar, y fue con el último encargo que mi señor tuvo para mí.
Empezó como una de sus insulsas peticiones típicas: un elogio a uno de sus deportistas predilectos, que recién se había convertido en campeón. En otras condiciones, jamás habría escrito de tales eventos, pero el atleta era boxeador, disciplina predilecta de mi Ceos natal. En ella, mi padre y mi tío habían destacado, ganando los laureles incluso en los mismos olímpicos, y por primera vez en años, me sentí cerca de mi hogar. Lo que no debía ser más que cuatro estrofas pronto se convirtió en una auténtica oda a un deporte inventado por los héroes de antaño, y mis versos se llenaron de comparaciones magistrales. Estaba orgulloso por primera vez en mucho tiempo, y por eso aún se retuercen mis entrañas al recordar la respuesta de Escopas.
"No te pagaré esto, Simónides. Es demasiado largo. Además, ¿para qué es necesaria tanta comparación absurda? Debías hablar de mi boxeador, nada más. Ni siquiera sé quienes son estos tales Castor y Pólux".
"Mi señor", respondí, "son los gemelos heroicos, hijos de Leda, aunque de padre distinto. Grandes héroes como pocos, navegaron con Jasón, participaron en la caza del gran jabalí, inventaron el glorioso deporte del boxeo, en el que no tienen igual, salvo quizá su protegido, de ahí el sentido de mi elogio. Se amaban tanto que cuando uno de ellos, que nació mortal, pereció; el otro decidió regalarle la mitad de su esencia inmortal. Por eso los dioscuros pasan la mitad del año como estrellas en el firmamento, y la otra mitad como fantasmas en los dominios de Hades".
"No me interesa esa historia. Elimina esos pasajes, o dejarás de estar a mi servicio".
"¡Castor y Pólux sólo permanecen muertos la mitad del año, pero merecen el mismo trato que el resto de los fantasmas! Los recuerdos son importantes y me niego a borrar su memoria. Le agradezco todo lo que me ha dado estos años, pero hoy es el día en que nuestros caminos se separan. Abandonaré su salón en cuanto termine el festín".
Algunos de entre ustedes me acusarán de abusar de mi señor al comer una vez más de su mesa, pero me parecía tan solo justo, después de los años de servicio y el insulto que acababa de soportar. Disfruté su vino, su comida, la compañía de sus invitados; pero justo cuando me iba a sumar al gran baile, uno de los guardias me interrumpió.
"¿Es usted el poeta Simónides? Hay dos jóvenes esperando hablar con usted afuera. Dicen que es urgente, que son parientes suyos. ¿Sabe quienes son? Me parece que son gemelos".
No tenía la más remota idea de quienes eran aquellos extraños, pues estaba seguro que no había gemelos entre mi familia; y si he de ser honesto, me encontraba muy molesto por ser interrumpido en la que sería mi última noche de confort. "Los despacharé lo más rápido que pueda" me decidí, "y regresaré para bailar y cantar el resto de la noche".
Pero dos eran las sorpresas que aún me tenían reservadas las Moiras: la primera es que al salir del palacio de Scopas no había nadie esperándome, ni siquiera sombras alejándose; pero antes de que pudiera lanzar una maldición por haber sido presa de una broma tan absurda llegó la segunda sorpresa. No había pasado ni un minuto de que cruzara el umbral cuando la tierra tembló. Escuché un poderoso estruendo que aún me persigue en mis sueños; el aire se llenó de polvo. A mis espaldas, todo el recinto había colapsado y aunque no lo sabía en ese momento, Scopas ya estaba muerto, aplastado por una columna; y con él se había llevado a sus hijos, hermanos y tres cuartas partes de los invitados, incluyendo a todos aquellos en el centro del salón, donde había comenzado el baile.
La noche me alcanzó en estupor, cumpliendo como podía la labor que me encomendó otro noble que llegó a auxiliar en la identificación de los cuerpos. Una vez que se retiraron suficientes escombros, permanecí de pie en el que fue el lugar donde el guardia me notificó de cada extraña visita. Alcé la mirada hacia donde antaño había un techo que en aquel punto me hubiera aplastado sin remedio, y mi vista se fijó en el firmamento. Era luna nueva, la única luz provenía de las estrellas, y entonces vi a la constelación incompleta: a Géminis le faltaban sus dos estrellas más brillantes. Entonces lo entendí, vivíamos en la mitad del año que los Dioscuros permanecían en el Inframundo, pero Hades los debió haber dejado salir, para recompensar los intentos de un poeta frustrado de preservar su legado.
Si un ánima los asusta en los momentos de oscuridad, no lo vean como obra de la malicia, sino de la angustia, pues aquellos que en vida no tuvieron a nadie deben recurrir a estos actos de desesperación para no perderse en las tinieblas. No les hables, no es necesario, pero mantén el corazón dispuesto a escuchar, y a contar lo que fueron en vida, pues la compasión con generosidad se paga. Dos veces los muertos me han salvado la vida, y por eso cuento hoy sus historias, pues sólo olvidando es que se muere de verdad.
¡Bienvenidos pasajeros! Simónides es un poeta real, famoso en épocas contemporáneas por ser el presunto inventor de la técnica de memoria "mind palace"; pero las leyendas de sus supervivencias milagrosas son probablemente inventadas por él mismo, aunque el primero que hizo referencia a ellas fue el romano Marco Tulio Cicerón muchos siglos después. La razón por la que decidí compartirla con ustedes hoy, cerrando una semana que ha jugado con lo fantasmagórico, es para recordar que estas apariciones no necesariamente han sido vistas como malvadas a lo largo de la Historia.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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