Anónimo entre gigantes
- raulgr98
- 23 ene
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Edimburgo, julio de 1819
En una biblioteca más vieja que la mansión misma, moraban tres mortales y una centena de fantasmas. Aquel tesoro, que ni el rey poseía, no tenía igual en todas las islas británicas, puede que en el mundo. Sólo ahí Marco Aurelia debatía retórica con Platón, Aquiles luchaba a brazo partido con Gilgamesh, Robin Hood disparaba flechas desde lo alto de las pirámides de Egipto, Suetonio y Tucídides intercambiaban lecciones de historia. Todos en lo alto de los anaqueles, apenas prestando atención a un desdichado mortal, que rodeado de ellos, se sentía indigno de su propio nombre.
Reclinado en un sofá de terciopelo, su existencia estaba marcada por el cansancio. Si alguien alguna vez leía un resumen de su vida, lo podría confundir con un personaje de un antiguo romance: el hombre que había recuperado unas joyas de la corona que nadie había visto en cien años, y con eso se ganó un futuro al ser ascendido a noble. Pero el caballero cojo, que no recordaba la vida antes de la gota que sufrió cuarenta y seis años antes, lisiado cuando apenas aprendía a caminar, sabía que los únicos viajes que realizaría serían a través de sus libros. No, él no era un pirata o un saqueador de tumbas, tan solo un abogado, y su gran aventura de dos años atrás había consistido en escribir una solicitud a un príncipe y abrir una caja olvidada en las mazmorras polvosas de un castillo.
Una vida aburrida y un hombre aburrido, eso pensaba de sí mismo, absorto en la rutina de la vida familiar, harto de su despacho, decepcionado de un sueldo de alguacil que era todo menos emocionante. Sólo cuando escribía se atrevía a soñar, pero los terribles dolores de estómago que lo acechaban le habían impedido sostener una pluma en más de un año. Su última creación, la había dictado a un secretario, el mismo que ahora se encontraba frente a él, listo para resumir sus labores. El tercer hombre vivo en aquel concilio era un viejo amigo, quien hacía las funciones de editor, y ese día trataba de convencerlo de lo imposible.
—Atiende a razones —decía— ganarás mucho más dinero si comienzas a firmar tus obras. Además, no tiene ningún sentido que sigas ocultándolo, muchos ya han adivinado que eres tú. ¿Por qué te niegas a confirmarlo?
—La autoría es un acto de arrogancia, uno del que no me siento digno. Ve quienes nos rodean, amigo mío, ¿quién soy yo en comparación con esos grandes? Es mejor así. De esta manera, si cuando ya no exista alguien tiene a bien tomar uno de mis libros, no sabrá de quién hablar con lástima, a quien juzgar. ¿Quién fue aquel que conociendo de memoria a los clásicos de antaño tuvo el descaro de llamarse a sí mismo escritor? No podrán responder tal interrogante y así, mis humildes textos tendrán que abrirse camino a la posteridad por sí mismos.
—Firmaste con tu nombre tus poemas, el último hace menos de diez años ¿por qué con las novelas es diferente?
—El ímpetu de un hombre más joven, hambriento de reconocimiento, de ser más que el pobre cojo. Pero me arrepiento, pues el yo poeta tuvo el infortunio de formarse una reputación, por razones que me eluden, y una que tendrá que luchar por conservar hasta el final de sus días. No puedes poner el peso de las expectativas sobre quien no tiene nombre, y por eso el yo novelista podría desaparecer mañana, o tomar todos los riesgos que desee. El escritor sin nombre existe sin existir, y puede limitarse a sólo ser.
—¿Fue entonces un acto de madurez lo que te hizo esconderte en el anonimato? —dijo su amigo, irritado por la testarudez del escritor— ¿O es vergüenza porque no hay lector devoto, reseña buena o regalía cuantiosa que te haga superar una única crítica?
Y eso al barón le dolió más que su pierna tullida, su úlcera reventada o sus huesos cansados; pues su amigo decía verdades, aunque nunca las reconocería. Nueve años había tardado en atreverse a publicar su primera novela, la primera de muchas que se negaba a reconocer en público, pero no por ser lento de ideas, sino porque la primera vez que le mostró un borrador a alguien, una persona a la que le hubiera confiado su vida, recibió una única repuesta, que no había podido olvidar en catorce años:
“¿No se supone que eres un escritor serio, Walter? No pierdas tu tiempo en estas ridiculeces, que ni siquiera te salen tan bien?”
—¡Basta John! —le espetó a su editor, con la mano blanca de tanto apretar el bastón, en su esfuerzo por ponerse de pie— por cinco años te he seguido el juego en esto de la publicación, porque sería absurdo rechazar ingresos extras, pero no importa que tanto se vendan, sabes tan bien como yo que nadie podría llamar a esto literatura. ¿Cómo podrían, viendo lo que nos rodea en este mismo momento?
John sabía que la batalla estaba perdida, al menos por ese día; y aunque estaba tentado de abandonar a su amigo en la amargura, no pudo resistirse a susurrarle una última pregunta.
— Si tanto las odias ¿por qué las escribes?
Walter Scott, quien había sobrevivido a la polio, conquistado a una mujer por encima de su posición, e incluso sobrepuesto al juicio de un ser querido para atreverse a terminar aquel manuscrito, aunque fuera por una máscara, se sintió vencido por primera vez. Volvió a caer en el sillón, y respondió con voz queda:
—Por qué soy el único que puede.
Ni el editor ni el secretario dijeron nada, pero se acercaron un poco más, anticipando el inicio de una historia.
—Nunca me han creído cuando les digo que no planeo las historias, que brotan de mí como si fuera poseído por alguno de los fantasmas de esta habitación. Pero es la verdad. Hay una razón por la que todo lo que escribo se desarrolla en el pasado, y es que incluso cuando los personajes sean de mi invención, el mundo en el que vivieron fue real. Leo los testimonios de los gigantes que me precedieron en las crónicas, los diarios, los archivos y sé que no tengo otra opción más que contar esas historias. Pero no me pertenecen a mí, y por eso mi obligación es hacerles justicia, relatando de la forma más exacta que se pueda su forma de hablar, de vestir, de comer, de vivir. Y aunque es cierto que me avergüenzo de mi prosa, sé que sólo yo puedo llevar a puerto tal empresa. ¿Por qué?, preguntan, por estos muros que son mi paraíso y mi prisión. Muchos de estos libros son raros, algunos de ellos tanto que no existen copias en ningún otro lugar, pero no terminan en los libros las historias que yo sé, pues por años he escuchado las leyendas que los cuenta cuentos traen a mi puerta, de sus abuelos, de sus pueblos, de sus naciones. Nada me gustaría más que relegar esta tarea a alguien más digno de ella, y por eso no es con soberbia sino con pesar que afirmo que nadie como yo sabe tanto del pasado de este país como para hacerle justicia por escrito. Quizá algún gran académico podría recopilar la misma información, pero no viviría las historias, estaría tan centrado en las gestas de los grandes hombres hacia el progreso que olvidaría la verdad fundamental que yo he descubierto.—
— ¿Y cuál sería esa verdad? —dijeron sus interlocutores, absortos en el monólogo.
— Que las sociedades podrán cambiar, pero la humanidad permanece —contestó— “que existen pasiones comunes a los hombres en todos los estadíos de civilización, y que siempre han agitado de la misma forma el corazón humano, ya sea que palpite bajo el acero del siglo XV, la casaca del XVIII o la levita y el chaleco del presente”. *
Entonces Walter Scott sonrió, pues había encontrado un propósito.
—Con que un lector, pueda apreciar un tiempo que le es extraño, pues descubre que aquellos que lo habitan son como él, con uno solo que lo logre, estos libros merecen existir.
— ¿Eso significa que le pondrás tu nombre al próximo libro?
—No. Seguirá firmando solo “el autor de Waverley”, pero no dejaré de escribir. Si no te importa, deseo comenzar ahora mismo.
— ¿Qué historia te han contado tus fantasmas?
—La de un noble sajón, desheredado por su padre por apoyar al normando Ricardo Corazón de León. Veo un asedio el final de la Tercera Cruzada, un espectacular torneo, un caballero misterioso, una bella doncella, un juicio por combate.
— ¿Corazón de León? ¿Las cruzadas? ¿En tu biblioteca hay suficiente para que puedas recrear un ayer tan remoto?
—No, pero sí lo suficiente. Más que nunca antes, tendré que recurrir a mi imaginación para llenar los vacíos, pero por primera vez me siento libre de hacerlo. Siempre había querido escribir de Robin Hood, mi compañía en mi niñez convaleciente, y como alguna vez me dijiste “estoy escribiendo de historia, pero no un libro de Historia”.
— ¿Y cómo llamarás a tan singular pieza?
Entonces Walter Scott susurró el nombre de su héroe, aquel que, aunque ni mortales ni fantasmas lo sabían en ese momento, estaba destinado a cambiarlo todo.
—Ivanhoe.
*Cita original de Sir Walter Scott.
¡Bienvenidos pasajeros! Walter Scott eventualmente reconocería ser el “autor de Waverley”y las novelas de las que alguna vez se avergonzó son ahora su más grande legado. Ivanhoe creó gran parte de los arquetipos alrededor de Robin Hood y despertó en Europa un nuevo interés por estudiar la Edad Media: sin este romance de caballería, y su eventual adaptación cinematográfica; que es a partes iguales fantasía y crónica, probablemente no existiría el género como lo conocemos (en relación al que ha sido el tema de la semana, Martin ha reconocido que la novela y película de Ivanhoe es la inspiración directa para su magnum opum, incluso más que la guerra de las rosas). Sin embargo, el legado de Scott va más allá de la fantasía, y pese a la fecha no haber tenido la oportunidad de leerlo, estoy consciente que le debo a aquel hombre separado por dos siglos de mí mucho de lo que soy, pues se considera a Walter Scott y sus veintiséis novelas la génesis de la novela histórica occidental, al menos en la forma y estilo general que tienen hoy en día.
Hasta el próximo encuentro…
Navegante del Clío
Había escuchado hablar de Ivanhoe (aunque tampoco la he leído), pero no de su autor.