Una nueva constelación para un nuevo César
- raulgr98
- 9 ene
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En los primeros meses del reinado del emperador Augusto
El poeta de joven había disfrutado el dejarse dormir viendo los astros, pero tras las últimas semanas, podría jurar que sería feliz si moría sin jamás volver a ver una estrella. Los astrónomos que otrora trabajan en los restos humeantes de Alejandría, ahora sudaban en la villa del romano sobre viejas cartas celestes e hileras de rollos es escritos en lenguas de Oriente y Occidente, cada vez más angustiados. Habían acudido a él pues, con Egipto vedado a ellos, era el único que conservaba acceso a los conocimientos del antiguo, el único que podía salvarles la vida; pero el tiempo para encontrar una solución se agotaba, y ahora el propio pellejo del poeta peligraba. “Y qué absurdo sería”, pensaba, “que él, que había sobrevivido a dos guerras civiles, a las veleidades de Pompeyo, César y tantos ambiciosos más, fuera a morir por una superstición”.
Durante semanas, el romano leyó los antiguos mitos, y asignó nuevos nombres a aquellas constelaciones que marcaban las divisiones de los cielos. Algunos eran fáciles: todo niño sabía de las hazañas de Hércules, y reconocerían al toro, al cangrejo y al león. La flecha, la cabra, el carnero y los gemelos también pertenecían a historias en las que los romanos creían, pero para el ánfora de agua y los pescados, el poeta debió escribir casi de la nada nuevos mitos, pues por más que investigó, poco sabía del sentido original que los griegos les dieron. Pero aquella labor no era nada comparado con aquel último obstáculo, ese que podía costarles la vida.
Augusto no era el primero que quería cambiar la forma en la que se medía el movimiento de los cuerpos celestes, ni siquiera era el primer arrogante empeñado en rebautizar un mes con su propio nombre. De hecho, si de extremos se trataba, no llegaba a ser como Julio César, quien rearmó el calendario completo; pero lo que sí tenía era una obsesión por el balance, y había detectado algo que le quitaba el sueño, pues creía que maldeciría a su incipiente reinado, y si un hombre tan poderoso convertía la inquietud en ira, muchos sufrirían.
—Mi reinado tiene que ser perfecto, y no podrá serlo si el calendario que lo inaugure no lo es— le había dicho a los astrónomos— y es mal augurio que, si tenemos doce meses, sólo once astros gobiernen los cielos. ¡Encuéntrenme el signo que falta!
La biblioteca del poeta tenía anaqueles completos de tratados astronómicos, pero no había rastro de un doceavo signo. Por un momento, albergó la esperanza de que, con suficiente elocuencia, se podría convencer al emperador que el universo siempre estuvo diseñado para tener once meses, y que de esa forma él, el César, podría restaurar el balance que el mundo olvidó, pero la palabra escrita no mentía: fueron en doce las secciones en las que los antiguos Babilonios dividieron el cielo, y también doce las estrellas que los griegos de antaño dijeron marcaban tales divisiones; pero en ningún rollo en Roma o Alejandría se decían sus nombres, o se dibujaban las constelaciones.
Lo más grave, y la causa del pesar de los atribulados astrónomos, es que el margen de maniobra era minúsculo: las once constelaciones formaban una elipsis perfecta; las estrellas faltantes debían estar en esa ruta. Pero tales estrellas, por más que buscaran los mapas celestiales, sólo no existían. Estaba harto, estaba cansado; su mente desobedecía sus órdenes, y parecía más preocupado en armar estrategias para negar haber colaborado alguna vez con estos extranjeros que en buscar una solución desesperada al dilema. No había salida.
Entonces, cuando ya no quedaba casi nada de esperanza, se llevó los manos al rostro y casi la desgarra de frustración. Al abrir de nuevo los ojos, dejó caer los puños sobre la mesa, y entonces notó algo que nunca antes había percatado, pese a haber visto aquellas cartas más veces de las que podía contar. Debían formar parte de alguna constelación, pero estaban un poco separadas. Quizá lo suficiente…
— ¿Qué son estas estrellas?
—Son las pinzas del escorpión —dijo el egipcio.
—Es la balanza de Temis —replicó el macedonio.
Por un momento, ambos olvidaron el gladio que pendía sobre sus cabezas y comenzaron a reñir como si aún se encontraran en la biblioteca perdida, o más atrás, en el ágora de Atenas. Mientras las voces subían en tono y volumen, al poeta llegó su epifanía: si no se sabía con certeza a donde pertenecía una estrella ¿qué impedía decir que no pertenecía a ninguna?
— ¡Basta, los dos! Encontramos el signo que faltaba.
— ¿Las tenazas? —dijo el egipcio indignado.
—Es una balanza —contestó el poeta, pero continuó rápido antes de que el otro astrónomo pudiera celebrar—pero una constelación por sí misma, el equilibrio que el emperador tanto busca. Se llamará Libra.
Virgilio sonrió por primera vez en semanas, y comenzó a escribir en un pergamino suelto una carta al emperador, en la cual tejió un vaticinio: “y así, el escorpión que antaño mató a Orión encogerá sus brazos para dejar sitio en el cielo a un nuevo César”. El poeta y los astrónomos vivirían para ver otro día, pero el macedonio aún no estaba conforme con la decisión:
— ¿Y qué pasará con Temis? No puede ser la diosa de la justicia sin su balanza.
—No lo entiendes amigo —contestó Virgilio con un brillo astuto en los ojos— esa constelación nunca fue una diosa. Si alzas la mirada a los cielos esta noche, lo que contemplarás será la piedad de una virgen vestal.
¡Bienvenidos pasajeros! Creo que nunca he tocado el zodiaco en este espacio, al menos no el occidental, pues en alguna ocasión escribí un relato sobre el chino. Investigando sobre cuál debía ser la mejor forma de abordarlo, en lo que por alguna razón se siente como el primer relato del año (pese a ser el segundo), descubrí esta curiosa historia, sobre cómo aunque el origen de la astrología está en Babilonia, y se consolidó en Grecia; no fue hasta Roma que tomó su forma actual, un dato poco conocido.
Hasta el próximo encuentro…
Navegante del Clío
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