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Amistad

5 ago
5 min de lectura

¡Bienvenidos pasajeros! Uno de los clichés más nocivos que han salido de Hollywood, sobre todo entre aquellos en apariencia bienintencionados; es el del salvador blanco, en el que un grupo marginado o minoritario, si bien virtuoso, necesita de la ayuda de un perteneciente al grupo dominante, enamorado del grupo, la cultura o algún individuo miembro de éste, para imponerse a los antagonistas. Sin embargo, hay ocasiones en las que la calidad de la película es tal, que se vuelve fácil soportar este tropo, y hoy vemos una de esas películas.


Escrita por David Franzoni y dirigida por Steven Spielberg; la cinta de 1997 es protagonizada por Matthew McConaughey (Roger Sherman Baldwin), Djimon Hounsou (Joseph Cinqué) Stellan Skarsgard (Lewis Tappan), Morgan Freeman (Theodore Joadson), Nigel Hawthorne (Martin van Buren), Pete Postlethwaite (William S. Holabird), David Paymer (John Forsyth), Chiwetel Ejiofor (James Covey), Jeremy Northam (Coglin), Arliss Howard (John C. Calhoun) y Anthony Hopkins (John Quincy Adams), entre otros. Bien recibida por la crítica, decepcionó en taquilla pero logró recibir cuatro nominaciones a los premios Oscar.


Situada entre 1839 y 1841; la película adapta el caso del barco español La Amistad, requisado por el gobierno de Estados Unidos, y el subsecuente conflicto legal por la condición de su cargamento, cincuenta y tres esclavos. Y es con la precisión histórica con la que quiero comenzar, pues ha recibido tanto alabanzas como críticas: por un lado, creo que el guion exagera el rol que jugó el caso en la lucha abolicionista, planteado casi como uno de los antecedentes directos de la Guerra de Secesión. Sin embargo, entiendo que una narrativa se tome estas licencias poéticas, pues entiende el poder que tienen los símbolos, y creo que la elección de la trama es una muy interesante, pues pone en perspectiva el delicado pero fascinante periodo histórico en el que se ubica: la esclavitud es legal en los Estados Unidos, pero el tráfico trasatlántico de esclavos está prohibido, una aparente contradicción que pone en evidencia la doble moral de la sociedad de la época, y las lagunas explotadas por ciertos agentes.


La película se puede dividir en dos grandes segmentos, que se alternan el uno con el otro y que se beneficia de cambios en la paleta de color distintivos pero armoniosos: uno dentro de los juzgados y otra fuera. Comenzando con este segundo apartado, es dónde se encuentran algunos de los momentos más dramáticos, comenzando por la memorable cinematografía del opening, a secuencias sobre el trato de los prisioneros que son en extremo crueles, con un par de imágenes particularmente difíciles de ver, pero que en ningún momento se sienten gratuitas, sino parte importante de la caracterización. Aunque en casi todas las historias disfruto de personajes complejos, retratar a los esclavistas como villanos irredimibles fue la decisión correcta, y eso tiene como resultado que la única secuencia de acción propiamente dicho de la película, en el tercer acto, aunque breve, sea de los momentos más satisfactorios que he visto.


Pero más incluso que en esas secuencias, donde brilla el talento de Spielberg como director es en el mismo juicio, pues con pocos movimientos de cámara, concentrados en permitir brillar a los actores, logra que un drama legal sea tenso, dinámico y profundamente emocional. Aunque alimentado por la otra parte de la película, el juicio en realidad se sostiene por su propio peso, gracias en gran medida a una sólida estructura que plantea tres estadios: el juicio penal, el juicio civil que ocupa casi todo el metraje, y finalmente el clímax en la Suprema Corte. Aunque simplificado, que sea un recorrido por tantas etapas permite una exploración resumida de un proceso judicial usualmente entorpecido y manipulado por cuestiones políticas, sobre todo cuando son de tan alta envergadura. Que sea un caso de derecho internacional le agrega un nivel adicional de complejidad, uno que encontré fascinante, pues involucra a Reino Unido, la particularidad legal de Cuba y España, en la que fue extraño ver a una Isabel II tan joven, pues estoy más familiarizado con las etapas tardías de su reinado.


El guion, aunque nada sutil en sus temas, es uno de los más sofisticados de la filmografía de Spielberg, con gran atención al detalle no sólo jurídico, sino de elementos fundamentales como la barrera lingüística, que se convierte en un punto importante de trama. El diálogo tiene un formato híbrido, en el sentido de que es accesible para un público general y aún así lo suficientemente elevado para permitirle a los actores grandes oportunidades para declamar y desarrollar dotes histriónicas: al fin y al cabo, es un drama legal, donde la argumentación retórica es fundamental. Hablando de ese elenco, está repleto de estrellas de Hollywood y todos entregan una actuación sólida, incluso papeles menores como el de Jeremy Northam como el juez. McConaughey es quizá el que tiene menos oportunidades para brillar, dado que es de los personajes que tienen menos peso emocional, pero es lo suficientemente carismático para mover la trama hacia adelante y su pequeño arco de conectar emocionalmente con sus defendidos es efectivo. Al momento del estreno de la película, Anthony Hopkins fue el actor de quien más se habló por su versión de John Quincy Adams, una de las figuras históricas más curiosas con las que me he topado, en el sentido de que sus cuatro años en la presidencia es con toda seguridad el momento más mediocre de su carrera, siendo más importante su participación antes y después del cargo; pero siendo honesto, el corazón de la cinta es la interpretación del entonces desconocido Hounsou, en un rol que el mismo actor ha declarado, fue muy demandante para él, pero que en mi opinión permanece como el mejor de su carrera, entregando dos o tres escenas que se han convertido en clásicos del cine de los noventas.


La racha 1989-1998 es probablemente la mejor racha de la carrera de Steven Spielberg, pese a dos puntos flacos, y esta película es otra muestra de su estilo: una muy buena cinematografía, excelentes valores de producción (siendo el vestuario particularmente bueno en esta ocasión) y una maravillosa banda sonora, a cargo de John Williams como es usual con el director, pero detrás del espectáculo, una profunda emoción humana; aunque si algo le puedo criticar es la evidente falta de personajes femeninos, que se podría haber remediado agregando un par de personajes originales que representaran la participación de las mujeres en el histórico movimiento abolicionista.


Concluyo regresando a la pregunta inicial ¿cómo se evitó el cliché del salvador blanco? Creo que se debe a tres motivos principales: el primero es el rol de soporte de Morgan Freeman y Chiwetel Ejiofor como personajes de color que no interpretan a esclavos (aunque sí a libertos), sino a hombres de sociedad, políticamente activos, claves para evitar las posibles implicaciones de que todos los actores afrodescendientes interpreten a esclavos encadenados y semi desnudos. El segundo es que aunque el personaje de Tappan es claramente un idealista, los dos personajes caucásicos más relevantes (Baldwin y Quincy Adams) son caracterizados como mucho más renuentes a involucrarse en el tema, y en lugar de verse rápidamente seducidos por la "belleza salvaje" deben ser convencidos por la fortaleza de los otros personajes. Finalmente, el tercer motivo es que, pese a no ser un abogado, es Cinqué quien mueve la trama hacia adelante, y claramente el verdadero protagonista al abrir y cerrar la película con él, adjudicándole el guion dos de las tres escenas más memorables de la cinta, permitiéndole de esta manera a las víctimas del abuso conservar su dignidad y su actitud proactiva, siendo los abogados más aliados y facilitadores que salvadores en el sentido estricto de la palabra.




Hasta el próximo encuentro...


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