Assassins
¡Bienvenidos pasajeros! En honor a la verdad, tenía planeado hablar de otro musical de Sondheim el día de hoy, pero en mis vacaciones tuve oportunidad de asistir a un show de comedia, y uno de los mejores chistes, que causó una reacción muy interesante entre el público, fue sobre asesinatos presidenciales. En honor a aquella experiencia, hoy quiero hablar un poco de uno de los conceptos más polémicos que he visto en escena.
Basado en un concepto original del dramaturgo Charles Gilbert Jr., que usaba citas de diarios y periódicos para construir el relato, la historia se centra en explorar la psicología de nueve personajes históricos que asesinaron o intentaron asesinar a presidentes de Estados Unidos, que enlisto brevemente aquí en orden cronológico para que sirva como marco de referencia para los lectores de otro contexto:
John Wilkes Booth: Asesinó a Abraham Lincoln en 1865, su probable motivo el apoyo a la causa confederada durante la Guerra de Secesión.
Charles Guiteau: Asesinó a James A. Garfield en 1881, su probable motivo una crisis de salud mental, creyendo en un delirio de que había ayudado al presidente a ganar las elecciones y que se le debía un consulado en Viena o París, que por supuesto se le negó.
Leon Czolgosz: Asesinó a William McKinley en 1901, su probable motivo una radicalización de sus tendencias anarquistas tras perder su empleo en la crisis económica de 1893.
Giuseppe Zangara: Intentó asesinar a Franklin D. Roosevelt en 1933, antes de que tomara posesión, matando accidentalmente al alcalde de Chicago. Es el que tiene los motivos menos claros de toda la lista, se ha argumentado salud mental, tendencias socialistas o conspiraciones.
Lee Harvey Oswald: Asesinó a John F. Kennedy en 1963. Es el único de los personajes representados que se declaró inocente, por lo que las investigaciones nunca encontraron un móvil convincente, aunque se especuló conexiones con la mafia, la Unión Soviética y la CIA.
Samuel Byck: Intentó estrellar un avión en la Casa Blanca para asesinar a Richard Nixon en 1974. Internado por depresión, su probable motivo era ira contra el gobierno por haberle negado préstiamos financieros, así como continuas críticas a sus políticas que, en su opinión, aumentaban la pobreza y desigualdad.
Lynette "Squeaky" Fromme: Intentó asesinar a Gerald Ford en 1975; los motivos son poco claros, pero pertenecía al culto de Charles Manson y ya había sido sospechosa de complicidad en homicidios previos.
Sarah Jane Moore: Intentó asesinar a Gerald Ford en 1975, creyendo que sería la chispa de una revolución necesaria tras el desastre de la Guerra de Vietnam.
John Hickley Jr.: Intentó asesinar a Ronald Reagan en 1981, declarado enfermo mental, su probable motivo fue impresionar a la actriz Jodie Foster (entonces de catorce años) tras obsesionarse con ella al ver la película Taxi Driver.
Como curiosidad histórica, muchos otros personajes son mencionados a lo largo de la obra, pues múltiples otros presidentes, incluyendo a Harry Truman, Andrew Jackson y William Taft fueron víctimas de atentados, pero sólo tres personajes reciben cierto peso pese a no aparecer como personajes, y que eran incluidos en versiones originales del libreto (el primero de ellos, en mi opinión, hubiera sido fascinante de incorporar):
John Schrank: Intentó asesinar al ex presidente Theodore Roosevelt en 1912, argumentado que el fantasma de McKinley le había pedido vengarlo.
Arthur Bremer: Tras frustrarse una iniciativa para asesinar a Nixon, intentó asesinar al candidato presidencial George Wallace en 1972, creyendo que eso le daría notoriedad y que era su deber histórico.
Sirhan Sirhan: Asesinó a Robert F. Kennedy en 1968, pre candidato presidencial y favorito para ganar las elecciones.
Un escándalo mayúsculo al momento de su estreno, recibió críticas muy negativas, sobre todo de los sectores más conservadores de la prensa. Quizá por eso, aunque en esta sección he intentado hablar más de los montajes originales, por el resto de esta publicación referenciaré el revival de 2004; no sólo es esa la grabación a la que tuve acceso, sino que fue considerablemente mejor recibida, ganando cinco Tonys incluyendo mejor revival, ya que realiza una serie de adecuaciones incluyendo:
Agregar una nueva canción, "Something just broke", creada para la versión de Londres, que muestra la perspectiva del ciudadano común de los asesinatos.
Reasignar el solo principal de la canción "Another national anthem" de Byck al Maestro de Ceremonias, lo que le da una perspectiva más neutral y cínica.
La idea brillante de que los asesinos obliguen al Baladista, una encarnación del Sueño Americano y quien ha servido como voz de la razón durante toda la obra, a transformarse en Lee Harvey Oswald, quien en la versión original aparece súbitamente en la recta final de la obra.
El concepto y diseño de producción me parecieron excelentes: de sólo un acto y doce números musicales, es una de las obras más cortas de las que he hablado en este espacio (el soundtrack dura poco menos de una hora, pese a incluir todos los números e incluso un par de secuencias habladas); pero eso tiene el beneficio de un gran trabajo de focalización, concentrándose en desarrollar a sus personajes no sólo mediante canciones, sino monólogos muy bien logrados, algo raro en el género. De cierta manera, la obra se asemeja más a un espectáculo de vaudeville más que a un musical tradicional, y en eso el diseño escenográfico es clave: aunque se transforma en un bar, un parque y otros escenarios en distintos momentos de la obra, los momentos iniciales dependen del uso de una cinta transportadora dentro de un campo de tiro donde los asesinos son invitados por un cínico maestro de ceremonias a participar en lo que parece un juego de carnaval; mostrando por un lado lo natural que es la violencia en la sociedad, casi como un divertimento, y por el otro lo desconectados que están los personajes de la realidad. En ese mismo sentido, creo que una de las mayores virtudes de la historia es un excelente uso del humor negro, incómodo en ocasiones pero también poderoso temáticamente, que enriquece a todo el elenco al darle a cada uno chistes distintos.
A pesar de usar material periodístico y judicial, incluso citando de forma textual algunos elementos, el musical no se siente atado por el rigor histórico y, sin cambiar sustancialmente los hechos que rodean los homicidios y tentativas, encuentra cierto margen de maniobra para profundizar en la psicología y motivaciones de los personajes. Que estos interactúen entre ellos, se mofen, inspiren y coqueteen fue una gran idea; pues los une en el tiempo pese a estar separados por la Historia, una metáfora de como los actos de violencia trascienden a través del tiempo. Otro gran toque fue que cada ataque es dirigido de una manera distinta, correspondiente al personaje y a la subtrama que recibió cada uno: por ejemplo, el atentado contra Reagan utiliza fotos y archivos de audio, los atentados contra Ford optan por una comedia muy efectiva, la acción contra Roosevelt es discutida a posteriori por los testigos y el de Kennedy se concentra únicamente en el peso que tiene sobre el tirador. La muerte de Lincoln no se ve en escena, quizá porque es el presidente al que el equipo creativo tiene más respeto, quizá porque había más potencial en mostrar el estado mental de Booth al ser acorralado; mientras que los homicidios de McKinley y Garfield son los que son tratados con mayor seriedad, probablemente por ser a manos de los dos personajes psicológicamente más ricos, aquellos con los que la audiencia más podría empatizar, Czolgosz por un buen trabajo explorando sus motivaciones y Guiteau por su ingenuo optimismo, un idealismo que choca con las tendencias oscuras del resto de los personajes, aunque solo sea una fachada para disfrazar miedo al rechazo y serios problemas de ira.
Mucho se explora de los motivos de los tiradores en la obra, y estos, pese a poseer paralelismos, también tienen sus contrastes, que nutren la historia. Algunos creen que están salvando el mundo, pero el musical deja en claro que todos son egoístas, hombres y mujeres rotos o confundidos. La mayoría son patéticos en uno u otro sentido (Zangara, Fromme y Hinckley son particularmente ridículos), pero sí reciben una caracterización compleja, siendo el debate entre el idealista Guiteau y el cínico Czolgosz el punto más fuerte del musical en mi opinión. Dado los cambios del revival, Byck pierde mucha de su identidad musical, pero sus monólogos delirantes a Leonard Bernstein, al propio Nixon y a otras celebridades, incluyendo una genial rendición de "América" de Amor sin Barreras son un gran complemento a la perspectiva cínica que tiene el equipo creativo sobre Estados Unidos. Aunque se podría argumentar que la propia sociedad es la antagonista de la historia, Booth es sin duda el asesino que recibe la menor simpatía por parte del libreto, adjudicándole la responsabilidad de todos los intentos anteriores y mostrando los menos escrúpulos de todos los personajes; siendo el que tiene las motivaciones más egoístas y, en muchos sentidos, el más loco de los nueve pese a ser de los pocos de los que no se tienen sospechas de problemas de salud mental. En el extremo opuesto de la balanza, retratar a Oswald como suicida, renuente y manipulable a la presión social le genera mucha simpatía, y me pareció una manera interesante de abordar su declaración de inocencia sin distraerse por teorías de la conspiración.
En esta ocasión cerraremos con los temas, pero antes quiero dedicar unas pocas palabras a la música, uno de los trabajos más interesantes de Sondheim al utilizar ritmos e instrumentos que corresponden a la época del cantante principal de cada número, en una intencional mofa del "cancionero patriótico" norteamericano, llegando incluso a reinterpretar el himno nacional. Todos los números son buenos, diferentes unos de otros, con un excelente uso de armonías y un buen balance entre lo satírico y lo genuino, pero siete son para mí las más memorables: en primer lugar las tres baladas, dedicadas cada una a uno de los tres asesinos que sí lograron su objetivo (Oswald es el único que no recibe una, por motivos de trama), que me parecen las tres piezas musicalmente más complejas de toda la obra, en particular la de Guiteau. Everybody's got the right es un gran opening que satiriza el sueño americano e introduce el bizarro concepto del musical, y que es un gran contraste con Another national anthem, quizá la más importante a nivel temático de toda la obra, pues redobla en la crítica social y expresa desilusión por la naturaleza de Estados Unidos, sin eximir de responsabilidad a los asesinos, mostrándolos inequívocamente como errados. Disfruté mucho también The gun song, compuesta al estilo de un cuarteto de barbería y una buena deconstrucción del culto al arma que se ha vuelto sintomático de los peores aspectos de Norteamérica, pero la mejor canción es Unworthy of your love, un dueto romántico tan dulce que casi se te hace olvidar que está dedicada a una actriz menor de edad y un homicida líder de culto, con lo que la letra cobra nuevos significados.
La justicia es uno de los temas principales del musical, que hace énfasis en lo errado que es creer que una muerte puede resolver un problema estructural, incluso cuando en efecto la motivación sea altruista; aunque también se deja en claro que los manifiestos políticos son en el mejor de los casos un añadido y en el peor un pretexto, pues los nueve son rechazados por el sistema de una u otra manera y se ven movidos por una necesidad intrínseca de llamar la atención (sea de una persona en particular como Foster o Manson, de conocidos, o de la sociedad en general). Tanto los asesinos como quienes reaccionan a los homicidios encuentran un sentido de comunidad en el dolor compartido, es la forma en la que el resto del elenco impulsa a Oswald a realizar el último tiro, y esa es la verdadera tragedia del musical, que no ofrece ninguna salida y ve la continuación de la violencia como una inevitabilidad: el maestro de ceremonias promete a los "jugadores" que todos sus problemas se resolverán si asesinan a alguien, y que aún hoy en día haya gente lo bastante desesperada para racionalizar tal acción debería ser una señal de alarma más grande de lo que es.
Año de estreno: 1990 (Off-Broadway), 2004 (Broadway)
Música: Stephen Sondheim
Letras: Stephen Sondheim
Libreto: John Weidman
Dirección: Jerry Zaks (Off-Broadway), Sam Mendes (Londres), Joe Mantello (revival)
Elenco original (Off-Broadway):
Victor Garber (John Wilkes Booth)
Jonathan Hadary (Charles J. Guiteau)
Terrence Mann (Leon Czolgosz)
Eddie Korbich (Giuseppe Zangara)
Lee Wilkof (Samuel Byck)
Debra Monk (Sara Jane Moore)
Annie Golden (Lynette Fromme)
Greg Germann (John Hinckley Jr.)
Patrick Cassidy (El baladista)
Jace Alexander (Lee Harvey Oswald)
William Parry (Maestro de ceremonias)
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
Interesante conclusion...