Kiss me, Kate
¡Bienvenidos pasajeros! Yo sé que probablemente esperaban una publicación de terror, pero ya hemos cubierto la mayoría de los musicales icónicos de ese género, y no conozco lo suficiente de los restantes para animarme a desarrollarlos. Este mes en la sección teatral, quiero regresar a la edad dorada de Broadway, y hablar de un musical del que se habla relativamente poco en comparación con los clásicos de Rodgers y Hammerstein, pero que logró marcar un hito muy importante: la primera obra en ganar el Tony a Mejor Musical.
Basado en una experiencia real que vivieron los escritores realizando un montaje; la obra es una exploración del arquetipo de la "batalla de los sexos": en el estreno de una adaptación musical de "La fierecilla domada", surgen fricciones entre el director y actor protagónico con su exmujer, quien trabaja como actriz principal en la producción; un caos empeorado por la llegada de dos mafiosos que vienen a cobrar una deuda que uno de los actores secundarios debe a nombre del director. Uno de los primeros shows en durar más de mil funciones, gozó de una excelente reputación crítica y fue nominada a cinco premios Tony (incluyendo Mejor Musical, Mejor libreto y Mejor Banda Sonora), ganando todos.
La banda sonora compuesta originalmente por Porter fue una de las más eclécticas y experimentales de los años cuarenta, combinando blues, ópera y jazz; pero ese aparente caos corresponde a la trama de la propia obra, y complementa los dos niveles diegéticos; pues la audiencia no sólo es testigo del drama tras bambalinas, sino que presencia pasajes adaptados del original de Shakespeare, y el libreto siempre me ha parecido muy inteligente en la forma en la que las dos narrativas se complementan una a la otra, ya sea al establecer paralelos entre el montaje y la vida del elenco o para marcar los contrastes con fines irónicos: por ejemplo, Fred, quien interpreta al astuto y desinhibido Petruchio, es en realidad mucho más inseguro y neurótico; mientras que las personalidades de Lili y Lois son más parecidas a las de los papeles que interpreta la otra que al propio. No hablaré mucho de los temas del original de Shakespeare, pues ya le dediqué su propia publicación en la sección de literatura, pero creo que el musical hace un buen trabajo honrando el material que la inspiró y trayéndola a un nuevo contexto, realizando un comentario, a veces sutil, a veces explícito, sobre que tan vigente sigue la concepción de amor, celos y género del bardo de Avón.
Los problemas de comunicación, y cómo estos se relacionan con el orgullo son el centro de la obra y principal fuente de conflicto; pero aunque el musical incluye tres triángulos amorosos distintos involucrando a cinco personajes diferentes, en ningún momento parece exagerado o forzado, pues el drama de relaciones se da de manera orgánica. Asimismo, aunque los personajes son relativamente planos (sobre todo Bill); creo que el libreto los trata con justicia, pues muestra las virtudes y defectos de todos a partes iguales, sin inclinarse por uno u otro: la química entre Fred y Lili es evidente, incluso inmersos en discusiones, pero la historia en ningún momento busca minimizar los problemas por resolver, ni niega la hipocresía de ambos en el sentido que persiguen activamente otros intereses amorosos, mientras le reprochan celosamente al otro que haga exactamente lo mismo (por fortuna, al mostrarlos como una pareja ya divorciada, la obra evita introducir la infidelidad como punto de trama, y distinguirla así de la de Bill y Lois, donde sí juega un rol, si bien atípico). En ese mismo sentido, resulta refrescante ver que ni a Lois ni a Lili se les reprocha a nivel de dramaturgia por tener una sexualidad activa, por el contrario; se les empodera y da el control de sus propias decisiones; recayendo en ambas el peso dramático en el clímax.
A un nivel técnico, son dos los elementos más consistentemente alabados en todos los montajes que se han hecho en la esfera internacional: el primero es una coreografía muy dinámica, que aprovecha la diversidad de la banda sonora para mostrar versatilidad (con bailes que van desde un ballet hasta un desenfreno casi rock), integrando a la vez elementos de humor físico muy bien logrado. El otro, que permite reconocer al musical al instante, es un excelente diseño de vestuario: aunque hay interludios en los que se utilizan trajes contemporáneos, casi toda la obra, incluso en aquellas escenas fuera del escenario, tiene a sus personajes en trajes shakespereanos (llegando al extremo de vestir del mismo estilo a los mafiosos, aunque no revelaré aquí el contexto en el que estos se convierten en parte de la obra); lo que causa un contraste inmediato con los sets, que dota a la obra de una identidad visual única.
Antes de terminar con mi opinión de la música, es importante señalar cual es el mejor elemento de la obra, y que creo yo es la clave de que haya perdurado en el tiempo: pese a la tensión de que los personajes están obligados a permanecer dentro del teatro por una amenaza latente de violencia; el musical es extremadamente divertido. Aunque hay fuerzas antagónicas (se podría argumentar que el ego de los personajes es su propio enemigo), no hay un villano en el sentido tradicional, pues incluso los mafiosos se benefician de una caracterización sorprendentemente ligera, y se prestan a los juegos de la trama. El diálogo es ágil, cargado de dobles sentidos, y uno de los más ingeniosos de la era dorada del teatro musical, pero la obra no depende exclusivamente de chistes verbales, sino que incorpora de forma experta humor físico y visual, así como un poco de sátira política y un hilarante giro de trama en el segundo acto. La audiencia rara vez dispone de más información que los personajes, descubriendo los sinsentidos de sus desventuras al mismo tiempo que ellos, en lo que considero una efectiva modernización de la típica comedia de enredos que los dramaturgos del siglo de oro español, y el propio Shakespeare, volvieron inmortales, uno de mis tipos favoritos de comedia.
La obra ha sido reestrenada en Broadway dos veces, y aunque no conozco prácticamente nada del revival del 2019 (salvo un par de ajustes que hicieron al libreto); pero sí he tenido acceso a material de la versión de 1999; que ganó el Tony al mejor revival. Para la banda sonora nos centraremos en aquella versión, pues la música sufrió una reorquestación importante con el fin de hacerla más dinámica y energética, reduciendo los elementos de opereta para sustituirlos por una marcada influencia del rock y la música de cabaret; pero me sorprende lo poco que se cambió el material a nivel de caracterizaciones y guion: se fortalece y pone un mayor énfasis en el humor metadiegético de una obra dentro de una obra, pero las personalidades y motivaciones de los personajes permanecen íntegras: no es perfecta, hay algunos clichés y secuencias que no han envejecido del todo bien, pero creo que es importante notar lo raro que es que una obra de los primeros años de la posguerra que aborda el género como uno de sus temas centrales no haya "necesitado" de una actualización a las sensibilidades contemporáneas, quizá por el fuerte rol que cumplieron mujeres en su creación.
Como la mayoría de los musicales tempranos, Kiss me Kate tiene un número relativamente pequeño de números musicales, un total de diecinueve; once en el primero y sólo ocho en el segundo, incluyendo dos reprises (la versión de 1999 agrega una más, que curiosamente es la única que no se encuentra en el álbum). De los números, nueve son diegéticas, pues pertenecen al ficticio musical de "La fierecilla domada", pero estos no son sólo espectáculo para extender la duración, sino que avanzan la trama al informar del estado mental de los personajes, en las múltiples formas en las que o bien incorporan sus problemas a sus papeles, o se quedan cerca de sabotear el show al borrar la línea entre actor y personaje.
Disfruto todas las canciones, una buena combinación de duetos, solos y números de ensamble; y en el primer acto So in Love, Why Can't you behave? y en particular Kiss Me, Kate (de las canciones, la que conservó más elementos de la ópera con la reorquestación, si bien combinados con energía de jazz) son muy buenos números, pero en lo que yo creo que será una opinión controversial, es de los actos de teatro musical que en mi opinión más dependen de en efecto ver la obra en escena, pues no son tan efectivos sólo en el soundtrack. Por el otro lado, creo que el segundo acto es casi perfecto, pues la mayor parte del elenco recibe un momento para brillar, e incluye las que en mi opinión son las mejores canciones de la obra: Always true to you (in my fashion), Where is the life that late I led?, Too darn hot (un número de jazz que prueba que incluso las canciones de transición pueden dejar una gran impresión) y en particular Brush up your Shakespeare, el dueto cómico de los mafiosos, absurda pero brillante en sus referencias, quizá mi canción favorita de la edad de oro.
No es un secreto que siempre he despreciado el término "comedia musical", lo considero reduccionista a un grado casi insultante, pues el musical es mucho más complejo y efectivo que una simple herramienta cómica, pues apela al espectro completo de emociones y experiencias humanas; pero si quieren canciones y bailes que de verdad hagan reír, pero a la vez construyan romances sinceros, Kiss me Kate es un muy buen lugar para empezar, un buen rato garantizado.
Año de estreno: 1948
Música: Cole Porter
Letra: Cole Porter
Libreto: Bella y Samuel Spewack
Dirección: John C. Wilson
Elenco original
Alfred Drake (Fred Graham/Petruchio)
Patricia Morison (Lili Vanessi/Katharine)
Harold Lang (Bill Calhoun/Lucentio)
Lisa Kirk (Lois Lane/Bianca)
Harry Clark (Primer mafioso)
Jack Diamond (Segundo mafioso)
Denis Green (Harrison Howell)
Thomas Holer (Henry Trevor/Baptista)
Annabelle Hill (Hattie)
Lorenzo Fuller (Paul)
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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