Augurio inevitable
- raulgr98
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Tres semanas después
La primera noche pedí soñar con el ayer, con mi madre, Polites y Perimedes, Antífo, Elpenor y el resto de los caídos; la segunda pedí soñar con el hoy, con Atenea y Hermes proveyéndome de guía; la tercera noche pedí soñar con el mañana, con el rostro aún desconocido de mi hijo, la lealtad del sabueso Argos y la sonrisa radiante de Penélope. Pero mis peticiones no fueron cumplidas, y las noches eran tan vacías y solitarias como habían sido mis días, que también transcurrían en el más absoluto silencio. Los doce hombres, últimos remanentes de los cientos que conduje a Troya, cumplían aún mis órdenes, pero lo hacían sin dirigirme la palabra, pues había roto la promesa de no mentirles, y les oculté que el rumbo que marqué le había traído la muerte a seis. Ninguno parecía entender que sólo así podía haber salvado al resto.
Tan acostumbrado estaba a las noches sin sueños, que me sobresalté cuando vi al cerrar los ojos el rostro de Circe. Se veía igual a la última vez que la vi, extendiendo la mano hacia el horizonte el amanecer que dejamos su isla. No dijo nada que no hubiera pronunciado antes, su última advertencia, pero había un detalle que lo separaba del mero recuerdo: una lechuza posada sobre el hombro de la mujer, y estaba seguro que el ama de esa ave me había enviado aquella memoria, para que no olvidara la última advertencia de la hechicera.
—Si las palabras del ciego son ciertas, y tu rumbo te obliga a pasar por Trinacia, escucha mi advertencia: mi padre es un titán bondadoso, que no suele desearle mal a ningún mortal, pero ama a su rebaño tanto como a sus propios hijos. Atenten contra las reses de roja piel, y sumarán la ira del sol a la del océano.
Desperté entonces, bajo la luz de la aurora, con la palabra Trinacia aún en mi mente, y fuera como si la hubiera invocado, porque después de la bóveda celeste, lo primero en lo que se posaron mis ojos fue en una pequeña isla, yerma salvo por unos pequeños pastizales, muy cerca de nosotros. Desde que escapamos del desfiladero estábamos a merced del viento, y por un momento creí que eso nos salvaría de aquella última trampa, pero entonces escuché el crujir del timón, y sentí al navío cambiar de dirección bajo mis pies.
— ¡Mantengan el rumbo! Tenemos provisiones suficientes, no es necesario detenerse.
— Por supuesto que tenemos comida y agua de más —dijo Euríloco, el primero de los hombres en dirigirme la palabra en semanas— pues estaban calculadas también para aquellos a quienes decidiste sacrificar. Pero después de lo que hemos pasado, merecemos más que sólo sobrevivir. Estamos hartos de este barco, y queremos, al menos por una noche, dormir sobre la suavidad de la tierra, sin guardias u oleajes.
— ¿Crees acaso que yo no lloro por los nuestros? ¿O acaso ignoras que entre las pérdidas se encontraban aquellos a quienes consideraba mejores entre nosotros? Juraste seguir todas mis órdenes, Euríloco.
— Y tú juraste no mentirnos más, pero sabías lo que nos esperaba en el acantilado.
—De otra forma no me habrían seguido, y todos estaríamos muertos. Pero les dije la verdad sobre nuestro siguiente obstáculo, y se los repito ahora: si hacemos daño al rebaño sagrado de Helios, todos ustedes morirán en el mar antes de volver a casa.
—Entonces no tocaremos esas reses. Pero aún así, merecemos una noche de descanso.
— ¿Violarás tu juramento de obedecerme, Euríloco?
—No. Pero el resto de la tripulación no hizo tal juramento, Odiseo.
Veía en sus miradas el resentimiento, el miedo, la desesperación. Ese día podía obligarlos a obedecerme, pero Euríbates me había perdido la confianza, y el resto de mis más leales se había ido. Sólo, no podía arriesgarme a un motín en la noche.
—De acuerdo, una sola noche pasaremos en esa isla. Pero todos deben jurar por el Estigie que, pase lo que pase, no tocarán esos animales.
Desembarcamos antes de que pasara una hora, y yo en persona dirigí los funerales de los caídos, bajo la atenta mirada de las inmensas vacas, de piel roja y ojos inteligentes, únicos otros habitantes de aquel lugar, a quienes mis hombres, cumpliendo su promesa, apenas pusieron atención. Se me quebró la voz al decir el nombre de Perimedes, y apenas pude pronunciar el de Polites sin quebrarme; pero el dolor compartido logró que un poco de hermandad regresara al grupo y, por un instante, sentí por primera vez algo parecido a la felicidad.
Eso fue hasta que todos despertamos una hora antes del amanecer por los sonidos de los truenos, y fuimos testigos de la peor tormenta que incluso el más experimentado de mis marinos había visto nunca. Euríbates, que poco a poco comenzaba a perdonarme, se acercó para preguntarme mis órdenes.
—No pienso volver a arriesgarlos. Tenemos suficiente para pasar otro día aquí, puesto que han cumplido su juramento, la tormenta amainará mañana.
Pero continuó el día siguiente, y también al siguiente. Cuando los dioses respondieron nuestras plegarias y la disiparon, se llevaron también el viento. No soplaba ni la menor brisa, en ninguna dirección, y nosotros no teníamos ni remos ni la madera suficiente para construir nuevos. No nos quedaba más que esperar.
Logramos preservar la armonía las primeras dos semanas, hasta la noche en que se nos acabó la última de nuestras provisiones. Entonces comenzaron las acusasiones, las frustraciones, y más de una vez noté a uno de mis hombres viendo de reojo a las reses rojas, que seguían pastando ignorantes del creciente peligro en el que se hallaban.
Y aún así, mis hombres, por desesperados que estuvieran, seguían siendo hombres de Ítaca, y se negaban a caer en la tentación. Pero llegó el día en que se me acabaron las ideas, las palabras de aliento, la voluntad para guiar, y con más de un mes atrapado en aquel lugar, no me quedó otra opción que alejarme del campamento para suplicar a Atenea y Hermes que intercedieran por mí.
Como respuesta, obtuve una visión de un gran salón, de altas columnas de mármol, y en centro, doce tronos cuyos ocupantes, tan bellos como temibles, discutían entre ellos.
— ¿Cuánto más ha de perseguir su venganza Poseidón? —preguntaba uno al que reconocí como Hermes, el que me había ayudado en la isla de Circe.
—Hasta que las acciones de ese mortal contra mi hijo y mi nieto queden castigadas. Sé que se me ha prohibido matarlo, pero merece sufrir, un poco más al menos.
— ¿Y así contradecir a las Moiras, tío? —le increpó una mujer con armadura, mi patrona— señor Zeus, mi hermano y yo nos hemos abstenido de actuar en favor de Odiseo como hubiéramos deseado, y ha sobrevivido a todas las pruebas, salvo esta última.
—No es la última —interrumpió Zeus— aun tiene que pasar por Ogigia y enfrentar a la señora prisionera en aquella isla. Pero es cierto, Poseidón, que has tenido suficientes oportunidades para saciar tu ira. Tal vez, sea ya el momento de permitir...
Que iba a decir, nunca lo sabría, pues entonces entró un nuevo ser al salón del trono, más alto que los dioses, más viejo, que brillaba con una hermosa luz, pero que ya comenzaba a menguar.
—Señor Zeus, pido justicia, pido venganza. Un mortal ha sacrificado a un buey de mi regaño sagrado. ¡Que la ira del Olimpo en pleno descienda sobre ellos!
Con horror, comencé a retroceder, pero mi curiosidad aún quería saber cómo seríamos castigados y si habría una manera de escapar, pero entonces Atenea me miró con sus penetrantes ojos grises, y regresé a la realidad.
Corrí de regreso al campamento, pero sólo encontré hombres confundidos, tan hambrientos como cuando los había dejado. Comenzaba a suspirar con alivio, cuando me percaté que faltaba uno. Y entonces lo vi, caminando de regreso con una sonrisa cruel en el rostro, y sangre deslizándose por sus brazos y piernas, pues sobre sus hombros cargaba a una de las vacas rojas, con los ojos ausentes de vida.
— ¿Qué es lo que hiciste, necio? Nos has condenado a todos.
— ¿Cuál era la alternativa, oh sabio Odiseo? ¿Acaso está entre muchos trucos conjurar los vientos de regreso?
—Juraste obedecer todas mis órdenes, Euríloco. Juraste no tocar al rebaño.
—Estoy cansado, Odiseo, de las desgracias a las que nos has guiado. ¡Hombres de Ítaca! ¡Pueden seguirme a mí, y llenarse tras semanas con el estómago vacío, o permanecer con él y seguir languideciendo en esta tierra estéril!
Algunos se fueron de inmediato al lado del traidor, pero la mayoría dudó, sólo unos segundos. Aprovechando la oportunidad, me abalancé sobre quien fuera esposo de mi hermana, creyendo neciamente que sí yo mismo lo castigaba, el resto sería perdonado, pero a una orden de Euríloco, tres de sus leales se arrojaron contra mí y me arrastraron hacia el barco, mientras uno más anudaba una cuerda.
Rodeado de mis agresores, no podía ver nada más allá de mis atacantes, pero escuché gritos y forcejeos. Alguien dijo mi nombre, y después escuché un golpe seco, y el crujir de un hueso; y supe que había fallado en esta última prueba, y uno más de mis hombres estaba muerto. Dejé de forcejear, y permití que aquellos hombres enloquecidos me amarraran de nuevo al mástil, fue entonces que vi, en la arena, a Euríbates desangrándose, y junto a él, Euríloco con la empuñadora de la espada manchada de rojo, en el lugar con el que le había partido el cráneo a mi heraldo, quien recordó nuestra amistad en sus últimos momentos.
—¿Tienen hambre? —preguntó dubitativo Euríloco, quizá aún conmocionado por haber quitado la vida a uno de los suyos, pero sabía, tan bien como yo, que ya no había marcha atrás. Encendió un fuego y con su espada descuartizó la vaca, y la repartió entre los griegos. Tres de ellos, los que me habían sujetado, comieron de inmediato, incluso antes de ponerla sobre la fogata. El resto dudó, incluso cuando el humo trajo a nuestras narices un olor delicioso, seductor, divino; y entonces, intenté una última jugada desesperada:
—Tiresias me lo advirtió, y Circe también. Comen de esa carne, y no volverán a casa.
Pero Euríloco, con la boca llena ya de carne, me contestó:
—Si hemos de morir, mejor hacerlo rápido, por la ira de un dios, a perderse por el hambre y la soledad en este lugar maldito.
Fue todo lo que se necesitó para que todos probaran aquella comida maldita, y una salvaje euforia los poseyó, pues tomaron todos sus espadas y se alejaron. Una por una, escuché gemir de dolor a todas las vacas, y aunque cerré los ojos para no ser testigo de tan cruel masacre, entendí que las habían devorado a todas, pues no regresaron al barco hasta entrado el mediodía, con la satisfacción grabada en el rostro.
Era como si los dioses mismos se hubieran alimentado de tal salvajismo, pues el instante mismo en que abordamos del oeste vino un viento cálido y suave, que nos empujaba a casa. Cuando Euríloco se acercó a mí con una daga, por un momento creí que me abandonaría en aquella playa junto al cuerpo de Euríbates, pero se limitó a susurrarme.
—Tú ya no mandas aquí, Odiseo; pero sigues siendo el hermano de mi esposa. Te prometo que te llevaré de regreso a casa.
Mas así como Euríloco violó su juramento, tampoco pudo cumplir su promesa, pues apenas había caído la noche cuando una tempestad, más poderosa aún de la que nos había mantenido presos en Trinacia, cayó sobre nosotros. Olas enormes nos embistieron, con tanta furia que dos de los hombres fueron arrastrados por ellas a las profundidades. Algunos gritaban, otros rezaban, la mayoría parecía resignado a su suerte. Y uno de ellos, el último en unirse al banquete que los había condenado, tomó una daga y cortó mis ataduras, quizá esperando encontrar la redención en el reino de Hades.
Entonces las nubes se abrieron, y por un instante vimos las estrellas antes de que un relámpago descendiera de los cielos y partieran el barco en cuatro. Con los pedazos alejándose unos de otro, perdí de vista a mi rescatador, a quien seguramente el mar se tragó en la confusión, a la mayoría de los otros, los seguía escuchando, pero ya no podía distinguir las facciones de ninguno salvo de uno: lo último que vi de Euríloco fue el de pie sobre lo que fue la proa de mi último barco, maldiciendo a los mismos dioses antes de perderse entre las olas.
En el caos había perdido mi espada y mi arco, mi escudo y la armadura del invencible Aquiles, de regreso en los dominios de su madre. Apenas me quedaban mis ropas desgarradas y, amarrado a mi muñeca, un pedazo de tela al que apenas había dedicado un pensamiento desde que zarpamos de Troya: la prenda de mi reina, a la que le había prometido que la portaría en cualquier obstáculo. Los restos de mi nave pronto se hundirían, pero el mástil seguía junto a mí, flotando con terquedad. Sobre él me trepé, y dejé que me arrastrara toda la noche, en la que alguna magia divina debió hacer a las olas moverse más rápido, pues al amanecer me encontré de nuevo ante una visión familiar: la isla, los acantilados, el desfiladero, la cueva del monstruo de seis cabezas, y el ensordecedor remolino, aquel abismo al que mi leal mástil era arrastrado.
Sabía que era ya el último que quedaba, y decidí que debía vivir, no por mí, sino por ellos. Por Penélope, asediada por enemigos, quien nunca aceptaría otra acción que no fuera mi regreso, por Telémaco, que merecía ver a su padre una vez, aunque fuera para repudiarlo por abandonarlo. Por mi padre, el fantasma de mi madre, por todos aquellos leales que aún permanecían en Ítaca, que merecían ver sus sacrificios recompensados. Pero también por Polites, por el joven Elpenor y el leal Perimedes, por el locuaz Euríbates y el fuerte Antífo, también incluso por Euríloco, pues si yo también moría ¿quién quedaría para contar sus historias?
Hallando de nuevo esa fuerza de la que llegué a dudar en tan arduo viaje, me sobrepuse al ruido del remolino, y resistí la tentación de perderme ante la aterradora visión que me aguardaba, buscando una esperanza, por pequeña que fuera. Y entonces la encontré: la raíz de un olivo, que sobresalía de la saliente de uno de los acantilados. Rezando a Atenea, tocando por última vez el pañuelo de Penélope, esperé hasta que el mástil comenzó a car en las fauces del monstruo, y salté. Logrando apenas aferrarme a la raíz, me atreví por primera vez a mirar hacia abajo, a la hilera de dientes interminable, tan cerca que casi podía pararme sobre la boca del monstruo.
Estaba atrapado, el torbellino aún amenazaba con hacer flaquear mis fuerzas, y no sabía cuanto más podría resistir, hasta que recordé la leyenda del monstruo: "tres veces al día traga, tres veces al día regurgita". Esperé por horas que se sintieron días, hasta que la boca del monstruo se cerró, y seguí aferrado a la raíz, hasta que volví a ver las fauces del monstruo abrirse, y entonces me dejé caer.
Fue quizá mi primer acto de verdadera fe, y se vio recompensada, pues la fuerza de las olas expulsadas por el monstruo no sólo me alejaron con celeridad de aquel estrecho que tanto me había quitado, sino que trajeron a mí un compañero inesperado: un tablón de otro barco, antaño condenado, aferrado al cual pude sobrevivir a la marea.
Cuando mi cuerpo sintió de nuevo arena, días después, estaba cansado y hambriento, apenas consciente. Creyendo que estaba por morir, escuché pasos suaves acercándose, el delicado sonido de la seda al raspar contra la piel inmaculada, y vi una sombra cernirse sobre mí: la de un rostro que me parecía familiar.
— ¿Penélope? —pregunté en mi delirio, y acepté tomar la mano que me tendía aquella mujer, que por alguna razón parecía inspirar confianza.
Por siete años más habría de pagar aquella equivocación.
¡Bienvenidos pasajeros! Las próximas semanas las dedicaremos a ponernos al corriente con nuestros personajes en Ítaca, y las circunstancias que llevaron al escape de Ogigia; pero este se siente aún así como el final de una era, pues aunque volveremos a ver a Odiseo, este será nuestro último relato narrado en primera persona, pues hemos acabado con el testimonio que hace tantos meses comenzó a relatar a sus rescatadores.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
Trinacria.
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