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La última tentación

7 ago
8 min de lectura

Seis semanas después


Dentro de mí se libraba una guerra entre dos Odiseos: uno que aún se aferraba a la soberbia de creerse hecho de una madera especial, y otro que se sabía tan débil como el más pequeño de los mortales. El recuerdo del inframundo aún extendía su larga sombra sobre mi corazón, y no pronuncié palabra hasta regresar a la isla de Circe. Fue sólo entonces, mientras celebrábamos los funerales del joven Que Elpenor, fue que le dije a mis hombres de las advertencias de Tiresias; pues los diecinueve que quedábamos habíamos pasado por demasiado juntos para que siguiera ocultándoles secretos. Sólo me guardé dos cosas, el lamento de la sombra de Aquiles, que le confesé sólo a Polites cuando la luz de la última antorcha se hubo extinguido, y el encuentro con mi madre, que me dolía demasiado para compartir con nadie.


Pensaba en Penélope más que nunca, y en mis horas de vigilia la imaginaba rodeada no de hombres, sino de monstruos voraces; acompañada solo de un hijo cuyo rostro no podía imaginar, sirvientes de cuya lealtad mi madre dudaba y quizá de un viejo perro, si es que mi cachorro Argos no había muerto en mis años en Troya. Quizá si hubiera sido más astuto, hubiera encontrado la forma de no dejar Ítaca, pero mi intento fracasó, y la culpa de abandonarla me carcomía, ahora que tenía la prueba definitiva que el mundo no sería igual a mi regreso. Quizá por eso me costó tanto ver a Circe a mi regreso, pero tenía que cumplir una promesa.


Jamás volví a besarla, no me atreví siquiera a tocarla, pero le agradecí de la manera más honorable que pude su ayuda. Dos días gozamos de los banquetes fruto de su hospitalidad, pero la última noche, mientras mis hombres llenaban el barco de tanta agua y comida como el navío pudiera soportar, le pedí a nuestra anfitriona una sola de las palomas que guardaba en jaulas de plata, y le pregunté por los peligros de los que había hablado el adivino ciego. Y tantas semanas después de despedirme de ella por última vez, viendo desde la proa a la bruma acercarse, recordé la primera de sus advertencias:


“Las cantoras del mar antaño fueron favoritas de Apolo, rivalizando con las mismas musas. Demeter las maldijo con la forma que tienen ahora, y eso las volvió crueles y amargas, pero no fue capaz de quitarle sus dones, lo único hermoso que permanece en ellas. No pueden abandonar la isla, rodeada de niebla donde pasan las eras, pero no les falta alimento, pues no hay mortal que no sienta deseos irresistibles de saltar de sus barcos y sabe más de los secretos que ofrecen en canción”


“No nos atacarán si sólo pasamos a un lado, pero ¿cómo evitaremos oírlas? Mi heraldo tiene la voz más bella de Ítaca, quizá si construyéramos una lira…”


“Solo Orfeo pudo silenciar a las sirenas, y la tripulación del Argo contaba con la bendición de la reina Hera y de casi todo el Olimpo, tu hombre no será capaz. Tampoco ninguna de mis artes puede ayudarte, pero mientras tu enemigo Poseidón vigilaba tu viaje al confín de la Tierra, la señora Atenea me hizo una visita. Encontrarás en su altar el obsequio que dejó para ti, aunque no alcanzo a descifrar su significado”.


Nos acercábamos cada vez más a la niebla, y sabía que no quedaba mucho tiempo para pasar por aquella prueba mortal. En mis manos sostenía el regalo de mi patrona, dos pequeños tarros, repletos de espesa cera. Por semanas habíamos gozado de vientos favorables, pero en ese momento, la marea reventando contra el barco era ensordecedora. Entonces vino a mí el que quizá sería el último de mis grandes trucos, pues la música no puede vencer a una tripulación de sordos.


—¡Euríloco! —llamé al marido de hermana— ¿aún desconfías de la magia, y crees que nada bueno trae cruzarse con ella? Entonces sé que cumplirás con celo esta encomienda. Toma esta cera, y cubre uno por uno los oídos de todos los hombres antes de sentarlos frente a los remos. Usa el doble con Euríbates, pues temo que al ser cantor tenga más deseos de escuchar. Una vez tapadas sus orejas, maldice a sus madres, promételes reinos eternos, di las mentiras que estimes conveniente, pero asegúrate de que no puedan percibir ni el más leve sonido. Cuando solo Perimedes y Polites queden sin protegerse, cubre tus propios oídos, dale los tarros a uno de ellos y pídele que se asegure de verificar tu propia sordera antes de tomar tu propio remo.


Así se hizo, hasta que solo podían escucharme dos almas: Polites, mi mejor amigo desde niños, el único que sabía los detalles de la única advertencia de Circe que oculté a mis hombres. Y el leal Perimedes, que nunca había desobedecido una orden mía.


—Los cálculos de la diosa fueron exactos, mi rey—me dijo mi amigo—pues en el frasco que le entrego sólo queda suficiente cera para sus oídos. En el otro hay suficiente para Perimedes y yo, pero no lo usaremos hasta que sepamos que usted esté seguro.


Pero dentro de mí, la lucha entre los Odiseos era cada vez mayor. Mi orgullo, no llegaba al extremo de hacerme perder la razón, sabía que me perdería en aquella canción, y moriría si abandonaba el barco; pero la curiosidad era cada vez mayor, pues había escuchado los rumores de que no era solo belleza, sino sabiduría lo que cantaban las voces de las sirenas. Una y otra vez, volvía a mí lo dicho por Tiresias, que solo un mortal escucharía aquel canto y viviría, y no podía evitar preguntarme ¿y si acaso ese estuviera destinado a ser yo?


Tomé una decisión, y antes de poder dudar de ella, arrojé al mar el frasco de cera en mis manos.


—¡Odiseo! —gritó Polites, más furioso de lo que nunca lo había visto— ¿qué acaso no has aprendido nada? Dijiste que no querías que más murieran por causa tuya, pero deberías saber que ninguno de nosotros soportará ver cómo te entregas a las olas. Me sacrificaré por ti si es necesario, pero primero merezco saber porque sigue siendo tan grande tu soberbia.


—No tan grande como crees, viejo amigo, pues tengo un plan, uno que nos salvará a los tres; sólo debía impedir que intentaras detenerme. Eres la persona en la que más confío, Polites, incluso más que en Penélope; pero sé que no tolerarás verme sufrir. Por eso te pido un favor, toma mi daga y mi espada, aléjalos tanto como sea posible de mi, y tras tapar tus oídos de cera, toma tu remo y nunca, por todos los dioses, voltees a mirarme hasta que la bruma quede dos leguas atrás, y puedan destapar de nuevo sus oídos. Deja que el viento nos siga empujando con suavidad hasta que estemos a punto de entrar a la niebla, y entonces ordena con una seña que remen como si la vida se les fuera en ello. En tus manos pongo al barco y sus tripulantes.


Una vez que mi amigo, aunque a regañadientes, cumpliera mis instrucciones, y yo me asegurara que no pudiera escuchar nada, me encaré con Perimedes.


—Tú no remarás hoy, una vez que uses en tus oídos lo último de la cera, permanecerás de pie a mi lado. ¿Sigues siendo mi hombre más leal, Perimedes, el que obedece todas mis órdenes sin cuestionar? —ante su respuesta afirmativa, continué—entonces amárrame al mástil, con tus mejores nudos, y aleja de mí cualquier cosa con la que pueda cortar la cuerda. No me escucharás, pero verás mis labios moverse, me verás gritar, suplicar, maldecir, puede que incluso llorar, pero jura que no hará s nada para ayudarme. Hasta que salgamos de la bruma, lo único que harás será asegurarte que mis ataduras no fallen.


Solo por un momento Perimedes dudó, pero no protestó, sino que amarró la cuerda tan fuerte que sentí como se escocían mis brazos desnudos. Después, lo vi ponerse cera en los oídos, y solo para comprobar que lo hubiera hecho bien, justo antes de adentrarnos en la niebla, le ordené que mejor me dejara inconsciente de un golpe, suspirando con alivio al ver que ni siquiera se inmutaba.


Sé que muchos de ustedes me preguntaran qué fue lo que escuché al pasar junto a la isla de las sirenas, pero ese es un secreto que me llevaré al Hades, pues en todos mis años, nunca estuve tan cerca de morir como aquel día, y no haré brotar en ninguno la tentación de ir a buscar aquellas rocas malditas.


Sólo diré que lo recuerdo todo, tan vivido que sé que no me dejará hasta mi último día: recuero que nunca antes me sentí tan vivo, y también que quería morir por no estar más cerca. Fue una música triste, con versos tan magníficos que ni el más virtuoso de los poetas podría replicar, e incluso por varios días después creía que nunca podría encontrar ninguna otra cosa hermosa. Aunque quisiera, si intentara describirlo, hablaría hasta que mi barba llegara a la playa, y ni así alcanzaría, pues era el todo en unas pocas voces.


Antes de perder por completo la razón al oír la canción, tuve miedo de haber cometido un error, y por eso tuve los ojos cerrados casi toda esta aventura. Sólo vi a los monstruos una vez, rostro de mujeres y cuerpos de ave, difuminadas en la niebla. Una visión extraña sin duda, pero lo que eran familiares eran las voces, algunas me hicieron sollozar, otras maldecir mi propia existencia, otras suplicar a los hombres, a los dioses y al mismo mundo ayuda para liberarme y saltar, pues las voces eran de aquellos a quienes más quería tener junto a mí: escuchaba la dulzura de Penélope, y la compasión de mi madre, la fortaleza de Aquiles y la templanza de mi padre. Llegué a escuchar la voz de la misma diosa, y a todos mis hombres perdidos unidos en un solo clamor. El dolor de no estar en el centro de aquel coro fue tal que terminé por perder el conocimiento, y lo último que escuché antes de sumirme  en las sombras fue una voz que nunca antes había escuchado, pero que sabía a quién pertenecía, pues solo existía un niño pequeño que pudiera llamarme con tanto amor.


Cuando desperté era ya noche cerrada, y descubrí que Euríloco, en lo que quizá fue su momento de mayor prudencia, no ordenó parar de remar ni quitarse la cera hasta el crepúsculo. Incluso él, que no había hecho sino dudar de mí, en ese momento me veía con admiración, pero yo no me sentía más sabio ni más dichoso, sólo cansado. Si, yo había sido el hombre vaticinado por Tiresias, pero era astucia y no virtud lo que había salvado, pues no pude evitar caer en la tentación.


Esa noche Euríbates compuso una nueva canción, Perimedes sanó entre disculpas mis heridas, y la tripulación entera festejó por única vez en todo el viaje tras terminar una aventura, pues habíamos logrado sobrevivir a una prueba sin perder a un solo hombre. Pero yo era incapaz de unirme al júbilo, y Polites tampoco, pues ambos sabíamos que tal alegría no estaba destinada a durar.

¡Bienvenidos pasajeros! Espero que no se encuentren muy decepcionados ante lo vago de este episodio, pero yo siempre he creído que el pasaje de las sirenas, aunque uno de mis favoritos, es casi imposible de adaptar, pues su canto nos tentaría a cada uno de una manera distinta ¿cuál creen que sería la de ustedes?




Hasta el próximo encuentro…


Navegante del Clío

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