El ciego, el rey y el héroe; la vergüenza y el dolor
Tres semanas después
En los confines del mundo, fue Perimedes el que sostuvo los carneros negros de Circe para que Euríloco les cortara el cuyo. Euríbates quien cantó las negras evocaciones mientras Polites llenaba los odres, otrora repletos de dulce vino, de la oscura sangre de los sacrificados. Pero fui sólo yo quien descendió al reino de Hades, sin espada, arco o escudo, pues lo único que hay que temer de los muertos es lo que reflejen en los vivos.
En aquella tierra de eterna noche, apenas iluminada por la pálida antorcha en mi mano izquierda, las sombras danzaban alrededor mío, pero sus pasos no eran de dicha sino de tormento. Tanto hacía que habían olvidado lo que era sentirse vivos, que la curiosidad se combinaba con odio y hambre. Me acercaba apenas lo suficiente para verles el rostro, buscando al amigo que dejé atrás, el único a quien debía escuchar de acuerdo con la sabia Circe, pero la tentación era grande y costaba resistirse. No tenía ningún deseo de unirme aún a la corte de los muertos, pero me preguntaba si en el otro mundo las ánimas habían ganado sabiduría, o no eran sino ecos de sus viejos errores. Vi a Áyax, aún con odio en la mirada porque lo vencí en la lucha por la armadura de Aquiles; vi a lo lejos a Sísifo y a Tántalo, en sus eternos castigos, vi a Héctor, llorando a su hijo y su ciudad. La tentación del primero fue la de intentar superar los viejos rencores, que tanto dañaron a él, a mí y a muchos, la de los segundos, imaginar los tormentos que mi soberbia podría haberme ganado, la del último, la de suplicar perdón por los excesos que no hice nada por evitar; pero logré ignorarlos a todos. Adentrándome más en la oscuridad, en una pequeña saliente lo vi a él, el perdido en el único momento de plenitud de nuestro viaje, la fuente de mi vergüenza. Le ofrecí a beber del odre, y así hablé con el primer fantasma:
—Elpenor, eras poco más de un niño cuando te obligué a acompañarme a Illión, y ahora los tuyos nunca te verán convertido en hombre. ¿Por qué tu, que sobreviviste al cíclope, al loto y a tantos otros peligros, hubiste de caer en la isla sin enemigos?
—No tienes que avergonzarte, hijo de Laertes, pues no fue un mal consejo de tu parte, ni la maldición de algún dios lo que me hizo caer del techo y romperme el cuello, tan solo el exceso del vino y el miedo a partir con el alba al implacable mal. Aquí me he reencontrado con muchos de mis hermanos perdidos, y espero a los que están por venir. Los muertos sabemos muchas cosas, rey de Ítaca. Sé a quien buscas, y puedo llevarte con él, a cambio de un pequeño favor.
—Si está en mis manos, amigo mío, ten por seguro que lo haré, pues lamento no haber podido protegerte de tu propio miedo y debilidad.
—Me has llorado, Odiseo, y te agradezco por eso, pero en tu premura por venir aquí, olvidaste los rituales. Poseidón ha reclamado dominio sobre las ánimas que se pierdan en el mar, o devorados por sus criaturas, pero yo morí en tierra, y mi cuerpo aún permanece en la isla de Circe. Regresa allá, Odiseo, y préndele fuego a mi cuerpo, con mi lanza y armadura. Después entierra las cenizas y sobre el montículo clava el remo que me llevó a Troya y a la perdición. Sólo entonces encontraré el descanso.
Así se lo prometí y, guiado por el más joven de mi tripulación, descendí aún más en aquel reino, más desolador de lo que contaban las historias, en busca del adivino; mientras en mi mente hacían eco los consejos de Circe: "no has de confundirte, pues con esta invocación no verás a ningún alma de verdad, que no pueden abandonar el Elíseo, los Asfódelos o sus Campos de Castigo, tan solo sus reflejos. Pueden hablar, pero si quieres que recuerden algo más que sus últimos momentos, ofréceles la sangre del sacrificio".
Caminé por lo que se sintió un día completo, hasta que Elpenor me llevó a un lecho de roca, donde descansaba la sombra más difusa que había visto, apenas perceptible cuando se movía. Era un anciano decrépito, con las cuencas de los ojos vacíos, uno cuya historia conocía: aquel que había quedado ciego por ver a Atenea bañarse, que había pasado siete años convertido en mujer, el que ganó el don de la profecía al mediar entre Zeus y Hera, el que llevó a Edipo a su perdición. A él le ofrecí el odre, y bebió hasta casi terminarlo, pues sólo así recuperaría los dones que necesitaba. Fue entonces que le pregunté al ciego por mi destino, y hablé con el segundo fantasma:
—Aún debes pagar el error que cometiste en la isla del Cíclope, pues largos años pasarán antes de que Poseidón perdone tu soberbia, rey de Ítaca. Grandes serán aun tus pruebas, pero ni el señor de las mareas puede ir contra los dioses que suplican en tu nombre, y que han convencido a Zeus que te deje retornar. Vuelve con Circe, pregúntale de los peligros que te esperan, y al zarpar libera una paloma. Sigue el curso de su vuelo en una línea recta, y llegarás a Ítaca.
— ¿Y las pruebas?
—Al menos tres en tu camino. Cuídate de las seductoras, vencidas antaño por Orfeo, cuyo canto sólo un hombre está destinado a escuchar y sobrevivir. Después, la decisión imposible, que sólo escaparás si aceptas un gran dolor como algo inexorable. Al final, el rebaño rojo de Trinacia. Si las dejas solas, no tendrás que preocuparte más que de preparar tu regreso, y vencer a los malos hombres que sueñan con robar tu trono y tu mujer; pero si algún daño le causaran los tuyos, mucho más tardará tu regreso, y has de perder a todos tus amigos, para no volver a Ítaca sino en barco extranjero.
— ¿Quiénes son esos hombres malos, Tiresias? ¿Qué le ha pasado a mi familia? ¡Contéstame adivino!
—Una última advertencia, Odiseo de Ítaca. Cuando llegues a tu hogar, si logras recuperar lo que es tuyo, no será ese el fin de tu viaje. Deberás hacerte de nuevo a la mar, con un remo al hombro, y navegar hasta la tierra sin sal, para caminar hasta un pueblo que no conozca el océano. Enséñales a realizar sacrificios a Poseidón, sólo entonces él te perdonará las afrentas contra tu descendencia y podrás morir anciano, en paz, rodeado de felicidad y sin volver a embarcarte nunca más.
Sin más palabras, el adivino ciego se disipó, dejándome con un rumbo, pero con más interrogantes que respuestas. Vi el odre, y aún contenía suficiente sangre de sacrificio para tres invocaciones más. Me prometí que volvería a mi barco sin dilatar más, pero mientras Elpenor me guiaba de vuelta, las sombras insistían cada vez más en beber. Por largo trecho resistí la tentación, hasta que reconocí a un muerto que no esperaba ver, pues había sobrevivido a la infernal guerra, y lleno de ira, le ofrecí el odre. Así hablé con el tercer fantasma.
— Dime Agamenón ¿Cómo es que el rey de reyes ha encontrado la muerte a tan poco tiempo de su gran victoria? ¿Valió la pena el arrancarme de mi hogar, y toda la desgracia que llamaste en nombre de tu hermano, sólo para perderte en el mar en tu regreso?
—No fue la tempestad, ni enemigo en tierra firme, el que me condenó a esta existencia, Odiseo; sino mi pérfida esposa, pues Clitemnestra tomó amante en mi ausencia, y fueron ellos quienes cortaron mi garganta cual buey de sacrificio tras alimentarme y bañarme. Este es mi consejo, rey de Ítaca. Si vuelves a tu hogar, asesina a tu esposa, pues las mujeres no entienden de lealtad, y es a ellas a quienes todos debemos nuestras desgracias.
—No veo aquí a Menelao, quien debe de gozar de nuevo de la belleza de Helena. Quizá tu reina atentó contra ti, pero tu entregaste a su hija a Artemisa, rey de reyes, y no soy quien para decidir que castigo merecería, eso corresponde a los dioses; pero puedo decirte que Penélope no es Clitemnestra, no hay mujer más virtuosa, ni siquiera las nobles ánimas que Perséfone ha enviado a perseguirme en este descenso al Hades. Ella es mi felicidad, y no me traicionará.
— ¿Ni siquiera al saber que tú la traicionaste, noble Odiseo? Vete y déjame con mi dolor. Quizá yo haya sido en parte causa de tu desgracia, pero no me culpes del juramento a Helena, o las decisiones que tomaste en Troya. No necesito compasión de tu parte, pero sí un único favor, si acaso estás dispuesto a aceptarlo. Si regresas a tu hogar. averigua si mi hijo Orestes vive, pues su felicidad es lo único que podría traerme dicha.
Las palabras de Agamenón me perturbaron después de que se disipara, pues es cierto que había roto el juramento que hice a mi reina; pero aún así creía en ella, y recé en silencio a Hera y Atenea, prometiendo que si me permitía regresar confesaría mi falta y suplicaría el perdón. Las sombras de mujeres me seguían, recordándome a Penélope, y me atormentaba el saber quienes eran aquellos hombres malos de quienes me había advertido Tiresias. Entonces encontré a un nuevo conocido, un hombre al que amé, al que odié y al que envidié, a él le ofrecí el odre, y así hablé con el cuarto fantasma:
—No me complace verte aquí, astuto Odiseo, pero ya que las Moiras te pusieron frente a mí, te suplico me contestes: ¿Qué fue de Neoptólemo, mi hijo adorado? Me siguió a la guerra tras mi muerte, o permaneció a salvo en la casa de su madre?
—Estarías orgulloso de él, Aquiles, pues peleó con gran valentía, fue el primero en descender del gran caballo, y terminó el combate victorioso e indemne.
Aquiles sonrió ante tal noticia, pero en sus ojos había una tristeza imposible de ocultar.
—Siento dicha que mi hijo tenga tales virtudes, pero temo que enfrentará mi mismo destino. No me satisface que haya seguido mis pasos.
— ¿Por qué no, Aquiles? Eres el más glorioso de los héroes, los vivos te adorarán como un dios por eras, y serás rey entre los muertos.
—No hables con ligereza de la muerte, astuto Odiseo, pues no has experimentado el eterno reflexionar. ¿O acaso, después de todo lo que has vivido, desearías para tu Telémaco tu misma suerte? Aquí he visto a jóvenes que repiten las hazañas que les costaron la vida en el campo de batalla, y a viejos cuyo nombre se olvidará, pero que vieron crecer a sus familias en la sencillez del hogar, y déjame decirte que preferiría seguir vivo, aunque fuera como el más humilde siervo de un hombre con pocas tierras o sustento, que estar aquí y reinar sobre todos los muertos que perecieron en Troya.
Sin más, Aquiles se disipó, y yo recordé la advertencia de Circe, que en esta tierra encontraría un gran sufrimiento. ¿Sería acaso este nuevo golpe a mi orgullo? El recordatorio de que el gran héroe al que yo admiraba, e incluso el rey al que odiaba, piensan aún en la muerte en sus hijos, y yo he arruinado una y otra oportunidad de conocer a mi Telémaco. Pero no, ese no era el pesar que me tenían los dioses reservados, pues cuando estaba a punto de salir del reino de Hades, vi a otra sombra, una que no debía estar ahí. Caí sobre mis rodillas, llorando con desesperación, y aunque sabía que escucharla me dolería incluso más que verla, le ofrecí el odre. El joven Elpenor trató de detenerme, pero lo ahuyenté con la antorcha, pues quería estar solo con aquella que comenzaba a beber el último trago de sangre. Así, hablé con el quinto fantasma:
— ¿Hijo mío? Largo tiempo te he buscado en esta tierra sin sol, pero ahora que te encuentro, luces distinto. ¡Dioses míos! ¿Estás vivo?
—Sí, madre. Tu hijo aún sigue vivo. ¿Qué te pasó? Seguías con vida cuando partí hacia Troya, esperaba con mucha ilusión el volver a abrazarte.
—Una treta, y un corazón débil. Mucho tiempo te esperé, pero perdí la esperanza, y no resistí la tristeza de no tenerte más conmigo, cuando tantos otros regresaron de Illión.
—Perdóname, madre. Nunca fue mi intención demorar tanto. Es mi culpa. ¿Y padre?
—Laertes sigue vivo, en el campo, sin lecho o mantas. La mente lo ha abandonado, creo que pronto se reunirá aquí conmigo.
— ¿Quién defiende entonces mi reino, madre? Tiresias me advirtió de hombres malos...
—Aquellos demasiado jóvenes para ir a Troya, ahora buscan fortuna fácil robando lo que fue de otros. Pretendientes rodean a Penélope, quien se mantiene fuerte pese a su profunda tristeza, y administra el reino en tu ausencia. Te esperará tanto como sea posible, pero debes apresurarte hijo mío, pues tus días de guerra no han terminado: sólo con sangre y muerte podrás liberar Ítaca de esta peste.
—Si quieren a mi reina y mi trono... por favor madre, te lo suplico ¿dime que mi hijo está a salvo? ¿Cómo está Telémaco?
—Bajo la atenta mirada de sus tutores, crece cada día en fuerza y astucia. Me recuerda a ti cuando eras jóvenes. La inteligencia de Penélope para dar largas a los invitados no deseados lo mantiene a salvo, pero cada día hay menos leales entre sus servidores, y el día que Telémaco se haga hombre, nadie podrá garantizar su seguridad. Esta será la última vez que nos veamos en mucho tiempo, amado hijo, pero no dejes que tu corazón se rinda, pues debes regresar y salvar a los que aún te quedan.
Y con esas palabras, y el esbozo de una sonrisa, mi madre, quien fuera nieta de un dios y reina de Ítaca, comenzó a desvanecerse, pero yo no estaba listo para dejarla ir. Me puse de pie y me acerqué a ella, intentando abrazarla, pero mi cuerpo traspasó su forma, que no era más que una niebla o un sueño, y no logré sentir nada de su calor maternal. Lo intenté una segunda vez, y una tercera, hasta que caí vencido, comprendiendo que el reflejo que estaba ahí no era ya la madre a la que dejé atrás.
Permanecí en silencio por largas horas, hasta que incluso el alma de Elpenor abandonó mi compañía. Y quizá habría permanecido más tiempo en mi dolor, si Hades no hubiera convocado de lo más profundo de las grutas un ejército de almas enfurecidas y a sus peores hordas de monstruos para perseguirme. No fue hasta que me encontré de nuevo navegando, compartiendo la historia con los dieciocho hombres que me quedaban, comprendí que llenarme de terror fue un acto de misericordia, pues encerrarme en el dolor de lo ya perdido lo único que traería sería hacerme sacrificar aún más.
¡Bienvenidos pasajeros! Estamos de vuelta con el relato de Odiseo, con el pasaje del Inframundo, el primero que escribo después de ver la película. Los paralelos serán inevitables, pues la historia es la misma, pero espero que encuentren una nueva perspectiva que los haga disfrutar de este viaje, conforme nos acercamos al final.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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