top of page

Banquete en la casa del pastor

Varias semanas después


Contemplé la hermosura de otra isla en el horizonte, y tras escapar de la trampa del olvido, no hubiera deseado otra cosa más que alejarme de esta nueva tentación, pero quiso mi mala fortuna que avistáramos tierra el día que se acabaron nuestros últimos alimentos. Aun quedaba agua para una semana, y los odres de Marón, pero sabía que los hombres no me perdonarían si los privaba de una esperanza, aunque fuera una falsa.


Apenas atracamos, vimos un prado amable, con unos cuantos árboles de frutas, y un riachuelo que parecía ser de agua dulce. Autoricé que llenaran ánforas con aquella agua, pero ordené que no se probara hasta que estuviéramos de agua en altamar, pues no quería que un embrujo poseyera a los míos en tierras desconocidas. En la lejanía se elevaban cuatro montes, pero no se alzaba humo en ninguna dirección, ni veía rastro alguno de cultivos o construcciones.


En verdad parecía estar desierta, ni siquiera los pájaros cantaban, y tal silencio sólo lograba inquietarme. Por eso antes de que atardeciera, reuní a mi querido Polites, al leal Perimedes, el heraldo Euríbates y al fuerte Antífo, que se había ganado mi confianza en la isla de los comedores del loto.


"Escoja cada uno dos hombres, de valor y nobleza; partiremos a explorar los montes en el horizonte. Quizá encontremos algo de más sustancia que estos pocos frutos".


Y a Polites, mi viejo amigo, le di una orden adicional:


"Cuando todos estén distraídos, toma los odres de Marón, que Antífo te ayude a cargarlos. Cada día que ese vino permanece en la flote crece la tentación, y es mejor tomarlo nosotros si esta tierra resulta segura, a arriesgarnos a encontrar un hurto y un desastre al volver".


Me llevaba conmigo a todos aquellos a quienes confiaría mi vida sin dudar, y sólo quedaba uno al que podía dejar al mando de mis cansados hombres.


"Euríloco, sé que siempre has creído estar a mi sombra, y que partirías de aquí sin dudarlo; pero los hombres te escuchan, y sólo tu puedes dirigirlos en mi ausencia. Sólo un favor te pido, por el amor que dices que le tuviste a mi hermana, y es que esperes dos noches antes de partir sin nosotros, si es que acaso nos demoramos."


"Dos noches, mi rey" dijo, estrechándome la mano, "pero no puedo prometerte que no partiré al tercer atardecer".


Con esa promesa incierta, trece aqueos partimos hacia lo desconocido, en casi total silencio. Solo el joven Elpenor murmuraba para sí; era el primero de los que había probado el loto que recuperaba todos sus recuerdos, pero aún susurraba el nombre de sus padres y sus hermanas, por temor a que se escaparan de nuevo.


A unas horas del crepúsculo, llegamos a la entrada de una enorme gruta, y aunque no podíamos ver bien el interior, en las profundidades la tenue luz de una antorcha dibujaba sombras en la pared. Y de la cueva brotaba un olor que tardamos en reconocer, pues no lo habíamos olido en meses, y nunca con tal intensidad: era queso.


Sin discutirlo, entramos a la cueva y en efecto, en lo más profundo, decenas de los medallones de queso más grandes que había visto se apilaban unos sobre otros, de olores dulces y salados. No había un catre, ni otra señal de vida, pero yo sabía que alguien debía habitar aquí, pues el queso no se fabrica a sí mismo, ni las antorchas se encienden por sí solas.


"Somos suficientes para cargar media docena de estos quesos, mi rey", me dijo Polites, "vámonos antes de que alguien llegue". Pero la curiosidad era más grande que mi cautela.


"No, querido amigo. Si robamos, ya no estaremos amparados por las leyes de hospitalidad, que todo ser inteligente debe respetar. Aquí hay queso, lo que significa que en algún lugar de la isla hay ganado, y sabes bien que los hombres reman mejor después de comer carne."


Así que esperamos, y al instante mismo en que el sol comenzaba a ocultarse, una sombra tapó la entrada de la caverna. Nuestro anfitrión, pues eso imaginaba que era, parecía tres veces más alto que el árbol más viejo que conocía, y sin hablar, hizo un gesto con la mano. En ese momento, media centena de las ovejas más grandes que había visto, de lana gruesa como las sogas de un navío, entró balando a la cueva. Al pasar la última, el gigante dio pasos que hicieron temblar la tierra, e hizo que una enorme roca se deslizara, tapando la salida.


Ahora la tenue antorcha era la única fuente de luz, pero el gigante prendió más mientras se acercaba a nosotros. No fue hasta que lo tuve a unos metros de mí, que me atreví a alzar la mirada, y contuve la respiración, pues ese no era un gigante cualquiera: un solo ojo azul brillaba con curiosidad a mitad de su ancha frente.


"Es un cíclope", pensé, y la impresión del terror inicial fue reemplazada por algo parecido a la confianza, pues había escuchado hablar de aquellas criaturas: aliados de los dioses durante la guerra con los titanes, trabajaban en las fraguas submarinas de Hefesto. Pero este ser, no parecía un herrero: vestía con pieles de carnero mal curtidas, y en la mano sostenía un cayado de madera.


"¡Extrañas y pequeñas criaturitas! ¿Quienes son y cómo llegaron a mi hogar?"


"Somos los vencedores de Troya, que nos perdimos en el camino de regreso a nuestro hogar. En nombre de Hermes, dios de los viajeros, invoco las antiguas leyes de hospitalidad. Estaré honrado de llamarte amigo."


"Sí, sí. Mi padre me habló de las viejas costumbres, hace mucho tiempo; aunque mis hermanos que viven lejos y yo, no hemos recibido visitas en décadas. Me pregunto si... No, no. Está bien, curioso extranjero, se podrán quedar al banquete que planeo para esta noche. Pero primero, cuéntame una historia. Si me complace, te daré un gran regalo."


Asintiendo, con un gesto convoqué a mis hombres.


"Joven Elpenor, ¿traes contigo tu flauta? Toca una melodía dulce. Euríbates, a mi señal cantarás sobre Troya, Aquiles y Hector, pero nunca digas el nombre de nadie aquí presente. No daremos nada que nuestro anfitrión no esté dispuesto a ofrecer también."


Entonces mi heraldo cantó, y yo también narré, historias de diez años de gloria y tragedia. El cíclope rio en un par de ocasiones, hizo tres preguntas, pero casi siempre pemaneció en silencio, escuchando con emoción. Al terminar, polvo cayó del techo cuando la caverna tembló con los aplausos de nuestro anfitrión.


"Bien, bien", dijo. "Ahora, el banquete".


Y con una velocidad inesperada para un ser de su tamaño, se levantó y tomó con una sola mano a dos de mis hombres. Aquellos eran soldados valientes, que habían matado y sangrado, cruzado la mitad del mundo entero, y por eso incluso hoy tiemblo al imaginar que vieron mientras se acercaban a las fauces abiertas del monstruo, pues alaridos como esos nunca antes los había escuchado. A mis espaldas, Elpenor, Perimedes y los otros gritaban y sollozaban, pero yo los silencié con un gesto, pues no sabía si el ruido insultaría a aquel ser tan grotesco. La mayoría me obedeció, pero a Antífo, fue necesario que entre cuatro lo sostuviéramos para impedir que se lanzara en vano auxilio de nuestros compañeros, que aún gritaban con horror, mientas sus columnas se comprimían con la fuerza del puño del cíclope.


Me prometí a mi mismo que vería lo que estaba por suceder, eso al menos se merecían aquellas almas a quienes había guiado hasta esa cueva, pero cuando vislumbré los dientes amarillos del cíclope, no pude aguantarlo más. Cerré los ojos, y lloré en silencio junto con los diez hombres a mi espalda. El único consuelo fue que los alaridos duraron sólo un instante más; aunque el sonido de los huesos crujir, al ser masticados junto con las armaduras de bronce, fue casi peor.


Elpenor había perdido el conocimiento, y tres hombres más trataban en vano de empujar la enorme roca que nos había privado de la libertad, pero el cíclope no parecía notarlo. Sobándose el vientre con una mano, con la otra usaba la lanza de uno de los hombres a los que había asesinado para quitarse trozos de carne de entre los dientes.


Cuando me miró, temí por un instante que la masacre fuera a continuar, pero el cíclope se limitó a sonreír, y a recordarme su promesa antes de dormir.


"Tu historia me ha complacido, extraño. Por eso, este es el regalo que te ofrezco amigo mío: a ti te comeré al último".

¡Bienvenidos pasajeros! La historia del cíclope Polifemo es quizá la más famosa de todos los pasajes de la Odisea, y por eso, para darle el tiempo que se merece, he decidido dividirla en dos relatos. Los espero para la conclusión la próxima semana.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

Entradas recientes

Ver todo
La última tentación

Seis semanas después Dentro de mí se libraba una guerra entre dos Odiseos: uno que aún se aferraba a la soberbia de creerse hecho de una madera especial, y otro que se sabía tan débil como el más pequ

 
 
 
El regreso de los dioses

Tres días después La noche que nos quedamos sin agua, una voz vino a mi en sueños, una tan antigua como poderosa, que pensaba que me había abandonado por completo: "Largas son las pruebas que te esper

 
 
 

Comentarios


bottom of page