El regreso de los dioses
- raulgr98
- hace 1 día
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Tres días después
La noche que nos quedamos sin agua, una voz vino a mi en sueños, una tan antigua como poderosa, que pensaba que me había abandonado por completo:
"Largas son las pruebas que te esperan, pero hay en el Olimpo fuerzas que no te han olvidado. No temas descansar la próxima vez que toques tierra, pues aunque uno de los que te acompañan jamás saldrá de ahí, obtendrás la fuerza y las respuestas que necesitas para volver a tu hogar".
Desperté aún en un barco que apenas podía seguir navegando, con sólo diecinueve hombres cansados para hacerme compañía, pero sentí esperanza por primera vez, pues la poderosa Atenea había perdonado mis ofensas, y con su gracia, estaba listo para comenzar a perdonarme mis propias faltas. No sonreí, pues aún había tristeza en mi corazón por tantas vidas perdidas, pero cuando el Elpenor, el joven vigía, divisó de nuevo tierra, llegó a mí el recuerdo de la alegría, sentimiento tan lejano por meses.
La visión que se abría ante nosotros, tras dos días de tempestades, era la de una isla con ríos de aguas cristalinas, bosques frondosos llenos de vida, y en la lejanía una única montaña de rocas doradas y rosadas; mas antes nos habíamos visto engañados por lugares de apariencia hermosa, y por eso aunque permití que mis hombres saciaran la sed con los arroyos de la costa, me mostraba renuente a continuar. Confiaba en la sabiduría de mi patrona, que garantizaba la protección de todos los míos salvo uno, pero aunque mi instinto me gritaba que me rindiera ante la voluntad del destino y tuviera fe, me resistía a tomar un rumbo que trajera la muerte a uno más de mis hombres, que tanto habían sufrido, por culpa tanto mía como de ellos mismos.
Dubitativo, aguardé en la costa por tres días, hasta que vi del bosque salir un alto y majestuoso ciervo, de blanco pelaje. Por primera vez desde Troya volví a sostener un arco entre mis manos, aquella herramienta que los hombres consideraban una de mis mayores virtudes, sólo detrás de mi astucia; y al abatir a la poderosa bestia para que mis hombres pudieran darse un banquete de héroes, recordé el poderoso arco de mi padre, tan pesado que sólo el rey de Ítaca podía tensar su cuerda. Al venir a mí la imagen de mi hogar, entendí que el animal era una señal de que no podía dilatar más mi decisión.
—Euríloco —le dije a mi segundo al mando, quien había permanecido inusualmente callado tras la pérdida de la flota—prestaste juramento de obedecerme, y por eso he decidido perdonar tu última imprudencia, pues confío en que de ahora en adelante tu prudencia se imponga sobre tu sed de gloria. Llévate a Perimedes, Euríbates y otros siete y escala la montaña desde el norte. Polites y yo dirigiremos al resto en una exploración de la costa. Atenea me dijo que aquí encontraremos respuestas, pero no arriesgaré a ningún hombre en vano: viajen todos juntos, sin perder a nadie de vista, y si encuentras algo que despierte en ti la más ligera desconfianza, regresa de inmediato.
No le deseaba el mal a ninguno de los hombres que la suerte decidió que formaran parte de mi grupo, pero no negaré que recé porque fuéramos nosotros los que afrontáramos el peligro, pues hacía podría actuar y no esperar impotente una mala noticia. Pero alas, las Moiras quisieron que en nuestro recorrido no encontráramos nada más que árboles y arena, antes de decidir pasar la noche cobijados bajo la sombra de la montaña. Apenas habíamos encendido el fuego cuando vi a un hombre descender del monte, y temí lo peor, pues corría solo. En una escena demasiado familiar, que me llenó de nuevo de dolor, reconocí a Euríloco, y antes de dejarlo hablar, golpeé con mi espada la roca más cercana, preguntándome si acaso Atenea me había mentido,
—Están vivos, o al menos lo estaban hace una hora—dijo Euríloco al ver nuestras consternadas expresiones, antes de relatar su historia.
Nos contó de lo arduo del ascenso, que les tomó casi todo el día, pero cómo, al llegar a la cima de la montaña, se encontraron ante un majestuoso palacio, hecho de piedra pero con más esplendor que el de cualquier rey, de bellos estanques y altas columnas cubiertas de vides y enredaderas. Había jóvenes doncellas ahí, tejiendo, riendo y conversando unas con otras, o acariciando todo tipo de grandes bestias: lobos, osos y leones, pero que en compañía de aquellas mujeres eran tan dóciles como ovejas. Euríloco, recordando la última vez que estuvo ante una doncella, pero no queriendo provocar una agresión, estuvo a punto de ordenar la retirada, pero fueron sorprendidos por la señora de aquella isla.
—Sólo de una reina se puede tratar—nos dijo—no portaba corona, y su vestido era de sencillo lino blanco, pero nunca había visto yo un rostro más regio. Más bella incluso que Helena de Esparta, sonreía con amabilidad, pero sus ojos eran serios, y sus cabellos trenzados le daban un aura de guerrera. Nos invitó a pasar a su palacio, donde nos daría tratamiento de grandes héroes, dijo, pues hacía mucho que no tenía más compañía de la que sus damas. Y uno a uno, todos cruzaron la puerta, pues incluso Euríbates se había quedado sin palabras. Perimedes fue el último, el único que recordó que teníamos órdenes de nuestro rey, pero incluso él se vio arrastrado por el olor de la comida y la suavidad del toque de las mujeres. En verdad que aquel lugar era tan hermoso, tan rico, tan vasto que no podía creerse, era demasiado perfecto. Vino a mi memoria la isla de los comedores de loto, y la trampa de los gigantes antropófagos. “Esto es magia maligna”, me dije, y me negué a atravesar el umbral. Debí haber regresado en ese mismo instante, pero la curiosidad pudo más, y decidí espiar por una de las ventanas de palacio, tratando de desentrañar la verdadera naturaleza de aquella mujer. Vi a mis nueve hombres sentarse ante una larga mesa y degustar los más exquisitos manjares que he visto, llevados hasta su lugar por doncellas de voz dulce. Comieron hasta hartarse, e incluso un poco más, y cuando estaba a punto de atardecer, devoraron en un solo trago el vino que la señora les ofreció, servido en cálices de oro y plata. Fue entonces, cuando a más de uno el sueño estaba por invadirlo, que la regia mujer hizo un ademán con la mano derecha, y los hombres comenzaron a temblar y contorsionarse, pero ninguno gritó. Ante mi aterrorizada mirada, armadura y piel se fusionó y transformó, los cuerpos se encogieron y comenzaron a crecer hacia los lados: pronto en la mesa de banquetes no había aqueos sino cerdos, pero cuando el que había sido Perimedes giró hacia la ventana, comprendí la crueldad de aquel castigo: el animal me miraba, y en sus ojos vi que conservaba su mente y voluntad intactos, rogándome que hiciera algo. Sé que ordenó que nadie se moviera solo, pero también que volviéramos si desconfiábamos de lo que hallábamos, y le debía a esos hombres regresar y contar su trágico destino. Le ruego, mi rey, vayámonos de esta isla maldita mientras aún podemos.
Había lógica en lo que Euríloco decía, y el Odiseo que fui antes quizá lo habría escuchado: los hombres que quedábamos en el campamento no sabían que hacer, y Elpenor, quien había sufrido tanto pese a su corta edad, temblaba conmocionado, incapaz de hablar. Polites fue el único que me sostuvo la mirada, el único en comprender que no nos iríamos, no porque deseara las gestas de un gran héroe, sino porque necesitaba creer que Atenea me había hablado de nuevo por una razón.
— ¿A cuántos hombres preparo para el rescate, mi rey? —me preguntó mi amigo de la infancia.
—A ninguno, pues ni una vida se perderá en esta isla por causa mía. Es una misión que debo emprender solo. Quedas al mando amigo mío, y si para mañana al amanecer no has recibido noticias mías, parte y déjame atrás.
Así tomé mi espada y seguí la ruta por la que Euríloco había llegado, pero el terreno era agreste y el amanecer me alcanzó cuando apenas llevaba la mitad del ascenso. Frustrado, decidí trepar solo hasta la siguiente saliente, donde pensaría en una nueva estrategia, y al llegar a ella descubrí a alguien esperándome.
Su apariencia era la de un joven de no más de veinte años, pero su mirada revelaba una edad mucho mayor. Vestido con una túnica blanca que dejaba al desnudo la mirada del pecho, a sus pies descansaba un yelmo, y contra la roca se reclinaba un cayado de madera con dos serpientes enroscadas. Mas no necesité de tales objetos, ni de las sandalias aladas que portaba para saber la identidad del extraño, pues aunque nunca antes lo había visto, reconocí los ojos castaños, brillando con astucia, pues eran los mismos de mi madre.
—Mi señor Hermes —dije arrodillándome— ¿a qué debo el honor? ¿Puede darme alguna noticia de mi tierra?
El gesto del dios se tornó sombrío de repente, como si escondiera un gran dolor, pero por una vez, el dios de los mensajeros no tenía noticias que entregar.
—No agobies tu mente con cosas que están más allá de tu control, bisnieto. Todo será revelado en su momento. Ni Atenea ni yo te hemos abandonado, pero tenemos poco tiempo, pues ella no podrá retener la atención de Zeus por mucho más. Hay fuerzas más grandes que yo que me impiden intervenir tanto como yo quisiera, y no podré darte ninguna ayuda una vez que te hagas de nuevo a la mar, pero sí puedo darte información de la adversaria que te espera. Su nombre es Circe, hija del titán Helios y no debes subestimarla, pues aprendió magia de Hécate en persona. Llegarás a su palacio en menos de una hora. No confíes en una sola palabra que diga, ni siquiera si se desnuda y te lleva a su lecho, no hasta que la hagas jurar por el Estigie y todos los dioses que jamás actuará para provocarte mal alguno.
—¿No sería más fácil matarla? No parece tener ningún guardia.
—Es vieja y sabia, algún día podrías agradecer su ayuda, pero mantén cerca tu espada. Circe se rige por reglas distintas a las de los mortales, honrará cualquier juramento, incluso si la fuerzas a pronunciarlos. Pero sólo podrás acercarte lo suficiente si te ganas su confianza…
—Deberé probar su comida, y tomar su vino. Pero soy un mortal ¿cómo evitaré el mismo destino de los hombres que ya ha aprisionado con sus artes?
Entonces Hermes movió la mano, y de una grieta en la montaña surgió una flor blanca. El dios la arrancó, y pude ver sus raíces negras cuando la puso en mi mano.
—Esta es la hierba moly, cómela entera antes de continuar tu ascenso, y por un día y una noche te protegerá de cualquier hechicería—dijo mientras se desvanecía-pero ten cuidado, pues aunque tú estés seguro, no impedirá que use sus artes sobre ella misma.
Tras una plegaria silenciosa de agradecimiento, devoré la planta y continué mi ascenso. En efecto, antes de que terminara la hora me encontré ante el palacio devoré piedra, y tanto el lugar como sus habitantes eran tal y como las describió Euríloco, incluyendo a Circe, de bellas palabras y cabellos trenzados, de tal hermosura que era imposible que el relato del marino le hubiera hecho justicia.
—Soy Odiseo, rey de un grupo de hombres que se perdió en este monte ayer. ¿Podría mi señora ayudarme a encontrarlos?
—Esos nobles guerreros son mis invitados —dijo con voz seductora—pero antes de conducirte a ellos, permíteme darte el trato que el señor de Ítaca merece.
Así fue que me senté en la mesa de mi enemiga, probé su comida y conversé con ella de tierras lejanas y héroes legendarios, correspondiendo cada sonrisa con un gesto galante. Cuando terminé el vino que me ofreció, incluso supliqué que mi cáliz fuera llenado de nuevo. Era casi el mediodía, y Circe juntó su cuerpo con el mío:
—Hace mucho que no tenía un visitante tan noble como tú. Acompáñame al lecho a descansar, y todo lo que deseas podrá ser tuyo.
Sonreí ante su ofrecimiento, y la presión de su abrazo cedió, sólo un poco, lo suficiente para que desenvainara la espada y presionara la hoja contra su garganta. Entonces su mirada amable se convirtió en ira, pero volvió a reír, arrogante. Sin pronunciar palabra, agitó la mano y esperó. Por unos instantes contuve la respiración, pero no disminuí la fuerza con la que me aferraba a la hechicera y vi como su rostro se llenaba de duda, odio, miedo, y finalmente ¿deseo?
—Me has vencido, héroe. ¿Quieres a tus soldados de vuelta?
—Sí, y que jures por el río Estigie y todos los dioses que no harás o planearás nada para dañar a Odiseo de Ítaca o a sus hombres.
Circe asintió de la forma más sutil que pudo y agitó de nuevo la mano. Sólo unos minutos después, se escuchó un jaleo en uno de los patios del palacio y a la estancia entraron nueve soldados cubiertos de lodo, confundidos pero con las espadas desenvainadas. Dejando ir a la hechicera, calmé a mis hombres con una sola orden y mandé al leal Perimedes por el resto de mi tripulación, pues ahora sí tendríamos tratamiento de invitados de honor en aquel lugar.
Volvimos a comer, esta vez hasta hartarnos, y cantamos por horas acompañados por los instrumentos de las doncellas, mientras yo hacía lo posible por rechazar con la máxima cortesía los avances de una Circe cada vez más frustrada. Al caer la noche, y aunque no teníamos los cuerpos para darles el entierro apropiado, encendimos cien velas por el fuerte Antífo y el resto de nuestros compañeros caídos, esperando que Hades se apiadara de sus almas y les permitiera cruzar el río. Una vez que todos los marinos cayeron dormidos, busqué a nuestra anfitriona para agradecerle su hospitalidad, aunque fuera forzada. La encontré dándome la espalda, con las trenzas desechas para que el cabello cayera en cascada sobre su espalda, y cuando se giró vi como su rostro cambiaba y se suavizaba, pareciéndose por momentos al de Atenea, al de Helena, y finalmente un reflejo del de...
— ¿Penélope? —fue lo último que dije antes de dejarme conducir a la habitación.
De todas las cosas de las que tengo que avergonzarme, de ninguna me arrepiento más que de la debilidad de la carne, y por eso no los abrumaré con una crónica de los días y noches que pasé en aquella isla, en lo que yo llegué a pensar era la felicidad absoluta. No fue hasta una mañana que, contemplando el mar, el buen Polites; que no amaba sino a su patria y a su rey y por eso era inmune a las seducciones, se acercó y me recordó los nombres de mi reina y de mi hijo, desperté de aquel ensueño y reparé que, agasajados por Circe, habíamos pasado un año en su palacio.
— ¡Has roto tu juramento, hechicera! —le reclamé furioso.
—Por el contrario, Odiseo, lo he cumplido; pues he llegado a amarte, y sé que si parten encontrarán mucho sufrimiento, lo sabio sería quedarse.
—Sin mi hogar, no sería más que una falsa felicidad, pues no hay magia que borre por completo la añoranza. Ya traicioné a Penélope, sería indigno tomar la decisión consciente de hacerla esperar. He de partir, pero antes debo saber, si es cierto que me amas; Atenea me dijo que aquí encontraría respuestas ¿puedes dármelas?
—Sí, pero antes has de prometerme que regresarás a esta tierra, aunque sea sólo un día. No te retendré, pero concédeme la gracia de volverte a ver, aunque sea una vez.
—Espero que sepas que no podré entregarte mi corazón, aunque el cuerpo haya flaqueado; pero si estás dispuesta a aceptarlo, juro que no será este nuestro último encuentro.
—Bien, Odiseo. Las moiras dijeron, poco antes de que llegaras a mi isla, que no podrías regresar a casa sin un guía; pero, respondiendo a la petición de su hermano, Zeus decretó que ningún mortal vivo sea capaz de brindarte ayuda.
—Ningún mortal vivo... eso significa que ¿en el Inframundo encontraré a mi guía?
Circe asintió
—Tiresias es la respuesta que buscas; pero no puedo dejarte ir sin advertirte que no eres el único que sueña con los dioses. Mucho dolor vas a encontrar en el reino de Hades, pero si quieres encontrar al fantasma del adivino ciego, no has de distraerte con la pena. No importa quien aparezca, escucha sólo a aquel que pronto dejarás atrás.
Le besé la mano, y convoqué a mis diecinueve hombres.
—¡Guerreros de Ítaca, volveremos a casa, pero antes debemos ir a donde ninguna tripulación se ha atrevido a navegar! ¡Coman, beban y festejen, pero sobre todo duerman bien pues al amanecer partimos a los confines del mundo!
Todos vitorearon, salvo yo, quien no podía esperar a que llegara el momento de zarpar, por lo que ocupe las horas llenando el barco de los últimos regalos de Circe, provisiones suficientes para el largo viaje, pues la entrada marítima del Inframundo estaba al borde del océano conocido, en una cueva bajo los pilares de Heracles. Fueron Polites, Perimedes y, para mi sorpresa, Euríloco, quienes me ayudaron a cargar el navío, pero cuando ya estaba bien entrada la noche nos separamos cada uno a su habitación, para seguir mi propio consejo de descansar una última noche.
Me despertó el sonido de pasos en el techo sobre mi habitación, seguido de un golpe y un grito que fue sofocado tan rápido como nació. Tomé mi espada y salí corriendo, esperando lo peor, pero la noche había vuelto a caer en silencio, y no había señal de un ataque. Cuando pensé que era el único despierto en la isla, sentí que me tomaban del brazo, y me encontré cara a cara con Circe, quien por primera vez desde que la conocí parecía a punto de soltar una lágrima.
—Ha ocurrido un accidente. Así estaba escrito, pero no por eso duele menos.
Entonces recordé la voz de Atenea, que en un año había logrado olvidar, y la profecía que no puede evitar cumplirse, aunque sea en el momento más inesperado. Era la última noche que pasaríamos en aquella isla sin enemigos o peligros mortales, y aún así, uno de los míos jamás saldría de ahí.
¡Bienvenidos pasajeros! Por fin nuestro relato ha llegado a la isla de Eea, hogar de la hechicera Circe, y así como Odiseo descansó en ella un año yo debo poner freno a esta historia, pero no se preocupen, pues no tardará el momento de retomarla, y sabrán la identidad del fallecido.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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