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Chaqueta metálica

  • raulgr98
  • hace 14 minutos
  • 5 Min. de lectura

¡Bienvenidos pasajeros! Por alguna razón, nunca he hablado de Stanley Kubrick en este espacio, probablemente es porque no conecto con mucho de su estilo, pero estoy casi seguro que es el único de los directores icónicos de quien no he reseñado ninguna película, y decidí comenzar con una que refleja de forma excelente los sentimientos encontrados que tengo hacia el director y su filmografía.


Estrenada en 1987, la cinta es dirigida por Kubrick, quien escribió el guion con Michael Herr y Gustav Hasford, mientras que el elenco está encabezado por Matthew Modine (James “Joker” Davis), Arliss Howard (“Cowboy” Evans), Vincent D’Onofrio (Leonard “Gomer Pyle” Lawrence), Adam Baldwin (“Animal Mother”), Dorian Harewood (“Eightball”), Kieron Jecchinis (“Crazy Earl”), John Stafford (“Doc Jay”), Kevyn Major Howard (“Rafter Man”) y R. Lee Erney (Sargento Hartman). Un gran éxito tanto crítico como taquillero, fue nominada a un premio Oscar a mejor guion, y ha incrementando su reputación con los años.


Inmersa dentro del género de películas de guerra, en particular aquellas que giran alrededor de la guerra de Vietnam (quizá la más grande herida abierta en la psique norteamericana), la cinta se divide en dos partes, siguiendo las experiencias del mismo protagonista: la primera sección se enfoca en él durante el entrenamiento como un joven recluta, la segunda, unos meses después, muestra la primera vez que experimenta combate activo, al quedar atascado con un batallón durante una emboscada. Cada una de las dos tiene una cinematografía, tono y estilo claramente diferenciadas, si bien están ligadas temáticamente, por ejemplo, la paleta de colores de la primera mitad está dominada por el blanco y el azul, colores estériles que contrastan


Quiero comenzar discutiendo la segunda mitad de la película, que es mucho más débil que la primera. Mi problema con la sección en Vietnam es que me parece que el director perdió el hilo de la historia, y divaga durante gran parte de la segunda mitad, y creo que se perdieron muchas oportunidades de desarrollar a los personajes secundarios (Rafter Man en particular). Sin embargo, una vez superados los problemas de ritmo iniciales, una vez que comienza la emboscada, se recupera el control de la narrativa con un excelente uso de tensión y tragedia, con los últimos minutos siendo particularmente efectivos (el perturbador uso de música en la última escena, como corrupción final de la inocencia perdida de los personajes, es perfecto). He leído muchas interpretaciones diferentes sobre la última acción del protagonista, si es un acto de rendición ante la brutalidad del mundo o una inesperada muestra de humanidad, y aunque más adelante ahondaré en los temas de la película, me inclino por la interpretación que permite una pequeña pizca de esperanza, aunque es posible que esta sea insuficiente considerando la brutalidad del mundo.


La segunda mitad es interesante, pero inconsistente, y es por eso que rara vez veo la película completa; sin embargo, creo que la primera mitad funciona casi por completo como una historia contenida en sí misma, y sería una de las mejores películas cortas de todos los tiempos. Los poco más de cuarenta minutos que conforman la sección del entrenamiento tienen un excelente ritmo, muy buen trabajo de personaje y es temáticamente el elemento más fuerte de la cinta.


Desde las primeras escenas el guion toma decisiones interesantes: por ejemplo, una falta casi total de trasfondo de los personajes, al grado que sólo dos de ellos reciben nombres, el resto debe ser identificado por el apodo humillante dado en entrenamiento. Esta presentación deliberada del elenco vuelve explícita la pregunta central de la historia ¿qué se necesita para convertir reclutas en asesinos? La respuesta que el guion encuentra, un sistemático proceso de destrucción de la individualidad, una deshumanización progresiva y por lo tanto, una de los mejores comentarios que el cine ha hecho sobre el efecto nocivo que tiene el patriarcado, y el ciclo de violencia que se nutre y depende de él, en los propios hombres.


El guion entiende muy bien la psicología militar, y la deconstrucción que hace de ésta se volvió tan icónica, que muchas de las representaciones del adiestramiento en la cultura occidental posteriores a los ochenta se han alimentado de esta. Lo que más noté la segunda vez que vi la cinta fue la fuerte connotación sexual que rodea todas las escenas, y que se consolida como fuente de humillación, motivación, control e identidad; y aunque esos elementos continúan de cierta manera en la segunda parte de la cinta, creo que el que pasen al trasfondo de la historia afecta la cohesión de la narrativa.


Las actuaciones son espectaculares, y creo que Kubrick logra una sutileza muy compleja con su elenco: la camaradería entre los integrantes de los dos escuadrones (el de entrenamiento y el desplegado entre Vietnam) es palpable, pero también se puede observar que en la mayoría de los casos solo es una apariencia, una maquinaria, o los personajes actuando por mero instinto, lo que hace que los verdaderos momentos de empatía tengan aún más impacto, pues son fácilmente reconocibles. D’Onofrio y en especial Erney construyeron papeles absolutamente icónicos, que debieron haber tenido más reconocimiento en la temporada de premios, la dinámica entre ambos actores, magnética de una forma terriblemente cruel, es el núcleo de la cinta y su momento más profundo, pero eso no demerita el trabajo de los otros actores (Baldwin en la segunda parte, por ejemplo, es excelente), en especial Modine, quien tiene un rol protagónico aparentemente contenido, pero que sufre una transformación drástica y muestra una de las mejores historia de trauma del cine de guerra.


En ese mismo sentido, creo que el uso del humor es otra de las virtudes de la cinta de Kubrik, en formas inesperadas. Parte del hilo conductor entre ambas partes es como los personajes usan chistes, muchos de ellos mordaces y vulgares, como estrategia para lidiar con la violencia, y es en el uso de un excelente humor negro donde el director logra convertir al espectador en cómplice de la historia, totalmente inmerso, pues la audiencia no puede evitar reírse de los diálogos ingeniosos, pero se siente incómodo al hacerlo, puede que incluso culpable, pues comprende lo vacías de aquellas risas, y la oscuridad de la trama.


Casi nunca discuto aquí elementos meta narrativos, pero vale la pena detenerse en el póster de la película, que recupera una de las imágenes más sugerentes que el director jamás grabó: un casco con la inscripción “nacido para matar”, y un pin con un símbolo de la paz: sencilla, casi esquemática, a medio camino entre lo armónico y lo incómodo. De una manera tan simple, se logró capturar las contradicciones de la guerra misma, y la cinta tiene el talento para mostrar lo fácil que es encontrarle sentido y propósito a algo que, por su propia naturaleza, es absurdo.





Hasta el próximo encuentro…


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