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Cuestión de nombres

A la mañana siguiente


—Eres un muy mal invitado, forastero, pues aún no me has dicho tu nombre —me dijo el cíclope, aún triturando los restos de hueso y bronce de dos nuevos infortunados.


—En mi tierra, la costumbre dicta que sea el anfitrión el primero en presentarse.


—Bien, bien. Nadie me acusará de ser descortés, ni siquiera con la comida. Soy Polifemo, hijo predilecto de mi padre y mayor de los cíclopes de esta isla.


Palidecí ante la confirmación de mis peores temores, que este no era el único monstruo en la isla, y pese a que podía ver jirones de tela y lanzas rotas entre los dientes manchados de sangre de mi interlocutor, logré reunir coraje suficiente para sonreír.


—Y yo, amigo mío soy el viajero de las mil historias, el locuaz Nadie.


—Entonces, tú tampoco eres...—contestó el cíclope, mientras se levantaba y tomaba su enorme cayado—. No, por supuesto ¿cómo podrías, si eres tan pequeño? Aquel viejo adivino debe haber estado delirando de miedo...


Sin terminar su críptico mensaje, se aproximó a la entrada, y sin aparente esfuerzo empujó la enorme roca; y por primera vez en horas volvimos a ver la luz del día, pero no fue sino un efímero momento, pues en cuanto la última de las ovejas atravesó la puerta, la roca con un crujido volvió a dejarnos atrapados.


—Debimos matarlo mientras dormía —susurró Euríbates.


—Se despertó con el sonido del paso de sus ovejas, jamás habríamos podido acercarnos—le contesté— e incluso de haberlo abatido, ¿cómo habríamos podido mover la roca?


Nadie más se atrevió a opinar, pues el mismo pesar nos embargaba a todos: de trece quedamos reducidos a nueve, y no quedaba mucha esperanza para el resto. Sólo uno de mis hombres permanecía apartado del resto, el fuerte Antífo, quien no había pronunciado palabra alguna desde la noche anterior.


— ¿Acaso me odias por haber decidido esperar al amo de la caverna, Antífo? —le dije.


—No está en mi naturaleza cuestionar las decisiones del rey. Pero espero que me perdone que no me llene de emoción el compartir queso con usted, cuando la pena está tan cerca de mi corazón.


—No eres el único que llora a los perdidos, soldado.


—Nadie como yo. "Escojan dos hombres cada uno", dijo. Y traje aquí a mis primos, los únicos familiares que me quedaban, sólo para ver a uno devorado anoche sin que pudiera hacer nada para evitarlo.


— Y... ¿el otro?


—El cíclope lo eligió esta mañana.


Permanecimos en silencio unos momentos, hasta que me atreví a ponerle una mano sobre el hombro, escogiendo con cuidado mis palabras.


—Sé que por mis decisiones he perdido para siempre tu amor, pero espero conservar tu lealtad, pues aún tengo algo más que ofrecerte: venganza.


Antífo era mi hombre más fuerte, sin él no podría realizar el plan que había elaborado en la larga noche sin dormir. En silencio, le señalé una enorme rama que colgaba de una saliente de la roca, y una piedra afilada junto a donde el monstruo había dormido. Aunque incluso Antífo necesitó de la ayuda de otro soldado para bajar el madero, antes de que pasara una hora ya la tenía en el suelo, y comenzaba a sacarle filo con la enorme piedra, que apenas podía sostener. Y mientras el fuerte soldado trabajaba, expliqué al resto mi estrategia.


—Yo me aseguraré de que nuestro enemigo tenga un sueño profundo, y cuando esté cerca de amanecer. Le clavaremos esta estaca en su ojo malvado. ¿Por qué no en la garganta? Sé que ansían preguntar, pero lo necesitamos vivo, para que en su afán de pedir por ayuda, retire la piedra y tengamos una oportunidad para escapar.


—Incluso ciego puede buscarnos. Si intentamos correr nos escuchará—dijo alguien. Y fue entonces que les conté la segunda parte de mi plan, que vino a mí cuando recordé una historia que me contó mi padre, del pastor viejo que amaba a sus ovejas.


— ¿Estás consciente que comerá de nuevo cuando regrese? —me susurró Polites — ¿cómo decidiremos a quienes dos sacrificar por los otros siete?


—Será el azar. Cuando escuchemos al monstruo acercarse, nos esconderemos en direcciones distintas, lo obligaremos a buscar. Ahora que todos conocen el plan, ni siquiera yo soy indispensable.


Por el resto del día, buscamos piedras más pequeñas para ayudar a Antífo a terminar la estaca, y quiso la Fortuna que el arma quedara completada instantes antes de que escucháramos la tierra temblar por gigantescos pasos. No quise ver en que dirección corrieron los demás, pero sí me preocupé al notar que junto a la estaca tres nos habíamos escondido: Antífo, Perimedes y yo mismo, pero antes de poder salir a buscar otro rincón, escuché un alarido y de nuevo el terrible sonido de los huesos al crujir: el cíclope había comenzado a comer.


— ¿Sólo uno? —dijo con su voz terrible— Me han ofendido al querer jugar tan tarde. No han sido corteses, y yo no estoy atado a mis promesas: si eres tú, Nadie, el primero al que encuentro, ninguna historia te salvará esta vez.


Entonces vi la enorme mano asomarse por encima de nosotros, y comenzar a palpar el suelo. Mi pierna era la que estaba más cercana, pero no estaba tan preocupado por mi vida como por que encontrara la estaca, lo que resultaría en la perdición de todos. Y lo mismo debió pensar Antífo, pues se puso de pie, y bajo la tenue luz de las antorchas me miró, con unos ojos llenos de propósito y determinación. Había perdido demasiado para suplicar, pero le quedaba una última exigencia en la mirada; y yo le respondí con un asentimiento solemne, lo único que podía ofrecerle: una promesa silenciosa. Posó su vista sobre la estaca, y de nuevo sobre mí una última vez, antes de dar un paso al frente y gritar:


— ¡Polifemo! Es mi turno de enfrentarte, monstruo.



— Sabes Nadie, no creí que los hombres fueran capaces de morir en silencio, hasta que conocí a este hombre tuyo. ¿Cuál era su nombre?


—Antífo, del que no se cantarán muchas canciones, pero que fue más fuerte que el poderoso Áyax. Propongo que brindemos en su honor.


— ¿Brindar? Si sólo hay para beber agua del río.


—No más. Nos has dejado comer del queso de tus ovejas, y por eso, he ordenado que se te presente la bebida más exquisita que conocen los mortales. ¡Hombres! En honor de nuestro anfitrión ¡abran los odres de Marón!


El olor que desprendieron al abrirse era más exquisito de lo que recordaba, y sentí mucha ira de que tan grandioso licor se fuera a desperdiciar en un monstruo, pero no teníamos otra alternativa. Espero que alguna vez el sacerdote de Apolo pueda saber cuantas vidas salvó con su obsequio. Polifemo dio un sorbo con suspicacia, pero sus reservas se sustituyeron por gula una vez que el vino tocó sus labios, y devoró los dos enormes odres en sólo tres tragos.


Creo que nunca escucharé sonido más grotesco que el de los ronquidos de un cíclope, pero esa noche fue casi como música para mis oídos, pues fue la comprobación que habíamos logrado embrutecer sus sentidos. Sin Antífo, fue necesario que los siete que quedábamos sostuviéramos la lanza, pero nuestra determinación era grande, pues había seis almas que vengar. Poco antes del amanecer, aguantando al respiración, trepamos el cuerpo del enemigo, hasta que estuvimos parados sobre su cuello, con el arma de madera sobre nuestras cabezas.


—¡Ahora! —grité, y con toda la fuerza que pudimos acumular, descargamos la estaca sobre el párpado cerrado de Polifemo.


Fue tal el grito que lanzó, que por un momento creí que la caverna misma colapsaría, pero su confusión inicial ante el dolor nos dio la oportunidad de brincar de su cuerpo antes de que pudiera agarrar a ninguno, y sus alaridos fueron la oportunidad perfecta para silenciar nuestros pasos, en dirección al gigantesco rebaño. Dando tumbos, Polifemo se acercó a la entrada de la caverna, y aunque sólo movió la roca un poco, fue suficiente para que un rayo de luz bañara a las enormes ovejas del cíclope, siete de las cuales cargaban el peso de un aqueo, aferrado con todas sus fuerzas a la lana del vientre de las criaturas.


— ¡Traición! ¡Hermanos, hermanos! ¡Auxílienme! ¡Nadie me ha atacado! ¡Nadie me ha dejado ciego!


Pero de la lejanía, el viento sólo trajo suspiros de hastío y risas cínicas:


—¡El viejo Polifemo por fin ha perdido el juicio de tanto comer mortales! Si nadie te ha atacado ¿por qué gritas?


El cíclope gritó con furia, y terminó de abrir la entrada de la cueva, pero bloqueando la salida con su propia inmensidad. Al arrancarse la estaca, se había llevado con ella su propio ojo, pero la cuenca vacía era incluso más aterradora.


—¡No escaparán de mí malditos! Puedo oír hasta el más pequeño de sus pasos, y me aseguraré que sólo salgan mis pobres ovejas a pastorear. A ustedes los dejaré enloquecer en la oscuridad de la cueva, pues nunca más la volverá a abrir.


Y entonces, el pastor llamó a su rebaño, y como el anciano ciego de la historia que mi padre me contó, se inclinó para palpar el lomo de todas y cada una de ellas, contándolas en voz alta. Al quedar satisfecho de no haber escuchado ningún otro ser moviéndose, volvió a mover la gigantesca roca y se alejó.


Cuando lo sentimos lejos, nos dejamos caer sobre la hierba y corrimos como nunca antes lo habíamos hecho en dirección a los barcos. Sabía que en cuanto comenzáramos a hablar Polifemo nos escucharía, y por eso es que no fue hasta que nuestros pies sintieron la arena que grité:


—¡Euríloco! ¡Zarpamos ahora mismo!


En efecto, no habíamos remado tanto cuando Polifemo se acercó a la playa con dos gigantescos peñuscos, uno en cada mano; pero aunque los lanzó con toda su furia, no logró alcanzarnos. Lo único que nos llegó fue su voz:


—Los dioses te maldigan, Nadie. Y también a ti, adivino, desearía poder comerte de nuevo. ¿Por qué me dijiste que un grande y poderoso, llamado Odiseo, me traería calamidad y desgracia, si el que me ha cegado es un simple mortal?


Escuchando esto, de nuevo sentí el orgullo infectando mi corazón. Agamenón, Menelao, Áyax, Diomedes; ninguno de ellos, ni siquiera Aquiles, había vencido con su astucia a una criatura tan descomunal. Me odiaría si permitiera que nadie se llevaría esta victoria.


—¡El adivino no se equivocó Polifemo, pues mi nombre es Odiseo, hijo de Laertes! Si te preguntan, diles que fue el rey de Ítaca quien te venció!


—¡Te maldigo entonces a ti, Odiseo, y a todos los tuyos, pues yo también tengo un nombre para ti! Mi padre es Poseidón, y a él invoco en este clamor de justicia y venganza, como dictan las antiguas leyes. ¡Padre mío, que Odiseo nunca regrese a su hogar, y si debe hacerlo, que sea tarde, solo y en nave ajena, con desgracias esperándolo en casa!


Pero por una semana no tuvimos mas que un mar en calma y vientos amigos que nos llevaban en dirección a casa; y cuando en el horizonte divisamos una isla con un palacio flotante, de la que había leído en viejas historias, me creí el mortal con más suerte, tan invencible en su gloria que ni el dios de las aguas se atrevería a intentar impedir mi regreso.


¡Como un hombre tan astuto puede llegar a ser tan necio! Nunca lo entenderé del todo.

¡Bienvenidos pasajeros! La historia del día de hoy es uno de los pasajes más famosos de la mitología griega, por dos razones casi opuestas, pero en verdad complementarias: por un lado, es el clásico arquetipo de la mente venciendo a la fuerza bruta. Por el otro, es una advertencia contra la arrogancia, incluso en los momentos de mayor triunfo.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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1 comentario


A Odiseo lo pierde su soberbia y 6 de sus hombres murieron por no escuchar consejos. Definitivamente no me simpatiza.

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