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El amor en los tiempos del cólera, capítulo 4

¡Bienvenidos pasajeros! Hemos entrado oficialmente en la recta final de la novela de este mes, y puesto que al momento de escribir esta publicación apenas llevo la mitad del quinto capítulo, quedará la reseña de hoy un poco corta, limitándome al cuarto capítulo; el cual, pese a ser de los más largos, es del que menos tengo que opinar.


Por un lado, creo que de toda la novela ha sido el más divertido, incluso superando al primero, pero por el otro ha sido también uno de los más frustrantes. Por eso, y puesto que ya hablé mucho del estilo en las semanas anteriores, la estructura será en esta ocasión un poco más libre; puesto que me concentraré en dar, quizá sin mucha cohesión, mis impresiones sobre el capítulo conforme fui leyendo.


Debí haber presentido que Florentino daría un giro para mal desde su reintroducción en al inicio del capítulo, cuando se obsesiona con dos propósitos, uno loable (superarse) y uno absurdo (que Juvenal debe morir); pero la primera mitad del capítulo, concentrado en la primera de estas misiones; fue el más efectivo, con el protagonista entrando a una compañía y ascendiendo de cargos con una combinación de esfuerzo y suerte, cambiando su personalidad pero no su ambición romántica (lo que le impide evolucionar). En ese proceso investiga a su padre y, de una manera muy divertida, revela su incapacidad para escribir algo que no sean cartas de amor, en el que es probablemente uno de mis pasajes favoritos de la novela a la fecha, su pasatiempo de escribir cartas gratis, y como en una ocasión incluso las escribía a sí mismo, pues tanto el novio como la novia habían requerido sus servicios. Es en esta primera parte donde también noté la única innovación estilística digna de nombrar, un breve cambio a la primera persona del plural, tomando el narrador la voz de un cronista.


Sin embargo, después de esta aventura, Florentino entra en un circuito un tanto repetitivo, con el narrador focalizando su historia en llevar un recuento de sus amantes de más renombre (en este capítulo, Ausencia, Sara Noriega y Olimpia Zuleta). No me detendré en cada una de ellas, con las aventuras algunas divertidas otras terribles, pero el personaje que para mí se roba el capítulo es Leona Cassiani, a quien García Márquez presenta como "la verdadera mujer de su vida, aunque ninguno de los dos lo supo nunca". Por un lado, creo que es refrescante ver la formación de una amistad entre personajes de distinto sexo (una sorpresa incluso para el protagonista), al grado de que casi le confía sus secretos; pero por el otro lado es una moraleja, en mi opinión muy bien lograda, sobre las oportunidades perdidas al obsesionarse con el pasado, y dejarse llevar por prejuicios, uno de los grandes defectos de Florentino.


El olvido regresa como fuerte elemento temático en este capítulo, con el personaje y el narrador reflexionando sobre la moralidad de este, conforme van muriendo las personas que conocen de la obsesión de Florentino por Fermina. En un buen uso de la ironía, me pareció una buena decisión que Juvenal supiera la historia, pero la olvidara; aunque eso tuvo como consecuencia que el encuentro entre los dos rivales de amores me resultara extremadamente decepcionante, pues aunque Florentino siente dudas de desearle la muerte a su enemigo, hubo una oportunidad perdida de que conectaran por sus intereses, la música el más importante de todos. Poco después de eso, García Márquez comparte con el lector la desventura del certamen de poesía, que pese a ser políticamente muy incorrecto, me pareció divertido, y una buena crítica a los prejuicios sociales sobre como se debe ver un escritor, y su procedencia.


El autor describe el romance con Sara Noriega como uno de los pocos estables, pero eso solo hizo que el personaje me desagradara, con un monólogo interno exasperante, plagado de misoginia. Por otra parte, Fermina crece mucho en este capítulo, y la historia capitaliza en algo que noté en el segundo capítulo (lo irrisorio de lo rápido que se enamoraron"), al concluir la heroína que ella estaba encariñada sólo de una sombra, pues realmente nunca conoció a su pretendiente, como tampoco conoce a su marido. El resultado es una gran muestra de madurez emocional, en la que se muestra a un personaje firme pero que no puede evitar sentir culpa por sus actitudes, por racionales que sean. Es quizá el momento más oscuro de la vida de Fermina, entremezclado con el escándalo de su padre, el enfriamiento de la relación con Juvenal, la mala convivencia con su suegra y la depresión, pero ese crecimiento hace que para mí, se robe el capítulo, y el como sigue noticias de Florentino sin dudar de ser fiel a su marido fue un buen posicionamiento para explorar los sentimientos hacia ambos.


La muerte está presente también en el capítulo como hilo conductor (fallecen tanto la madre de Florentino como la de Juvenal), y la pérdida de este segundo personaje permite que Fermina y el doctor reconecten, continuando García Márquez con una exploración madura del amor como una decisión que se debe tomar todos los días, y dos personajes aprendiendo a ser felices pese a que se ha apagado la pasión inicial (el incidente de las tareas domésticas, y la total incapacidad de Juvenal para hacerlas, fue particularmente divertida). Sin embargo, es también en la recta final del capítulo donde ocurre otra muerte, la de Olimpia Zuleta, y es en este momento donde Florentino ha caído, quizá para siempre, de mi gracia, por su total falta de culpa por su responsabilidad directa en el asesinato. Sin embargo, para cerrar con una nota positiva, debo decir que el último párrafo, que gira alrededor de Fermina y Juvenal, es excelente, una de mis piezas favoritas de escritura de García Márquez, en parte porque me he encariñado con sus personajes, al menos dos de los tres.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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