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La garbancera y la fosa común

hace 11 minutos
5 min de lectura

Tepito, 20 de enero de 1913


Era una noche sombría, la única luz; aquella de la luna reflejándose en la llovizna ligera. Dos ancianos, apoyados en bastones y cubriéndose con sombreros, tocaban a la puerta del taller del grabador viudo.


—Buenas noches Don Antonio —saludó Ireneo, de casi setenta y siete años a su interlocutor, dieciseis años menor.


—Señor Paz— respondió parco el impresor Vanegas Arroyo — ¿usted también busca a Lupe? Creí que ya no dibujaba para La Patria Ilustrada.


—No de forma regular, desde hace muchos años, pero en ocasiones le compro un grabado. A mis lectores parece agradarles en particular sus caricaturas de Madero. ¿A usted le debe algún encargo?


—Varios, pero no vengo a presionarlo. El día de muertos pasado mis lectores disfrutaron esos versos tan jocosos que se han vuelto populares en provincia, y quería proponerle que comenzara a diseñar ilustraciones con las que acompañar la edición de este año. ¿Probó buscarlo ya en el cuarto que renta?


—De ahí vengo, pero su casera me dijo que lo ha visto quizá diez veces en los últimos tres años; y que está a punto de echarlo, pues le debe meses de renta.


—Yo también escuché lo mismo. Al parecer, desde la Revolución prácticamente no sale de aquí. Ya nada le importa salvo el trabajo.


—Y aún así, ninguna de las personas con las que tiene contrato lo ha visto en una semana. ¿Habrá regresado a su pueblo?


—Hasta dónde sé, la última vez que estuvo en Aguascalientes fue cuando enterró a su muchacho, y en León tampoco le quedaba ninguna razón para volver, desde que perdió su taller de litografía en la inundación.


Los dos editores quedaron entonces bajo la lluvia, sin más sonidos que el ocasional toque a la puerta, pues se les había terminado la información para hacer conjeturas sobre dónde podría estar. Nada sabían de la infancia paupérrima del litógrafo, de los esfuerzos de su hermano; el maestro rural, por darle la poca educación formal que había tenido. Tampoco sabían nada de los talleres dónde había trabajado como aprendiz, de sus inversiones malogradas o sus sueños frustrados de ser maestro de dibujo. Menos aún entendían del duelo que cargaba todos los días o la inspiración detrás de sus creaciones mordaces, que más de una vez le habían valido la censura; pues pese a pagarle por su trabajo durante casi veinte años, a Lupe, el hombre no lo conocían.


Tras media hora de espera, los dos ancianos se despidieron tocándose el sombrero. Ninguno viviría ni doce años más, ninguno volvería a ver al grabador. Los dos se harían ricos publicando el grabado que encontrarían una semana después, destinado a ser la última creación de Lupe.


A la mañana siguiente; los habitantes de aquella casa de Tepito vieron las puertas del taller cerradas, y lo que inició como curiosidad pronto se transformó en inquietud; pues en aquellos tiempos tan inciertos pocas cosas eran seguras; y una de ellas era que ese regordete excéntrico, con las manos manchadas de tinta y ojeras oscuras debajo de los párpados, siempre habría la puerta del taller, quizá esperando un amigo, aunque nadie nunca hablaba con él, salvo que tuviera unos cuantos pesos de sobra para reírse con un dibujo.


El gendarme tardó una hora en llegar, y otra más en lograr forzar la entrada. El olor a humedad y alcohol era tan potente; la oscuridad tan completa, que el inspector sintió que lo embargaba un gran pesar. Sin querer parecer cobarde ante la multitud, ordenó que mandaran traer un médico y juntos, los dos funcionaros penetraron en el lúgubre taller, seguidos de tres vecinos llenos de morbosa curiosidad.


Al grabador ciego lo encontraron recargado en la silla vieja, frente a un escritorio repleto de papeles y carboncillo. Aún tenía los ojos abiertos, pero su expresión no era de terror; aunque tampoco de serenidad: en su mueca abierta y su mirada vacía no existía nada más que pesar.


El médico, hastiado y apático, se limitó a decir que parecía haber muerto la noche anterior. Tomando nota de la botella que el cuerpo sostenía con su mano izquierda, unas horas después garabatearía "alcoholismo" en el acta de defunción, pues el gobierno no le pagaba lo suficiente para practicar una autopsia. Los tres vecinos, incluso una vez que la habitación fue iluminada, tardarían mucho en identificarlo como el dueño del taller, pero cuando el gendarme les preguntó el nombre, ninguno supo responder.


Saliendo del taller, mientras esperaba a que más oficiales vinieran a recoger el cuerpo, el inspector se fijó en el letrero de la entrada; y le preguntó a la muchedumbre reunida:


— ¿Nadie sabe su nombre completo?


Más de sesenta personas había ya en esa calle; pero sólo una, con voz dubitativa, tras pensarlo casi diez minutos, le dio tres palabras que escribir en el reporte.


El inspector esperó casi una semana a que alguien viniera a reclamar el cuerpo, pero pronto se rindió, pues la comisaría comenzaba a apestar. Aunque publicó en el periódico que se le haría un funeral, nadie quiso ir, pues temían que los obligaran a pagar las exequias y otra tarde lluviosa, en el panteón de dolores, al muerto sólo lo acompañaban un cura, un inspector de policía y dos sepultureros.


Una cristiana sepultura, todos tenían derecho a eso, pero el policía tenía familia grande y deudas aun mayores, su compromiso con el muerto no era tan grande. Por fortuna para él, el panteón tenía seis clases de entierro, y la última de ellas era totalmente gratis.


La misa fue rápida, no hubo flores ni llantos, ni siquiera una lápida con nombre, así pasó a mejor vida el grabador viudo, con la poca dignidad que puede ofrecer una fosa común.


Había un doliente más, que ninguno de los otros vio: una mujer delgada, finamente vestida, con un enorme y colorido sombrero. No tenía carne alguna en su cuerpo, y por eso parecía sonreír, pero en sus cuencas vacías había tristeza. Era un esqueleto, como muchos otros que Lupe había dibujado con los años, pues nada representaba mejor las contradicciones de un México que le había dado todas sus alegrías y todos sus pesares. La huesuda, concebida como una burla a las mujeres ricas obsesionadas con la moda europea, había sido terminada una hora antes de la muerte de su creador, y por eso se había sentido en la obligación de ir a presentar sus respetos.


Cabizbaja, salió sombría del panteón y caminó por las calles de Tepito, hasta regresar al local donde vino al mundo, aquel que un gastado letrero marcaba como "JG Posada, Taller de Grabado e Ilustraciones para periódicos, libros y anuncios". Ahí, tomó la botella abandonada y dejó que las últimas gotas se deslizaran por sus huesos, antes de regresar a la página donde unos días después la encontrarían los editores.


Su creador la había bautizado como La Garbancera; pero ni esa última voluntad cumpliría la Historia, pues el mundo la conocería con el nombre que le pondría un pintor años después: Catrina.

¡Bienvenidos pasajeros! El relato del día de hoy resultó mucho más trágico de lo que yo imaginaba cuando inicié la investigación del personaje que decidí explorar este viernes. A José Guadalupe Posada se le atribuyen veinte mil dibujos en treinta y dos años, repartidos en ciento treinta libros (la mayoría infantiles) y setenta periódicos. Sin embargo, para ser su obra tan icónica, sus datos biográficos son increíblemente escasos, los historiadores sólo lograron encontrar dos datos de su vida en periódicos: el fallecimiento de su hijo y una lotería que ganó. Un legado enorme en la muerte, y en la vida una condena a la pobreza y el anonimato, tal es la triste suerte de tantos artistas, un destino injusto.



Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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