Una vida en ciento ocho minutos
Novosyolovo, 27 de marzo de 1968
Yuri tocó los controles del avión, y por primera vez en siete años, recordó la sensación de estar vivo. El partido, máximo representante de la patria a a que le había dado todo, había hecho todo lo posible por mantenerlo encadenado a la tierra, pero cinco semanas antes, Yuri se había graduado cum laude de la Academia de Ingeniería de la Fuerza Aérea, y se habían terminado las excusas para negarle la licencia de piloto.
"¿No es suficiente lo que ya lograste, Yuri?" le había preguntado Valentina ese 17 de febrero, "¿Tanto necesitas volar?"
Esa noche, el piloto no pudo ver a la doctora, su esposa desde hacía once años, pues no quería herir sus sentimientos. Claro que la amaba, y antes de colocarse el casco, Yuri sintió una punzada de remordimiento al pensar en Valentina, y en sus pequeñas que lo esperaban junto a ella en casa: Yelena, de nueve, y Galina, de siete. Cualquier otro hombre se habría convencido que lo tenía todo, y Yuri sabía que no le faltaba amor, no le faltaba dinero, no le faltaba gloria; pero no podía resistirse a la llamada de los cielos, sólo en ellos se sentía completo.
El viento era inusual para esos primeros días de primavera, y pronto comenzaría a llover. Quizá por eso Seryogin, el instructor de vuelo que servía como su copiloto aquel día, murmuraba intranquilo a su lado, sus manos temblaban aferradas al asiento. Mas Yuri no sintió miedo alguno al arrancar motores a las 11:05, e iniciar el que debía ser un vuelo de dos horas; no por temeridad o imprudencia, sino por aceptación del poder invencible del destino: Yuri siempre supo que su vida terminaría en el aire, pues la primera vez que vio a la muerte, un avión estuvo presente...
Klushino, 27 de octubre de 1941
Yuri tiene siete años cuando soldados que portan la bandera del Fuhrer capturan su aldea; en su eterna marcha hacia Moscu; y no la dejarán en veintiún meses. Hijo de un carpintero y una lechera; el muchacho no es tonto, sabe que una guerra terrible se está peleando en el mundo de más allá, y que cientos han caído ya, pero la muerte es para él un concepto abstracto, lejano. Sus padres taparon sus oídos cuando se escucharon los primeros disparos, y se molió a palos a los que se resistieron. Cerraron sus ojos cuando prendieron fuego a la escuela, e incendiaron veintisiete casas. Lo abrazaron para que no notara la violencia con la que los obligaron a trabajar los campos para alimentar soldados alemanes, y metieron en trenes sin viaje de regreso a aquellos que se negaron a obedecer.
Pero hubo algo que sus padres no le pudieron impedir ver y oír: el estruendo que rompió el silencio un atardecer; la estela de humo y fuego que un gran objeto dejó tras de sí mientras descendía de las alturas. Yuri salió corriendo de la granja, mientras su madre le suplicaba que volviera, y entonces lo vio: una monstruosidad de metal, de colores grises y rojos; incluso consumido por las llamas, sus inmensas alas conservaban una elegancia que le parecía magnética. Era lo más hermoso que había visto en su corta vida, y a pesar del intenso calor, se hubiera acercado a tocarlo, de no ser sorprendido por el alarido. La parte delantera de aquel objeto se abrió, y de ella salió corriendo un hombre, cubierto de llamas, agitando los brazos con desesperación. Gritó y corrió, sin dirección aparente, hasta que colapsó a poco más de un metro de Yuri, y quedó inerte. Para cuando los padres del niño llegaron a su lado y lo apartaron de aquel grotesco espectáculo, ya era demasiado tarde: Yuri había visto su primera muerte.
Esa noche el niño no pudo dormir, pero lo que le quitaba el sueño no era al piloto retorciéndose, sino el imaginar aquel ave de acero en el aire. Cinco meses después, en su cumpleaños, su padre le regaló una miniatura de aquella belleza, llamada avión, tallado en madera de cedro siberiano. Y Yuri jamás volvería a desprenderse de aquel juguete, pues le permitía escapar a un lugar más feliz, rodeado de nubes, incluso cuando los alemanes intentaron ahorcar a su hermano menor con una bufanda, incluso cuando su hermana y hermano mayores fueron llevados a Polonia a trabajar como esclavos. Incluso cuando su padre pasó un año entero en un hospital, después de que los soldados lo golpearan hasta casi matarlo por no trabajar, e incluso cuando su madre le hizo compañía en el catre de al lado, después de que un alemán ebrio casi le arrancara la pierna con una guadaña. Yuri durante la guerra conoció la crueldad y la muerte, se hizo hombre trabajando y saboteando cuando podía a sus captores, pero también durante la guerra se enamoró de un sueño, que lo acompañaría el resto de su vida.
Orenburg, 09 de febrero de 1956
Yuri se ha convertido en un joven de veintiún años; y lleva cuatro volando, al menos en los ratos libres que le permite su doble trabajo en la fundidora y en los muelles, la única manera de poder pagar los cursos de la escuela de la Fuerza Aérea. Sin embargo, siempre ha estado acompañado, y esa mañana será sólo la tercera vez que le permitan volar solo, quizá la última.
En verdad que ni siquiera se merecería esta tercera prueba, después de fallar dos veces en aterrizar el Mig-15; pero algo ve el comandante encargado de las pruebas en él, puede que su pasión, puede que el anhelo de regresar a los cielos, puede que un talento invisible incluso para él mismo.
"¿Está consciente que si falla una tercera vez, nunca más volverá a sentarse en una cabina, cadete?" le pregunta el comandante, y tras escuchar la respuesta afirmativa, continua, "¿De verdad siente la vocación, o es sólo que es demasiado bajo para ser aceptado como soldado?"
Yuri siente tanta vergüenza que tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para sostenerle la mirada. No necesita otro recordatorio de que mide 1.57, ese castigo arbitrario del destino que ya le ha cerrado la puerta en muchos lados: en su carrera, en su servicio, en el amor. Pero si confiesa que, sentado en la cabina, no alcanza a ver bien por el cristal, su oportunidad de volar se habrá terminado para siempre. Solo necesita una prueba más, y estirarse lo más posible...
"Espere aquí", le dice el comandante, y regresa sosteniendo debajo del brazo uno de los duros cojines del sofá de la sala común. Sin decir nada, lo coloca en el asiento del Mig, y le ordena que de comienzo a la prueba, dedicándole un guiño apenas perceptible.
Menos de dos horas después, Yuri tiene la autorización para volar sin supervisión, habiendo logrado un aterrizaje perfecto. Mientras le estrecha la mano, y le asegura que guardará el secreto del cojín, el instructor le dice:
"Escuche mis palabras, cadete, en dos años será usted teniente. Su futuro está en el aire."
Moscú, 20 de diciembre de 1959
Yuri recuerda las palabras de su viejo instructor de vuelo mientras espera ser recibido por el médico militar que lo ha citado, y sonríe al saber que se han cumplido: se ha convertido en un teniente sénior, con más de doscientas cincuenta horas de vuelo acumuladas. La libertad de estar en la cabina, casi sintiendo el viento a su alrededor, ha elevado su confianza. Sólo tres meses después de pasar aquella prueba, reunió el coraje para hablarle a una hermosa estudiante de medicina; y ahora Valentina era su esposa, y la pequeña Yelena, su hija de ocho meses, le sonreía cuando regresaba a casa.
"El coronel Babushkin no ha escatimado en halagos en su carta de recomendación. Ha causado una fuerte impresión en él, y eso no es tarea sencilla", le dice el médico militar, "Dígame, teniente, ¿le interesa integrarse al Programa Espavial Soviético?"
Yuri se contiene para no demostrar la emoción que parece a punto de desbordarlo. Recuerda aquella noche dos años atrás, estaba en una cita con Valentina cuando escucharon en la radio que el proyecto Sputnik había sido un éxito, y un satélite artificial orbitó la Tierra por primera vez. Desde aquella noche, cada vez que Yuri se subía a la cabina de un avión, miraba a las estrellas, y se preguntaba si esa misma felicidad indescriptible la sentiría si ascendía un poco más.
"Claro que me interesa, señor. Serviré a mi patria de la mejor forma que pueda. Pero, si me permite preguntar. ¿por qué yo?"
"¿Puede guardar un secreto, teniente?", contestó el doctor, "la cápsula no logrará hacer el viaje si no es diminuta, y no soportará cargar más de setenta y dos kilos. Si la Unión Soviética quiere demostrarle su grandeza a los demonios norteamericanos, necesita pilotos pequeños".
Baikonur, 12 de abril de 1961
Dos años de riguroso entrenamiento después; Yuri es un hombre de veintisiete años, a punto de vivir el día el día más importante de su vida. Un hombre sin diploma universitario, viejo en comparación con los otros aspirantes del programa, sin nada más que pasión y compromiso; salto a salto, simulación a simulación, cámara a cámara de privación de oxígeno, ha vencido a los otros ciento cincuenta y tres aspirantes; y ahora está a punto de jugarse la vida en una misión que podría cambiar la historia.
Son las seis de la mañana, y está completamente solo. Piensa en Valentina, en Yelena, en la pequeña que está por nacer; y también en el niño granjero que soñó con volar por primera vez. Su pequeño juguete se perdió hace mucho, pero él no lo olvida; y Korolev, en la sala de control, lo inmortaliza al decir su apodo de piloto:
"Kedr*. Sistemas de ignición preliminares listos, intermedios listos, principales, listos. Le deseamos un buen vuelo. Todo en orden."
"Confirmo, control, Procedemos al despegue. Hasta pronto, queridos amigos. ¡Poyekhali**!
El ascenso es más rápido de lo que él había imaginado, y la pequeña pantalla de la cabina comienza a mostrar números. A los diez minutos del despegue, Yuri se nota más ligero, suspendido en el aire, y sabe que nunca más se sentirá más libre. Soltándose el cinturón, se permite flotar hasta casi pegar el casco contra el vidrio de la cápsula, y lo ve. El muchacho que nunca antes había salido de su país, ahora puede ver el mundo entero, en un azul tan claro que hace un contraste evidente con la negritud del cielo. Es mejor de lo que pudo haber imaginado, el Vostok 1 ha logrado llevar al hombre al espacio, y él es el piloto.
"Veo la Tierra", dice emocionado "¡Es tan hermosa!"
La cápsula Vostok comienza a orbitar alrededor de la tierra, y Yuri se alegra de haber pasado noches en vela estudiando mapas. Desde el cristal reconoce Nueva Zelanda, Hawai, Chile, España, y la inmensidad de la Madre Rusia.
A las 07:55, media hora después de iniciar el lento reingreso, Yuri eyecta y abre su paracaídas, cayendo en una granja de Saratov donde pronto, con su traje naranja y su casco blanco, le dará un susto brutal a una granjera y su nieta. El que despegó como un piloto anónimo, casi prescindible, aterriza convertido en héroe, pero no se imagina que aquellos ciento ocho minutos de gloria, guardados para siempre en su memoria, no serán nunca más que eso, pues jamás volverá a dejar la Tierra que vio desde las alturas.
Baikonur 23 de abril de 1967
"Señor" dice Yuri, "debo insistir en que no es seguro despegar. Las medidas de seguridad de la Soyuz 1 no han sido comprobadas, el riesgo en el reingreso..."
"Nunca estuve de acuerdo en que se le nombrara piloto de respaldo de esta misión. ¿Qué es lo que pretende? ¿Asustar a Komarov para que renuncie, y usted pueda tener aún más gloria?"
Pero a Yuri la gloria ha dejado de parecerle atractiva. Por seis años las cámaras y desfiles lo han perseguido, y el primer hombre en ver la Tierra desde el espacio ha tenido también la oportunidad de recorrerla desde el suelo: Inglaterra, Finlandia, Polonia, Brazil Canadá, Cuba. Lo han nombrado coronel, diputado en el Soviet de la Unión, Director Adjunto de Entrenamiento en el centro espacial. Sabe que Khrushchev le dará todo lo que pida, salvo lo único que en verdad desea:
"¿Volver a pilotar?" le dijo con sorna "¿de verdad cree que me arriesgaría a perder al miembro más famoso de la Humanidad por algo tan ordinario como un vuelo?".
Caminando como fiera enjaulada, sólo los momentos que pasa en familia lo libera de la agonía de ver las estrellas, y saber que le están vedadas, pese a ser el primero en alcanzarlas. Por años ha insistido en volver al programa y es sólo la presión de Vladimir la que los convence de incluirlo como piloto de respaldo en esta nueva misión.
El mismo amigo que, vestido ya con su traje espacial, se acerca para despedirse de él, en los momentos antes del despegue. Vladimir Komarov es siete años mayor que él, pero son tan parecidos como si hubieran crecido juntos. Ambos obligados a trabajar en granjas durante la ocupación alemana, ambos a punto de fallar las pruebas para piloto, pese a ser algo con lo que soñaron desde niños. De haber sido un poco más joven, quizá él hubiera sido el piloto del Vostok tantos años atrás, pero no le guarda rencor a Yuri; las giras y entrenamientos los han convertido en amigos, sobre todo desde que él también tocó las estrellas, tres años atrás.
"Dicen que estás encendiendo alarmas por todas partes, Yuri. ¿Acaso estás celoso?", le pregunta con una sonrisa.
"Un poco, Vladimir; pero mi preocupación es fundada. La cápsula no está lista. Se están dejando presionar por los norteamericanos..."
"Tengo fe en nuestros científicos, viejo amigo. Si ellos dicen que se puede volar, no tengo porque dudarlo."
"Déjame a mí ser el piloto, Vladimir. Si tengo razón, no se atreverán a arriesgarme a mí, y cancelarán el lanzamiento".
"Te das demasiado importancia. Ya fuiste el primero en el espacio, Yuri ¿por qué no me permites a mí ser el primero en ir dos veces?"
Con preocupación, admiración, y un poco de envidia, Yuri vería el Soyuz ascender; y brindaría con el resto del equipo los reportes de éxito de Vladimir, primer hombre en ir dos veces al espacio. Pero también sería testigo, veintiséis horas después, del colapso: el panel solar que no se desplegó, la energía agotada antes de tiempo que obligó a un reingreso anticipado, y el paracaídas que no se abrió, la Soyuz estrellándose a ciento cuarenta kilómetros por hora, Komarov convirtiéndose también en la primera víctima mortal de la carrera espacial.
"Tu amigo se convertirá en un héroe" le dice el comandante de la misión, sin importarle la vida perdida "pero esto prueba que no podemos arriesgar al que ya tenemos. De mi cuenta corre que nunca volverá a volar".
Novosyolovo, 27 de marzo de 1968
Y con la satisfacción de haber vencido a ese último rival, Yuri regresa al presente; su primer vuelo en seis años a punto de terminar, casi puede ver la base a la que se dirige. Esa noche, verá a Valentina, a Yelena y a Galina. Dentro de tres días volverá a volar, y quizá algún día, volverá a tocar las estrellas. Apenas acaba de cumplir treinta y cuatro, todavía tiene tiempo suficiente para volver a ascender.
Pero entonces escucha un boom, y por puro instinto, logra dar un giro brusco a la izquierda; pero la ráfaga que pasa junto a ellos deja una onda expansiva, y el avión comienza a girar sin que pueda recuperar el control.
"¿Que pasó?" le grita Seryogin aterrorizado.
"Creo que fue un Sukhoi; el imbécil volaba por debajo de la altura mínima, no debió medir bien con la lluvia. Rompió la barrera del sonido y causó esta turbulencia. Vamos muy rápido, pero puedo recuperar el control, tranquilízate...."
Pero otro sonido, mucho más tenue, los silencia a los dos, pues es lo peor que un piloto puede escuchar a esa altura: la turbulencia estaba cuarteando el vidrio; si se rompía, perderían oxígeno, poco después el conocimiento; pero con el avión aún girando, descender era imposible.
El piloto no gritó, no lloró; aún con la esperanza de poder recuperar el control de su avión, se aferró a los controles, disculpándose con su familia por no llegar a comer. A las 12:53, ciento ocho minutos después de despegar, el vidrio de la ventana trasera se rompió, y el piloto elevó la mirada al cielo sin nubes; pese al sol, creyó distinguir el firmamento. Yuri Gagarin, primer cosmonauta ruso, murió en el aire, y lo último que vio antes de perder el conocimiento fue a las estrellas, llamándolo de regreso.
*"Cedro" en ruso
** "¡Allá vamos!" en ruso
¡Bienvenidos pasajeros! Hollywood ha sido tan efectivo vendiéndonos el Apolo 11, que es fácil ignorar que el primer hito de la carrera espacial fue logrado por un soviético, de desenlace tan trágico como retorcidamente poético. Su vida jamás volvería a casarse, y moriría en 2020, buscando preservar la memoria de Yuri Gagarin, primer hombre en volar al espacio.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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