El constituyente y el arquitecto maldito
- raulgr98
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Ciudad de México, 05 de febrero de 1857
Aun faltaban un par de horas para el alba; y la que antaño se llamara Plaza de Armas de la Nueva España estaba desierta. Rodeada en sus cuatro lados, la luz de las farolas era tan tenue que ni la imponente catedral proyectaba sombras sobre aquella inmensidad. Al doblar la esquina para entrar a la plaza, Valentín Gómez Farías pensó que en aquel paseo, presa de la ansiedad, sólo sería acompañado por el ulular del búho; pero grande fue su sorpresa cuando vio a un hombre de gesto melancólico, de levita negra, con la mirada fija en una base circular, más pequeña que un pedestal, en el centro de la plaza.
Los dos hombres no podían ser más diferentes: Valentín un mexicano anciano, a poco más de una semana de cumplir setenta y seis, quien sólo tres años antes era un fugitivo de la ley, traicionado una vez más por Santa Anna. El desconocido era joven, aún lejos de los cincuenta; español de nacimiento y de crianza; y tres años antes, el favorito de quien osó llamarse a sí mismo "Alteza Serenísima". Ambos tenían en común haber nacidos ricos, y ambos compartían el sentir que sus mejores días habían quedado atrás.
— ¿Gusta fumar? —le preguntó al joven al anciano, extendiéndole el cigarrillo más gordo que jamás había visto —llegaron en un barco de Cuba. Mi cuñado quiere poner una fábrica en Veracruz. Lo llaman "tabaco puro", y dicen que es el futuro del vicio.
Gómez Farías rechazó la oferta con un gesto, pero su interlocutor continuó:
—Sé quien es usted. Creo que usted y yo nunca hemos coincidido nunca, pero no le deseo mal en su salud. Un hombre de su edad debería estar retirado, no paseando en la oscuridad.
—Le agradezco su preocupación caballero, pero sé en mis huesos que, haga lo que haga, moriré antes de que pasen dos años. Sólo me queda una cosa por hacer, la cumbre de los esfuerzos de toda mi vida, y podré descansar.
—¿La constitución? ¿Ya está terminada?
—La juraremos en sesión solemne a las nueve de la mañana; pero yo no podía dormir. Tengo que dar un último discurso, me han elegido para ser el primero en firmarla.
—Supongo que se lo merece. Debe ser el único hombre vivo que ha participado en la composición de dos cartas magnas.
—De hecho, participé en la redacción de tres.
— No le creo, caballero. Sé que este país ha enfrentado más caos del que a veces creo que puede soportar, pero no ha habido tres constituciones federales, es imposible.
—Y aún así, digo la verdad.
—No deseo pelear con usted —dijo el joven, tratando de cerrar el tema—entenderá que yo no he cumplido los veinte años en México. Me perdí de la del año veinticuatro, y cualquier otra que puedo estar olvidando antes de las siete leyes.
—Oh, pero no sólo en México hemos coexistido usted y yo —dijo el viejo, divertido por primera vez en años—es joven, no creo que tuviera más de tres o cuatro en esa época, pero yo viví en España, en los días en los que esta tierra era aún colonia. Dígame amigo ¿sabe cómo se llama este lugar?
— ¿Se refiere a su nombre real, o al mote del vulgo? —contestó el español con un gesto más duro, y los hombros retraídos, como si su interlocutor hubiera puesto el dedo en una herida abierta. Sólo entonces Gómez Farías supo con quien hablaba, pues al hombre sólo lo conocía de nombre.
—Me disculpo arquitecto, no pretendía ofenderlo. Al nombre real me refiero, por supuesto.
—Supongo que ahora me contará que fue su idea renombrar a la Plaza de Armas como de la Constitución, en el veinticuatro, o en aquella ley secreta que insiste en ocultarme.
—No, no fue mi idea; pero estuve aquí cuando se le bautizó así, y créame cuando le digo que ese nombre es más viejo que México como país. Pues mi primera constitución no fue una mexicana, sino su madre, la que realizamos en la tierra de usted.
—Licenciado Gómez Farías ¿fue usted miembro de las cortes de Cádiz?
—Sí, y también fui yo el que cruzó el Atlántico con la primera copia bajo el brazo, el primero que la juró en América, aquí mismo donde estamos conversando. Criollos y peninsulares, clérigos y soldados, comerciantes y funcionarios, todos se reunieron en este lugar hace cuarenta y cuatro años, y desde aquel entonces esta plaza es la de la constitución.
Entonces le tocó al joven arquitecto reír, pero no con placer, sino una profunda amargura.
— ¿No le angustia la ironía de que los nombres perderán su significado, pues la gente olvidará aquello por lo que fueron bautizadas? La de Cádiz hace mucho que no existe, y la del veinticuatro ha pasado más tiempo muerta que viva. Dice que esta tercera es el culmen del trabajo de su vida, pero ¿qué le garantiza que no desparecerá en la próxima guerra, borrada por la espada del próximo caudillo?
Fue entonces que le tocó al diputado, tres veces constituyente, ponerse incómodo, pues reconocía la verdad en las palabras de su interlocutor, era una de las razones por las que había perdido el sueño, y caminado en las penumbras aquella madrugada de la jura.
—Es mi turno de disculparme, pues yo tampoco pretendía ofenderlo —se apresuró a decir el arquitecto— en honor a la verdad, yo estoy en las mismas circunstancias, temiendo la agónica muerte del olvido.
—¡Lorenzo de la Hidalga, no sea usted ridículo! —le reprendió— Estamos a unos pasos del teatro más grande de este país; una obra que hasta yo, con todo el rencor que siento a su mecenas, reconozco es espectacular. El mercado de la plaza del volador, el cip´res de la catedral; la cúpula de Santa Teresa; y le estoy diciendo sólo su trabajo en la capital. Su nombre vivirá más que el mío, estoy seguro.
—No si la que estaba destinada a ser mi más grande creación permanece inconclusa —contestó con dolor en su voz, señalando la base circular en el centro— si la columna de la Independencia no se termina, todo mi legado quedará maldito.
—No lo tomaba a usted por supersticioso.
—Es la verdad. Usted acaba de alabar la cúpula de Santa Teresa ¿No recuerda acaso que no es más que una reconstrucción, pues hace doce años un terremoto acabó con mi original. Y aquella agitación de tierra fue poco después de que se me retiraran los fondos para la columna. No amigo, usted presiente su propia muerte, a mí mis huesos me anuncia el final de mi legado.
—Si de verdad cree que está usted maldito, tiene también el remedio para romperlo. Termine su columna, en estos días en los que más se necesita unidad, puede que sea más necesaria que cuando comenzó el proyecto.
—Puse esta piedra hace catorce años; y desde entonces se ha detenido por golpes de Estado, revoluciones y una guerra con Estados Unidos. No soy ingenuo, sé que el país está quebrado. E incluso si hubiera los recursos ¿quién confiaría en el arquitecto favorito de Santa Anna? ¿Ha venido alguna vez a ver a los niños jugar? Hasta ellos saben que nunca terminaré mi obra, y lo sabe, porque conoce el mote de este lugar.
Y aunque Valentín Gómez Farías ya no le contestó, supo que tenía razón. "Vamos a jugar al zócalo", decían los niños, a quienes les gustaba correr alrededor de aquella base, pues sabían que del proyecto que ganó la licitación más grande de la historia de México, nunca habría más que un humilde pedestal. Sin intercambiar mayores palabras, el diputado y el arquitecto se separaron, dirigiéndose a calles llenas de bruma; uno pensando en edificios que otros creían eternos, el otro en leyes que cada año parecían más perecederas. Sólo el tiempo diría si alguno de los dos legados perduraría.
¡Bienvenidos pasajeros! Este relato inició como una anécdota sobre como la Plaza de la Constitución, también conocida como el Zócalo, adquirió ambos nombres; pues es un dato que no muchos conocen (es más, creo que la palabra zócalo como elemento arquitectónico ha caído más en desuso). Sobre la vida, obra y tragedias de Valentin Gómez Farías, mucho se ha escrito, pero quiero cerrar el día de hoy con el triste destino de la obra de Lorenzo de la Hidalga, quien fue considerado el arquitecto más importante del siglo XIX mexicano, pero de quien apenas quedan obras originales:
El mercado de la Plaza del Volador se quemó en 1870, sobre el terreno se construyó la Suprema Corte.
El Gran teatro Nacional fue demolido en 1901 para ampliar la avenida Cinco de Mayo.
La catedral de Tampico colapsó por un terremoto en 1917, y a la torre que sobrevivió le cayó un rayo en 1922.
El ciprés de la catedral fue demolido y sustituido en 1943
El acueducto de Puebla, una de sus últimas construcciones sobrevivientes, fue víctima del terremoto de 2017.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
¡Que triste historia la de ese arquitecto!