El águila y la sandalia
- raulgr98
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Náucratis, siglo VI antes de Cristo
Solo una fuente de alegría le quedaba a la doncella robada, y era sentir el agua correr alrededor de su piel desnuda, bajo el sol de la mañana. Apenas y recordaba Samos, la ciudad donde la habían vendido tantos años atrás; y Tracia, el lugar que la vio nacer, no era más que una tenue sombra en sus sueños más difusos. Por dieciséis años, no había conocido otro hogar que aquel puerto, donde el Mediterráneo se entrelaza con el Nilo; una ciudad hermosa de altos templos y grandiosos foros, pero que era poco más que una jaula para la joven.
"Eres joven, eres bella; tu piel permanece inmaculada, pues eres la única esclava a la que tu amo no golpea" se atrevían a decirle los necios de aquella casa, como si ser la menos agraviada de un conjunto de cautivos sin esperanza fuera motivo para estar agradecida. Sí, hacía mucho que no vivía en carne propia la violencia de aquel mundo cruel, pero Ródope sabía que aquello no era una gracia, sino la antesala de un destino peor: pronto cambiaría de manos, pues el motivo detrás de la aparente bondad de su amo era que por años soñaba con el día de venderla como cortesana, y una sola belleza, sobre todo sin mancillar, podía hacer rico a un hombre. Esa era la razón por la que la vestían con el más fino y transparente de los linos, por la que el amo gastaba pequeñas fortunas en perfumes y óleos, mandado hacer sandalias recubiertas de oro tan pequeñas que sólo podrían calzar en sus delicados pies, y también la razón por la que le permitía bañarse en el estanque cada mañana, para purgar cualquier impureza de su piel, y hacerla ver aún más deseable.
Sumergida en el agua cristalina, que no conoce de ataduras; Ródope soñaba con la libertad que no recordaba haber conocido nunca. Pero hacía mucho que había dejado de creer en fantasías, pues sabía que el escape era imposible. La doncella contenía la respiración, y no por primera vez, se preguntaba si acaso no era menos doloroso sólo dejarse ir.
Pero Ródope siempre se recordaba que, aunque nunca volvería a ver Tracia, la sangre de aquellos guerreros seguía corriendo por sus venas, e incluso cuando no hubiera esperanza, se debía a ella misma el luchar. Estaba desnuda a mitad del estanque, con su túnica de lino y las sandalias cubiertas de oro lejos, arrojadas sobre las teselas de un mosaico, mas nunca se había sentido menos indefensa. A lo lejos, como todas las mañanas, más allá de los muros de aquella casa, podía ver los templos de la ciudad: a Poseidón el agitador de Tierra; a Hera protectora del matrimonio; al todopoderoso Zeus; y a ninguno de ellos miraba Ródope con súplica, sino con frío desafío.
Eran los dioses a los que le habían enseñado a adorar, desde el instante en que comenzó a hablar, pero ninguno de ellos jamás le había respondido. Griegos habían levantado aquel puerto sobre el fango y la arena; los mismos griegos que la habían arrancado de su hogar, pero aquella tierra no era Grecia. Ciudad de mercaderes, de mercenarios, de colonizadores, nada en aquel lugar parecía egipcio, salvo el calor; pero las aguas que la bañaban seguían siendo las del Nilo; y Ródope presentía que había dioses más antiguos que los del Olimpo con poder sobre aquel rincón de la Tierra.
No sabía los nombres de todos, pero su amo solía exhibirla ante sus invitados, y al entrar y salir del salón de banquetes, había escuchado lo suficiente: de criaturas con cabezas de animal, de descuartizados que regresan a la vida, y de una mujer con alas multicolores, con más poder que el mismo sol.
"Isis" gritó al cielo, "no soy nativa de estas tierras, pero el destino me arrojo a ellas; nada debo a los dioses de los griegos. Adóptame como una de tus hijas, permíteme escapar de la vida que me espera, y te seré devota sólo a ti".
Ni el agua ni el viento respondieron a su exclamación, y tras terminar de bañarse, se reprochó a sí misma el haber sido tan ingenua, pero antes de lograr salir del estanque, del cielo descendió un águila de plumaje rojo y gris, que se abalanzó sobre la vestimenta de Ródope, y emprendió de nuevo el vuelo, perdiéndose en el horizonte, con algo brillante entre las garras.
Dos semanas después, la doncella se bañaba de nuevo, y lágrimas saladas se mezclaban con el agua dulce del estanque, pues en tres días sería vendida; su amo por fin había logrado un acuerdo con un hombre que deseaba poseerla. Ródope escuchaba tumulto al interior de la casa, y se preguntó si la compra se había adelantado, pero las palabras que llegaban a ella carecían de sentido.
"Ya les dije que no hay mujeres en esta casa, sólo esclavas", decía su amo.
"Las instrucciones fueron claras. Todas las doncellas de Egipto, sin importar origen o condición", le respondía una voz que no conocía.
Presa de la curiosidad, Ródope se vistió con la túnica de lino y nada más, pues por las últimas semanas su amo la había obligado a caminar descalza. Al entrar al salón principal, vio que era la última de las esclavas en llegar, el resto se hallaban arrodilladas, al igual que el amo; ante un hombre finamente vestido, con collares de lapislázuli, rodeado de hombres que sostenían espadas curvas en la mano.
"¿Son todas?", preguntó el recién llegado, y ante la afirmación silenciosa del dueño de la casa, continuó:
"Soy el visir del faraón del Alto y Bajo Egipto; quién ha decretado estar enamorado. Con tal propósito, ha enviado a sus consejeros en todas las direcciones de su extenso reino, buscando a aquella que pase la prueba definitiva. Hace dos semanas, mientras el rey impartía justicia en Memphis, un águila dejó caer sobre su regazo un objeto tan hermoso, que el faraón exclamó que sólo la mujer más perfecta de sus dominios podía ser dueña de tal creación. Mil casas hemos visitado, y mil doncellas han reclamado propiedad del objeto, pero todas se han equivocado. ¡He aquí el regalo del águila!"
Y ante la mirada atónita de todos los presentes, el visir abrió un cofre y presentó un pequeño objeto, que Ródope reconoció al instante: era la sandalia recubierta de oro, hecha a la medida para ella, que un infame águila le había robado en su momento de mayor desesperación; razón por la que su amo la había castigado con no dejarla usar jamás otro par de calzado. No lo podía creer, y quizá por eso permitió que cuatro de las otras esclavas se probaran la sandalia, que le quedó pequeña a todas sin excepción antes de reclamarla como propia.
La sandalia seguía brillando tanto como el día que fue robada, pese a haber volado al otro lado de Egipto; y su forma, moldeada al pie de su dueña, se adaptó de forma perfecta. Ródope no quería sentir esperanza, pero una euforia comenzaba a crecer dentro de ella sin que pudiera detenerla. Antes de que el visir pudiera hablar, su amo intervino:
"Es solo una esclava. Extranjera además, no puede creer que..."
"Pero es verdad" la interrumpió Ródope, sintiendo dentro de ella la voluntad indómita de los tracios, "por que yo tengo la otra".
Unos minutos después, con sus dos pies cubiertos por sandalias doradas; Ródope se vio rodeada de los guardias del visir, mientras su amo balbuceaba.
"Entienda señor mío, yo ya tengo un acuerdo por esta criatura, en tres días vendrán por ella. No puedo faltar a mi palabra."
"¿Pretendes entonces incumplir con el decreto del faraón, por cuya gracia tienen esta tierra?"
"No, por supuesto que no; no me atrevería. Pero si pudiera igualar el precio que negocié, me dolería menos separarme de ella".
"El faraón está enamorado, ¿no cree acaso que es un día dichoso, que amerita un regalo para nuestro rey? Sé que su buen súbdito accederá al obsequio, pues no se le puede poner precio al deseo del corazón".
Vencido, el amo suspiró con fastidio y alzó las manos. Puesto que Ródope no tenía más posesiones que lo que llevaba puesto, antes de una hora ya se encontraba fuera de aquella casa, por primera vez en dieciséis años; en una litera rumbo a Memphis. Y aún así, aún no se sentía libre, pues temía seguir siendo un objeto, ahora de un hombre más poderoso, del que el escape sería aún más difícil.
"Eminente visir, aún no puedo procesar lo que acaba de suceder, pero parece un buen hombre y debo confesarle, que tengo miedo. Si he de convertirme en una concubina más del faraón, esclava de su voluntad, prefiero que sus guardias me quiten la vida aquí mismo; y que le diga a su señor que nunca encontró a la mujer que buscaba".
"¡Oh, Ródope, hay algo más que no dije en casa de aquel griego, no has escuchado la historia completa! No me atrevo a especular sobre los deseos iniciales de mi señor, pero el día antes que saliera de la corte, el faraón tuvo un sueño en el templo de Isis, la diosa misma se le apareció y le dijo con temible voz: sólo podrás poseer a la mujer de la sandalia dorada si te casas y entregas con devoción completa a ella; pues yo la he nombrado hija de Egipto, y como tal debe ser tratada".
Así fue como Ródope llegó a Memphis, y se convirtió en reina del alto y el bajo Egipto. En su faraón encontró un espíritu noble y justo, con el que pudo entablar una amistad que con el tiempo se transformó en amor. La doncella robada encontró la felicidad, y sólo una vez regresó al puerto de los griegos, al que llegó esclava, para levantar un templo a Isis, con un medallón de oro en forma de águila coronando el obelisco de la diosa.
¡Bienvenidos pasajeros! ¿Encontraron algo familiar en este cuento? Una adaptación libre de una leyenda registrada por Estrabón, basada a su vez en los libros de Heródoto, es la versión más antigua que se tiene registrada del cuento de la Cenicienta, reafirmándose como uno de los arquetipos más antiguos de la ficción.
Hasta el próximo encuentro....
Navegante del Clío
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