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Sacrificios ante la hoguera

Durante la terrible guerra entre dioses y titanes, sólo una de las contendientes derramó lágrimas por los mortales perdidos en la devastación. Como sus hermanos, Hestia desafió la voluntad de su padre, y aunque tuvo sus proezas en batalla que el tiempo olvidó, pronto se alejó del combate para cumplir una tarea que pocos le agradecieron: encender un fuego, en la cima del Olimpo, y ser la fuente de calor que tanto mortales como inmortales necesitaban con urgencia. Para el hombre, fue la esperanza de que, en aquella noche sangrienta que duró años, llegaría un nuevo amanecer. Para los dioses, sentir a sus espaldas la calidez de un hogar al que podían soñar con regresar los hizo pelear con más ahínco que sus rivales.


Siete años después, los pedazos de Cronos eran arrojados al abismo y una nueva era nacía para el cosmos. Sobre el Olimpo, se construyeron cinco tronos, que llegarían a ser doce; y de nuevo ante la injusticia Hestia fue la única en alzar la voz, de intentar defender al hermano exiliado. Incluso intentó renunciar a su propio trono, la primera de muchas ocasiones hasta tener éxito, para que Hades tuviera lugar en el consejo, pero su familia se había hecho adicta al calor de su hoguera, y no estaban dispuesta a dejarla marchar.


Así que la diosa siguió sentada en un lugar que nunca ambicionó, cuidando el fuego. Día a día, noche con noche atizaba la hoguera mientras a su alrededor sus hermanos vivían. Fue testigo de los cortejos, los matrimonios, los nacimientos; y dentro de Hestia surgió la melancolía, pues ella, siempre abnegada, descubrió que sí tenía un anhelo: estaba enamorada de la idea del amor, aunque nadie de los que la rodeaban le despertaba deseo; y en su interior sentía la llama de la maternidad, una criatura a la que llamar propia, en la que depositar todo su amor y atención. Sus dos hermanas no tardaron en ser madres, y sus hermanos llenaron la Tierra con su descendencia, y por primera vez desde que fue devorada por su padre, Hestia comenzó a sentirse sola.


Muchos años después, el destino le ofreció la oportunidad de iniciar su propia familia, pues a sus aposentos llegó Poseidón, ofreciéndole una diadema de coral. Mucho tiempo llevaba el señor del océano sonriendo al sentir el calor de la hoguera, y no tardó en notar la belleza de la cuidadora del fuego, una que ambicionaba para él.


"Las fraguas bajo los mares eran lo más hermoso que había visto, hasta que puse atención a tu rostro. Sé que he sentido pasión por muchas mujeres, pero juro que si me aceptas, seré fiel sólo a ti. Tu fuego brillará con más intensidad en la profundidad de mis dominios, pues el agua lo conecta todo, serás más grande que una diosa".


Hestia dudó, pues recelaba de la reputación de su hermano, pero era cierto que por milenios se había negado a contraer matrimonio. Lo amaba, pero no lo deseaba, aún así ¿qué otra opción tenía si deseaba ser madre? Como respuesta a su silenciosa pregunta a las estrellas, pronto entró a la estancia un joven, el hombre más hermoso que había visto nunca, el hijo de su hermano.


"Noble señora, ¿por qué ser sepultada bajo las mareas, si puede navegar los cielos a mi lado? He crecido admirando no sólo su belleza, sino su devoción a la familia, y creo con absoluta certeza que hemos sido creados para estar juntos." le dijo Apolo de rodillas, "Tú eres el fuego del hogar, y yo el sol sobre la Tierra, juntos crearemos la más grandiosa melodía jamás soñada, y no habrá tiniebla que no se someta a nuestra luz".


¿Habría sido seducida por las palabras del gallardo Apolo, o aceptado al orgulloso Poseidón? Nadie nunca lo sabrá, pues antes de escuchar respuesta, los dos Olímpicos notaron a su rival de amores, y tras emitir la más corta e insincera de las disculpas hacia su enamorada, comenzaron a lanzar insultos y amenazas uno contra el otro. Enfurecida, Hestia los expulsó a ambos de sus aposentos, y se concentró en las llamas, tratando de invocar la reconciliación familiar, pues temía que la rivalidad entre sus dos pretendientes, nacida aquel día, condujera a la violencia.


Pero lo que ella imaginaba como un duelo con los puños, se tornó en algo mucho peor. Días después, el viento le llegó un rumor: Apolo y Poseidón preparaban sus ejércitos, y obligaban al resto de los dioses a tomar partido. Una nueva y cruenta guerra iniciaría, y Hestia no dudaba que, ebrios de sangre y gloria, el ganador no podría resistir el intentar tomarla con la fuerza. Y aún así, esa realización tan terrible no era lo que más la angustiaba. Desesperada, suplicó a su hermano mayor, el rey del Olimpo, que la visitara al salón de la hoguera; y poco después, convocó a los dioses en guerra.


Apolo y Poseidón apenas podían soportar estar en la proximidad del otro, pero al entrar a los aposentos de Hestia quedaron boquiabiertos y olvidaron por un momento la rencilla, pues estaban contemplando algo que ningún dios, hombre o monstruo había visto antes, ni vería después: al todo poderoso Zeus sometido en el piso, y una mujer sentada sobre él, con una mano sobre su cabeza.


"¡Basta! ¿Qué no recuerdan la última guerra insensatos? ¿Cómo se disponen con tanta ligereza a iniciar otra, quizá más devastadora que la anterior? La elección es mía y sólo mía, y el señor Zeus está aquí para garantizar que se respete mi voluntad".


Sólo entonces, al ver la mirada de asombro de los dos dioses, que Hestia comprendió que había cometido un error irreparable, pues nunca antes había sido consciente de su belleza, de su poder, de lo que despertaba en los dioses. Aunque sus dos pretendientes asintieron con solemnidad, en su mirada veía que el deseo no había hecho sino aumentar. Si elegía a alguien, fuera Apolo, Poseidón, o cualquier otro; el rencor se cimentaría en los rechazados, y ese resentimiento se convertiría en odio. Podía cumplir su máximo anhelo, y hacer feliz a un hombre, pero tarde o temprano el resto traería la destrucción del mundo.


Contempló el fuego de la hoguera, que se sentía más frío que nunca. Veía en las flamas a ella y a tres más, una criatura en brazos; un niño y una niña corriendo a su alrededor. Pero también recordó sus propias lágrimas derramadas durante la guerra con los titanes. Su felicidad secreta estaba al alcance de su mano, pero ¿cuantas familias sufrirían para que ella tuviera la propia? Entonces tomó su decisión, y alzando a Zeus de los cabellos, pidió una disculpa silenciosa a los hijos que ahora sabía, nunca tendría.


"Mi respuesta es nadie, nunca. Zeus, jura por el río Estigia que permaneceré virgen hasta el final de los tiempos, y que protegerás este voto con todo tu poder. Y que al jurar el rey de los dioses, tal promesa se haga extensiva a toda la tierra y la mayor de las calamidades descienda sobre aquel que pretenda poner su mano sobre mí".


Y aquella mañana, Zeus juró; y Apolo y Poseidón sintieron como si una cadena los atara al fuego del hogar, sólo un instante, antes de desvanecerse. Aún sentían admiración por Hestia, pero la magia ancestral había actuado con prontitud, y el miedo había apagado su pasión. Los que instantes antes se odiaban a muerte abandonaron la instancia juntos, dispuestos a tomar en compañía mutua, para procesar la pena de la derrota.


Pero Zeus permaneció, observando a su hermana, que parecía haber perdido toda su fuerza, contemplando la hoguera.


"¿Sabes que tarde o temprano habrá una guerra entre dioses, verdad? Somos demasiado débiles para mejorar"


"Pero no la habrá hoy, y esa es victoria suficiente. Cada día un nuevo combate, quizá, pero los afrontaré conforme lleguen".


"Sé tu secreto, hermana, sé lo que acabas de dejar ir. Sé lo mucho que lo deseabas".


"No tiene caso llorar por lo que no podrá ser".


Por puede que fuera la única vez, aunque lo negaría por milenios, Zeus sintió una pizca de humildad, y se sinceró con su hermana.


"Hestia, en verdad eres la mayor de todos nosotros, y no lo digo sólo porque salieras primero del vientre de nuestra madre. Mereces más de lo que tienes."


"Nunca quise más, Zeus; eso es lo que ninguno de ustedes entenderá jamás".


"No, sé que no quieres tronos y grandes templos, pero mereces ser honrada, que tu amor por los mortales no pase desapercibido. Por eso déjame hoy hacer un segundo juramento. Decreto que a partir de hoy, la primera parte de todos los sacrificios, por pequeña que sea, sea arrojada a la hoguera en tu nombre".


Y por eso los griegos bajo el Olimpo, y el pueblo guerrero que los sucedió, hacen un sacrificio a la hoguera en nombre del hogar y la familia; y de esta manera se convierten sin saberlo en hijos adoptivos de la diosa que renunció a la maternidad para protegerlos de la guerra entre la marea y el sol.

¡Bienvenidos pasajeros! Dada su participación más modesta en la mitología, con muy pocas historias donde sea la protagonista, Hestia siempre ha sido la más infravalorada de los dioses olímpicos, y aún así tanto griegos como romanos le dedicaban una parte especial del culto. Hoy, la historia de cómo se asignó su rol en los sacrificios.



Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío


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