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J'acusse...!

Domingo 23 de febrero de 1913


—Soy médico, Luis Manuel, no político. Los artículos que publiqué en años pasados, eran mi deber patriótico; pero yo no estoy hecho para las intrigas.


—Eres senador, Belisario.


—Suplente. Te recuerdo que sólo accedí participar en las elecciones si Leopoldo era el titular.


—Gout está en una cama de hospital, y perdona mi frialdad, pero no le queda mucho en este mundo. Han arrestado a muchos de los nuestros, Belisario. Necesitamos toda la ayuda posible.


El yucateco no necesitaba que el diputado se lo recordara. Llevaba menos de un mes en la ciudad capital, en lo que se suponía iba a ser una estancia corta para instalar a Ricardo, su muchacho, quién estaba por ingresar en el bachillerato. Pero lo que debía ser una visita cultural a los palacios y museos se había convertido en una semana de horror, encerrados en la casa, mientras el aire se viciaba con olor a muerte. En una ocasión, una bala había despedazado el vidrio de la ventana de la sala. Belisario no había podido dormir desde entonces, aferrado a su hijo como si en cualquier momento pudieran arrancárselo de los brazos.


—Está bien Luis Manuel, te acompañaré a la sesión. Si es que me dejan entrar…


Mientras el coche hacia el recorrido de Coyoacán al palacio de Donceles, Belisario Domínguez meditó sobre las interrogantes que le carcomían: ¿Por qué los convocaban un domingo por la mañana? ¿Por qué al congreso en pleno, tanto a senadores como a diputados? ¿Por qué nadie sabía nada de Madero desde hacía tres días, cuando se entregaron las renuncias?


—¿Madero habrá sido enviado ya a Cuba? —le preguntó a su acompañante— ¿será eso lo que nos quieren informar con tanta premura?


El diputado Rojas no le respondió, se limitó a mirarlo con ojos inexpresivos. Permanecieron en silencio el resto del trayecto, pero justo antes de aparcar, le preguntó enigmático:


—¿Ha leído usted a Zola? ¿Incluso sus obras recientes?


Belisario asintió, de hecho, había llegado a conocer al escritor en sus días de estudiante, en la Sorbona; pero no entendía por qué su compañero lo sacaba a colación. Como única respuesta, apretó unas hojas que sostenía en las manos.


El salón de sesiones estaba a reventar, pues más de un curioso había logrado colarse, pero ningún periodista, como pudo observar Belisario. En la tribuna, repleto de los ancianos porfiristas y los hijos de los grandes hacendados, se erguía soberbio Alberto García Granados, de nuevo secretario de gobernación.


—Cómo odio a ese hombre—susurró.


Un político ya anciano, fue opositor de Díaz, y aun así se las había ingeniado para convertirse en secretario del gobierno de transición. Los rumores decían que Madero incluso se planteó conservarlo como gobernador del Distrito Federal, hasta que reveló sus verdaderos colores, exigiendo la masacre de los indios de Zapata. Según el diputado Urueta, los espías de Ojo Parado descubrieron que incluso llegó a dar dinero a Félix Díaz en su primera, fallida rebelión. Pero Belisario no necesitaba ningún rumor o espía para detestarlo, pues el recordaba con claridad la primera vez que se lo topó en el club reforma, cuando gritó con total desfachatez, rojo de ira “La bala que mate a Madero salvará a la República”.


Cualquier otro lo habría encarcelado, pero el presidente se limitó a inhabilitarlo para cargos públicos. De lo que sirvió, pues el anciano ahora se ufanaba en su nuevo cargo, y condescendiente exigía el silencio de la sala.


—He venido ante ustedes, honorables diputados y senadores, en representación de Victoriano Huerta, presidente interino de la república mexicana —comenzó, y aunque hubo abucheos aislados, el sonido de los aplausos era ensordecedor. “¿Cuántos de los nuestros están bajo arresto, o muertos de miedo?” se preguntó Belisario, “¿y cuántos se convencieron de que da lo mismo quién ocupa la presidencia, mientras ellos sigan cobrando su sueldo?”


—Silencio, por favor —continuó el secretario—. No me es grato darles la noticia que estoy por anunciar, pero lo considero mi obligación patriótica, antes que la opinión pública se deje influenciar por mentiras sediciosas y conspiraciones sin fundamento. Anoche el ejército federal recibió amenazas creíbles sobre miembros de la administración anterior. En un afán de salvaguardar sus vidas mientras finalizaban sus trámites de asilo político, se tomó la determinación de trasladarlos al penal de Lecumberri, sólo por una noche.


La sala entera guardó silencio. Con el rabillo del ojo, Belisario vio que Luis Manuel Rojas, a su lado, había perdido el color del rostro; y los puños cerrados se habían tornado igual de pálidos.


—Fuimos engañados. Tal riesgo de seguridad era una trampa, y el convoy que transportaba a los licenciados Madero y Pino Suárez fue emboscado por un grupo de hombres a los que no se pudo identificar, pero que se determinó eran agentes del caos, enemigos de la paz y el orden. Su plan era liberar al expresidente para que, desde un lugar seguro, pudiera organizar un movimiento armado que lo regresara de forma ilegal al poder. Se dio un enfrentamiento entre nuestros leales soldados y aquellos traidores, incluso los prisioneros se lograron hacer de armas. Ante el descarado intento de fuga, y sus continuas negativas de rendirse, el mayor Cárdenas no tuvo otra opción más que tomar la difícil decisión de disparar contra los reos. ¡Las muertes de Madero y de Pino Suárez son lamentables, pero el riesgo de sumir a este país de nuevo en la violencia era demasiado grande!


Por fortuna, nadie se atrevió a aplaudir, pero a Belisario le hervía la sangre al ver que más de uno asentía con convicción. “¿Eran tan idiotas como para creer en una mentira tan cínica? ¿O es que acaso la verdad ya no importaba en aquel recinto? Quizá nunca lo ha hecho”, pensó.


—Lo sabía, asesinos—murmuró Luis Manuel, y dio un paso al frente.


Belisario intentó detenerlo, pero el diputado se desprendió de su brazo con rudeza. Antes de que el médico yucateco pudiera reaccionar, Luis Manuel Rojas ya se las había ingeniado para subir a la tribuna, aferrado a sus hojas de papel. Como miembro de la mesa directiva, no existía pretexto para negarle el uso de la voz. Cuando finalmente lo hizo, no tembló ni por un instante.


Yo acuso a míster Henry Lane Wilson, embajador de los Estados Unidos en México, ante el honorable criterio del gran pueblo americano, como responsable moral de la muerte de los señores Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, que fueron electos por el pueblo, Presidente y Vicepresidente de la República Mexicana, en 1911.


“Zola”, pensó Belisario, entendiendo por fin la pregunta de su compañero en el coche. No se refería a una novela, o a una obra de teatro, sino al caso Dreyfuss. Una carta abierta al presidente, por un escándalo judicial; que lo había condenado al exilio. Sí, Zola eventualmente había ganado, probando el poder de la pluma aún después de muerto; pero México no era Francia, y la acusación de Rojas era mucho más peligrosa que aquella a la que emulaba en su discurso.


—Yo acuso al embajador Wilson de haber echado en la balanza de los destinos de México todo el peso de su influencia como representante del gobierno de Washington, para inclinarla en el sentido de los gobiernos de la fuerza.


Yo acuso al embajador Wilson de haber esgrimido en contra de la legalidad, representada por el Presidente Madero y por el Vicepresidente Pino Suárez, la amenaza de una inminente intervención armada por el ejército de los Estados Unidos, durante los días del combate en las calles de la capital, y cuando, por el contrario, todos los liberales y demócratas mexicanos esperábamos contar con la simpatía y apoyo moral de los liberales y repúblicas de aquel pueblo, que es uno de los más libres y demócratas de la Tierra.


Yo acuso al Embajador Wilson de haber tenido conocimiento oportuno del golpe de Estado contra el orden constituido, y de haber recibido en la Embajada a los enviados de los jefes de la revolución, que acaso deseaban contar con su apoyo, de consumar su ataque a la legalidad.


Yo acuso al embajador Wilson de haber mostrado parcialidad en favor de la reacción, desde la primera vez que don Félix Díaz se levantó en armas en Veracruz, pues entonces el señor Wilson concedió entrevistas a la prensa americana, alabando francamente al jefe rebelde; pero faltando así a la conducta normal de un Embajador y dando pruebas de no ser digno de tan alta misión.


Yo acuso al embajador Wilson de que por un resentimiento personal hacia el Presidente Madero, del que dio pruebas claras en algunas ocasiones, no ha hecho uso de su gran poder moral ante los hombres del nuevo orden de cosas, en ayuda de los prisioneros. Es evidente que los hombres de la nueva situación no se habrían negado a una petición franca y verdadera del Embajador Wilson, lo cual era el único medio de salvar las vidas de los señores Madero y Pino Suárez. Y no hizo esto a pesar de las instrucciones cablegráficas de Washington; a pesar de las apasionadas y dolientes súplicas de las señoras de Madero y Pino Suárez; a pesar del manifiesto deseo de varios otros representantes diplomáticos; a pesar de la formal petición que yo le hice en la Embajada, como Gran Maestre de la Logia del Valle de México, ya pesar de los clamores de clemencia del pueblo en general.


Yo acuso al embajador Wilson de haber presumido que los señores Madero y Pino Suárez podían ser sacrificados por el pretexto de una imperiosa necesidad política, dados los apasionamientos y contingencias del momento pese a que los señores generales Huerta y Félix Díaz, en presencia del señor Wilson y de otros representantes diplomáticos, habían hecho la promesa de respetar las vidas de los prisioneros, siempre que consintieran en firmar su renuncia, permitiéndoles salir inmediatamente al extranjero.


Yo acuso al Embajador Wilson, de haberse lavado las manos como Pilatos, cuando ya firmadas y aceptadas por la Cámara, las renuncias de los señores Madero y Pino Suárez, no se les permitió a los prisioneros salir inmediatamente rumbo a Europa, haciendo esperar en vano a sus esposas y familiares, que los esperaban en la Estación del Ferrocarril de Veracruz, fiados en las seguridades que les habla dado el mismo señor Wilson.


Yo acuso al Embajador Wilson, de que ni por un natural sentimiento de humanidad se le ocurrió en el último extremo amparar a los prisioneros bajo la bandera americana, a pretexto de que no quería cargar con la responsabilidad de lo que después hicieran los señores Madero y Pino Suárez.


Yo acuso al embajador Wilson de haber observado una doble conducta; pues una fue su actitud efectiva acerca de los nuevos poderes, y otra la que aparentó ante los señores Madero y Pino Suárez.


Yo acuso al embajador Wilson de no haber informado exactamente a su gobierno de lo que aconteció en México, y de haber justificado en todo y por todo la necesidad de un cambio de poderes.


Yo acuso al embajador Wilson de haberse inmiscuido personalmente en la política de México, habiendo contribuido de manera poderosa a la caída de los gobiernos del Presidente Díaz y del Presidente Madero. Al contestar una comunicación del general Huerta, le aconsejó que se hiciera autorizar por el Congreso de la Unión para legalizar el nuevo orden de cosas.


Yo acuso al embajador Wilson de estar valiéndose de algunos miembros de la colonia americana de la capital de México, para que el gobierno de Washington lo conserve en su elevado puesto; por más que esto no sería grato para la mayoría de los mexicanos, después del papel asumido por el señor Wilson en la última tragedia política de nuestra patria.


Yo hago estos cargos concretos al Embajador Wilson, bajo mi fe de hombre honrado y con peligro de mi vida, esperando justicia del pueblo americano.

 

A su izquierda y a su derecha, gritos de “Traidor” hacían eco por la sala, pero en pequeños recovecos, defensas aisladas parecían querer renacer como el ave Fénix. Belisario no estaba listo para hablar todavía, pero contempló boquiabierto como soldados bajaban al diputado a empujones de la tribuna. Incluso cuando uno de ellos le dio un puñetazo en la quijada, Luis Manuel siguió sonriendo con satisfacción. El yucateco quedó impresionado por el valor de aquel hombre, en su opinión mayor que el de cualquier militar, y pensó que bien valía que la vida fuera corta, si uno era capaz de causar tal impacto en los anales de la Historia.


Aquella tarde, de regreso a su casa; Belisario Domínguez comenzó a escribir. Aunque confiaba en que Leopoldo se recuperara, si el destino decidía hacerlo senador, no podía quedarse atrás. Durante los diez días de violencia había permanecido escondido, y en aquella mañana de engaños se había negado; pero no callaría nunca más. Si Belisario volvía al congreso, sin importar lo que aconteciera; juró que haría temblar a los asesinos con el peso de la verdad.

¡Bienvenidos pasajeros! Como les adelanté, esta semana está resultando para mí complicada de escribir, pero sigue siendo importante para mí no privarlos de contenido. El año pasado compartí con ustedes una serie de relatos sobre la Decena Trágica, que detonaron un nuevo proyecto sobre el que espero conversar con ustedes antes de que termine el año. Por lo pronto, la pequeña historia que les presento hoy sirve como un epílogo a nuestra historia de los hermanos Madero, que responde lo que pasó el día después, y me permite compartir con ustedes uno de los discursos más famosos de la historia política mexicana.



Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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