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El día de la venganza

¡Bienvenidos pasajeros! Aprovechando que la semana pasada ya les entregué el especial de semana santa, continuamos hoy con la historia de Hércules, que ya llevamos demasiado tiempo retrasando.

El día de la venganza

Delfos, 12 años después


Juguetes de madera regados por el piso, las risas de los primos mientras juegan con espadas. Un trueno en la lejanía. La puerta de la casa se rompe con un estruendo, y en el umbral, la sombra más imponente que había visto.


Mientras terminaban el peregrinar para ver al Oráculo, esas eran las primeras imágenes que venían a la mente de Yolao cuando recordaba aquella mañana terrible, el peor de su corta vida. A su lado, su tío caminaba en silencio, con los ojos llenos de dolor, pero con la cabeza erguida.


Con la escaza luz del alba, no reconoce sus facciones, pero alcanza a distinguir una mirada enrojecida, llena de furia. Un sirviente sale a distraerlo, los niños se esconden, porque todos tienen el mismo miedo. Miedo a la cosa, que vino a matar.


Yolao extrañaba a su madre, que lo había dejado cuando aun era muy pequeño, pero hasta el día de la tragedia, no se podía quejar de su suerte. Su tío era el mejor guerrero de todo Tebas, el heredero del rey Creonte, el invencible, y lo había recibido en su casa, y criado junto a sus hijos, los primos del joven, a quienes veía como hermanos...


La cabeza del criado se rompe como fruta madura cuando las manos del monstruo la aprietan contra la pared. Los muros blancos manchados de carmesí, los niños corriendo. El grito de la tía Megara, el alarido moribundo del cocinero cuando intenta ayudarla.


Sí, pensaba Yolao, su tío se había cubierto de gloria, y todos lo amaban. Todos salvo el rey de Micenas y Tirinto. El joven recordaba el día, un par de años atrás, que un mensajero de Euristeo había llegado, para exigirle al héroe de Tebas que le rindiera tributo. Con una carcajada, su tío lo había enviado de regreso, pero todavía había empeorado desde entonces...


Escondido, tras un mueble, apenas puede abrir los ojos. La alfombra gotea rojo, los gritos se apagan. Un golpe en el piso y alguien cae junto al niño. Es la tía Megara, sus brazos torcidos, una mueca por boca, los ojos abiertos. Pero ya no puede ver a nadie.


Desde entonces, siempre que salían al templo, al foro, al mercado, como si estuvieran poseídos, los desconocidos se acercaban a la familia y susurraban "Ve a Tirinto" "Sirve al rey Euristeo". Pero su tío, arrogante como era, nunca hizo caso. Ni siquiera cuando el Oráculo de Delfos, le repitió lo mismo, ignoró las advertencias. Las ignoró hasta que llegó el día oscuro...


Pasos retumban por toda la casa, buscando, matando. El ruido de un arco que es tomado de la pared. Las súplicas desesperadas de dos niños, sus primos. El rugido de la bestia. El silbido de las flechas al volar.


Llegaron con la Pitonisa, a quien su tío relató, sintiendo vergüenza por primera vez, lo que había encontrado aquella mañana.


La certeza que sólo quedan él y el monstruo. El estruendo del mueble que lo cubre cuando es arrojado al otro lado de la habitación. Sus gruesas manos alrededor del cuello del chico. El terror cuando reconoce sus rasgos. La última súplica sin aliento.


—Soy Yolao... Se lo prometiste a mi padre...Tío Heracles.


Y Heracles terminó de relatar como había asesinado a su familia, y a todos los habitantes de su casa, salvo a su sobrino. Los había confundido con monstruos, pero no lo podía explicar. Aún así, asumía la culpa. Pero Yolao sabía la verdad, pues había visto a su tío a los ojos en su locura. Aquella mirada no era la del hombre que conocía, estaba dominado por una poderosa fuerza, antigua, divina. Alguien con infinito rencor, que había esperado paciente aquel momento.


Y entonces, la sacerdotisa de Apolo habló, dictando su sentencia definitiva:


—Caminarás a Tirinto, irás con tu premio el rey Euristeo y le rendirás tributo. A su servicio, cumplirás diez tareas que él te imponga. Sólo si triunfas serás perdonado por el asesinato de tus hijos.


Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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