El guardavías
¡Bienvenidos pasajeros! Siempre he dicho que no me gusta el terror, pero eso no siempre fue cierto. Hubo un breve instante, a finales de la primaria, cuando leí dos antologías de cuentos de horror simultáneamente: uno fue un encargo de la escuela, y el otro una edición bellamente ilustrada que me empeñé en que mis padres compraran. Escribo esta publicación un poco tarde, pues movido por la nostalgia pasé horas buscando ese volumen, donde conocí por primera vez a Le Fanu, Poe, Maupassant y tantos otros; pero por desgracia parece que se perdió en el tiempo. ¿Que tienen en común ambas antologías? Dos cosas, la primera es que ambas me quitaron el sueño, al extremo en que al cabo de un tiempo me prohibieron releerlas; la otra es que hay un único cuento presente en ambas compilaciones, uno que releí hace poco y encontré nuevas capas que antes no había detectado.
Una clásica historia de terror gótico, el cuento sigue a un narrador anónimo, quien describe en media res sus encuentros en una vía de tren a un paranoico guardavías, quien vive en constante terror de una aparición que sólo él puede ver, y que aparentemente es capaz de augurar acontecimientos trágicos. Debo comenzar esta recomendación con un aspecto negativo, y es que en algunas traducciones la redacción puede llegar a ser un poco cansada, pues el estilo es sorprendentemente rebuscado, sobre todo en la primera mitad; sin embargo, ceeo que la historia lo vale.
Uno de los elementos que más rescato del cuento es el trabajo de personajes, pues creo que ambos tienen una excelente dinámica: por un lado, el narrador es el arquetipo del escéptico racional, quien duda de toda palabra de su interlocutor, pero no desagrada a la audiencia ya que en todo momento es educado con el guardavías, y nunca lo acusa de loco ni intenta forzarlo a "entrar en razón". El titular guardavías, por otro lado, es un personaje muy bien delineado, pues la redacción se toma mucho tiempo en presentar no sólo su personalidad, sino su trasfondo, lo que lo dota de una personalidad redonda que da matices inesperados a su conflicto interno. Si bien los personajes no se conocían antes de que comenzara el relato, la incipiente amistad se da de forma orgánica, pues es claro que entre ambos hay cierta conexión, sea por la clase social (algo solo implícito) o cierta frustración con el tedio de la vida diaria (algo que ambos mencionan, aunque lo procesan de manera distinta).
El mayor logro de Dickens en el relato, incluso más que la propia trama, es el excelente trabajo de ambientación: el mismo descenso a las vías es un proceso que, pese al entorno industrial, comunica desolación, y la descripción del camino y de la caseta del guardavías hacen énfasis en la profunda soledad del personaje, lo que contribuye a que tanto narrador como lector dude de su estado mental. Con relativamente pocas palabras, el escritor logra convertir el túnel en una de las locaciones más claustrofóbicas que he leído, incomodándome incluso a mí a quien los espacios cerrados nunca le han producido mayores problemas. salvo rodeado de una multitud. El uso de la oscuridad como elemento narrativo y temático es brillante, pero son las dos imágenes, en apariencia simples, de una luz roja y una campana que sólo una persona puede oír los verdaderos jugadores cuando se trata de producir terror.
A nivel temático, la metáfora del tren y el túnel oscuro es una excelente, pues parece la culminación de la desconfianza que Dickens expresó a lo largo de toda su obra sobre la industrialización, y la impotencia que produce el saber que es inevitable, pese a la creciente desigualdad, marginalización y decadencia social que asociaba con ella, al verla en la evolución de las ciudades. Esa misma inevitabilidad ante el destino es el núcleo del cuento, pues la tortura del guardavías no es la aparición, el trauma por la muerte, ni siquiera los augurios de tragedia que trae con él, sino el saberse como un hombre dirigente y moral, consciente de que incluso aunque supiera la naturaleza de lo que se aproxima, no tiene el poder suficiente para evitarlo y nadie de los que podrían tomar acción le creerían. Con un giro sobrenatural, el autor expresa a la perfección la angustia que genera el saber que hay cosas más allá de nuestro control, que nos llega a paralizar a tal grado que nos volvemos incapaces de afectar lo único en lo que nuestro dominio es absoluto: nosotros mismos.
La primera interacción entre los dos personajes genera inmediatamente, con la descripción de un puñado de acciones, cierto nivel de intriga, pese a que el relato no está estructurado como un misterio tradicional; y aunque quizá a muchos de los lectores no les sorprenda el giro final (que en relectura, parece la única conclusión posible para la historia, en un paralelo al tema de inevitabilidad dentro de la ficción), lo súbito de este sí logra generar una sensación de shock, que permanece con el lector mucho después de terminar el cuento, logrando un terror más psicológico que material, gracias en gran medida a que Dickens se niega a explicar la naturaleza de su acción, ni a proporcionar respuestas a las coincidencias que dejan anonadado e inquieto al narrador.
Cierro con un análisis del contexto de redacción del cuento, uno de los últimos en la carrera del escritor, pues creo que es fundamental para comprender porque se siente tan íntimo: año y medio antes de la publicación del relato (en junio de 1865), Dickens estuvo a punto de morir en un accidente de tren; y de hecho varios pasajeros fallecieron en sus brazos. Esto, sumado a que seguía fresca la noticia de un desastre similar en 1861 (en un túnel muy parecido al descrito en la narrativa); causaron profundo daño psicológico en Dickens, quien se negó a viajar en tren por el resto de su vida, y redujo al mínimo las salidas en cualquier medio de transporte: quizá el guardavías nunca dice explícitamente que tiene miedo a la muerte, pero tanto por su aspecto físico como por su manera de hablar, es claro que es la encarnación del trauma de su creador. Y para aquellos de ustedes a quienes les gustan las coincidencias tenebrosas, me despido con este dato: Dickens murió un nueve de junio, cinco años exactos después del accidente que, de acuerdo con su hijo y sus biógrafos, marcó la recta final de su vida.
Título original: The signal-man
Autor: Charles Dickens
Año de publicación: 1866
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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