Los tres Garrideb
¡Bienvenidos pasajeros! Este martes terminamos nuestra trilogía informal de Sherlock Holmes, con el que es quizá el más simple de los tres relatos que revisamos, pero que tiene uno de los mejores momentos de todo el canon.
Aunque publicado en la primera mitad de los años veinte, el relato se sitúa en el verano de 1902, en una de las temporadas en las que Watson vivió en Baker Street; y forma parte de "El archivo de Sherlock Holmes", última de las antologías de relatos del célebre detective. En esta historia, Holmes es contratado por un viejo anticuario, apellidado Garrideb, quien le cuenta una curiosa situación: ha sido contactado por un norteamericano del mismo apellido, quien le informa que ambos podrían compartir una cuantiosa herencia, con el único requisito de encontrar a un tercer hombre que también se llame Garrideb.
Aunque no fue intencional, resulta curiosa la selección de relatos para esta pequeña serie, pues el cierre parece recuperar elementos de los dos previos: al igual que en "El club de los pelirrojos", el detonante es una premisa un tanto ridícula, que parte de un detalle del cliente para construir una estafa en la que, sin embargo, no se busca perjudicar a la víctima, quien es el objetivo sólo por cuestiones circunstanciales. Con "Los danzantes", comparte el trasfondo del antagonista: un pistolero norteamericano con conexiones con la mafia, pero con una suerte de virtud u honor que sirve como atenuante de su crimen.
Esta aventura es la más breve de las tres de las que hablamos, y es en muchos sentidos uno de los relatos más simples de Doyle: por ejemplo, es de las pocas historias en las que Sherlock no tiene un momento para mostrar sus habilidades de deducción con algo separado del caso, y la identidad del pillo es tan evidente que incluso Watson puede darse cuenta tras la primera interacción. Sin embargo, eso no significa que esté mal ejecutado, sino que es una subversión de la fórmula: al poder el lector deducir con mucha facilidad quien es el criminal y su objetivo inmediato, lo que se convierte en el misterio y principal fuente de intriga es descubrir su motivación para construir tan curiosa trampa, y el por qué eligió el objetivo que seleccionó.
El trabajo de descripción está bien logrado, tanto de los espacios como de la atmósfera; pero en particular la presentación de los dos Garrideb, tan diferentes que no sólo es fácil intuir sus personalidades, sino que sirve como metáfora de lo absurdo del planteamiento. En otros elementos de composición, me parece que este relato es uno de los mejores ejemplos del delicado balance tonal que guarda el autor, pues lo que inicia con una primera mitad bastante cómica evoluciona de forma orgánica en un clímax en el que los personajes corren peligro real. En ese mismo sentido, creo que la primera línea, en la que el propio Watson se pregunta ante el lector si lo que está por narrar es una comedia o una tragedia, adelantando de forma vaga el futuro de tres personajes, es uno de los mejores inicios de un relato de Holmes.
Tanto Lestrade como la señora Hudson, probablemente los dos personajes secundarios más famosos de las historias de Sherlock, son mencionados en esta historia, lo que seguramente le gana puntos con los lectores frecuentes; pero el elemento más memorable del relato, que lo vuelve uno de mis favoritos, y el candidato ideal para cerrar esta serie, es el final: sin dar muchos detalles, es uno de los pocos momentos donde Holmes pierde su frialdad intelectual, y aunque aún detrás del escudo de la caballerosidad inglesa, muestra preocupación genuina y una ira apenas contenida, una combinación que sorprende y conmueve a Watson (y al lector junto con él) pues es la muestra más fehaciente de la profundidad de los sentimientos del detective por su amigo médico.
El problema de recomendar misterios, más que ningún otro género, es que siento como no me puedo explayar lo suficiente en ellos, pero si algo permanece con ustedes de las últimas tres semanas, que sea esto: quizá Holmes sea ya el cliché por excelencia de las historias de detectives, pero no por eso ha perdido su valor narrativo; capaz de ser disfrutado por lectores de todas las edades, en solitario o en lectura colectiva, las relecturas son incluso más satisfactorias que el primer acercamiento.
Título original: The three Garridebs
Autor: Arthur Conan Doyle
Año de publicación: 1924
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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