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Tan cerca, tan lejos

Casi dos meses después del escape de Polifemo


Durante más de diez años tuve hazañas, victorias y elogios, pero nunca la felicidad; y eso no lo comprendí hasta que Elpenor, trepado en la cima del mástil, gritó dos palabras:


—Veo casa.


Dos palabras tan sencillas, pero tan llenas de significado. Desde que escapamos de la isla de los cíclopes había dejado de sentirme como un héroe, como un rey, ya ni siquiera me veía a mí mismo como Odiseo, pero ahora, mientras a través de la bruma del Egeo se alcanzaba a distinguir tierra, el destino me regresaba un futuro. Nunca más la incertidumbre de las aguas interminables, ni el chirrido de la madera a mis pies, pronto pisaría tierra, y entonces podría comenzar a vivir.


Por nueve días y sus noches me había aferrado al timón de mi barco, sin poder cerrar mis ojos un instante, pues debía custodiar no sólo el rumbo sino el tesoro que obtuvimos en la isla del palacio flotante. Pero ahora que veía la sombra de la montaña, y el viento me traía los ladridos de un leal perro, intuyendo mi regreso, mis rodillas flaqueaban, y el cansancio acumulado amenazaba por dominarme.


Unos brazos firmes me sostuvieron, y reconocí en ellos la lealtad de Perimedes, el único que había permanecido a mi lado en las vigilias. Un marino que parecía más hecho de roble que de carne, no lo había visto llorar ni una vez; no en Illión, no ante la marea, ni siquiera al ver morir a seis; pero ahora mi hombre más fiel me ayudaba a levantarme con lágrimas en deslizándose por mejillas hinchadas.


—El señor de los vientos cumplió su palabra, mi rey —murmuró—Ya me siento de nuevo en mi hogar.


Mientras trataba de recuperar el control de mi propio cuerpo, a punto de desfallecer, recordé nuestra última aventura, tras el escape de aquella maldita cueva: los seis días de navegación incierta, en silencioso duelo, hasta que llegamos a una isla que parecía flotar sobre las aguas; y suspendida a metros de la tierra, atado por cadenas doradas, se encontraba un palacio de plata y perlas. Aunque silenciaba los temores de mis hombres, y las dudas propias, afirmando que Polifemo no era más que un asesino mentiroso, confesaré que sentí alivio al ver tal aparición, alejada del dominio del mar, y del poder del agitador de tierra.


Poca bondad he conocido en el mundo más allá de mis fronteras, pero la encontré en nuestro anfitrión. Receloso de él al inicio, ascendí a pedir su favor sólo con Euríbates a mi lado, pues no quería exponer a más de los necesarios, pero Eolo resultó ser un anciano tan cordial como poderoso. También él desconfió de nosotros al principio, pero entonces ordené a mi heraldo que cantara, ya no sobre gloria sino sobre pena; un cántico en honor al fuerte Antífo, y los otros cinco que dieron su vida unos días atrás.


Eolo escuchó, y algo en su corazón se movió profundamente, pues no sólo abrió las puertas de su palacio, sino que con sus artes mágicas lo hizo descender, aunque fuera solo una hora, para que los tripulantes de mis doce barcos pudieran entrar. "Los ayudaré a volver a casa, si es lo que desean", nos dijo "pero hoy no, pues deben llorar como es debido a aquellos a los que han perdido".


En su palacio celebramos los juegos funerarios, y ahí también ofrecimos banquetes en su honor, pero cuando pasamos un mes en sus estancias, y sentí que la fe se había renovado entre los míos; hablé con Eolo y le pedí su bendición para partir. El señor de los vientos parecía triste de ver a sus amigos marchar, pero no protestó, sino que agachó la mano por debajo de su trono, y tomó un odre de piel de buey.


"Sabía que este día llegaría" me dijo al entregármelo "y por eso con mi magia aprisioné aquí a todos los dioses de los vientos, excepto al dulce Céfiro, amo del oeste. Recíbelo con tus velas, y él te llevará a casa sin interrupciones. Mas he de advertirte, si quieres pisar tu tierra no has de abrirlo por ninguna razón"


Y tales instrucciones había seguido con precisión, por nueve días y nueve noches. Seguí cada paso, cumplí cada plazo, todo lo había hecho bien; y ahora, esperaba el fruto de mi esfuerzo, después de semanas de agobio. Nos acercábamos más y más, y cuando comencé a ver los fuegos de los hogares, le dije a mi leal guardia "ve a la retaguardia y avísale a Polites, que comanda la otra mitad de mi flota. Arribaremos todos juntos al puerto, para tener la bienvenida que deseamos".


Dudaba si era prudente quedarse solo, con el cansancio sobre mí; pero creía que todos los hombres tenían el mismo anhelo que yo, y que al ver a Ítaca crecer y crecer, se acabarían las disputas y diferencias. Estábamos tan cerca de lograrlo...


Pero entonces una voz masculina, serena como la mara baja pero a la vez terrible como la tempestad que se aproxima, me susurró "Duerme", y perdí la batalla con mis párpados.


Al cerrar los ojos, sentí la arena bajo mis pies, y el canto de las gaviotas. La oscuridad se llenó de color, y la visión que apareció ante mi fue ella, Penélope, tan joven como el día en que la dejé, sonriéndome con los brazos abiertos. Junto a ella caminaban mis padres, restaurados a la gloria de la juventud, con nada más que orgullo en la mirada, y con cada paso que daban hacia mí se alzaban a su alrededor columnas de mármol, de los que brotaban flores de seductoras fragancias. Era mi hogar, como lo recordaba en mi infancia, pero de alguna manera aún más bello, lleno de oportunidades. Y sabía que había algo nuevo esperándome, la promesa del futuro: pues cuando mi familia me abrazó, abrió paso para que pudiera ver a un niño de espaldas. Caí sobre mis rodillas, sin poder articular palabra, pues por fin conocería el rostro de mi hijo. Comenzó a girar...


Y me despertó el grito de los hombres, o al menos regresó mi mente a la realidad, pues estaba tan cansado que mi cuerpo tardó en responderme, sólo podía escuchar, sin hacer nada por evitar lo que estaba a punto de ocurrir.


—¿Cómo te atreves Euríloco? —decía Euríbates—en Illión nos llevó a grandes victorias.


—Y a una derrota en Tracia.


—El rey nos salvó de los comedores de loto —tartamudeó el joven Elpenor— a mí y a otros dos.


—Sólo para que uno muriera días después, devorado por un monstruo. La suya y la de los otros cinco se podría haber evitado, si el rey hubiera sido más prudente. No me malentiendan, le tengo aprecio además de lealtad. Mi esposa es su hermana, y sé que el nos ha guiado lo mejor que ha podido. Pero hemos sufrido tanto como él, sacrificado los mismos años ¿no acaso merecemos la mejor recompensa?


—Nos agasajará como héroes a nuestro regreso, Euríloco —dijo otra voz, pero con un atisbo de duda.


—Si, a nuestro regreso, pero ¿qué hay de lo que traemos ahora? Primero nos ordena abandonar casi todos los tesoros que obtuvimos en Troya, después deja atrás aún más en la retirada. Pero él si se aferra a ese odre que no deja a nadie tocar, por días. Qué en su arrogancia no suelte el timón lo puedo entender, pero ¿qué tesoro esconde en su otra mano, que es la primera vez que duerme en días con tal de guardarlo?


Entonces comencé a recuperar mi movilidad, y me llevé la mano al pecho. Entonces comprendí con horror que mis palmas se encontraban vacías. Euríloco había tomado el obsequio de Eolo, y a mí aún no me funcionaban ni las piernas, ni la voz. Sólo la mirada, con la que veía a diez hombres reunidos. Mi segundo al mando sostenía el odre sobre las cabezas de todos, y sólo las de dos seguían protestando.


— ¿Por qué él y sólo él tendría derecho a un tesoro, si ha sido responsable de tantas desgracias como triunfos? ¿Será oro, plata o joyas? Descubrámolo y compartámos todos del fruto de nuestros esfuerzos.


Muy tarde recuperé el dominio de mi cuerpo. No tuve tiempo mas que de gritar "¡No!" y ponerme de pie antes de que Euríloco destapara el odre, que reventó con un estruendo. Una fuerza, mas fuerte que una estampida de caballos y más dolorosa que un latigazo me arrojó sobre la cubierta, aun con el brazo extendido, mientras vientos huracanados se arremolinaban a nuestro alrededor, desperdigándonos sin rumbo.


Quiso el destino que los vientos al lanzarme pusieran mi cara en dirección hacia la isla, que comenzaba ahora a achicarse. Estiré aun más el brazo, como si mi mano pudiera tocar Ítaca, uno solo de sus granos de arena por lo menos. Entonces mi vista se agudizó, más allá de los límites de la mortalidad, y aunque el viento me arrastraba lejos, vi el cabello de mi reina, y la espalda de Telémaco, antes de que se perdieran en un destello, y mi mirada volviera a la normalidad, para ver nada más que la marea a mi alrededor.


Tardamos dos días completos en reunir a toda la flota de nuevo, que por lo menos había sido arrojada en la misma dirección; y dos más en llegar a un destino. Y durante esos cuatro días no pronuncié una sola palabra, pues no podía sino pensar y tratar de encontrar una respuesta al por qué.


¿Por qué un dios, pues solo eso podía ser, me había permitido ver a mi familia, mientras me alejaban de nuevo de ellos? Ambos vestían de luto ¿A quien he perdido ya? No he logrado regresar, pero esa realidad dolía menos cuando el éxito parecía imposible. La visión de Ítaca, de Penélope, de mi hijo, ¿fue un obsequio o un castigo? Permitirme acariciar la vida que deseo, antes de perderla de nuevo, ¿fue un acto de crueldad o de piedad?


No necesito saberlo, pues la primera isla que vemos es la de las cadenas de oro, y el palacio flotante; y me repito a mí mismo que el hijo de Laertes, el vencedor de Troya, siempre tiene un plan. Ya convencí a Eolo de ayudarnos una vez, puedo lograrlo que lo haga de nuevo.


Pero el señor de los vientos nos recibe en la playa, y desaparecido de su faz está toda la bondad de semanas atrás.


—Si has regresado es porque desperdiciaste tu oportunidad.


—Hice todo lo posible, pero hay fuerzas más allá de la voluntad del hombre...


—Eso lo sé bien, rey de Ítaca; pues otro visitante vino en mí durante tu ausencia. Te gusta contar historias Odiseo, y tienes talento para ello ¿por qué no me dijiste entonces que convenciste a los aqueos de apedrear al hijo de Nauplio, vástago de Poseidón, por un crimen que no cometió; y que te burlaste de otro de los hijos del señor de las mareas tras dejarlo ciego. Ofendiste a un dios del Olimpo, mortal, ¿de verdad creíste que no habría consecuencias?


—Te estoy suplicando derechos de huéspedes, Eolo.


—No soy tan desalmado como crees, y te dejaré dormir en mi playa esta noche, pero quiero que partas en la mañana. Poseidón fue muy claro en lo que concierne a tu destino cuando vino a verme, y no puedo desafiarlo. Vete con la aurora, Odiseo, pues en mi palacio no entrarán aquellos que están malditos por los dioses.


Quise contestarle que no todos los dioses me habían maldecido, que aún gozaba del favor de una incluso más poderosa que el dios del mar, pero no pude pronunciar las palabras, pues aunque me había negado por mucho tiempo a reconocerlo, era cierto que Atenea no me había hablado en meses, desde el robo del paladio, y mi momento de envidia en contra de Diomedes. Seguía cansado, pero aquella noche no dormí, pensando en todas las palabras que alguna vez pronuncié; a Penélope y Aquiles, a Menelao y Agamenón, a Helena y a Polifemo.


Hablar me había sacado de incontables aprietos, pero parecía que ahora mi lengua también me había condenado. Por primera vez, tendría que afrontar la noche sin un plan, pues debía afrontar que mis talentos eran insuficientes. Me aterraba pensarlo, pero quizá nunca existieron. Un hombre de verdadera mente prodigiosa no habría insultado a Poseidón, ni perdido el favor de Atenea, creyendo que él era superior a cualquier otro. Ese hombre ya estaría en casa, no perdido como yo. Y sin astucia, sin Ítaca, sin rumbo, tampoco había respuesta para la pregunta que aún me carcome: ¿quién es Odiseo?

¡Bienvenidos pasajeros! Retrasé esta publicación una semana, porque despertaba sensaciones con las que no estaba preparado para lidiar hace siete días. Las desilusiones son muy poderosas, pero hace un par de días un gran amigo me recordó que es importante dejarse sorprender, así que juntos esperaremos, con más optimismo que el de Odiseo, que nos depara la travesía de la vida.



Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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