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La venganza del señor de las mareas

Tres semanas después


"Dioses, sí así hablaba yo, en verdad merecía no volver a casa", pensaba mientras escuchaba incrédulo la petición de Euríloco.


—Por meses, desde que abandonamos Troya, no has hecho más que señalar hasta el menor de mis errores ¿y pretendes ahora mi venia para cometer los mismos?


—No hables con tanta autoridad sobre mí, Odiseo; pues si estamos perdidos es por causa tuya. De haberme dicho la naturaleza del regalo de Eolo...


—Habrías abierto el odre de igual modo, Euríloco, pues dudas de toda palabra mía y nunca has creído en magia y portentos. Te conozco desde hace largo tiempo, y en todos esos años nunca me has dado un motivo para confiar en ti. Eres cauto y valiente, pero no guardas más lealtad que a tu propia ambición.


—Mi rey, acaba de reconocer que soy cauto y valiente ¿no acaso eso me convierte en la persona ideal para liderar una partida de expedición?


Y así había sido por los últimos dos días, desde que habían tocado de nuevo tierra. Sí sólo hubiera dependido de mi voluntad, no habríamos parado, pero los hombres en mis doce naves tenían hambre, tenían miedo, tenían dolor; y no podía negarles el librarse de altamar aunque fuera por una noche.


La parada no fue inútil, pues la costa nos sirvió para llenar canastos de pescado, y prender un pequeño fuego para traernos calor mas, aún escuchando los gritos de mis hombres triturados por Polifemo, no permitía que permaneciera encendido por más de una hora, y fui tajante en que todos dormiríamos en los barcos, con dos vigías por navío.


No era solo el recuerdo de tragedias pasadas lo que impulsaba mi determinación, sino un juramento íntimo, lo único que mantenía a distancia la angustia: que ni un hombre más moriría por mi arrogancia. Pero debilidad era lo único que el esposo de mi hermana veía tras mis decisiones, y cada amanecer y anochecer acudía a mí para exigir lo mismo: el mando de un grupo para explorar posibles riquezas en la isla.


— ¡He dicho mi última palabra! Tú no estuviste en la cueva del cíclope, no puedes entender...


—Entiendo que tienes miedo, pero esta isla no es la otra, y yo no soy tú. ¿O acaso lo que te aterra es que yo triunfe donde tu fallaste? ¿Que Euríloco sea mejor líder que Odiseo, y traiga a casa la gloria que a ti te ha evadido?


—Es la última vez que te digo que no Euríloco. ¡Llenen los barcos de pescado y frutos de los árboles que tengan a la vista! Al amanecer partiremos de nuevo.


Era noche cerrada cuando me tocó mi momento de hacer guardia, y por un momento me perdí viendo las estrellas, pidiendo perdón en silencio a Atenea, cuando una mano se puso sobre mi hombro.


Al ver el rostro amable de Polites, con una débil sonrisa en los labios; no pude contenerlo más, y me aferré a él llorando, aprovechando que todos los demás dormían.


—Ya no sé quien soy, Polites. Desde que era un niño, mi madre, mi padre, los otros nobles no hacían más que alabar mi mente y augurarme grandeza; pero ahora me siento tonto e inútil. Dudo todo el tiempo ¿cómo puedo seguirlos guiando?


—Odiseo —me dijo él, dejando ir la formalidad como sólo lo hacía cuando nos encontrábamos solos— se te olvida que de toda esta tripulación, yo soy el único que conoció a ese niño del que hablas. Era respetuoso de los mayores, pero taimado para las travesuras. A su lado participé en juegos más creativos de lo que jamás podría haber imaginado, y compartí sus azotes cuando su terquedad nos metía en problemas. ¿Quieres saber quién eres? Eres sólo un hombre, y no eras perfecto antes de los errores que ahora te atormentan, pero aún así te seguí a la guerra, y aún creo en ti, pues tienes la fortaleza de seguir adelante. Todos los hombres se equivocan, pero sólo se puede confiar en aquellos capaces de reconocerlo.


—Tuve razón al no decirle la verdad a Euríloco —dije antes de una pausa—y de vivirlo de nuevo, volvería a confiar sólo en ti, viejo amigo, y en el leal Perimedes. Mi error fue alejarte de mí, y mandarlo a él a buscarte en el último esfuerzo. Quise recompensar tu amistad con mando, pero debí conservarte a mi lado, te necesitaba para cuidarme de mí mismo, y de la responsabilidad que asumí en soledad.


—Es lo único que pido, Odiseo. Que así como estuve a tu lado mientras crecíamos en Ítaca, y peleábamos en Illión, me permitas nunca más alejarme de tu lado. Y si de verdad me consideras tu amigo, permíteme decir, que en algo sí tiene razón Euríloco...


—Trece entramos a la cueva de Polifemo, Polites, y sólo siete salimos. Tú mismo me aconsejaste que no esperáramos al amo de aquella morada, ¿cómo puedes ahora...?


—Si tuviéramos otra opción, no cuestionaría tu decisión, pues comparto tu recelo. Hay algo en estas aguas que no me gusta, pero lo que has pasado por alto es que no tenemos alternativa. La costa nos ha dado suficiente alimento para semanas, pero no hay ni el más pequeño arroyo. Si partimos mañana, en dos días nos quedaremos sin agua.


—No pienso enviar a otro grupo grande a la muerte Polites. Pero tienes razón, irnos es tentar a la Fortuna. Pero quedarnos es provocarla también...


Pensé el resto del turno de vigilancia, y por un par de horas después. A la mañana siguiente, cuando mi hombre más contestatario fue de nuevo a verme, tenía preparada mi respuesta.


—Te dejaré ir en busca de agua dulce Euríloco, pero sólo si antes juras por el río Estigia que nunca más volverás a desobedecer una orden mía —y una vez que el marino, rechinando los dientes, pronunció las solemnes palabras, continué—la velocidad y el sigilo serán tu aliados, y por eso sólo podrás llevar contigo a dos hombres. Voluntarios, pues no consentiré que arrastres a un desastre a nadie que comparta tu locura.


Y tras la partida de los tres incautos esperamos una hora contemplando la costa, y los acantilados de la lejanía; luego dos, y luego tres, hasta que decidí que todos comenzaran a abordar los barcos. De ser necesario nos iríamos sin ellos. Pero justo antes que gritara la orden de zarpar, el joven Elpenor, de nuevo trepado en el mástil, gritó:


—¡Vienen de regreso!


No tardamos mucho en verlo el resto: Euríloco corría hacia las naves con los ojos abiertos de puro terror; pero en su huida sólo lo acompañaba uno de los hombres que le sirvieron de escolta. Por un momento estuve tentado de abandonarlos, y aunque comenzamos a remar antes de que abordaran, retuve la navegación lo suficiente para que nos pudieran alcanzar a nado.


—Gigantes, mi rey —dijo sin aliento Euríloco, dejándose caer sobre la cubierta— gigantes comedores de hombres. Nos persiguieron por una hora.


—¿Y porqué se habrán detenido antes de alcanzarnos? —me preguntó Polites en un susurro.


—No me importa —respondí—quiero estar lejos de aquí lo antes posible.


Pero entonces tembló la tierra, y el agua del océano se elevó tan alta como una montaña, pero no logró volcarnos. Con un estruendo, un desfiladero de rocas se elevó sobre la marea al oriente, arrinconándonos contra la isla al occidente. Una enorme roca nos bloqueaba el paso al norte, nuestra única opción era navegar hacia el sur, por ese desfiladero recién creado hacia los acantilados.


Cuando estábamos bajo la sombra del desfiladero, vi a los gigantes, riendo con voces graves y temibles. Algunos llevaban enormes arpones, con cuerdas atadas a un extremo; y otros rocas tan grandes como la que cubría la entrada de la cueva del cíclope. Entonces comprendí que nunca tuvieron intención de atrapar a Euríloco, sólo lo siguieron hasta descubrir donde estaban los barcos, y poder tender su trampa.


—¡Dispérsense! ¡Dispérsense! —grité, pero las olas ahogaban mis órdenes, y en el pánico la mayoría de los barcos se apretujaban uno contra el otro.


Entonces cayó la primera piedra, con puntería tan certera que partió de un solo golpe dos de los barcos más próximos, y apenas pude dedicar un pensamiento fugaz a los marinos, pues me horrorizó más la realización de que el viento se había detenido por completo.


—¡Euríbates toma el timón! ¡Todos los demás remen! ¡Remen con todo su empeño, pues de eso dependen sus vidas!


Yo mismo me senté en uno de los tablones, y sostuve uno de los remos, con Polites a mi derecha y Euríloco a mi izquierda. En la mirada del primero veía una inusitada preocupación, en la del primero, aún más insólita, sólo se percibía culpa.


—Había una doncella bañándose en el lago...era tan hermosa...nos invitó al palacio de su padre...pero el rey...tomó a mi hombre y...


Apenas y lo escuchaba, y aunque me hubiera interesado su relato, estábamos más allá de cualquier reclamo. Por primera vez desde que entramos juntos al caballo de madera, teníamos el mismo propósito, sin ninguna diferencia.


Los remos no se detuvieron hasta que no vimos mas que mar abierto a nuestro alrededor, y se terminó el sonido de las rocas arrojadas por el enemigo. Estábamos a salvo, pero no escuché celebraciones jubilosas, ni suspiros de alivio, sólo un silencio terrible que no entendí hasta que Perimedes señaló algo a mi espalda.


—Mi rey...las rocas.


Al girarme vi cuatro cosas, cada una más terrible que la anterior:


La primera, las rocas que nos habían aprisionado contra la isla en ese desfiladero mortal, desapareciendo bajo la marea tan rápido como habían surgido de esta.


Lo segundo, los restos despedazados de once navíos de madera, junto con la realización que de toda mi flota sólo un barco, con veinte almas a bordo, había escapado del desastre.


Lo tercero, el descubrimiento del uso que aquellos crueles gigantes tenían para sus arpones, que ahora eran arrojados con gozo entre los tablones, buscando recolectar las decenas de caídos para darse un festín. Contuve las lágrimas al darme cuenta de que algunos de esos cuerpos aún gritaban.


Pero lo más terrible fue lo cuarto que vi, un ser que me devolvía la mirada de pie sobre la única piedra que aún no reclamaba las olas. Su barba era negra veteada de gris, y portaba una corona de oro, perla y coral. Con una mano sostenía un tridente de bronce, y con la otra señalaba las aguas que se comenzaban a teñir de carmesí, sonriéndome con satisfacción; y el único pensamiento coherente que quedaba en mí era preguntarme si mi propio padre me vengaría con la misma pasión con la que Poseidón respondía a la súplica de su hijo.

¡Bienvenidos pasajeros! Quizá por estar ausente de muchas adaptaciones, pero la gente suele olvidar que el incidente de los gigantes lestrigones fue por mucho la más mortífera de las aventuras de Odiseo, por lo que les quería dedicar su propio relato. Es quizá en el que me tomé más licencias con respecto al poema original, pero creo que Poseidón necesitaba tener un rol un poco más activo en esta adaptación.



Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío


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