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El retrato oval

¡Bienvenidos pasajeros! Ya sé que estamos en pleno enero, pero al momento de planear la semana me invadieron unos deseos irrefrenables de hablar de terror; pese a que como bien saben, no es un género al que gravite de forma natural. O al menos, no lo hago en el cine, pues en la literatura ha sido parte fundamental de mi formación. No es la primera vez que hablo de Poe en este espacio, pero el cuento que seleccioné para ustedes hoy es distinto de los anteriores: lo sobrenatural sólo existe en la psique de los personajes y no hay ningún asesinato, al menos no en el sentido tradicional.


Probablemente lo que hace más famoso a este cuento es su extensión: aunque en mi edición alcanza las tres páginas, hay quienes reportan incluso menos. Y lo que vuelve aun más impresionante esta brevedad es que la narración ocurre en dos niveles, por lo que en realidad este relato contiene dos historias. En la primera, un narrador anónimo explora un castillo cuya principal característica son cuadros y retratos; la tenebrosa historia detrás del que más le llama la atención ocupa el segundo nivel de la narrativa.


Poe es un maestro en la construcción de atmósfera y este relato no es la excepción: con relativamente pocas palabras, el castillo que funciona como locación principal se convierte en una locación vívida, que encajaría a la perfección con el prólogo de una historia de fantasmas (que esta no es en sentido estricto, aunque quizá sí en sentido metafórico). Sin embargo, su mejor trabajo de descripción lo destina al titular retrato, que aparece casi como por hechicería a mitad de la noche y ocupa casi la mitad del texto. Aunque la descripción de la mujer detallada no es extremadamente detallada (se desconoce el color de cabello y ojos, por ejemplo, así como detalles de su ropa. Más que en el propio objeto, las palabras del autor se concentran en el efecto emocional que produce en el narrador, la transición de la impresión inicial a la apreciación del trabajo artístico, cuya calidad sin embargo no le quita el aire siniestro a la introducción del cuadro, que mantiene cierta sensación de incomodidad en narrador y lector.


Encuentro fascinante la decisión estilística de Poe de empezar la narración en media res, como si la historia fuera tan solo un fragmento de una más grande. No sólo la mayoría de los personajes (el narrador, el pintor, la retratada) permanecen anónimos, con el único nombrado siendo, curiosamente, el criado; pero además de eso el escritor decide dejar muchas preguntas sin resolver: ¿por qué está herido el narrador, al extremo de refugiarse en un castillo abandonado? ¿Quiénes son los dueños del lugar, y por lo tanto de la colección de pinturas? ¿Por qué dejaron el lugar? ¿Cómo llegó el retrato a su poder? ¿Quién escribió el libro que explica cada una de las pinturas? (esta última, dicho sea de paso, fue un gran recurso para transicionar de una historia a la otra sin tener que revelar mucha información, manteniendo el elemento de sorpresa). Esas interrogantes abiertas contribuyen a la construcción de la atmósfera, pero también invitan al lector a tener cierto grado de interacción con el texto.


Muchas veces he comentado de distintas historias su atemporalidad como un aspecto positivo, y aunque esta narración es vaga en cuanto al trasfondo de los personajes, si es posible delimitar el contexto narrativo; aunque algunos detalles permanecen aparentemente contradictorios. Por ejemplo, la primera parte de la historia transcurre en el siglo XIX, probablemente alrededor de su año de publicación; el narrador es posible que sea norteamericano (como parece comprobar la mención a Thomas Sully, famoso por sus retratos presidenciales), pero la historia claramente transcurre en las montañas italianas, y el comportamiento del narrador parece más británico que americano, en una atmósfera prototípicamente europea. Hay otro nombre presente en el texto, el de la autora gótica Ann Radcliffe, y celebro que Poe incluyera este guiño a la autora que, él mismo admitió alguna vez, fue de sus principales inspiraciones.


Cierro con una explicación de los temas, que se vuelven evidentes en el segundo nivel narrativo, que cierra el cuento. Contrario a muchas otras historias semejantes, que ensalzan el poder y vocación del arte; Poe lo muestra como un camino peligroso, incluso mortal. El pintor queda tan absorto en su obra que ignora al resto de su vida, y en muchos sentidos acaba con la vida de su musa en un intento arrogante de inmortalizarla. Esa es una advertencia fundamental para el artista, que si bien persigue una vida muy demandante, no puede perderse en ella; pero la contraparte es aún más relevante, y es que la mujer es responsable de su propia tragedia: odiando al arte como si de un rival de amores se tratara, es sin embargo demasiado sumisa con su enamorado y se niega a hablar incluso cuando el cuadro, cual vampírica aparición, parece sorberle la vida. Pintor y musa están condenados por la misma obsesión, aunque el objeto del deseo sea distinto: y esa es la temible advertencia al lector: no hay nada más peligroso que el amor incondicional.


  • Título original: The oval portrait

  • Autor: Edgar Allan Poe

  • Año de publicación: 1842




Hasta el próximo encuentro...


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