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Los reyes de la arena

¡Bienvenidos pasajeros! Antier reseñé en este espacio el primer capítulo de la adaptación de El caballero errante, que considero el más inocente de toda la bibliografía de Martin. El día de hoy quiero alejarme de Poniente y regresar a una de sus historias más premiadas, una novela corta de horror y ciencia ficción que es probablemente el texto con mayor carga temática de la carrera del autor.


Desarrollándose en el rico planeta Baldur, como parte de la continuidad de los mil mundos, la historia sigue a un rico playboy obsesionado con coleccionar mascotas exóticas, quien movido por una profunda arrogancia compra cuatro colonias de alienígenas insectoides, llamados reyes de la arena, ignorante del terrible peligro que representan aquellas criaturas cuando son subestimadas. Una impresionante mezcla de géneros, que incluye complejas conversaciones de ciencia ficción sobre evolución, telepatía y mentes colmena; comentario socio histórico con una buena dosis de humor negro y una brillante atmósfera de terror que culmina en el que es, en mi opinión, el mejor final de la carrera del autor.


En cuestión de estilo, el libro tiene un ritmo perfecto, se percibe más corto de lo que en realidad es gracias a la capacidad del autor de generar tensión y emoción por continuar la historia. Las descripciones son abundantes, pero vitales para construir la atmósfera del relato, que transcurre en su mayor parte en la casa del protagonista, siendo la degradación del espacio (cada vez más opresivo conforme avanza la paranoia del personaje principal) un buen símil de los temas de la historia. Si bien el escritor no tiene miedo de recurrir a la violencia gráfica, no es este su principal recurso para generar terror; por el contrario, creo que es más efectiva la profunda incomodidad que genera el hilo de pensamiento de su personaje central una vez que las criaturas comienzan a invadir su mente, incluso antes de que el personaje o incluso el mismo lector sepa que está pasando.


Los titulares reyes de la arena me parecen seres muy bien diseñados, pues logran ser monstruosos y a la vez despertar en el lector atisbos de empatía. Las reglas de cómo operan sus sociedades (un cerebro central, llamado la “fauce” y obreros controlados por telepatía) son bien explicadas desde el principio, aprovechando la biología y comportamiento de la fauce para hacer un comentario del monstruo escondido o invisible. Que las criaturas puedan crecer tanto como el espacio que las contiene es un gran acierto de diseño, pues por un lado es un comentario sobre las tendencias expansionistas de la naturaleza humana, y por el otro sienta las bases de un brillante giro de trama que parece extraído de las mejores películas de Guillermo del Toro. Cada una de las cuatro colonias es de un color distinto (blanco, naranja, rojo y negro), y aunque es evidente el comparativo con la heráldica medieval, la distinción por colmenas también le permite a Martin contar, a través de ellos, su versión de la historia de la civilización humana, desde la creación hasta el colapso o evolución. Aunque no tengo muy claro que representan las colonias negras y rojas (bélicas e independientes pero poco ambiciosas), los reyes de la arena blancos, los más ambiciosos y agresivos, capaces de la más inteligente manipulación pero también de la más obscena de las locuras son una clara crítica a la civilización occidental, capaz de transformar el mundo y a su propio amo a su antojo, pero incapaces de encontrar armonía. En cuanto a las naranjas, las últimas en nacer y comúnmente atacadas por las otras colonias en luchas por recursos, pero con un rol clave en el clímax, son probablemente la versión del autor del Tercer Mundo, al que le augura un futuro interesante.


Otro acierto del libro es la caracterización de los personajes: si bien muchos son superficiales, y obedecen a arquetipos del género (cumpliendo a la perfección su rol en la trama, sobre todo los invitados a las fiestas del protagonista), hay dos que resaltan sobre los demás: Jala Wo, la vendedora de mascotas, es un personaje enigmático que encarna simultáneamente múltiples roles, el diablo tentador, la voz de la razón, el vehículo de exposición y la esperanza de salvación. Por otro lado, Simon Kress es uno de los mejores protagónicas de Martin por una razón muy sencilla: es un monstruo. Soberbio, misógino, insensible y extremadamente cruel, encarna lo peor de la humanidad y su depravación es a la vez repulsiva y muy difícil de dejar de leer (el detonante de la historia es que necesita nuevas criaturas pues no tuvo problema en dejar morir de hambre a sus animales originales al salir de viaje). Algunas de las acciones que comete (contra un cachorro es quizá el más grotesco) son tan inherentemente inhumanas que es muy fácil comenzar a desear el triunfo de las criaturas, incluso con todas las posibles implicaciones, y eso hace que el clímax sea muy poderoso.


Como mencioné antes, los reyes de la arena son una metáfora de la civilización, y el autor es explícito en su comentario: aburridas al inicio, sus sociedades primitivas se enfocan únicamente en la autosuficiencia, pero cuando el retorcido Kress orquesta una escasez de recurso, las criaturas descubren la violencia y la ambición, rasgos que nunca los abandonan del todo, creando estrategias cada vez más sofisticadas. Asimismo, conforme las colonias crecen se vuelven capaces de crear arte, que Martin claramente considera el punto clave de una especie consciente, pero éste no permanece estático, sino que evoluciona junto con sus creadores. Este no es el único tema de la novelets, que repito, es de las más ricas del autor, pues se exploran ideas como el ambientalismo, la corrupción política (Kress soborna a funcionarios públicos), la relación entre sexualidad y violencia (se celebran orgías en las mismas fiestas en las que los amigos de Kress arrojan animales al entorno de los Reyes de la arena, pues disfrutan ver las masacres), el papel clave de la economía como catalizador y perpetuador de guerras (las apuesta son el motor que mueve estos espectáculos de sadismo), la responsabilidad de la crianza en la formación, y las tendencias autodestructivas de la humanidad.


Sin embargo, el principal tema de la historia se encuentra intrínsecamente relacionado con la religión, lo cual resulta paradójico considerando que el autor es un ateo confeso: la única razón por la que Kress compra a las criaturas es por la idea de que esculpan su cara en sus castillos, busca el éxtasis de ser adorado, y en efecto el arte de las colonias está hecho a semejanza de su efigie. Si el arte de los reyes de la arena tiene un propósito de adoración, y como mencioné anteriormente, este es clave para la formación de consciencia, el autor parece decir que la religión formó una parte imprescindible en la formación de la civilización humana. Es una tesis interesante, pero una aún más fascinante es la que la segunda mitad del libro plantea: ¿cómo responden las sociedades cuando comienzan a percibir a su dios como cruel, malvado o desinteresado? Para esto es necesario contar un poco del final, me disculpo por los spoilers, pero creo que es una experiencia que aún así vale mucho la pena: Dos colonias se alejan por completo de la religión, pero no llegan a escapar de su influencia; una más permanece en el seno de la fe, pero ya no como un siervo devoto, sino como un astuto manipulador, capaz de usar figuras divinas para engañar y aumentar el poder. De cómo toma la cuarta colonia su crisis de fe, me niego a revelarlo a detalle, me limitaré a decir que Nietzsche estaría orgulloso.



Tal y como comenté ayer, George RR Martin es mucho más que Canción de Hielo y Fuego, y los invito hoy a descubrir uno de sus mejores textos, muy ad hoc para estos tiempos en sus dos mensajes centrales, que pueden ser un llamado a la precaución o a la esperanza: no hay abuso que dure para siempre, pues la resistencia ante la crueldad es algo natural; y no hay nada en este mundo que sea una invitación más segura al desastre tarde o temprano, como el atrevimiento a jugar a ser Dios.



  • Título original: Sandkings

  • Autor: George RR Martin

  • Año de publicación: 1979



Hasta el próximo encuentro…


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