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El roble y el abeto

En algún lugar cerca de Hesse, año 724


Germanos de todas las tribus se reunieron aquella tarde tormentosa en la arboleda sagrada, pues el monje loco le había declarado la guerra a Thor. El extraño, que se llamaba a sí mismo Bonifacio, predicando una fe traída de Roma, y más allá, era viejo, con el cabello cubriéndole los ojos y la barba gris ondeando cual estandarte de guerra. No portaba escudo o armadura, sus únicas armas un amuleto en forma de cruz que colgaba de su cuello, y un hacha de leñador que parecía batallaba en levantar.


Pero en sus ojos había una determinación fiera, y mantenía la mirada incandescente en el árbol más sagrado para aquel pueblo donde predicaba sin obtener grandes respuestas: el antiguo y fuerte roble, con runas talladas en su corteza y nueve grandes ramas que se desprendían de su tronco, como si se tratara del mismo Ygddrasil.


— ¡No seas necio anciano! —se burlaba el más grande de los jefes, alto como una montaña y con voz potente como la del trueno— tus manos no tienen callo o cicatriz; ni en tus días de juventud fuiste un guerrero, y este no es árbol común.


Pero el monje Bonifacio permanecía mudo; incluso sus oraciones las reservaba a la intimidad de su mente. Entrecerrar un poco los ojos, y la repentina palidez de sus manos al apretar el mango, fueron las únicas señales necesarias para que los presentes contuvieran el aliento, pues la batalla estaba a punto de comenzar.


"Espero que tu Dios de verdad sea tan poderoso como dices" decían los presentes "pues la ira de Thor te perseguirá apenas toques su roble sagrado. Si esa hacha toca la madera, sobre ti caerán el trueno y el relámpago".


El monje levantó el hacha, pero el peso de esta lo venció, y el filo fue a clavarse en la tierra y el lodo; pero antes de que pudieran extinguirse las primeras risas e insultos, el anciano volvió a intentarlo; sus músculos se tensaron, y la naranja luz del crepúsculo iluminó el acero cuando el hacha se elevó sobre la cabeza del que la empuñaba.


Bonifacio emitió un solo grito, gutural, casi animal, y se dejó ir con todo su peso. Sólo por un reflejo más veloz de lo esperado en un hombre de su edad fue que evitó que su rostro impactara contra el suelo, pero pese a que aún batallaba para recuperar el equilibrio, el anciano sonreía, pues el hacha se había incrustado en el roble, con su savia de un tono carmesí por aquella luz otoñal.


Casi todos los presentes habían perdido la palabra, mas no por la inusitada fuerza del predicador, sino porque el certero golpe había coincidido con el trueno más ensordecedor que cualquiera de los presentes hubiera conocido.


— ¡Te lo advertí, anciano demente! —dijo uno, apenas recuperó el uso de la voz— has enfurecido al todopoderoso Thor. El próximo relámpago caerá sobre ti.


Pero cuando el rayo en efecto atacó, su golpe descendió sobre el hacha, aún incrustada, y se extendió al roble, que con un estruendo se partió por mitad. Muchos de los germanos cayeron al suelo, incrédulo, y aunque lo negarían el resto de sus vidas, las lágrimas se deslizaron por las mejillas de más de uno.


—¡Sean testigos del poder del único y verdadero Dios! —gritó el monje Bonifacio— capaz de usar las armas de sus ídolos paganos en su propia contra. Pero no teman, regocíjense, pues se trata de un Dios de amor, y de paz, que los recibirá con los brazos abiertos en su iglesia.


Algunos de los reunidos huyeron, pero otros más inclinaron la cabeza y aceptaron la conversión. Sólo una niña, inocente pero no por eso menos astuta, se atrevió a hacer una pregunta:


—Los árboles son vida y protección, forastero. Si tu Dios es uno de amor ¿por qué te ordena que mates a uno de los protectores del bosque?


Bonifacio tardó en encontrar una buena respuesta para eso, pues no esperaba ser increpado después de aquel espectáculo; pero entre las mangas de su hábito encontró una semilla, que cargaba con él desde su peregrinar por el frío norte.


—La muerte, pequeña, es sólo parte natural de la vida; y con este tronco construiremos refugios y alimentaremos fuegos que ayuden a todos ustedes. Pero algo deben saber, y es que Jesús nunca quita sin dar también, y por eso sembraremos aquí un nuevo árbol.


Tras mostrar la pequeña semilla a todos los presentes, con amor la colocó en el suelo; y continuó:


—El roble es fuerte, y noble; pero pertenece al mundo de los hombres, pues pierde sus hojas en el invierno. Pero esto es un abeto, que crecerá erguido en dirección al reino de Dios, y sus agujas permanecerán siempre verdes, sin importar la ventisca o la tempestad, pues fue hecha a semejanza de la naturaleza inmortal de nuestro Señor.





Más de setecientos años más tarde, Martín Lutero cuenta esa historia a los nuevos miembros de la iglesia que acaba de fundar, aunque ni siquiera él sabe si fue cierta. Años de intrigas y combates les esperan, la esperanza fugaz de la reconciliación cada vez más lejana; pero este monje sabe que hay símbolos que pueden superar incluso un cisma tan grande. Por la ventana de su monasterio ve un abeto, el único árbol que sobrevive verde a aquel cruel invierno. Al verlo, piensa en la promesa de Cristo, pero también en el recuerdo del Jardín del Edén, con su propio árbol misterioso. Movido por una súbita inspiración, ordena a sus seguidores que tomen todas las manzanas guardadas en la bodega. Con destreza jóvenes y viejos las colocan como pueden en las ramas del abeto, y esa noche, celebran la Natividad orando en círculo alrededor del árbol verde y rojo.

¡Bienvenidos pasajeros! Las manzanas eventualmente serían reemplazadas por esferas, y la historia original que la inspiró fue olvidada. Incluso en muchos países, el mismo árbol fue suplantado por su recio primo, el pino; pero de alguna manera aquella tradición es como un puente sobre el cisma religioso, pues tanto católicos como protestantes adornan su arbolito cada Navidad.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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