El rostro de la sultán
- raulgr98
- hace 4 días
- 5 Min. de lectura
A unas millas de Deli, 1236.
Perdóname Alá, por los pensamientos dentro de mí; pero si he de condenarme por cobardía, me rehúso a pecar también de deshonesto. No temo a la muerte, pero al escuchar al enemigo aproximarse entre los árboles, mi corazón rehúye el campo de batalla, pues me cuesta aceptar que daré mi vida por alguien cuyo rostro nunca he visto, ni siquiera he podido imaginar.
Y sé que no es su culpa, que la ley dice que nadie fuera de palacio verá jamás aquellas facciones, pero ninguno de mis ancestros se sintió jamás tan lejos de su señor. Mi abuelo murió en combate, pero el sultán de aquel entonces saludaba a todos sus hombres antes de la guerra, y mi padre juraba que, pese a sólo verlo una vez, recordaba mejor los cabellos de la barba de su señor que las cicatrices de sus propias manos. Lo que daría yo por sentir ese nivel de devoción, pero ¿cómo puedo ser leal cuando lo único que conoceré jamás es un velo?
Mi primera batalla fue hace cinco años, cuando aún vivía el viejo sultán, y nos convocó a una campaña al oriente, ordenando que su hija gobernara en su ausencia. Nadie lo cuestionó en aquel entonces, pues solo un tonto negaría que entre las mujeres hay aquellas tan sabias como hermosas. Más de una viuda ha comandado reinos en el nombre de sus hijos pequeños, y dudo que alguien en Deli haya recibido instrucción más ilustre que la princesa Razia, pero aquellos mandatos siempre han sido temporales, por eso sigo sin entender lo que aconteció el día del regreso triunfal de nuestro ejército, cuando el soberano abrazó a su hija y frente a los oficiales, la corte y sus propios hijos varones, la nombró su heredera.
Perderé mi cabeza si lo digo en voz alta, pero a ti Alá, no puedo engañarte: nunca creí que aquel testamento fuera a honrarse. La noche que la fiebre se llevó al sultán, y los cortesanos coronaron al mayor de los hijos varones antes de que el cuerpo del padre se enfriara, lloré por la princesa, pues sabía que sus días estaban contados. Pero Razia no sólo logró escapar de palacio aquella noche, sino que regresó con un ejército.
De alguna manera, la princesa convenció a los campesinos de seguirla, e intimidó a un puñado de nobles para respaldarla. Así, la hija del sultán vio a su hermano ejecutado frente a ella, sólo seis meses después de la usurpación. Sí, el vulgo ama su corazón y los aristócratas temen su intelecto, pero hay un sector al que Razia nunca ganará, pues los militares solo respetamos la fuerza. Han pasado muchas generaciones desde la última vez que un sultán comandó desde el frente, y una mujer, por brillante que sea al interior de palacio, no será la primera, pues la guerra es el dominio del hombre.
Lo he decidido. Correré, no moriré por alguien a quien la ley le prohíbe dar la cara. Pero entonces, un gran estruendo ahoga los tambores del enemigo, y el nervioso chocar de los escudos. Bajo mis pies la tierra tiembla y, a mis espaldas, escucho a las tropas moverse, abriendo el paso a un coloso que se aproxima. Entonces volteo y ante mí veo una visión temible, pero maravillosa, que no se ha visto en Deli por más de diez años: un elefante de guerra, con los colmillos decorados con bronce y negros fragmentos de armadura en su rostro y cuerpo.
“Así que mi señora ha elegido ya al general que nos guiará al combate”, pienso, y me desagrada en automático aquel hombre que recurre a tales espectáculos para llenarse de gloria. “Por eso las mujeres no deben gobernar en tiempos de guerra”, me lamento, “pues si este hombre gana hoy, no tardará en ambicionar el trono para él”. Pero la curiosidad me gana, y aunque el enemigo está cada vez más cerca, abandono mi deseo de soportar, pues necesito saber la identidad de aquel hombre.
Cuando el elefante se coloca junto a mí, en la primera línea, me atrevo a alzar la mirada, y veo un rostro que estoy seguro de nunca haber visto. Porta el uniforme de los militares, con turbante y sable al cinto, pero es más delgado de lo que esperaría en un general. Por un momento, creo que mi señora ha enloquecido, pues ha confiado la defensa de sus tierras a un oficial extremadamente joven, sin el menor rastro de barba. ¿Será uno de sus medios hermanos? No, su padre nunca la habría nombrado heredera si fuera así de ingenua, sería como armar ella misma una rebelión en su contra; pero la princesa no tiene otros parientes tan jóvenes. Y aún así, debe ser familia, porque solo así se explicaría que se diera tanta confianza a alguien tan inexpertos, de rasgos tan finos…
Entonces el general mira hacia bajo, y mi mirada se entrelaza con la de unos ojos llenos de fuego, de un hermoso color negro, unos que, me doy cuenta en ese momento, vi por primera vez en un desfile triunfal hace cinco años, apenas ocultos detrás de un velo.
—¡Sultana! —grito postrándome ante los pies de la bestia, pues por primera vez en generaciones nuestro señor nos guiará al combate desde la primera línea, cubriéndose de gloria al recordarnos a amigos y enemigos por igual la majestuosidad del elefante de guerra. Ahora entiendo por qué quienes no la aman la temen, pues Razia ha probado estar por encima de la tradición y la misma ley. Combatirá vestida de hombre, arrancándose el velo detrás del que pretendieron ocultarla toda la vida, y yo entiendo que no he conocido acto más valiente en mi existencia, y que seguiré a esta mujer al mismo fin del mundo.
Razia me mira con el rostro severo, pero sus ojos parecen casi sonreír.
—De pie. Ningún capitán mío recibirá al enemigo de rodillas. Y escucha mi orden, pues no la repetiré otra vez. Sultana es una palabra que se inventó para concubinas y viudas, para recordarnos nuestro lugar, y jamás nadie volverá a referirse a mí con tal nombre, pues el trono es mío por derecho de nacimiento y de conquista. De pie, capitán, te lo ordena tu señora, la sultán Razia.
Y ahora, a punto de ir quizá por última vez a la guerra, descubierta una devoción mayor a la que quizá sintieron mi padre, y mi abuelo, he decidido cambiar mi petición, poderoso Ala: que el nombre de esta poderosa mujer, mi sultán resuena en la eternidad.
¡Bienvenidos pasajeros! Por desgracia, el reinado de Razia no estaba destinado a durar, pues tras cuatro breves pero exitosos años de reinado, los nobles opuestos a ella, incluyendo otro de sus medios hermanos, acumularon el suficiente poder para rebelarse, muriendo la gobernante en el campo de batalla, aún negándose a usar otro título que no fuera aquel que la tradición reservaba a los hombres. Aún así, el récord para la Historia como primera mujer que gobernó un territorio islamico por derecho propio (tan relacionado hoy en día con la violencia contra las mujeres), no se lo quita nadie. Resulta trágico darse cuenta que el pasado no siempre era tan retrógrada como se dice normalmente, pues pone en evidencia lo poco que hemos avanzado en realidad como sociedad, pero también es esperanzador, pues si en el pasado con todo en contra más de una mujer pudo alzarse, aunque fuera por poco tiempo, el sueño de un mundo más justo e inclusivo es todavía posible.
Hasta el próximo encuentro…
Navegante del Clío
Comentarios