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La primera historia

Vivo en la era donde sólo existe el hoy; antes del tiempo y la memoria. ¿Qué sentido tiene pensar en el ayer, cuando siempre se vive igual? Siempre la misma cacería, el mismo amanecer, la misma espera a la inevitable muerte. Pero en este que debería ser mi momento más cínico, atrapado por la nieve en esta cueva, con las últimas llamas agonizando y el frío extendiendo su dominio, me sorprendo pensando por primera vez en el mañana, aunque sólo sea uno soñado.


¿Por qué el cambio? Está lejos de ser mi primer invierno, y tampoco es la primera vez que conozco el miedo. Las cicatrices de mi espalda son prueba que más de una vez he estado en riesgo de dejar de ser. "Dejar de ser", que curiosa expresión, pero no se de que otra manera describirlo. Las personas cierran los ojos, su pecho deja de moverse y ya no hay más. Y pensar en eso ahora me paraliza y me hace sudar incluso en plena ventizca, cuando nunca antes me había molestado.


No lo entiendo hasta que bajo la mirada, y recuerdo que el anciano está a mis pies. Hace tanto frío, que el hedor está aún lejos, y por eso he podido ignorarlo. Pero ahora que lo he visto, no puedo evitar hacerme preguntas. Tengo ante mi a un cascarón vacío, que no debería ser distinto del animal que cazamos la semana pasada; pero de alguna manera sí lo es, pues a este lo conocí, y aunque sé que ahora no hay nada, no puedo negar que antes había un todo. Cuando alguien deja de ser, lo abandonamos en el camino, y pronto hasta sus hijos lo olvidan; pero atrapados con el anciano que dio su último suspiro anoche, no podemos fingir que nunca existió, y por primera vez, nos damos cuenta que algo falta en el mundo.


Siento algo en mi cara y me sobresalto, pero al tocarme el rostro me doy cuenta que sólo son gotas de agua, descendiendo de mis ojos. Hacía mucho que el anciano no salía de cacería, y por eso era raro que lo viera, pero ahora no puedo dejar de pensar en él. Y así como yo pienso, y sueño, y siento; me doy cuenta por primera vez que él también debió de haberlo hecho, y ahora todo eso está perdido. ¿Lo mismo pasará cuando yo deje de ser? Si todo es natural e inevitable ¿por qué ahora me pesa? ¿Qué sentido tiene que experimente más que las criaturas que devoro, si las pocas huellas que dejo tras de mí desaparecerán, como si nunca hubieran existido en primer lugar?


¡No! quiero gritar, y por primera vez pienso en el mañana. Si nunca salgo de esta cueva ¿que quedará de mí? Nada, como nada quedará si logro salir. Pero vuelvo a mirar los restos del anciano, y una idea nace dentro de mí: si lo que estoy viendo no es el hombre al que conocí, debe de haber algo más, algo que ya no está, pero que alguna vez existió. ¿A dónde fue? ¿Se dispersó en el viento, como el polvo y las hojas de los árboles? ¿O hay un después que desconozco?


Y el creer que hay algo más, me llena de esperanza por un momento; pero no pasa mucho antes de que el agobio regrese con mucho más fuerza, pues ¿de qué me sirve a mí creer que hay un después, si no tengo manera de saberlo? ¿Qué pasará si estoy equivocado, y no haya nada después del hoy? Incluso si hay mañana, es uno del que no se puede regresar, aún así mis huellas se perderán.


Entonces veo el fondo de la cueva, apenas iluminada por el fuego; y veo sombras, algunas largas, otras cortas. No parecen tener forma, pero las sigo mirando; y de repente es como si cobraran vida, pues bailan y juegan. En ellas pronto descubro animales, flores, el sol y las estrellas, personas; incluso por un instante, creo que veo cosas que no puedo describir, porque nunca las he visto, que se desvanecen antes de poder nombrarlas.


No lo sé en este momento, pero nunca lograré encontrar una palabra para lo que veo en el fuego, como tampoco sé que los que vendrán después de mí si podrán nombrarlo: es magia, es imaginar, es crear. Pero yo, atrapado en esta cueva, no estoy listo para construir cosas nuevas, sólo dispongo de lo que he visto.


"De lo que he visto". El mañana es tan incierto que me aterra, y el hoy ya no es suficiente para apaciguar mi mente; sólo me queda una alternativa, que es el ayer. Estoy vivo, y eso es suficiente para tener algo que contar. Comienzo a entender que sí tengo tanto miedo de que después nadie sepa que estuve aquí, es porque nunca hice un esfuerzo por saber quienes estuvieron antes; y aunque eso es algo que no puedo remediar, por una voz es que se tiene que empezar. No sé que me hace digno de ser el primero en presentarle batalla al olvido, pero siento dentro de mí un anhelo, que cuando yo deje de ser, los que son más jóvenes que yo sepan que caminé, que viví, que importé.


Tomo una rama, con la que despierto mi propio fuego, y voy a lo profundo de la cueva, llamando a gritos a todos los que estén despiertos. Casi todo el grupo me rodea, y aunque nunca lo sabré, siento en mi interior que está por suceder algo trascendental. Por primera vez, alguien usa la voz para decir algo que no sean instrucciones de caza, petición de alimentos, palabras de cortejo o reclamos de necesidades.


"¿Quieren saber como me hice estas marcas?"; digo, descubriéndome la espalda.


Y entonces comienzo a hablar, sobre una mañana calurosa de primavera; sobre el color del césped. Recuerdo la emoción de mi primera cacería, la dureza de la lanza sobre mi mano, incluso el sentir de las pieles que llevaba ese día. Y a través de mí, por aquella cueva migran las manadas de mamuts de antaño, y los gritos de cazadores hacen eco por primera vez en años. Les cuento la emboscada en el desfiladero, el olor de la sangre, y el descenso para recoger la presa; y me doy cuenta que algunos también lo recuerdan, y comienzan a murmurar sus propios detalles; juntos, construimos una gran imagen de la forma en la que los nuestros vivimos. Y mientras la historia continúa, los que no la vivieron sonríen al escuchar de nuestros triunfos, y atentos a mis palabras, se asustan cuando recreo el rugido del león, y tiemblan cuando describo el sentir de sus garras en mi espalda. Les cuento del dolor, de la fiebre y del miedo; de cómo en mi delirio imaginé a los otros cazadores como gigantes, enfrentando con valor a la terrible bestia, y por un momento, el anciano vuelve a estar entre nosotros, pues mi primera cacería fue su última, y fue él quien colocó hierbas mojadas en saliva sobre mis heridas, quien guio al grupo de vuelta a casa, ordenando que me cargaran en lugar de abandonarme.


Al terminar, lo que empezó como una voz se ha convertido en un coro, pues todos parecen ansiosos por contar sus propias historias. Entonces me percato que algunos de los niños han machaco frutos en un hueso cóncavo, y ceniza en el otro; y han comenzado a llenar de rojo y negro la pared de la cueva: son mamuts bramando, un león al acecho y un grupo de figuras con lanzas en las manos. Es mi historia, y una extraña emoción me embarga al darme cuenta que yo soy uno de los que han dibujado, que alguien me recordará. Sin siquiera detenerme a pensar en el por qué; hundo mi mano en el carmesí de los frutos machacados y después la pego en la pared de la cueva.


Al ver el resultado, sonrío, pues esta es una huella que el tiempo no podrá borrar, ni siquiera cuando todos los que me conocen se enfrenten al temible después, del que no hay regreso. Mi nombre, mi rostro y muchos detalles más se perderán, pero nunca dejaré de ser del todo, pues algo quedará, algo con lo que personas que nunca conoceré contarán sus propias historias.

¡Bienvenidos pasajeros! Parece un poco raro iniciar una semana especial en viernes, pero puesto que la próxima semana iniciaremos nuestros relatos seriados (aún tienen un par de días para votar); hoy quise traerles un adelanto del tema que nos ocupará casi toda la próxima semana, una serie de publicaciones sin muchas pretensiones, explorando aspectos que me recuerdan a mi infancia. El día de hoy, quise abordar el tema de la división clásica de la Historia, marcada con la invención de la escritura, cuando yo creo que incluso antes de eso ya había una concepción de lo histórico en los primeros humanos. Creo que desde el origen de la especie ha habido un deseo de ser recordado, y que la narración, la Historia y una especie de sentido mágico de identidad siempre han estado entremezcladas, y quizá por eso la Historia, las historias y la fantasía siempre se han contado entre mis principales aficiones.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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