La nieta de Hermes y el hijo de Poseidón
- raulgr98
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Las costas de Ítaca, diez años después de la partida de Odiseo
Eones llevando mensajes para los dioses, y ahora, cuando más necesitaba palabras, se atoraban en su garganta. Paralizado en la arena, demasiado temeroso de desobedecer una orden de Zeus, no podía sino ver el navío de velas negras, transportando a un semidiós de corazón negro, decidido a destruir una vida.
Hermes sabía lo que murmuraban de él en el Olimpo: mientras que de las entrañas de Zeus, Poseidón y Apolo habían surgido poderosos héroes, sabios médicos y prodigiosos artistas, el hijo que él había tenido con una mortal no fue más que un ladrón. El más grandioso de los ladrones, podría haber dicho, pero tales eran hazañas de las que rara vez se hacían canciones. Y aún así, Autolíco se había ganado un lugar en el mundo, y no tenía nada que envidiar a los otros semidioses: el ladrón que se ganó un lugar de honor entre los Argonautas, luchando hombro con hombro junto a héroes de leyenda, quien enseñó el arte de la lucha a Heracles, quien ascendió a las estrellas, el que con sus poderes robó las reses del cruel pero astuto Sísifo, pagando un alto precio por su audacia. El día que murió, Hermes lo lloró como ningún dios había llorado antes por un mortal, pero le quedaba el consuelo que en su larga vida, el maestro del hurto había logrado formar una familia, y sus descendientes habían llenado de orgullo al dios mensajero, emparentando con héroes y reyes.
Pero ahora, un hombre dominado por el rencor se preparaba para acabar con la paz de su nieta favorita. Hermes recordaba a Nauplio de cuando era un buen hombre, un marinero sagaz, el más joven de los argonautas. Pero ahora, la camaradería que antaño tuvo con Autíloco había sido olvidada, pues se dirigía a destruir a su hija. Impotente, el dios vio como se dirigía no al palacio, donde nunca podría entrar, sino a la cabaña. Alguien le debía estar pasando información, pues ¿de qué otra forma sabría que los que fueron rey y reina de aquella isla vivían solos a orillas del mar, esperando el regreso de su hijo perdido?
No. Hermes no estaba dispuesto a permitir la infamia de aquel hombre. Su querida Anticlea mucho había sufrido en su juventud, ultrajada por aquel miserable Sísifo para vengarse de unas reses robadas. Pero Anticlea tenía la voluntad de una princesa, y algo había heredado de su abuelo, pues se había sobrepuesto de tan terrible trauma y había encontrado la felicidad con su Laertes, padre de sus hijos, en la bella Ítaca. Treinta años había pasado en compañía de su rey, pero se merecía aún más, una vejez tranquila cuando menos. Furioso, Hermes se olvidó de los decretos de su padre, transformando el amor que sentía por su descendencia en terrible ira, y alzó el caduceo, que comenzó a brillar.
—Si lo fulminas —dijo una voz a su espalda— sólo traerás más desgracias.
Quien hablaba era su hermana favorita, a quien más respetaba del Consejo, pero en ese momento no tenía ánimos para los dioses, ni siquiera para ella.
—Es mi nieta, Atenea.
—Y Nauplio es hijo de Poseidón. Mátalo, y lo único que lograrás es iniciar otra guerra entre dioses.
— Lo dice la que trajo la destrucción de una ciudad, y más muertos de los que se pueden contar, porque un principito dijo que otra era más hermosa. No me des lecciones de moralidad, hermana, ¿o he de recordarte que de todo el consejo, sólo tres nos mantuvimos neutrales? Tú no fuiste una de ellas.
— ¡Cuando Zeus te ordenó tomar partido dijiste que preferías a los griegos! Te aseguraste que sus mensajes se entregaran como es debido.
—Pero no tomé parte en el combate, contrario a todos ustedes. Y ayudé a Príamo a recuperar el cuerpo de su hijo. ¿Tuviste tú alguna simpatía por Illión?
—Reconozco que Troya no fue mi momento más sabio. Pero por eso entiendo la gravedad de que los dioses interfiramos en los asuntos de los mortales.
— Si tan grave es ¿por qué solo dos de los héroes aqueos han regresado a su hogar? ¿O acaso me dirás que no tuviste nada que ver con el conflicto entre Menelao y Agamenón, o con las tormentas que desperdigaron la flota? Áyax el menor era un miserable, pero fue un dios, no un hombre, el que lo mató. ¿No es eso intervenir?
—No son conflictos nuevos, sólo las consecuencias de lo que ya hicieron. Tú y yo sabemos que lo que aconteció durante el saqueo fue excesivo; bebés arrojados de murallas, Casandra violada en mi altar. Admito que puedo ser cruel, pero creo que soy justa.
—Es muy fácil para ti decirlo, cuando Diomedes, el mortal que tanto amas, ya regresó a casa. Una tormenta menor, y lo único que tuvo que sacrificar fue el Paladio que tú le ayudaste a robar.
—A Diomedes le esperan muchas pruebas en su hogar, y sólo lo ayudaré una vez más. Tal es la voluntad de las Moiras. Y tú, qué tan dispuesto estás hoy a repartir juicios: ¿no crees que Nauplio merezca justicia? Palamedes era inocente de la traición por la que fue asesinado.
—Lo sé, y por eso entiendo que haya usado sus artes marinas para hacer naufragar decenas de barcos griegos, pues incluso los que no apedrearon a su hijo tampoco movieron la mano para salvarlo. Pero dime Atenea ¿qué mal le ha hecho mi nieta?
—No está dentro de tu carácter la ingenuidad Hermes, sabes que el hijo de Anticlea fue el instigador de la muerte de Palamedes, pues lo odiaba por lo que pasó aquí hace diez años. Y sabes que Nauplio está consciente que las trampas que ha empleado con otros navíos no engañarán a Odiseo. No tiene la habilidad necesaria para impedir el regreso de tu bisnieto, pero se asegurará de que llegue a escuchar noticias funestas.
Con lágrimas doradas deslizándose por sus mejillas, Hermes vio como el viejo marinero entraba a la choza, y le murmuraba algo a la mujer que tejía redes de pesca en el interior. “Tu hijo murió bajo las murallas de Troya”, fue lo que el dios sabía, había dicho Nauplio entre susurros. Por un momento, el padre doliente vio al anciano que dormía en el catre, pero decidió dar la vuelta y regresar a su barco sin decir más palabra.
— ¿Por qué sólo castiga a mi nieta, Atenea, y deja a Laertes dormir?
—Creo que sabe que el viejo está ya cerca de perder el juicio. Quizá queda algo de compasión en su corazón cautivo del odio.
Apenas una hora de que el barco se perdiera en el horizonte, en búsqueda de más venganzas, Anticlea, ya sin voz para gritar o lágrimas para llorar, besó la frente de su marido dormido y salió de la choza, en dirección al mar; y Hermes vio en sus ojos vacíos de esperanza, que una última decisión estaba tomada.
—Perdoné la vida de Nauplio. Por piedad, déjame decirle que lo que dijo el hombre es mentira. Que su hijo está vivo. ¡Por favor, déjame salvar su vida!
— ¿Y si Odiseo no regresa? Nauplio no es el único que lo odia. Así como Anticlea es nieta tuya, Palamedes lo era de Poseidón, y pronto el rey de Ítaca cometerá otro error, uno del que se arrepentirá por mucho tiempo.
—Entonces ¿el señor de las mareas si puede actuar por los suyos, pero yo debo mirar cómo mi propia sangre se pierde en sus dominios?
—Hay leyes más antiguas que Zeus. Una invocación de justicia y venganza se hará pronto, que le permitirá a Poseidón perseguir sus deseos, pero tu nieta ya está cansada de luchar.
Minutos después, Hermes se hallaba arrodillado en la arena, abrazando el cuerpo ahogado de su nieta, cautivo de un dolor indescriptible. Sólo cuando Atenea le puso un brazo sobre el hombro, fue que pudo volver a pensar con claridad, y recordar que él sí tenía una lucha dentro de él,
—Diomedes no es el único mortal al que amas.
—Odiseo me ofendió —contestó la diosa con voz firme, pero en sus ojos, Hermes alcanzó a ver el atisbo de duda.
—Pero aún así lo quieres. Ya perdió a su madre, y Poseidón lo hará sufrir, pero no merece la muerte. Dices que hay leyes más antiguas que la voluntad de nuestro padre. Estoy recordando otra: siempre que permitamos que sufra por el error que dices que cometerá, le podemos dar la oportunidad de luchar. Consejos, solo en los momentos más oportunos. Equilibrar la balanza. Por Anticlea, que no merecía este destino.
Atenea lo miró fijamente, y después, muy despacio, asintió. Entonces Hermes vio como su hermosa hermana desparecía, y en su lugar vio la forma de un anciano encorvado, con sabiduría ancestral en la mirada.
—Aún no podemos hacer nada por tu bisnieto, pero hay otras maneras de actuar. Me quedaré aquí unos años, con esta forma, la del viejo Mentor, pues he de tomar un pupilo. Tú ve con el viejo Proteo, susúrrale secretos como acostumbras. Algún día, uno de ellos traerá la esperanza a esta isla.
Hermes quiso preguntar a quien pretendía enseñar, pero no necesitó hacerlo. Movido por una inspiración, dio la espalda al mar y dirigió su mirada al palacio. Entre las columnas, vio a un niño jugando con una espada de madera, y a su madre deshaciendo un telar.
—A través del hijo, el padre deberá ser redimido—dijo Atenea, reconocible aún detrás de su disfraz.
—Y con el regreso de Odiseo, mi nieta recibirá la paz—concluyó Hermes, dejando que la brisa marina se llevara el cuerpo de Anticlea de regreso al océano, y a la promesa de un mundo mejor más allá del Estige.
¡Bienvenidos pasajeros! Con este relato comenzamos nuestra serie sobre la Odisea, que no sé de cuántas partes se compondrá. Decidir por dónde empezar fue lo más difícil de todo este proceso, pues sólo tenía algo claro: no quería escribir otra versión más del Caballo de Troya, pues es uno de los mitos griegos más populares. La otra decisión que tomé casi al inicio es que Odiseo no apareciera como personaje, emulando al poema original de Homero, cuyos primeros cantos siguen a Telémaco; pero no quería adaptar ninguno de ellos pues tengo intenciones que esta colección sea algo más que una mera traslación literal del original. Al final, recordé que no hace mucho escribí una historia sobre nuestro protagonista, y su venganza contra Palamedes, que tuvo repercusiones que en aquel relato no incluí, y que junto con introducir la presencia de los dioses, tanto aliados como enemigos, me parecieron una introducción satisfactoria, que además me permite compartir con ustedes el origen de la palabra mentor.
Hasta el próximo encuentro…
Navegante del Clío
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