top of page

En la asamblea popular

Atenas, 380 antes de Cristo


—Maestro, no pretendo ofenderlo, pero nunca he entendido su aversión a la democracia. ¿Acaso no es justo que todos tengamos voz en las decisiones que afectan nuestras vidas?


—Imagina muchacho, que estás en un barco que se dirige a una tempestad; y en lugar de capitán, los marinos ignorantes comienzan a pelear de quien entre ellos, miopes y sordos, debe manejar el timón...


—No, maestro, no más metáforas. A veces creo que sólo la odia, por que fue un juicio de sus pares el que asesinó a Sócrates, pero ¿acaso no pueden los tiranos ser también miopes, sordos y tontos?


—Sí, es cierto que el mundo ha sufrido mucho a manos de los déspotas, pero más de uno fue encumbrado por los suyos, no por la voluntad de los dioses. Sólo un rey filósofo, que no pueda ser derrocado por las veleidades del vulgo...


—Sí, lo ha repetido una y otra vez; pero ¿acaso ese gran estadista no podría ser elegido por la sabiduría popular? Muchos grandes hombres han gobernado esta ciudad desde que existe la democracia.


—Y muchos más los que han caído debido a ella. ¿Sabiduría popular? Hijo mío, tienes un espíritu noble, pero te ha cegado a la contradicción de lo que acabes de decir ¿Cómo puede el vulgo elegir al mejor de entre ellos para llevar a cabo tareas que no entiende? No, la sabiduría no puede ser popular, no hasta que llegue el día en que el saber sea accesible a todos los hombres; pero no te aburriré con metáforas, sino que te contaré lo que pasó arriba de la colina, en los días anteriores a Pericles.


Entonces el maestro Platón contó a su pupilo la siguiente historia:


Con toda seguridad escuchaste las proezas de nuestros strategoi de antaño, Arístides el Justo y Temístocles el Valeroso. Los dos fueron claves en salvar a toda Grecia del ataque de los terribles medos, veteranos de mil batallas, y los dos murieron repudiados por los suyos, exiliados por hombres inferiores. Sé lo que dirás, que las historias dicen que uno nació de modestos comerciantes y el otro, en un hogar aún más humilde; que sin una gota de sangre noble, en otra ciudad ninguno de los dos hubiera llegado tan lejos. Que sin la democracia, Atenas se habría perdido de dos de sus más grandes héroes. Y algo de razón tienes, pero que hombres tan virtuosos se convirtieran en líderes no fue por la naturaleza del sistema, sino una fortuita coincidencia pues ni Arístides ni Temístocles fueron electos por la nobleza de su espíritu, el conocimiento dentro de sus mentes, ni siquiera su proeza con las armas. No, fue porque eran hombres de rostro agradable y sonrisa fácil, que con artera lengua eran capaces de idear las promesas que el vulgo quería escuchar.


Dicen que se reconciliaron en el ocaso de sus vidas, y que en la desgracia llegaron incluso a llamarse amigos. Es cierto que en el campo de batalla siempre se respetaron, pero en la política desde jóvenes sintieron el más profundo del desprecio uno por el otro. ¿Fue acaso porque tenían ideologías distintas, o porque velaban por distintos intereses? No, aunque era cierto que eran pocas sus coincidencias, la razón del odio era una mucho más vulgar, pues incluso los grandes hombres pueden ser víctimas de la envidia y el capricho: tanto el Valeroso como el Justo vieron nacer dentro de ellos sentimientos por el mismo joven, y esa rivalidad de amores fue lo que los llevó a ambos a la desgracia.


Incluso con los persas atacando de nuevo, los dos grandes no perdían oportunidad de atacarse uno al otro; y durante el último año que Arístides asumió el gobierno de Atenas, Temístocles vio su oportunidad. En una reunión del consejo, el Justo, de quien todos decían era el más virtuoso y desinteresado de los gobernantes, anunció que no se expandiría la flota, pues la infantería era suficiente para repeler a los invasores; entonces su rival, quien por años había argumentado a favor de una armada, se alzó y gritó:


—Lo llaman Justo, pero yo veo nada más que a un necio avaro. Arístides sabe tan bien como yo que a los salvajes medos sólo se les puede vencer en el mar, pero como nuestro gobernante sólo entiende de lanzas y nada de barcos; y teme más que otro se cubra de gloria que a la ruina misma de esta ciudad, está dispuesto a conducirnos a todos al desastre para no ceder ni un poco de su poder. Pero yo digo que esa autoridad no corresponde a un hombre, sino a toda Atenas. ¡Convoco a la asamblea para la votación anual! ¡Que todos los hombres libres de esta ciudad decidan el destino de nuestro líder! ¡Ostracismo! ¡Ostracismo!


Y Arístides aceptó, pues era un hombre de leyes, y creía que así como los atenienses tenían derecho a elegir a sus líderes, también podían exiliarlos si estimaban que habían traicionado sus juramentos, o enamorado más del poder que de su ciudad. Los dos ilustres estrategos se odiaban, pero creían en el poder de la razón y ambos acudieron a la asamblea aquella mañana convencidos que la votación de ostracismo no era sino una discusión de política exterior ¿Cuál era la mejor forma de defender Atenas, por tierra o por mar? Ninguno de los dos entendían que, de los reunidos en aquella colina, sólo la mitad entendía de verdad la gravedad de la guerra con los medos, y la mitad de entre ellos tenía alguna noción de las ciencias de la guerra. Un puñado de hombres que entendían poco de estrategia y menos aún de gobierno estaban por decidir si el Justo era buen militar y político. Muy tarde comprendería Temístocles su ingenuidad, cuando años después sería expulsado por ignorantes similares en otra asamblea, Arístides lo descubrió aquella mañana, cuando acudió a votar y recibió su propia tablilla.


Un orador repitió las reglas del proceso: si algún miembro quería expulsar a un hombre de la ciudad, con pena de morir si regresaba antes de diez años, debía escribir su nombre en la tablilla; y de lograrse la mayoría no habría fortuna o cargo público que pudiera salvar al condenado de su destino. Si se creía que nadie ese año merecía tan cruel sentencia, la tablilla se dejaba en blanco. Mientras los atenienses escribían, Temístocles notó que uno de los miembros de la asamblea, el hijo de un noble que nunca antes se había interesado por los asuntos del Estado, buscaba ayuda con desesperación.


— ¿Te puedo ayudar en algo, amigo mío? —le preguntó.


—Sí, si no le importa; buen hombre. Verá, la vida es tan corta y tan llena de placeres, que nunca consideré una prioridad aprender el significado de las letras. Ahora quiero castigar a un hombre que me ha perjudicado, pero no puedo escribir su nombre.


Y Arístides, confiado de que aquel hombre no podía dañarlo, pues nunca antes lo había visto, juró que lo ayudaría y le pidió que le dijera el nombre de su enemigo.


—Arístides —contestó el rico ignorante.


— ¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Qué te hizo Arístides para que lo estimes merecedor de semejante castigo?


—A mi, nada. Ni siquiera lo reconocería entre la multitud, jamás he intercambiado palabra con él. Pero estoy harto que toda la ciudad lo llame "el justo". Me irrita al grado de perder el sueño, y no puedo confiar en un hombre así, pues no es posible que un hombre de más baja cuna que yo sea tan perfecto como dicen.


Diez días después, Arístides el justo abandonó Atenas, pues aquel quien en la oratoria no conoció sino un rival fue vencido por las envidias e ignorancia de una decena de voluntades débiles, que se mueven como una hoja en el viento. Decepcionado de la vida misma, su último acto como gobernante fue escribir su propio nombre en la tablilla de un iletrado con derecho a opinar de aquello que no comprendía.

¡Bienvenidos pasajeros! Esta historia, probablemente apócrifa, está basada en las crónicas del historiador romano Plutarco sobre los griegos ilustres. Aún así, decidí rescatarla pues todos aquellos que hoy se encuentran decepcionados de la democracia, y miran con añoranza un sistema más simple, quizá ignoran que desde su concepción en la Antigüedad ha estado plagada de problemas y manipulaciones. Con todo y fallas. la democracia de hoy es mejor que la de antaño, y aunque el presente no sea optimista, que haya mejorado, aunque sea un poco, ofrece un poco de esperanza en el mañana.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

Entradas recientes

Ver todo
Las dos estatuas

En algún lugar de la India No importa que tan atrás remonte su memoria, desde que obtuvo consciencia de sí mismo, el muchacho siempre tuvo un miedo terrible de entrar al templo de su abuelo. Creía en

 
 
 
El rostro de la sultán

A unas millas de Deli, 1236. Perdóname Alá, por los pensamientos dentro de mí; pero si he de condenarme por cobardía, me rehúso a pecar también de deshonesto. No temo a la muerte, pero al escuchar al

 
 
 
La confesión de Odiseo

Ítaca —Padre, siempre dices que no hay hombre perfecto, pero yo no conozco mejor guerrero, mejor sabio, mejor rey que tú. ¿Cuál ha sido tu mayor error? —preguntó Telémaco, dos semanas después del regr

 
 
 

Comentarios


bottom of page