Final del viaje
Ítaca, al amanecer siguiente
La reina Penélope sabía que las canciones la acusarían de desconfiada, de falta de fe; por exigirle al hombre frente a ella una última prueba. "¿Qué acaso no reconociste su rostro cuando el encantamiento se disipó, ni te satisfizo que pasara el desafío de las hachas?", dirían, "¿qué clase de mujer espera a su marido veinte años, sólo para tratarlo con frialdad una vez que regresa?" Lo que no entenderían nunca es que ella supo el nombre de aquel hombre mucho antes de que tensara el arco; su identidad nunca estuvo en duda, lo que necesitaba saber, para dejar atrás el dolor del abandono del guerrero que había decidido cobrar su venganza antes de correr a sus brazos, era si debajo de la sangre de los enemigos, que aún no se limpiaba, seguía siendo el mismo hombre que antaño le había jurado amor.
En ese salón del trono, lleno de cadáveres, sólo quedaban nueve almas, una de ellas apenas aferrándose a la vida. Aunque aún era noche cuando terminó la matanza, con la espada de Odiseo atravesando el corazón de Antínoo; ninguno de los que quedaba habían tenido ánimo de moverse, hasta que los primeros rayos del sol se asomaron entre las columnas. Por un instante, la mirada de la reina se clavó en quien fuera su esposo, cuyas hazañas en la guerra eran bien conocidas, pero a quien ella nunca había visto asesinar. No lo reprochaba, entendía que era algo que tenía que hacerse, pero una parte de ella se sentía aterrorizada, tratando de buscar un remanente de la dulzura con la que la cortejó, tantos años atrás. Sin embargo, sólo fue un instante, pues aun no era tiempo para ocuparse de Odiseo, la reina tenía otra prioridad: el primer hombro sobre el que se posó su mano fue en el de Telémaco, quien en la oscuridad había matado por primera vez. Sus ropas estaban más limpias que las del padre o los criados, quizá porque Odiseo había querido evitarle los actos más salvajes, pero aún así, había algo de inocencia que había partido para nunca regresar.
—Siempre creíste que no eras digno de la sangre de tu padre, y en mi afán de protegerte quizá te impedí crecer—le dijo—pero quiero que sepas que, en este palacio, en esta isla, en este mundo, no amo a nadie como te amo a ti. No te atormentes por lo que tuviste que hacer, pues no siento más que orgullo por ti. ¡Recuerda siempre Telémaco, sigues siendo una buena persona!
Y entonces el príncipe, que toda su vida deseó convertirse en hombre, por un momento volvió a ser un niño, por primera vez en años sintiéndose libre de abrazar a su madre. Penélope comenzó a recordar la felicidad, pero fue ella quien soltó a su hijo, pues aún había cosas por hacer. Tres sirvientes leales y dos desleales quedaban en el salón del trono, y había llegado el momento de la reina, tan capaz de la crueldad como los hombres, de impartir justicia.
—Detente Euriclea —dijo al ver que la vieja nodriza pretendía acercarse a las paredes teñidas de carmesí, dispuesta a lavarlas— es momento de que descanses, tras tantos años de leal servicio. Una última tarea te pido, y es que bañes con un toque suave a mi hijo, quien no merece más que honor. No te ensucies con la sangre de traidores, pues es una tarea indigna de ti.
La anciana inclinó la cabeza, y comenzó a conducir al príncipe fuera de aquella estancia, pero antes de salir, le hizo una reverencia también al rey triunfante, y Odiseo habló por primera vez desde que comenzó el combate.
—Llegué muy tarde para salvar a la mujer que me trajo al mundo, pero me alegra que aún esté aquí aquella a la que también puedo llamar madre. ¡Telémaco! Tendremos oportunidad de recuperar el tiempo perdido, pero cuando deba partir al Hades, me iré sabiendo que serás un rey mejor de lo que yo jamás fui.
A continuación, Penélope se dirigió al porquero y al cabrero fiel.
—Filetio, Eumeo; muchas humillaciones padecieron por años, y aún así conservaron su lealtad. Lo que pidan les será concedido, pero hoy, les ofrezco también a ustedes la oportunidad de vengarse. Esta casa está llena de criados que con indiferencia hubieran jurado lealtad a alguno de los pretendientes, pero sólo uno se alzó en armas contra sus legítimos señores, uno que también los agravió a ustedes. Tomen al traidor Melantio, llévenlo al patio; sáquenle los ojos, córtenle las orejas y rómpale los brazos. Hagan lo que les plazca con él, pero no lo maten, es mi intención que viva hasta que entienda el precio de la traición. Sólo esperen unas horas para comenzar el castigo, pues deseo que su hermana sea testigo de todo, pero primero tengo una tarea para ella.
Así, mientras los dos leales arrastraban al cabrero traidor entre alaridos, la doncella Melanto se arrodilló a los pies de su señora.
—¡Piedad mi señora, piedad! Eurímaco era hábil con las palabras, y su encanto era irresistible. No fui la única que sucumbió a la tentación, más de una de sus doncellas yació con él. No había manera de resistirse.
—Sí, y si tu único delito fuera la debilidad del deseo, podría haberla perdonado, pues es cierto que aquella serpiente conocía bien su arte. Pero sólo una de mis doncellas, aquella a la que más estimaba, reveló un secreto de su señora. Debería colgarte, y sonreír al ver los cuervos arrancar la carne de tus huesos, pero tengo otro uso para ti. Comenzarás limpiando toda esta estancia, hasta que no quede una sola gota de sangre. Después cavarás en el campo más yermo de esta isla ciento siete fosas; y ahí arrojarás sin ningún tipo de ceremonia los cuerpos de estos invasores, empezando por el de tu amante. No importa cuanto les tarde, tú y tu hermano recorrerán Ítaca quemando barcos, arrojando ropajes al mar, restituyendo ganado, hasta que no quede el menor indicio de que alguna vez esos hombres estuvieron en este reino. Sólo entonces podrán marcharse, para nunca volver; esperando encontrar el perdón de los dioses.
Ignorando las súplicas de la joven, Penélope le hizo un gesto al hombre ensangrentado en el centro de la sala, para que la abandonaran juntos y dejaran a la doncella sola en su larga tarea, pero éste primero se arrodilló ante el moribundo, el único pretendiente que aún se negaba a morir.
—Sé que tú elegiste este destino, pero quiero que sepas que no fue mi mano ni la de mi hijo las que te quitaron la vida.
El hombre asintió levemente, y lo miró fijo a él, y después a ella. Ya no le quedaban fuerzas para hablar, pero en su mirada había una súplica que ambos entendieron.
—Sí habrá tumba para Anfímono —le dijo la reina— y yo en persona pondré debajo de tu lengua la moneda para el barquero. Gracias, por salvar a mi hijo.
—Te dejo partir, habiendo limpiado tu honor —terminó él— sólo tengo un último favor que pedirte. Elpenor y Antífo, Euribates y Perimedes, Euríloco y...Polites. Búscalos al otro lado del Estigie, y diles que logré volver, y que me aseguraré que sus nombres vivan por siempre. El mundo conocerá sus historias.
Minutos después, contemplando el mar desde un balcón; Penélope analizó el rostro del hombre. Había mostrado compasión por un enemigo caído, sabía los nombres de los perdidos, y le había hablado con dulzura a su hijo y la vieja nodriza; ¿entonces por qué la seguía ignorando, evitando su mirada? Quizá Odiseo se había acostumbrado por tanto tiempo a sus trucos y artimañas, que su naturaleza le impedía ser honesto con ella...
—Si aun deseas mi mano, cretense; la tendrás; pues grande ha sido el servicio que prestaste a mi casa. Pero me sorprende que tuvieras el atrevimiento, considerando que dices hablar en nombre de mi marido perdido. ¿Qué es lo que en verdad deseas, extranjero? —le dijo, pero el hombre permaneció mudo.
"Te he preguntado directamente, pero prefieres tus juegos Odiseo. Así sea, tendrás un último desafío", pensó, antes de decir.
—Fuiste valiente en el combate, y humilde en la victoria; no es justo que te fuerce a responder el día de hoy. Mientras meditas tu futuro, podrás dormir en este balcón, creo que lo encontrarás agradable. Si no tienes nada más que decirme, te dejaré en tu paz bien ganada. Ordenaré a los criados que muevan aquí mi lecho nupcial, no tengo uso para él sin Odiseo, y parece que no has tenido un buen sueño en demasiado tiempo.
La reina se giró, y cuando estaba a punto de abandonar la estancia, una voz queda, resquebrajada, dijo:
—Sabes bien que la cama matrimonial no puede moverse.
— ¿Por qué no habría de poderse? Por veinte años he dormido en ella sola, y el marido que abandona, demasiado cobarde para enfrentar a la esposa, ha perdido todo derecho sobre ella. Si el mundo ha de creerme viuda, no veo razón para hacer con el lecho lo que me plazca.
—Tal vez el marido carga gran culpa; y por eso no se atreve a ver a la mujer, pues tuvo oportunidad de volver antes, más de una, pero se perdió por la soberbia y el orgullo, imponiéndole cargas que no merecía. Tiene razón, señora, en que Odiseo no puede ya hacer ningún reclamo sobre la vida y decisiones de Penélope, pero aún así, esa cama no puede moverse.
— ¿Y por qué no habría de ser posible? ¿Qué sabe un extranjero del palacio de Ítaca?
Entonces el hombre la miró por primera vez, con ojos grandes, del mismo tono que las aguas claras de la costa.
—Sé que yo mismo tallé esa cama alrededor del tronco de un olivo, mientras aún estaba vivo. Sé que por ello tuve que ampliar el ala de palacio, para construir nuevos aposentos alrededor de ese árbol que me pediste no dejara morir, sino que le permitiera seguir creciendo. Sé que ese fue un secreto que no le dije a mi padre, a mi madre o a Polites; y preferí que murmuraran de mí que era loco o excéntrico. Sé que ese fue el regalo que te entregué, el día que la bella hija de la náyade y el espartano accedió a convertirse en mi esposa. Y sé, Penélope, que lo hice porque quería un símbolo de la verdad que siempre intuí: que por más tempestades que enfrentara, lo único fuerte, lo único estable, lo único en verdad inamovible, sería siempre el amor que siento por ti.
La reina de Ítaca se acercó a Odiseo aún con dolor, aún con rencor, aun con muchas preguntas por responder y explicaciones que pedir; pero en aquel balcón no lo golpeó, no reclamó, no lo miró con odio. Por primera vez en veinte años, sus labios tocaron otros, y supo en ese instante que estaba cansada de ser fuerte, de ser digna, y que si de cualquier modo acabaría por perdonar a su marido, más le valía rendirse al amor.
Esa vez, fue ella en persona quien lo lavó en el mar, dejando que las olas se llevara la sangre de los monstruos, y con ella todas las atrocidades que él hubiera podido cometer en Troya. Como el día en que los aqueos lo apartaron de su lado, volvió a vestirlo con un manto tejido por sus propias manos, y cual jóvenes inocentes caminaron por la playa de la mano, acompañando a Odiseo a la vieja choza, en la que un abrazo y una disculpa bastaron para que el viejo Laertes recobrara la cordura, dando gracias a los dioses por haberle permitido ver a su hijo una vez más.
Por la noche, abrazados en el lecho, Odiseo le dijo con voz seria:
—Me queda un último viaje, pues tengo una deuda que saldar; pero esta vez, deseo que me acompañes, pues no me perdonaré si pasas en soledad una noche más.
Penélope escuchó las condiciones de aquella nueva misión, y no pudo evitar sonreír.
—De verdad has cambiado Odiseo, pues el hombre que partió a Troya jamás habría aceptado imposición semejante sin cuestionarla, ni siquiera para recobrar el favor de un dios. Ansío conocer al hombre capaz de despertar en ti tanto respeto.
—Y yo deseo que no lo conozcas en mucho tiempo, pues quien me dijo como liberarme por completo de mis culpas fue Tiresías, el adivino ciego.
— ¿Fuiste y volviste del inframundo? Debes contarme ahora tu viaje, hasta el último detalle, pues tras veinte años sin tus historias es lo menos que puedes hacer para saldar tu otra deuda pendiente, aquella que contrajiste conmigo.
—Lo intentaré, amor mío, pero no sé si la noche alcance.
Lo que ninguno de los dos sabían es que, viendo el reencuentro desde el Olimpo, Hermes y Atenea tenían un último regalo para los reyes de Ítaca, familia de uno y amados por la otra: pues habían convencido a Helios que postergara el recorrido de su carro, para que esa noche durara lo mismo que un día completo, y así Odiseo y Penélope no tuvieran que levantarse del lecho, hasta que el hombre más astuto de Grecia pudiera terminar su historia.
—Como desees —dijo él, dándole un beso en la frente— sabes bien cómo comenzó mi periplo, pero creo que el infortunio no comenzó hasta diez años después, el día que el invencible Aquiles retó a duelo a Héctor, domador de caballos...
¡Bienvenidos pasajeros! Ingenuo de mí, que en mayo creí que lograría terminar esta historia antes de que se estrenara la película; pero por fin, cinco meses después, hemos llegado al final del viaje. Regresaremos por un largo tiempo a los relatos individuales; pero espero que hayan disfrutado leer la travesía tanto como yo gocé escribirla. Sé que fue mucho ya pedirles que lean veintiún relatos, pero si tienen ánimo de uno más, busquen en el catálogo de este blog "La confesión de Odiseo", es un texto más viejo, donde la voz del héroe es un poco distinta, pero creo que servirá como un epílogo interesante a esta narración.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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