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Reencuentros, primera parte

hace 2 minutos
8 min de lectura

Ítaca


Años después, a Odiseo aún le costaría recordar las primeras horas que pasó en su patria; aún afectado por los años de penuria y añoranza, por la magia que afectó su razón, sólo volverían a él pequeños destellos, como rayos de sol asomándose entre las nubes de tempestad. Se recordaría a sí mismo despertando en la más espesa de las neblinas, su cuerpo tocando una arena que no reconocía, y el barco de sus amigos hace mucho perdido en el horizonte.


—Falsos amigos —recordaría haber pensado, mientra su mente, acostumbrada ya los golpes del destino, se imaginaba nuevos horrores en una tierra desconocida, donde había sido abandonado por hombres de mal corazón. Pero recordaría también avanzar a tientas hacia un objeto reluciente, el primero de los regalos de los feacios. Recordaría la confusión que le generó el ver completos los obsequios de oro y sedas, pues ¿qué enemigo abandona a su suerte al incanto, pero no lo despoja de los tesoros que carga?


Recordaría también el primer rostro que vio tras despertar, el de un joven pastor, poco después de ocultar entre las rocas los preciados obsequios, al que le preguntó por el nombre del reino en el que estaba. "Sé que esta no es la isla más grande, o la más rica, pero ¿quién eres tú, que nunca has oído de Ítaca, cuya fama ha cruzado el mar, hasta las murallas humeantes de Troya?", le respondió.


Odiseo, con gran verguenza, recordaría también las mentiras que dijo, acostumbrado a desconfiar de todo y de todos; la historia inventada de un mercader cretense, de muchos hijos, perseguido por matar al hijo de un rey. Y también recordaría el abrupto silencio, tras notar un brillo inesperado en los ojos del pastor, quien habló con una voz casi tan vieja como el mismo tiempo:


—Siempre te gustó inventar historias, Odiseo; y tu lengua podría engañar incluso a otros dioses; ¿estás tan acostumbrado a las astucias y mentiras, que no puedes dejar de decirlas ni siquiera en tu casa? Pero no, no es necesario que supliques mi perdón, pues yo también soy temida y celebrada en mi hogar por mis astucias. Fui yo quien te sacó de Ogigia, quien intercedió por ti ante los feacios, y ahora que la voluntad de Atenea no está obligada a ser contenida, conspiraré contigo para que recobres lo que es tuyo.


—No merezco tu ayuda, noble diosa; pues ahora reconozco que he traído el desastre a muchos por mi orgullo y arrogancia. Perdóname por lo que permití que aconteciera en Troya, por atentar contra Diomedes en un momento de debilidad, y por todo lo que ocurrió después. Aceptaré el castigo que me tengas destinado, pero te suplico, no seas cruel. Ítaca siempre se vio desde lejos, nunca hubo esta espesa niebla. No me mientas haciéndome creer que esta es mi querida tierra.


— Oh, Odiseo, hace mucho que te he perdonado, pues tus penurias han superado con creces tus crímenes. Te he ignorado, pero nunca te he mentido. ¿O acaso no reconoces el olivo que plantaste junto a tu padre, o la gruta donde las náyades cantaban?


Y Odiseo se recordaría a sí mismo sentado bajo la sombra del olivo, con la diosa recobrando su forma de hermosa mujer; discutiendo como viejos compañeros sobre lo que había ocurrido en veinte años de ausencia, recordaría memorizar los nombres y actitudes de los ciento ocho pretendientes, y admirarse ante la resistencia de Penélope; y recordaría también el último regalo de Atenea, pues no habría de ver a la diosa nunca más, salvo en sueños difusos:


—Sentirás mi compañía en los próximos días, pero ahora he de partir, pues tu hijo también está por regresar de su propio viaje. Ahora he de protegerte de aquellos que te deseen el mal, y por eso te haré irreconocible a cualquier mortal: deformaré tus rasgos, cabellos y extremidades, volveré feos tus ojos y te vestiré con los más despreciables harapos; pero no has de temer, pues tu fuerza ni tu astucia han de abandonarte nunca más, ni yo tampoco.


Odiseo no recordaría la despedida de la diosa, ni cómo decidió qué camino tomar; sólo el, apoyado en una vieja rama, tocar la puerta del porquero ciego. Recordaría lo conmovido que se sintió al darse cuenta que Eumeo no reconoció su voz o sus pasos; pero que aún así, pese a no tener más que un queso, dos tiras de piel de cerdo y medio odre de vino agrio, lo compartió con el que creía era un mendigo, sin obtener nada a cambio más que un agradecimiento, pues la hospitalidad no está ausente en los pobres que sufren, como tampoco es una certeza en los ricos y poderosos.


Recordaría las medias verdades que dijo al porquero, al llamarse a sí mismo un veterano de Troya, que en el regreso había sido perseguido y tomado prisionero, llegando ahí por la ayuda de otros, habiendo perdido a todos los que embarcaron junto a él. Y recordaría para siempre que Eumeo, pese a tener el rostro carcomido por la congoja, harto ya de derramar lágrimas, puso su mano sobre el hombro del extraño, para ofrecerle consuelo pese a no saber ni siquiera su nombre.


—Dicen que el rey de esta tierra invitaba al más humilde de sus criados al salón de banquetes, ¿es por eso que estás triste, anciano? Porque tras su muerte te han condenado de nuevo a la pobreza.


—Mi señor está vivo, forastero; pero, pobre de mí, han sido muchos años ya de falsas esperanzas sobre su regreso, y estoy ya cansado de hablar de él, pues sufro cuando temo que no volveré a escuchar su voz. Pero no, si mi desgracia fuera sólo mía; no sufriría. Estas lágrimas son por mi señora la reina, que por muchos años se ha resistido a los avances de hombres malvados, que acaban con la hacienda de mi amo. Cada día matan un rebaño completo, y beben barriles completos de vino. Hace tres años tenía a mi cuidado el grupo de animales más grande de esta isla, y ahora no creo que termine el mes antes de quedarme sin cerdos. Y temo también por Telémaco, el bien amado príncipe, pues desapareció en busca de su padre hace semanas, sin más compañía que la del viejo Mentor, y aunque del príncipe si hemos recibido noticias, mi corazón me dice que los miserables pretendientes pronto atentarán contra él, y el corazón de su madre se romperá de nuevo. Pero basta amigo, pues has sufrido bastante para que te obligue ha cargar también con mis penas.


—Eumeo, serás recompensado, pues hay algo que te he ocultado. Yo también conozco a Odiseo, vi su rostro no hace mucho, y te prometo que volverá para hacer justicia, a los leales y a aquellos que lo han traicionado.


—Por favor, amigo, no más; no le pongas fecha a su regreso, pues no creo que mi corazón pueda soportar una desilusión más. Pero no negaré que tu conmovedora historia me ha traído un poco de alegría, y por eso hoy sacrificaré al cerdo más gordo que me queda, en honor de mi señor Odiseo y pidiendo una última vez su regreso. No tengo más que ofrecerte más que el catre, y este manto de piel de cabra que curtió el viejo Filetio, quien tampoco siente amor por los pretendientes. Pasa aquí la noche, junto al fuego, yo dormiré con mis animales en el peñón, y mañana continuaremos.


—No me conoces, anciano, ¿qué he hecho para merecer tu hospitalidad?


—Nada, ninguna obligación o deuda me ata a ti. Pero tampoco ninguna ataba a Odiseo, un joven apenas mayor que Telémaco en ese entonces, cuando vio en el mercado a un príncipe sirio, de niño raptado por piratas y convertido en esclavo. Hasta donde el príncipe sabía, aquel andrajoso no era más que un miserable nacido en el cautiverio, y aún así convenció a sus padres de comprarlo, ponerlo en libertad y darle la responsabilidad de cuidar de sus cerdos, abriéndole la puerta de palacio. Y por eso aquel esclavo permaneció con él, incluso cuando el rey descubrió su historia y le ofreció regresarlo a su hogar, pues a Eumo Siria no le traía más que recuerdos dolorosos, y en Ítaca había encontrado la paz.


Y finalmente, antes de que terminara el primer día, Odiseo habría de recordar la primera vez que escuchó una voz, mientras se abría la puerta del porquero ciego:


— ¡Eumeo! ¡Eumeo! Gracias a los dioses que te encuentro vivo, pues temía que los pretendientes atentaran contra los leales a mi padre, como intentaron acabar con mi vida. Pero gracias a los consejos de Mentor, y la bendición de Atenea que guió mi camino y cubrió la isla de niebla, evadí los cuchillos de aquellos miserables, y sólo vi a Anfímono, único de entre ellos en quien permanece un poco de honor, y que accedió a no delatar mi posición.


— ¡Príncipe mío! Al menos una alegría queda en la vida de este pobre ciego. Por favor, permíteme ir en este instante a palacio a avisar a tu madre de tu regreso, pues la reina ha estado desconsolada, y cuando no sufre por tu ausencia se desgasta conteniendo la perfidia y los peores abusos de Antinoo, Eurímaco y el resto. Lamento dejarte solo con mi invitado, a quien no conoces, pero es un veterano de Troya, y quizá puedan intercambiar noticias de tu padre.


Odiseo recordaría como Telémaco lo miró en su forma de pordiosero, no con repugnancia o altivez, sino con compasión y un poco de escepticismo por el relato que tuviera que ofrecerle. Recordaría el estudiar sus facciones, que incluso en sueños le habían sido negadas, encontrar sus propios rasgos en el joven, pero también los de Penélope, los de sus abuelos, e incluso un poco de Hermes. Recordaría estudiar cada palabra de su relato al porquero y el dolor que le provocaba no poder decirle que apenas lo conocía, pero ya sentía orgullo por su arrojo y astucia; sufría por no poder mostrar su indignación ante el tiempo perdido y por lo que él y su madre habían tenido que soportar. Sólo el no querer delatarse frente a Eumeo, que podría revelar su secreto embargado de emoción, y el miedo a ser rechazado le impidió levantarse y abrazarlo.


Recordaría como, al quedarse solos, Telémaco fue cortés, pero no lo interrogó, sino que se limitó a decir:


— Te honraré como veterano, compañero de mi padre, pero si vienes a decirme que Odiseo esta muerto, permíteme detenerte, pues el rey está vivo y pronto regresará a restaurar el orden. Presagios en el viaje de regreso así me lo indicaron, e incluso sin ver los portentos eso creo, pues aunque nunca lo conocí, me niego a creer que no sintiera por mí ningún afecto, como para no enfrentar a los mismos dioses con tal de regresar.


—Te creo, príncipe Telémaco, y he de decirte que mañana mismo cobrarás venganza de aquellos que han abusado de tu casa y tu familia; y yo te ayudaré a obtenerla; pues aunque Odiseo fue un terrible padre, si pudiera hablar contigo en este momento te diría que no podría hallar en ti mejor hijo.


— ¿Cómo sabes lo que diría? —preguntó Telémaco, y Odiseo recordaría escuchar en el viento la voz de la diosa, diciéndole "a él no le guardes ningún secreto, pues ya por demasiado tiempo han sufrido la separación".


Mas el rey de Ítaca no tuvo tiempo de decir nada, pues vio en los ojos de su hijo una chispa de reconocimiento. Incluso años después, Odiseo no sería capaz de recordar lo que se dijeron esa noche, pues fue la primera vez que entendió que hay gestos más valiosos que cualquier palabra. Lo que recordaría por siempre, es que la primera persona en veinte años que lo abrazó con amor abnegado, incluso con otra forma, fue el hijo al que había abandonado y que conocía por primera vez convertido en hombre.

¡Bienvenidos pasajeros! Aunque en tiempo de relato a nuestra historia le queda un día más, lo extenderemos hasta principios del próximo mes, pues Odiseo debe reencontrarse con tantas personas que he debido dividir esta parte de la narración en dos. Si embargo, el reencuentro con Telémaco, el clímax del poema original, al que no creo poder hacer justicia, me pareció un buen lugar para detenernos este viernes.



Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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