Reencuentros, segunda parte
A la mañana siguiente
En su corazón sabía que, al encarar al hijo que apenas conocía, ya había superado el más arduo de los desafíos que le esperaban, pero aún así, no se atrevía a volver a ver a Penélope, al menos no todavía. Por eso mandó a Telémaco por delante suyo, tras compartir con él los detalles de la que esperaba fuera su última artimaña, mientras él esperaba el regreso del porquero ciego.
—Los dioses te bendigan, Eumeo; por tu hospitalidad a un extraño. ¿El príncipe compartió contigo su plan? —le preguntó, pues padre e hijo habían estado de acuerdo en que, en ese día incierto, la estrategia debía compartirse como si hubiera sido urdida por el heredero al trono.
—Sí, amigo. Aún no puedo entender por que un forastero sin nada que ganar estaría dispuesto a arriesgar la vida junto a nosotros, pero Atenea sabe que no son tiempos de rechazar ninguna ayuda. Camina conmigo, te llevaré al palacio de mi señor.
Así, dos ancianos caminaron por el sendero pedregoso monte arriba en completo silencio, hasta que se cruzaron con un rebaño de cabras, guiado por dos hombres a los que Odiseo reconoció, pese a no haberlos visto en veinte años.
—Vaya Eumeo— dijo uno— hasta que encontraste a un viejo en Ítaca más sucio y repugnante que tú. ¿Cómo pudiste hacerlo sin ojos?
—Contén tu lengua Melantio —le contestó el otro—Eumeo no sólo es un buen hombre, sino que deberías recordar que es de los siervos de confianza del señor.
—Un señor que murió hace años, tonto Filetio. Pronto tendremos uno nuevo, menos...tolerante, con miserables y andrajosos. Pero alas, ya he perdido suficiente tiempo en compañía tan indigna. Camina, que Antinoo y el resto esperan un nuevo banquete con estas cabras.
— ¿Tan bajo ha caído la casa de Odiseo, para que criados como ese se creen con derecho de hablar con tal arrogancia? —susurró el rey disfrazado, una vez que se quedaron de nuevo solos.
—No nos juzgues a todos por las acciones de Melantio, pues es el peor de todos, casi tan vil como sus nuevos amos.
—Y del resto ¿alguno lo bastante leal para unirse a nuestra causa?
—Leal, quizá; pero sin pruebas del regreso del rey, su miedo ganará. Solo Filetio, ese buen hombre tiene el espíritu de un guerrero.
—Por favor amigo, una vez que me dejes en palacio, espera entonces al cabrero y cuéntale el plan del príncipe. Sería imprudente que cumplieras tu parte sin nadie que te asistiera. Ya nos arriesgamos mucho con este criado desleal; te suplico lo mismo que acordé con el joven príncipe: no importa lo que veas o escuches, los insultos y agresiones contra mi persona; no intervengas, ignora mi existencia, pues sólo triunfaremos si ellos no sospechan que sus enemigos se han unido.
Y de esta forma, terminaron de subir la cuesta en completo silencio, como dos desconocidos pasando juntos por casualidad, y se separaron al vislumbrar las columnas de mármol, con acentos de plata. Vestido con harapos y aún cubierto de lodo, Odiseo se mezcló entre los otros mendigos y suplicantes, rezando por una caridad en el salón de audiencias, y logró entrar casi desapercibido. Casi...
Pues un instante antes de cruzar el umbral, notó una presencia cálida en su pierna. Al bajar la mirada, notó a un perro alzando débilmente una pata, tratando de recargarse contra su cuerpo. El pelo largo y enredado, el cuerpo delgado a límites anormales, sus ojos fijos en la nada, pues hacía mucho que había dejado de ver. Odiseo nunca sabría lo mucho que le había costado al animal descender de los aposentos de Penélope, una carrera en la que había gastado sus últimas fuerzas, sólo por la sombra de un aroma traído por el viento. Lo más sabio hubiera sido ignorar a la criatura, pero guando lo vio mover la cola con la alegría de un cachorro, por primera vez en veinte años, no pudo resistir ponerse de rodillas, acariciarlo atrás de la oreja, y susurrarle:
—Siempre supe que eras un perro astuto, Argos. Tienes razón, viejo amigo, he vuelto a casa,
Fue lo último que el perro escuchó, y mientras Odiseo le cerraba los ojos vidriosos, le prometió:
—Nos volveremos a ver, al otro lado del Estigie. Ve tu por delante mío, y cuéntale a mis hombres que he regresado, y que sus historias no serán olvidadas.
—Así que el viejo sarnoso por fin ha muerto —rio una voz a sus espaldas— pero parece que ha sido reemplazado por otro perro, más grande y más feo. ¿Te irás por tu propio pie, anciano, o deberé expulsarte a patadas de esta casa?
Odiseo alzó la mirada y vio ante él a un hombre joven, vestido finamente, con un gesto arrogante en el rostro lampiño, y tuvo que contenerse para no abalanzarse sobre él, pues aunque apenas lo veía ya lo odiaba, al haberlo reconocido tras haber pasado toda la noche aprendiendo con ayuda de su hijo los nombres y gestos de sus enemigos. Tras haber perdido a su madre durante su ausencia, no creía que Argos aún lo esperara, pero verlo morir, lo efímero de esa inesperada alegría, lo había afectado más de lo esperado, y no estaba en condiciones para seguir manteniendo el disfraz; pero lo salvó la llegada de otra persona. La reconoció sólo por sus pasos, y ante ella si agachó el rostro, pues escuchar su voz ya era doloroso, no estaba listo para verla.
— Que sorpresa Antínoo, verte aquí entre los plebeyos y peticionarios. ¿No ayer dijiste que estábamos por encima de la turba suplicante?
—Lo que dije, mi reina, fue que su belleza es demasiada para ensuciarse con tan mala compañía, y como sé de su buen corazón, me tomé el atrevimiento de impedir que los peores de entre ellos llegaran a su presencia, y enturbiaran tan dichoso día como este, en el que el príncipe ha retornado de su viaje.
—Reconozco el gesto, Antínoo; pero espero no tener que recordarte de nuevo que, hasta el día que contraiga matrimonio de nuevo, la ley de Odiseo se seguirá cumpliendo en este palacio, cuyas puertas mi fallecido esposo mantuvo siempre abiertas a pobres y ricos, dignatarios y necesitados.
—Acataré su voluntad señora, pero el último plazo que le fue concedido vence mañana. Todos esperamos con corazón dispuesto un anuncio esta noche.
Odiseo siguió sin atrever a moverse, por instantes que parecieron eternos, hasta que sintió una mano sobre su hombro.
—Estamos solos de nuevo anciano; y sé que guardas secretos. Eumeo me habló anoche de un cretense veterano de Troya, y mi propio hijo insinuó algo parecido esta mañana. ¿Eres tú aquel extranjero que trae noticias de Odiseo, que tantas desgracias atrajo sobre sí y sobre mí?
—Sí, señora —dijo con voz cortada— pero se lo suplico, ignore mi presencia. Si le place, responderé todas sus preguntas, pero después de la puesta de sol, cuando el salón se encuentre vacío y la flama del hogar extinguiéndose.
Escuchó los pasos de la reina alejándose, y decidió tomar su silencio como una afirmativa. Así, Odiseo entró a su propio palacio solo y encorvado; disipándose entre las sombras, pues después de mirarlo con asco una vez, nadie posaba su mirada sobre él una segunda. Despacio, recorrió los largos pasillos, brotando dentro de él recuerdos que creía perdidos hace mucho, hasta que se dejó guiar por voces que murmuraban en una de las cámaras anexas al gran salón.
—No sé como pudo evadirnos tres veces ese muchacho miserable —decía al que reconoció como Antínoo— pero debemos actuar ahora. ¿Me equivoco, Eurímaco?
—Dónde te equivocaste fue al revelarle a la reina que conocíamos su artimaña. No es tonta, sabe quien fue la que me contó el secreto del telar, y la única criada a la que admite en sus aposentos es a la anciana nodriza. Hemos perdido a nuestra espía. No sabemos lo que planea, pero temo que sea capaz de entregar el trono al crío, y la ley la respaldaría si esa es su decisión. Debemos matarlo, antes del banquete de esta noche.
—¡No! —dijo otro, poniéndose de pie— me opuse a que atentaran contra el príncipe en aguas lejanas, con más razón a que se asesine a un huésped bajo su propio techo. Intenten algo, veo una daga moverse, y le diré a la reina de sus intentos previos.
—No te atreverías Anfímono.
— ¿No? ¿Crees que las leyes de hospitalidad los protejan cuando Penélope se entere que ustedes las violaron primero? Y cuando la reina reclame sus cabezas, habrá menos competencia alejándome del trono. Arriesgo poco, gano mucho. No me pongan a prueba, Eurímaco.
Odiseo ya no pudo escuchar más, pues notó que algunos de los conjurados se ponían de pie, y tuvo que alejarse. No llegó muy lejos, antes de que una mano fuerte lo tomara del cabello y lo arrastrara hacia el salón de audiencias, mientras un coro de voces reía detrás suyo. El que lo llevaba, aquel al que habían llamado Eurímaco, lujurioso y pérfido de acuerdo con Telémaco, lo arrojó al centro del salón.
— ¿Te perdiste anciano? Tu lugar está aquí, con el resto de los pordioseros. ¿O acaso pretendías robar a los señores de esta casa?
—Por favor...sólo suplico...un poco de comer —contestó cubriéndose el rostro para que no notaran que comenzaba a enrojecerse.
—Vamos Eurímaco, ¿dónde está tu espíritu deportivo? —dijo Antinoo riéndose— esta es la última noche que tendremos que tolerar a esta escoria ¿por qué no lo aprovechamos para divertirnos un poco?
Tras pasear por la estancia, tomó del cuello a otro de los suplicantes, y lo arrojó junto a Odiseo.
—Elegiste a tu campeón amigo, y ahora yo he seleccionado al mío. ¡Peleen ancianos por la gloria, y por este premio! —gritó mientras sostenía una sola hogaza de pan.
Odiseo no quería pelear, pero en los ojos del mendigo vio un hambre, mucho mayor de la que el había padecido jamás, incluso en sus peores momentos, y por eso no pudo culparlo cuando se le abalanzó encima. Rodaron por el suelo, mientras ciento siete hombres reían, y trató de no dar tantos golpes, sólo los suficientes para impedir que el otro le hiciera un daño irreparable.
— ¡Basta! —gritó una voz femenina que llenó la estancia, silenciando todo a su paso.
— ¡Son una vergüenza, todos ustedes! Hasta el más pobre de estos infortunados tiene más honor que ustedes. Cumpliré mi promesa, y mañana se celebrará una última prueba por mi mano y mi trono, y debo decir, ninguno me ha impresionado. No puedo decir que me sorprenda, pero que tú, Telémaco, tampoco hayas actuado para detener esto, me decepciona.
Odiseo miró a su hijo, sólo un instante, para recordarle que había prometido apegarse al plan; y cuando vio al príncipe agachar la mirada y suplicar el perdón de su madre, comprendió que Telémaco había heredado su valor y su astucia, pero carecía del orgullo que tantas penas le había traído a él. Cerca estuvo de sonreír, mientras se perdía otra vez en la muchedumbre, pues Penélope estaba demasiado cerca. El que lo encontró, escondido tras una columna, fue uno de los forasteros más viejos, quien no lo miró condescendiente, sólo quizá con un poco de lástima, mientras le ofrecía una copa.
—Bebe de mi vino anciano, y te suplico me perdones. Juro que no formaba parte de este cruel espectáculo.
—Mi señor, ¿a qué nombre debo agradecer esta generosidad?
Al escuchar el nombre, Odiseo estudió el rostro cansado de su interlocutor, y aunque sabía que era una imprudencia, no pudo evitar hablar, pues aquel hombre, pese a ser un invitado no deseado, había salvado la vida de su hijo, quizá más de una vez.
—Señor Anfímono, no soy sólo un mendigo, sino un mensajero. Sangre se derramará mañana, pero tú no eres como el resto. Parte de regreso a tu tierra, bajo el cobijo de la noche, y que los dioses sepan recompensar tu honor.
Pero Anfímono lo sorprendió, al negar levemente con la cabeza, con una mirada que por un instante brilló de complicidad.
—Los otros pretendientes son necios y malvados, mas no estúpidos. Si desaparezco la noche antes de la prueba final, sospecharán, y aquel que te envió, pues creo saber quien es tu señor, no obtendrá la justicia que busca. Además, yo también deseé a una mujer que no me correspondía, y por años comí y bebí sin venia del señor de esta casa, abusando de las leyes de hospitalidad. Por tal ofensa compartiré el mismo castigo que los otros en esta tierra, confiando que en el reino de Hades los jueces puedan separar los actos de Antínoo y el resto de los míos.
La velada se prolongó por horas, hasta que Odiseo vio a una lechuza entrar volando y posarse sobre una columna. Sobre el fuego, en la piedra se grabó la imagen de una vara, con dos serpientes enroscadas a su alrededor, que por un instante creyó ver brillar. Entonces, como poseídos por un conjuro, todos los pretendientes cayeron dormidos, junto con los sirvientes y sacerdotes. La magia del caduceo, pues así se llamaba la vara, los durmió a todos, y cuando desapareció, llevándose consigo también al fuego, los únicos que permanecían despiertos eran el viejo rey y su joven hijo.
—Hermes nos ha bendecido hijo mío. Debemos actuar, pronto.
—Pero padre, nosotros tampoco vemos nada.
Entonces escucharon sobre sus cabezas el aleteo de la lechuza, que súbitamente se transformó en una luz pálida, apenas la suficiente para cumplir su tarea. Bajo su amparo, recorrieron todo el salón de audiencias, desmontando de las paredes los arcos y lanzas, empujando fuera de la estancia los arcones repletos de dagas y espadas. Cuando terminaron, aquel salón de audiencias, que se engrandecía al mostrar las armas de los señores de Ítaca, sólo contenía hombres dormidos y paredes vacías, sin un solo instrumento de guerra a la mano.
Telémaco fue el primero en abandonar el salón, para poner a buen resguardo el botín robado, pero Odiseo permaneció una hora más, recordando viejas historias. Fue ahí, meditando, que lo sorprendió una criada con gesto altanero.
—Largo de aquí, miserable. ¿Quién te crees que eres para merodear por el salón de grandes señores?
— ¿Y quién te crees tú que eres, Melanto, para dar órdenes en este palacio? —dijo otra voz, bajando las escaleras— No creas que he olvidado tu falta de discreción, y aún puedo mandarte azotar por tu traición. Este hombre es mi invitado, déjanos a solas. ¡Ahora mismo! Y pobre de ti si corres a contarle historias a tu amante.
Solos, se acabaron los pretextos, y tras evitarla todo el día, Odiseo tuvo que alzar la mirada. Poco le importó que su rostro reflejara veinte años de dolor y sacrificio; para él, Penélope se veía más hermosa que en sus sueños. La miró a los ojos sólo un instante, antes de ponerse de rodillas.
—Mi señora, nunca antes he dicho algo tan cierto, como que aunque no soy digno de estar ante tu presencia, contemplar su rostro me ha traído dicha inconmensurable.
— Ahórratelo anciano, no vine a escuchar halagos si no noticias. Me dijeron que tienes noticias de Odiseo, pero debes saber que ya estoy al tanto de su llegada a Ogigia, y su cautiverio a manos de la hija de Atlas; si los rumores que traes no continúan la historia más allá de ese punto, te ruego no me hagas perder mi tiempo.
—No mi señora, sé que escapó, pues estuve ahí la última vez que alguien vio el rostro de Odiseo, bajo la sombra de Atenea. Está más cerca de lo que sospecha, y pronto habrá de darse a conocer, reclamar lo que es suyo, y pedir perdón por sus errores.
—No negaré que lo que me dices me trae esperanza, pero han pasado demasiados años, y no puedo confiar en las palabras de un desconocido. ¿Cómo puedo saber si quiera que lo conoces?
Y entonces bajo la identidad del viejo veterano cretense le contó una historia, de cuando el rey de Ítaca paró en su isla camino a Troya; con lujo de detalle le contó del manto azul con el que se hizo a la mar, y del pañuelo al que se aferró, durante los juegos, durante los sacrificios, incluso al dormir.
—Y es el mismo hombre al que vi hace poco, habiéndolo perdido todo menos el amor por su Penélope, y el deseo de volver a su lado —concluyó mientras la reina se deshacía en lágrimas, pues recordaba ese pañuelo, y las noches tejiendo el manto azul con el que lo vistió el día que partió a la guerra, tantos años atrás. Mudo, Odiseo no pudo sino convertir en hierro sus ojos, pues había llegado muy lejos para revelar su secreto.
—No sé si pueda perdonar a Odiseo, no hasta escuchar su historia; pero no negaré que me has traído alegría, extraño. ¡Euriclea! Ella que viene ahí es mi sirvienta de más confianza, trátala como si de una noble se tratara. Por favor anciana, baña a este forastero y dale ropa decente, pues me ha prestado un servicio valioso.
Odiseo no había tomado un baño desde las noches que pasó cautivo de Calipso, pero no pudo disfrutarlo, pues aquella que pasaba una esponja por su cuerpo desnudo era una vieja a la que nunca creyó volver a ver viva, pero que sabía sus secretos mejor que su misma esposa, pues Euriclea lo había alimentado de su pecho muchas décadas atrás, le había contado historias mientras lo sentaba sobre su regazo y lo había cuidado tras todas sus travesuras. Rezaba porque el disfraz del que Atenea lo había dotado cumpliera su trabajo, pero hay cosas que la diosa no ocultó, y el rey de Ítaca sintió como la desesperación lo embargaba cuando la anciana nodriza pasó la mano por una cicatriz blanca en su muslo, ahí donde el colmillo de un jabalí lo había desgarrado en su primera cacería, cuando sólo tenía doce años. La anciana ahogó un grito, y lo miró con otros ojos, y Odiseo tuvo que tomarle con fuerza los brazos, y con un gesto silencioso suplicarle que le guardara un secreto, aunque fuera sólo hasta el día siguiente. Lágrimas resbalaron por las mejillas de la anciana, pero asintió, y terminó de bañarlo y vestirlo con renovados bríos, permitiéndose la sombra de una sonrisa antes de abandonar la estancia, sin atreverse a dirigirle a Penélope, quien entraba a la habitación, poco más que una reverencia. La reina lo observó, con una curiosidad que cerca estuvo de transformarse en reconocimiento, antes de que la pena la distrajera.
—Espero que no me mientas cuando dices que Odiseo volverá pronto, pues no he estado a la altura de su astucia. Mañana deberé enfrentar a los pretendientes.
— ¿Y aceptará a uno por marido, aún sabiendo que no es viuda?
—No lo haría, incluso sin haber escuchado tus noticias, pero si puedes mandarle un mensaje, dile que se apresure. Mañana es la última prueba, y créeme, aún me queda un truco final.
—No hay honores suficientes para recompensarla por lo que ha esperado, padecido, planeado, todos estos años, pero le prometo algo, mi señora: Odiseo estará en esa prueba.
No se dijeron nada más, sino que las dos almas solitarias permanecieron unas horas más en vela, recargada una espalda contra la otra; unidos por un dolor que no podía compartirse. Sólo después de que la vio partir, Odiseo se permitió a sí mismo llorar.
¡Bienvenidos pasajeros! Al momento de escribir estas líneas no estoy seguro de que el relato llegue a publicarse a tiempo, como les anticipé el jueves por la mañana, pero tengan por seguro que incluso en mis condiciones, le puse todo mi empeño. Estamos ya en la recta final, probablemente tendremos dos entregas más; espero que sigan disfrutando de esta recreación del célebre poema.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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