Miradas de lujuria
Ítaca, a la tarde siguiente
Cuando se abrieron las puertas del gran salón, ciento ocho pares de ojos buscaron obsesivos el objeto de sus deseos. Algunos se posaron lascivos en la forma de la mujer que sostenía el arco, que decían tenía en sus venas la sangre de ninfas marinas, prima de aquella del rostro que lanzó mil navíos. Otros se perdieron en el banquete recién servido, y las copas casi desbordantes de vino, pues aún no se saciaban pese a los años de gula y exceso, y otros más se clavaron en el trono vacío, que la reina no hacía el mayor esfuerzo por cubrir. Antinoo observó todo eso y más, pero su mirada se fijó en la lira del cantante de Penélope, pues su lujuria iba mucho más allá del deseo de la carne y la ambición de poder: sólo cuando existieran canciones en honor de la grandeza del nuevo rey de Ítaca, aquel que venció a los victoriosos que volvieron de Troya, y se borrara la mancha de cobardía que por veinte años había perseguido a su familia, sólo entonces estaría satisfecho.
Siempre ignorado, siempre menospreciado, siempre visto de forma condescendiente; pero él les enseñaría a todos. ¿Acaso tenía él la culpa de que su padre fuera aún niño cuando todos los otros reyes disputaron la mano de Helena? Su isla era la única que aún conservaba a su ejército intacto, pues al no tener juramento que lo atara a perseguir a esa mujer al otro lado del mar, la prudencia había sido la opción lógica. Antinoo no era hijo de un cobarde, sino de un hombre astuto, sólo separado por su propio heredero, quien pronto se alzaría con una sede de poder que en verdad estuviera a su altura, no un puñado de piedras perdidas en mitad del Egeo.
Eso claro, si lograba deshacerse del grupo de imbéciles de los que se había visto forzado a rodearse por tantos años, sentados alrededor de las doce hachas que habían sido clavadas en el piso antes de que los dejaran entrar. La mayoría no merecía siquiera que recordara sus nombres, tanta era su insignificancia, pero había otros, que habían sido una presencia más constante en sus derroches e intrigas, a los que buscó con la mirada. Vio primero a Anfímono, ese viejo prepotente y miserable que tres veces ya había frustrado sus planes de acabar con el estorbo que era el inútil de Telémaco, que observaba las paredes, y asentía con algo parecido a la admiración, no podía esperar para colgarlo de las puertas de palacio. Después, vio a Eurímaco, quien había llegado a un nivel de soberbia de sentarse frente a la reina a la que pretendía desposar, manteniendo en su regazo a la criada Melanto, cuyo nombre sólo recordaba porque se pareció al de su hermano gemelo, el cabrero que tanta información había proporcionado los últimos años, sin más recompensa que unas pocas monedas y promesas vagas. De todos los otros pretendientes, aquel depravado había sido sin duda el más útil, consiguiendo con sus coqueteos y regalos en oro a cientos de espías, pero pronto dejaría de necesitarlo.
— ¿Qué te ocurre, necio? —le dijo— ¿Debes exhibirte incluso aquí? ¿No te basta la satisfacción de haber yacido ya con todas las doncellas de palacio?
—Aún me falta una —respondió Eurímaco, con la mirada fija en la reina.
Menos de una hora después, el salón estaba abarrotado: junto al trono se encontraba la regia Penélope, el príncipe idiota con un insoportable gesto de suficiencia, cuchicheando con un joven sacerdote que debía ser amigo suyo. Todo parecía indicar que no comerían hasta que terminara el nuevo espectáculo que la reina había planeado, pues había mandado despedir a toda la servidumbre salvo a seis: el cantante, la vieja nodriza, la doncella abrazada a Eurímaco; su hermano Melantio; otro cabrero, uno que siempre se había resistido a entregar sus rebaños, farfullando tonterías sobre Odiseo; y el más insolente de todos: el porquero ciego. Por una vez, Penélope le había negado el acceso a la nauseabunda muchedumbre, pero seguro una parte de ella quería seguir proyectando una imagen de piedad, pues había permitido que se quedara, recargado detrás de un pilar, un anciano pordiosero, vestido con harapos, tan encorvado que la enredada barba casi tocaba el suelo.
—Esta noche un hombre volverá a sentarse en el trono de Ítaca, y quien aspire a ser elegido necesitará esto —dijo, mostrándole a todos el enorme arco que portaba.
—El arma de mi señor —gritó el cabrero insolente, al tiempo que se ponía de rodillas, derramando lágrimas gruesas.
—Se lo suplico señora, no deje que estos lo mancillen —suplicó el porquero, también sollozando.
— ¿Quiénes se han creído que son, miserables, para contradecir a la reina? —les dijo Antinoo, riendo — ¿o acaso no saben que aquel a quien lloran murió hace muchos años, y la viuda puede hacer con las posesiones que dejó atrás lo que desee?
—Eumeo, Filetio; no se humillen —interrumpió Telémaco— el arco de mi padre no será deshonrado, pues yo seré el primero en enfrentar la prueba de mi madre, para reclamar el trono que es mío. Pero antes de comenzar, mi amigo me acaba de comentar una visión curiosa, que deseo que comparta con nuestros invitados.
—Como el príncipe ordene —dijo el sacerdote— soñé con una vieja águila con garras de bronce, degollando una parvada de buitres. Soñé con estas mismas paredes cubriéndose de roja sangre; y soñé con un relámpago cayendo sobre este palacio, decretando el fin de los derechos de invitado. Escuchen mis palabras y abandonen este salón antes de que yo cruce el umbral, pues no podrán hacerlo una vez que me haya ido. Esta es la advertencia de los dioses: una vez que la mujer entregue ese arco, sólo tres de los que lo toquen verán un nuevo amanecer.
Y apenas terminó de hablar el joven, cuando un trueno retumbó por todos los rincones del palacio. El silencio duró unos instantes, hasta que Eurímaco soltó una carcajada, y todos los otros pretendientes, salvo Anfímono, quien con los ojos cerrados extendió una plegaria muda al cielo, rieron con él. Incluso Antínoo se permitió sonreír, pues seguramente el ingenuo Telémaco había visto las nubes de tormenta, y urdido ese cuento para intentar asustarlos. Pero la intriga del principito había fracasado. Mientras los invitados continuaban con las risas, ignorantes que hacía mucho que el sacerdote se había marchado, Antínoo vio con el rabillo del ojo como el cabrero y el porquero, aquellos malditos criados, se acercaban al mendigo. Aquel andrajoso algo murmuró, y se levantó la túnica para mostrarles la pierna. Por un momento, el pretendiente se preguntó porque aquellos sirvientes se arrodillaban, pero pronto perdió la curiosidad pues él era el futuro rey de Ítaca, ¿por que habría de importarle lo que se dijeran escorias y criados?
— ¡Silencio, todos! —alzó la voz Penélope—Mi hijo a reclamado el derecho a intentar primero el desafío, y tal honor le será concedido. Aquel que desee sentarse en el trono de Odiseo deberá probar que está a su altura. Tomen su arco, y si logran que una flecha atraviese los ojos de estas doce hachas, mi mano y el reino serán suyos.
Cómo había exigido, Telémaco fue el primero en tomar el arco, pero no puedo siquiera tensar el arco. Algunos lo llamaron débil, otros necio; pero el príncipe lo volvió a intentar una segunda ocasión, y una tercera. En el cuarto esfuerzo, más de uno de los testigos dejó de reír, pues parecía que el muchacho lo lograría, pero entonces Telémaco vio de reojo al viejo mendigo, y con un suspiro, dejó caer el arma. ¿Algo le había dicho el pordiosero, o el cruce de miradas había sido una mera coincidencia? Antínoo se estaba hartando de aquel andrajoso, y se prometió arrojarlo a un pozo cuando todo acabara.
El siguiente en probar suerte, el corpulento nieto de un mercenario con aires de grandeza; intentó casi diez veces tensar el arco, y los propios pretendientes tuvieron que impedir que volcara la mesa de frustración al fracasar en su empeño. Después siguió el viejo Anfímono, quien no hizo más que un débil intento antes de pasar al próximo. Así se sucedieron, uno detrás del otro, una hilera interminable de fracasos hasta el momento en que Eurímaco, por primera vez en toda la velada sin una sonrisa en el rostro, renunció a su último empeño y le extendió al arco a Antínoo.
—Sólo quedas tú, viejo amigo —le dijo, pero Antínoo se negó a tomarlo.
— ¿Cómo? —dijo con sorna la reina — ¿el más insistente de mis pretendientes se niega ahora a enfrentar una prueba tan simple?
—Creo que mi señora probó ya su punto. No me estoy negando a realizar el desafío, pero creo que el pobre desempeño ha ofendido a Apolo y Artemisa. Deberíamos volver a intentarlo mañana, tras hacer los sacrificios correspondientes.
—Si el noble Antínoo no tiene el valor de intentarlo, a mí me gustaría probar suerte —dijo entonces el anciano mendigo.
— ¡Imposible! —gritó el aludido— ¿Quién se ha creído este advenedizo que es? ¿Consentirá señora, este insulto contra todos nosotros, poner a un sucio pordiosero al nivel de todos nosotros que hemos cumplido sus reglas?
—Fracasaron ya hombres más nobles, jóvenes y fuertes que este pobre anciano, Antínoo ¿acaso le tienes miedo, como tu padre se lo tuvo a Troya?
Antínoo hervía de rabia, pero intuía que los otros pretendientes comenzaban a murmurar, y si reían, todo estaría perdido. Sin someterse, alzó la mano en un gesto de resignación, y vio como el porquero ciego le arrebataba el arco a Eurímaco, para dárselo al mendigo, mientras el cabrero abandonaba el salón, cerrando la puerta tras de sí.
El pordiosero se veía más pequeño y débil que nunca cuando recibió el arco, apenas podía sostenerse en pie, y acuclillado lo examinó con delicadeza, como si de un juguete o instrumento musical se tratara. Entonces se puso de pie, y con una facilidad extrema tensó el enorme arco; tomó una flecha, y sin siquiera ver a dónde apuntaba la soltó. Con la velocidad del viento, el proyectil atravesó doce orificios, y se clavó en el trono.
Antínoo había soportado muchas humillaciones, pero eso era demasiado. Sin ver a nadie, se prestó a abandonar al salón, pero al intentar abrir la puerta comprobó que el maldito cabrero la había atrancado. Furioso, se volteó para ver como el príncipe y el porquero flanqueaban al mendigo; el primero con una espada, y el segundo con una porra. El anciano se irguió y, por primera vez, se descubrió el rostro al mismo tiempo que una lechuza entraba volando, posándose sobre una columna. Entonces resplandeció una luz, y de repente el pordiosero vestía con una túnica nueva y armadura, con una espada al cinto; su barba recortada, la suciedad esfumada y las arrugas de las manos desaparecidas. En un segundo, Antínoo comprendió la actitud de los criados, la puerta atrancada, y demasiado tarde ya, entendió lo que sólo Anfímono había observado en las paredes: el día anterior estaban repletas de espadas, dagas y lanzas, esa noche estaban completamente desnudas.
—Es... es Odiseo —dijo Eurímaco incrédulo, antes de que una flecha se le clavara en la ingle. No puedo decir nada más, pues sus alaridos fueron silenciados cuando la segunda flecha le atravesó la garganta, y comenzó a ahogarse despacio en su propia sangre.
Lo que siguió fue el caos, los gritos, la sangre. Antínoo el glorioso se había quedado sin palabras, sin intrigas, sin ideas; no podía más que correr de columna en columna, apenas captando pequeños destellos de lo que ocurría a su alrededor: las muecas grotescas de los cadáveres, el silbido de las flechas, el cantar de las espadas; el cuerpo del viejo Anfímono, único sereno en aquella masacre. Vio al cabrero Melantio, primero en ponerse a su servicio, gritándole que conocía otra salida, y que pronto regresaría con espadas para ellos, pero la siguiente vez que lo vio fue inconsciente en el piso, aturdido por un golpe de porra del anciano ciego.
El clamor de la batalla, si acaso podía llamársele así a tan cruento espectáculo, comenzaba a apagarse, y Antínoo comprendió que pronto sería el último, y se terminarían las oportunidades para escabullirse. Pero apenas comenzó a caminar, pensando en planes desesperados, cuando se encontró frente a frente con una criatura furiosa, mezcla de monstruo y semidios, que pensaba que sólo existían en las canciones.
Lo último que Antínoo, líder de los pretendientes, vio antes de encaminarse a los Campos de Castigo fue la mirada cargada de odio de Odiseo; y en aquella mirada también encontró la lujuria, pero lo que el rey deseaba con pasión y locura era la venganza, una que llevaba veinte años fermentando, y estaba a punto de conseguir.
¡Bienvenidos pasajeros! Espero que hayan disfrutado el clímax de esta historia que han seguido por tantos meses, no se olviden de volver a conectarse el próximo viernes, cuando daremos fin a la aventura.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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