Fronteras marcadas por los dados
Finales de 2002
Tengo frente a mí una sola casa y una sola puerta; pero cada uno de mis pies está en un país distinto. Debajo de mí, una línea de pavimento azul, adornada con cruces blancas, que partía por mitad mi sombra, la puerta, la ciudad. Llevaba tanto tiempo perdido que estaba dispuesto ya a superar mi reticencia a hablar con extraños, pero la casa frente a mí parecía lanzarme un acertijo, pues tenía dos timbres, y dos números; pues las leyes de cada país dictaban un modo distinto de marcar sus calles.
A la izquierda de la puerta, un trabajo de herrería mostraba el número 2, sobre el que ondeaba una bandera de franjas verticales, negro amarillo y rojo. Al lado derecho también se alzaba orgullosa una bandera tricolor, pero esta de barras horizontales naranja, blanco y azul, agitándose en el viento sobre un número 19, pintado en cerámica. Tras dudar un rato más, caminé hasta la puerta y toqué ambos timbres, mientras trataba de predecir la nacionalidad de quien me abriera. Sabía pedir instrucciones básicas en holandés y en francés, pero ¿cual elegir? ¿Se ofendería si mi intución erraba?
Al final, me decidí por un frío pero cortés intercambio de palabras en inglés, evidenciando mi condición de turista; y seguí mi camino en dirección al restaurante que tanto me habían recomendado. Ante mi asombro, parecía seguir la línea fronteriza incluso cuando zigzagueaba, y comprendí que por más mapas que viera, jamás comprendería esa ciudad. Fuera del lado de la "NL" o de la "B", ambas grabadas en los flancos del camino, todo parecía armonioso: los mismos jardines, las mismas casas, las mismas cafeterías. Mas poco a poco fui notando sutiles diferencias, la que más me llamó la atención que había una tienda de fuegos artificiales casi cada cuadra, pero solo del lado de "B". Y lo que era más extraño aún. la mayoría de los que compraban la mercancia tenían gorras y placas de autos que los identificaban como ciudadanos de "NL"
—Se acerca el Año Nuevo —me dijo en francés uno de ellos, que debió notar mi curiosidad— y la mayoría de estas bellezas no pueden comprarse de mi lado; pero las leyes belgas son más laxas, sólo en lo que concierne a esto. Vengo desde Rotterdam siempre que se acercan las fiestas, por más suministros.
No pasó mucho tiempo más antes de que llegara a mi destino, y tomara mi largamente esperada cena, pues no tenía nada en el estómago mas que gouda y un poco de pan. Mis amigos no mentían, ese Rijsttafel era el mejor que jamás hubiera probado. Las porciones eran tan pequeñas, y la cervaza que lo acompañaba tan deliciosa, que repetía y repetía; no me hubiera sorprendido si me dijeran que aquella noche llegué a los cuarenta platos. Parecía no poder quedar satisfecho, pues aún me quedó apetito para provar el Hachee y un poco de Hutspot. Me estaba debatiendo si era prudente tentar al destino pidiendo la carta de postres, cuando una mesera se me acercó con un gesto de disculpa en el rostro.
—Señor, faltan cinco minutos para las siete. Me da mucha pena, pero la ley holandesa dice que tenemos que cerrar a esa hora.
—Entiendo, ya no ordenaré nada más, pero ¿será posible que pueda terminar mi bebida aquí sentado? No me demoraré mucho.
—No señor, no deseo apresurarlo; incluso la cocina seguirá abierta, si desea seguir degustando, pero no puede sentarse aquí. Sígame, por favor.
Confundido, me puse de pie y seguía a la muchacha, en una caminata de apenas cinco metros, a una pequeña mesa justo del otro lado del camino de cruces blancas.
—Ahora ya no está usted en los Países Bajos —me dijo guiñándome el ojo— y los restaurantes belgas no cierran hasta las nueve.
— Merienda en Baarle-Nassau, postre en Baarle-Hertog, y no tuve ni siquiera que salir del local. No sé si podría acostumbrarme a la vida aquí.
—Y eso que usted nos visita ahora, cuando la vida es más sencilla. Trate de imaginarse los días antes del euro, cuando debías traer una cartera con francos y otra con florines. Sin contar dos reglamentos de tránsito, dos formas de pagar impuestos. En verdad que no puedo creer que los gobiernos tardaran tanto en poner orden aquí, sólo comenzaron a trabajar en unificar todo hace menos de diez años.
Aún tenía miedo de ofenderla, pero estaba siendo amable, así que me atreví a preguntar:
— ¿No preferirían ser sólo belgas, u holandeses?
—Sin duda nos habríamos ahorrado muchos dolores de cabeza, pero este es un lugar especial; y tiene sus beneficios. Yo no estaría aquí de no ser tan raro este sitio, pues sólo así mi abuelo salvó la vida...
1915
Dos soldados alemanes corrían furiosos bajo la lluvia, persiguiendo a un reo fugado de un campo de prisioneros; pero justo cuando se acercaban a las primeras casas, un disparo de advertencia los hizo frenarse en seco.
— ¿Qué acaso no ven la línea? —vociferó un gendarme de policía — si dan un paso más, estarán pisando territorio holandés; y eso viola el tratado.
—Sólo estamos cumpliendo con nuestro deber. Un prisionero de guerra, espía y contrabandista, pretende esconderse en esta ciudad. Parte del tratado que firmó la reina Guillermina con el káiser decía que no podían dar asilo a enemigos del Imperio Alemán.
—No se preocupe, oficial, no dude en que lo arrestaremos, si aún se encuentra dentro de nuestras fronteras. Pero dos cuadras más adelante vuelve a ser Bélgica, y estoy tan impedido de invadir otro territorio, como ustedes lo están de invadir el mío. Si el hombre al que siguen cruzó la línea, mis manos están atadas...
— ¡Bélgica pertenece al káiser! Si ese traidor está ahí, vuelve a estar dentro de nuestra jurisdicción.
—Sí, toda Bélgica, Baarle-Hertog incluido, les pertenece a ustedes; pero el tratado es muy específico: ningún soldado alemán pisará los Países Bajos. Podrán ustedes arrestar a quienes deseen en su territorio, en cuanto encuentren la manera de hacerlo sin entrar a Baarle-Nassau, que la reina me ha ordenado custodiar.
Los soldados protestaron por casi una hora, pero acabaron por marcharse. No era la primera vez que aquella maldita ciudad les arruinaba un arresto, pero encerrados en un puñado de cuadras ¿Qué daño le podían hacer al imperio?
Lo mismo pensaba el inspector de policía mientras caminaba bajo el amparo de la noche hasta una humilde caseta, dónde se desprendió de la placa y el uniforme para, otra vez convertido en civil, atravesar las cruces blancas y entrar a territorio ocupado alemán, al menos de nombre. Cada construcción tenía al menos a dos docenas de refugiados, y cada día llegaban más; en números tan grandes y pasados tan complicados que las lagunas del tratado de neutralidad no alcanzaban para darle una visa de asilo más que a un puñado de ellos. Pero esa noche, el inspector no vio a los niños, mujeres o ancianos, que siempre despertaban sus simpatías, sino al hombre aún con uniforme de prisionero, que había entrado a la ciudad hacía apenas hora y media, en los convenientes minutos en los que la guardia cerró los ojos, todos al mismo tiempo.
— ¿Lo conseguiste? —le preguntó.
Y el reo belga, sonriendo por primera vez en más de un año, le mostró al policía holandés una vieja radio, con la cual, durante el resto de la Gran Guerra, coordinarían a los barcos que llevarían a una centena de refugiados a la esperanza que Inglaterra ofrecía, y con la que enviarían mensajes secretos a la resistencia que jugaría un papel clave en la victoria.
Tal fue la historia que me contó la nieta del operador de radio, y en los últimos minutos de luz, caminé de regreso a mi hotel pensando que otras historias ocultaría aquella frontera tan peculiar; preguntándome como este lugar, carente de toda lógica, llegó a existir, y esa noche, mis sueños conjuraron una posible respuesta...
Finales del siglo XII
Sin escoltas, sin sirvientes, sin caballos; los dos cruzados se abrazaron en un cuarto de una vieja torre, perdida a la mitad de un campo vacío, para sentarse ante un tablero de ajedrez. Juntos habían viajado a Tierra Santa, y juntos habían regresado tras un par de años combatiendo al infiel. No tenían la misma edad, ni se habían críado con la misma lengua, sólo compartían al señor al que ambos juraron lealtad, y un hartazgo del combate, que había motivado a los dos a buscar otra manera de resolver el complicado asunto que los había llevado hasta allá.
Mientras movían las piezas, los antiguos rivales discutían como viejos amigos sobre lo que ocurría más allá de sus feudos, en Europa, Sicilia y el lejano reino de Ultramar. El trono del Sacro Imperio Romano Germánico estaba vacante, y los descendientes del caído Barbarroja peleaban por ocuparlo, cada uno exigiendo cada vez más tributo a sus vasallos. A los dos sentados ante el tablero, se les estaba por terminar el oro y los frutos del comercio, pero siempre quedaba la tierra. Tierra como aquella en la que se encontraban, el campo de Baarle, que Federico Barbarroja, rey de los romanos, había prometido a su banderizo más fiel. Mas la campaña hacía mucho que había terminado, y en el campo de batalla de Iconium, el emperador firmó dos títulos de propiedad, para dos de sus caballeros. Quizá de haber llegado a Jerusalén habría optado por uno, pero el victorioso cruzado se había ahogado dos semanas después de su triunfo; y ninguno de sus desesperados segundos podía explotar aquellas tierras, pues ambos tenían un decreto con el sello y la firma del emperador.
—Los árabes dicen que este bonito juego que inventaron emula al arte de la guerra —dijo Enrique, duque de Brabante —pero a mí siempre me pareció que la batalla era más un juego de azar.
—Sobre todo cuando no hay solución clara, los bandos están igualados y no es posible resolver conflictos de forma justa, pues acompaña a los dos contendientes —respondió Godofredo, señor de Breda, pensando en otro tipo de combate.
—Te seré franco, viejo amigo. Cuando acampamos en Antioquía, escuché a Guillermo decir que sólo tú de entre la corte de Barbarroja me rivalizabas en astucia, y te cité aquí con la intención de retarte a esta partida, con Baarle como premio. Pero si de lo que se trata esta reunión es de evitar mas guerras inútiles, entiendo que no puedo convertir el destino todo un feudo en la decisión de un sólo juego.
—Y yo acepté la invitación con la esperanza de poder dividirlo en dos, en común acuerdo, pero al revisar el mapa comprobé que no hay manera de trazar una sola línea, y que ambos quedemos con la misma proporción de tierra para cultivar y tierra para construir. Pero tú me has dado una nueva idea: si solo hay verdadera justicia en el azar, lo dejaremos en manos de la fortuna. Me tomé el atrevimiento de dividir la tierra que el emperador nos prometió a ambos en cuarenta y ocho parcelas, veinte para construir y veintiocho para cultivar. Hablas con sabiduría cuando dices que no sería justo decidirlo en una sola partida, pero enfrentar nuestra astucia tantas veces; sin más recurso que el poder de nuestras mentes, estoy seguro que incluso el menos favorecido recibirá suficiente para aceptar con dignidad la derrota.
— ¿Pretendes que juguemos ajedrez casi medio centenar de veces? Terminaríamos tan cansados que al final tiraríamos a nuestro propio rey sólo para dar terminada la jornada; y ¿Qué habría de justo en eso? No, mi señor, si estamos de acuerdo en que hoy decida el azar y no la fuerza de nuestros ejércitos, lo único que en verdad nos podría en iguales condiciones es renunciar también a la fuerza de nuestras mentes. Pon sobre la mesa el mapa, con la división que propones y jugaremos sobre él. No ajedrez, sino a los dados, ese juego de soldados y marinos, para que no podamos culpar a nadie del resultado, ni siquiera a nosotros mismos, pues será la voluntad de Dios.
—Aceptaré, con una condición: aquel que gane dos veces no podrá escoger dos parcelas de tierra fértil, sino que las intercalará con aquella yerma. Así, cuando el día termine, los dos tendremos campo que restaure nuestra riqueza, y una ciudad para que habiten quienes la trabajen.
Así, Enrique, duque de Brabante y Godofredo, señor de Breda; pasaron las horas tirando los dados, y cual niños pequeños dibujaron sobre el mapa, sin más criterio que aquella única regla que fijaron, y quizá un deseo de divertirse desconcertando al oponente. Al ponerse el sol, Enrique había ganado veintiseis veces, y Godofredo sólo veintidós, pero se despidieron sin rencores, pues ninguno se sentía vencido. Antes de partir, se preguntaron uno al otro como llamarían a aquellas ciudades en la tierra de Baarle, que comenzaban a imaginar en sus mentes:
—Nassau —dijo el señor de Breda.
—Hertog —le respondió el duque de Brabante.
Durante meses me he divertido con mi papá hablando de exclaves, como se le llama a aquellos territorios que están completamente dentro de otros, burlándonos de lo absurdo que puede parecer su existencia, mientras investigamos como llegaron a ser de esa forma. Y de todos los que hemos investigado, ningun mapa es más curioso que el de Baarle-Nassau y Baarle-Hertog. En este regreso a los relatos individuales, tras meses de uno serializado, quise traerles una combinación de todo lo que he averiguado de aquellos municipios, en tres épocas distintas.
Aunque es probable que la leyenda dramatizada en el tercer segmento (que yo leí como un juego de cartas, pese a que ese no existía en el siglo XII) sea totalmente ficticia, y una manera de simplifcar una larga y convulsa cadena de compras, robos y concesiones; en verdad esta región parece producto del azar, pero ya anclado en lo predestinado, pues incluso cuando sus fronteras actuales se confirmaron en el Tratado de Maastricht de 1843, que lo dividió en cinco mil setecientas treinta y dos parcelas, el reparto quedó en la misma proporción que en la leyenda, que quizá algo de cierto tiene.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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