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Hacksaw Ridge

¡Bienvenidos pasajeros! Uno de los aspectos más complicados de ser fanático del cine y la literatura, como ya lo he mencionado en ocasiones anteriores, son los sentimientos encontrados que genera el disfrutar una obra, y enterarse que sería muy incómodo para uno, casi imposible, el interactuar con algunos de sus creadores, cuyos valores e ideas son radicalmente opuestos a los tuyos, a niveles que rebasan una simple diferencia de opinión. Y aún así, hay algo que te impide despreciar el arte que crean. Por fortuna, en parte porque he hecho un esfuerzo consciente de alejarme de los rumores de redes sociales, son raros los casos en los que me he enfrentado a esta disyuntiva, pero el día de hoy les traigo uno de los mejores ejemplos, una película de la que me he sentido tentado a hablar aquí en muchas ocasiones, en parte porque incluye a uno de mis actores favoritos, pero que es dirigida por un hombre al que le tengo muy poca tolerancia, menos hoy en día dado sus tendencias políticas, pero que dejó una huella en Hollywood que no se puede negar.


Antes de comenzar con la reseña en sí, quiero dejar en claro que no hablaré mucho de Mel Gibson en esta publicación, creo que me explayé lo suficiente en mi crítica de Corazón Valiente de hace un par de años, y afortunadamente, su calidad como narrador a descendido lo suficiente que puedo dejar de ver sus nuevas películas sin cargo de conciencia; pero hay tres méritos que le debo reconocer: la primera es su actuación en Señales, probablemente su mejor trabajo frente a cámara; la segunda es su dirección de Corazón Valiente, que también protagonizó; y la tercera es la película de la que conversamos hoy, que el mes que entra cumple diez años y es, en mi opinión, no sólo lo mejor de su filmografía sino lo último que vale la pena de su carrera. Si les interesa saber mi historia con dicha cinta, fue una que me negué a ver al momento de su estreno, pese a ser uno de los primeros años en los que estuve muy entusiasmado con los Premios de la Academia, y no la vi hasta mucho tiempo después, por acompañar a mi hermano, a quien se la habían recomendado. Puesto que el director no actuó en la película, pude desasociar su nombre de la cinta, que disfruté bastante, hasta que los créditos me recordaron la controversia de antaño. Sin embargo, creo que ha pasado suficiente tiempo, y en definitiva contribuyó el verla un par de veces más recientemente, para orillarme a la conclusión que la calidad de la película, y el esfuerzo de todos los otros involucrados, es suficiente para motivarme a hablar de ella.


Estrenada en 2016, la cinta fue escrita por Robert Schenkkan y Andrew Knight; protagonizada por Andrew Garfield (Desmond Doss), Teresa Palmer (Dorothy Schutte), Luke Bracey (Smitty Ryker), Sam Worthington (Jack Glover), Vince Vaughn (Howell), Rachel Griffiths (Bertha Doss) y Hugo Weaving (Tom Doss). Un éxito modesto en taquilla, fue muy bien recibida por la crítica, y fue nominada a seis premios Oscar, incluyendo Mejor película, de los cuales ganó dos: Edición y Mezcla de sonido.


Basada en hechos reales, la película sigue las experiencias del soldado Desmond Doss en la Segunda Guerra Mundial, un adventista del séptimo día que se enlista como médico militar pese a sus votos de nunca tocar armas; siendo el clímax sus actos durante la batalla de Okinawa, en el frente del Pacífico. Abordando primero los aspectos técnicos, además de una buena cinematografía y banda sonora, así como un excelente diseño de producción (aunque, menciono brevemente, es lamentable que involucrara una reforestación severa, y me alegra que el gobierno Gales obligara a hacer trabajo de restauración), el mejor elemento técnico es sin duda la edición, pues pese a ser una película larga, el ritmo es impecable, y el montaje logra integrar de forma orgánica los dos principales segmentos de la película (el entrenamiento y la campaña) sin que una robe foco a la otra, incluso permitiéndose incorporar escenas efectivas alrededor de la vida romántica del protagonista. Dados mis gustos particulares, tiendo a disfrutar un poco más la primera mitad de la película (la segunda tiene algunas secuencias en mi opinión excesivas), pero debo reconocer que la gran secuencia de acción, realizada sobre todo con efectos prácticos, es impresionante, y el clímax funciona muy bien a un nivel emocional, pues está estructurada de tal forma que es casi una película corta en sí misma, pero complementa lo planteado por los primeros dos actos.


Alguna vez leí que los conservadores no eran capaces de hacer arte. Discrepo de tal afirmación, pero creo que hay que considerarla con muchos matices, pues sin lugar a duda los peores aspectos de la narrativa son aquellos que se ven influenciados por algunas de las más marcadas tendencias políticas de los realizadores. Con esto no me refiero al aspecto religioso, pues creo que las imágenes cristianas recurrentes en la trama están bien incorporadas, sin llegar a abrumar, y no conozco lo suficiente de los Adventistas para hacer una valoración honesta de su sistema de creencias (en ese sentido, creo que el guion es inteligente en, salvo por la observación del Sabbath, concentrarse en la parte idealista de la fe de Desmond más que en la ritualista); pero sí en otros dos aspectos: aunque es ligera en propaganda militar en comparación con otras producciones de Hollywood, hay un par de momentos muy marcados de patriotismo melodramático que chocan con los temas de la película (incluyendo una o dos tomas de violencia gráfica que yo hubiera retirado); y el que es el aspecto más injustificable de la cinta es la falta de profundización de los personajes japoneses, encuadrados sin complejidad y alimentándose de prejuicios peligrosos. Afortunadamente, no es una parte lo bastante grande de la historia para que afecte de forma significativa sus aspectos positivos, a los que me dedicaré a continuación.


El principal aspecto a reconocer de la película es un excelente trabajo de focalización: si la historia funciona es porque se seleccionó a un excelente protagonista, brillantemente interpretado por Andrew Garfield, quien vuelve entrañable incluso los aspectos más testarudos de la personalidad de Desmond, a quien es muy fácil seguir. No es un personaje monótono, pues el guion tiene cuidado en presentar de forma muy efectiva su conflicto interno, tratado a través de un trasfondo interesante; pero sí es uno de los mejores ejemplos que he visto en tiempos recientes de lo que en análisis de desarrollo de personaje se llama un arco plano: el personaje no se transforma de forma significativa, incluso cuando duda, sino que transforma al mundo y personajes que lo rodean. En ese sentido, el viaje de Desmond, y cómo contra muchos obstáculos, tanto internos como externos se gana el respeto de sus pares y superiores (quienes, más que los japoneses, son quienes fungen como verdaderos antagonistas de la trama) es una representación explícita del principal tema de la película: la fuerza de voluntad, la resiliencia y la capacidad del hombre de sobrevivir a situaciones extremas sin comprometer los valores personales.


Poner a un personaje pacifista a un grado extremo en un campo de batalla es un excelente recurso para probar al límite su identidad, y de esta manera incorpora su segundo tema central: sorprendentemente, considerando que se trata de Gibson respaldado por la industria norteamericana, la película es profundamente anti guerra, y la mayoría de la violencia mostrada en pantalla es con un enfoque condenatorio, lo que refuerza una subtrama en el primer acto sobre las consecuencias del estrés postraumático, y la reticencia de la familia de Desmond a apoyar su decisión de enlistarse. Mostrar el final de la batalla de Okinawa, aunque satisfactorio a nivel emocional, impide que este tema pacifista encaje del todo, pues muestra una victoria mostrada por la fuerza de las armas; pero es explorado de forma muy efectiva en la secuencia anterior, la mejor de toda la película, que es el rescate en el risco: no sólo está dirigida de forma impecable, con un excelente ritmo y montaje, centrándose en el uso de la locación y las fortalezas de Garfield como actor; sino que prueba lo que debería ser la tesis central de la cinta, y en muchos sentidos aún lo es (puesto que se repite en una secuencia similar en la batalla final): no hay nada heroico en quitar vidas, sí en salvarlas.


Aunque Garfield carga sobre sus hombros la mayor parte del peso dramático, y definitivamente merecía su nominación al Oscar (aunque debo decir, hubiera sido incluso más meritorio su trabajo de ese mismo año en Silencio, de la que ya hablé en el blog); el elenco de soporte es también muy bueno, con Luke Bracey y Vince Vaughn dándole más complejidad de la esperada a lo que son, en esencia, arquetipos militares. En un rol similar, pero con mayor presencia antagónica, Sam Worthington da la que sigue siendo la mejor actuación de su carrera, pero el más destacado del elenco secundario es sin duda Hugo Weaving, por dos escenas dramáticas en particular; y que me permiten a mí argumentar a favor de uno los que siempre han sido mis principios en lo que concierne a ficción histórica: si bien la película es más fidedigna que muchos otros dramas bélicos, se toma sus licencias, incluyendo la subtrama del padre de Desmond que es casi exclusivamente invención de los guionistas, y aún así es de las mejores partes de la película gracias al poder de las actuaciones y su rol de complemento de los temas.


Cierro con una reflexión sobre la persona real que inspiró esta película: aunque Hollywood intentó durante años adaptar sus acciones de guerra, su reticencia a ser glorificado en pantalla ralentizó el desarrollo durante años, que no puedo iniciar formalmente hasta tiempo después del fallecimiento del veterano. Y es quizá esa modestia, junto con sus acciones después de la guerra pese a múltiples discapacidades, lo que lo vuelve el raro ejemplo en el que el foco de estudio de una bio pic es una personalidad admirable en casi todo sentido, lo que hace que su historia valga la pena verse, pese a estar en manos de personas mucho menos idóneas.




Hasta el próximo encuentro...


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