top of page

La confesión de Odiseo

Ítaca


—Padre, siempre dices que no hay hombre perfecto, pero yo no conozco mejor guerrero, mejor sabio, mejor rey que tú. ¿Cuál ha sido tu mayor error? —preguntó Telémaco, dos semanas después del regreso de su padre.


Odiseo tardó unos instantes en contestar, no porque desconociera la respuesta, sino porque no sabía qué tanto cambiaría la imagen que su hijo, al que apenas comenzaba a conocer, tenía de él. Contempló el mar, y a Penélope durmiendo en un lecho sobre la arena. No, no quería decirlo, pero tras veinte años de ausencia, le debía la verdad.


—A más de un hombre he matado con mi arco y mi espada, pero sólo a un héroe lo he asesinado con el ingenio que tanto se me celebra.


Y así, el rey de Ítaca comenzó su primera historia de aquella noche.


Los poetas te dirán que al invencible Aquiles le ofrecieron una elección, entre una vida larga y feliz que el tiempo no recordaría, o una flama breve que brillaría en la eternidad. Y dicen también que el hijo de Peleo, eligió sin titubear la gloria a la vejez. Ignoro si la profecía fue verdadera, pero lo que sé es que su elección fue otra, una que yo le arrebaté.


¿Tuvo acaso miedo a la muerte, cuando llegaron las noticias del rapto de Helena? ¿Pensó en su hijo pequeño, destinado sin saberlo a no volver a ver su padre? ¿O solo complació culpable los ruegos desesperados de su madre? Algún día tendré la oportunidad de preguntarle en el reino de Hades. Lo único que sé es que, cuando llegó el momento de zarpar hacia Troya, el héroe se escondía en el palacio de Esciros, entre las hijas del rey.


Fui yo el que lo denunció, y el que juró que iría a reclutarlo. El muchacho nunca cometió una ofensa contra mí, pero en ese entonces lo odiaba ¿cómo algún aqueo iba a escapar al llamado del cuerno de guerra, cuando mi propia intriga había fracasado? No era justo, pensaba, y estaba decidido a que si yo sufría, toda Grecia sufriría conmigo.


Tal ponzoña consumía mi mente mientras ascendía el camino hacia el palacio, disfrazado como un sucio mercader, con una lanza y un escudo ocultos entre joyas y baratijas. Ya podía vislumbrar la corte, cuando de entre las rocas brotó una fuente de agua salada, y vi el rostro de Tetis en persona junto a mi reflejo.


“No te sienta el rencor, rey de Ítaca”, me dijo Tetis, “¿qué ganas mandando a mi hijo a su muerte?”


“Es el guerrero más fuerte que jamás he visto, y el viejo Calcas profetizó que los muros de Illión no caerán si se niega a pelear”.


“Mi Aquiles no es como tú, él no formó parte del juramento de los pretendientes rechazados ¿por qué debe pelear si tú, el que tuvo la idea del pacto por Helena, intentó y fracasó renegar de él? ¿Por eso lo odias, porque tiene elección y tú no?”


“Nadie tiene elección, al menos no desde que los dioses hablaron, trayendo al príncipe troyano a nuestras costas.”


“Si no es por él, o por el amor de su madre, hazlo por su hijo; quien apenas ha cumplido los cinco. No lo dejes desampa…“


“¡Mi hijo es un recién nacido! ¿Por qué habría de tener compasión de un crío mayor, cuando nadie la tuvo con el mío? No, Tetis. Si he de navegar a Troya, juro por todos los dioses del Olimpo que Aquiles zapará conmigo.”


“Bien Odiseo, intenta llevártelo, pero te lo advierto, todos mis poderes se concentraron en ocultarlo, tu vista no te bastará, rey de Ítaca”.


Y la diosa marina cumplió su promesa, pues al entrar al palacio, además del rey, lo único que vi fueron mujeres, de largos cabellos trenzados, y vestidos perfumados. Licomedes me las presentó de una en una, pero detrás de ninguno de sus rostros o nombres reconocí a varón alguno. Y aún así, sabía que Aquiles estaba en aquel salón, la presencia de la princesa Deidamía, con su hijo pequeño en los brazos, lo comprobaba. Y yo no sentía más que rabia al ver a aquella criatura, pues me recordaba tu propio rostro, hijo mío, uno del que me habían apartado y al que temía no volver a ver. Entonces presté mi ingenio por primera vez a instintos de malicia, y fingiendo que había dejado parte de mi mercancía afuera de palacio, salí lo suficiente para enviar un ave con un mensaje a mis hombres, acampando en el muelle.


Lo único que tenía a mi favor, es que sabía que así como yo no reconocía al hijo de Peleo, él tampoco veía a través de mi disfraz. Con taimada sonrisa, puse a los pies del trono los collares, las joyas, las telas, y entre todas ellas, a la vista atenta de las princesas, la lanza y el escudo. Apenas había comenzado a vender los artículos, cuando de la costa los soldados cumplieron mis órdenes, e hicieron soñar con gran estruendo los cuernos de guerra. Ladomedes llamó a gritos a su guardia, y las princesas corrieron despavoridas a sus aposentos. Todas excepto Pirra, la callada pelirroja, quien con un brío en la mirada que antes no noté corrió hacia mí y tomó la lanza y el escudo, dispuesta a defender su hogar. Y aunque la ilusión de Tetis tardaría unas horas más en disiparse, supe que había capturado a mi presa. Así fue que recluté al invencible Aquiles, y lo conduje a las murallas donde encontraría la muerte.


—Sí, no tuviste compasión con la madre del héroe, padre, pero cumpliste con tu deber.


—Pero no fue el deber, sino el rencor lo que me motivó hijo mío, ¿o acaso no escuchaste que yo ya había sido vencido en una artimaña similar?


Y así, el rey de Ítaca comenzó su segunda historia de aquella noche.


Naciste el día en que París el troyano secuestró a Helena, y te sostenía en mis brazos cuando llegaron los primeros mensajeros de Esparta. No tuvieron que decir palabra alguna, para que tu madre y yo supiéramos lo que estaba por pasar: ahora sé que no hay mejor mujer en esta tierra que tu madre, pero ahora los vientos me recordaban a la otra, la que nunca me eligió, pero que en la necedad de la juventud me enloqueció al grado de jurar que, aun después de su rechazo, moriría por ella. En Micenas se juntaba un gran ejército, y algo dentro de mí me decía lo que pasaría si cumplía mi palabra: que Penélope lloraría veinte años, que el mar se tragaría a mi madre, enloquecida de pena, que perdería la oportunidad de verte crecer. Sí, otrora amé a Helena, pero ¿por esa pasión juvenil ahora habría de perderlo todo? Espero que no te avergüence tu viejo padre, hijo mío, pero confieso que en ese momento el honor y los juramentos no me importaban en lo más mínimo. Tenía poco tiempo para planear la que debía ser la artimaña más importante de mi vida, aquella que los dioses ya habían decidido, sería la única destinada a fallar.


La delegación aquea me encontró con la corona torcida y la túnica desgarrada, cantando bajo el sol abrasador. Al viejo arado de mi padre le había atado no los fuertes bueyes, sino una cabra de un lado y un asno del otro, para que no pudiera trazar bien los zurcos, y se atorara cada pocos metros. Para terminar de armar el engaño, en lugar de semillas tomé un costal de sal, y sembré con ella no la tierra fértil de nuestra isla, sino la arena de la playa. ¡Oh el triste espectáculo que debió haber dado a quien todos consideraban como uno de los más sabios de toda Grecia! Pero no podía sonreír de mi propia astucia, pues mi actuación no podía tener falla.


“Déjenlo”, ordenó el poderoso Agamenón, “pues Odiseo ha perdido la razón”, pero ignoraba en aquel entonces, que entre todos los reyes y capitanes se encontraba el maldito Palamedes, aquel que estudió conmigo las artes de la retórica con el centauro Quirón, el único de quien decían tenían una inteligencia que rivalizaba con la mía. No me atrevía a ver fijo a los aqueos, pues me creían loco, y por eso seguí arando el mar mientras discutían, incluso cuando escuché los gritos de tu madre.


Pero entonces vi a Palamedes ponerse en unos metros frente a mí. Debí haber sabido que él ya había notado que los zurcos que el supuesto loco trazaba en la arena eran siempre rectos, pero yo no había notado tal error. Él sí, y sostenía a mi hijo recién nacido, a ti, Telémaco, en sus brazos.


“Este hombre no está loco”, proclamó con seguridad, y te colocó en la arena, tus ojos inocentes viendo el arado que se aproximaba. Entonces entendí lo tonto que había sido, pues si ahora comenzaba a cambiar de dirección, todos sabrían que te reconocía, y que mi razón permanecía conmigo. Aún así, seguí adelante, pues sabía que Palamedes era astuto, pero no cruel, y que te acabaría levantando si no veía un cambio en mi comportamiento. Pero tú eras tan solo un niño de ojos grandes, lo más preciado para mí, y cuando comenzaste a llorar, mi corazón no pudo soportarlo más. Palamedes no tenía hijos, y por eso aquel día su voluntad fría fue más firme que la mía, aún estando lejos de ti el arado, no pude soportar la idea de lastimarte y di un giro brusco hacia el mar. La mentira se acabó, y solo me dejaron cargarte una vez más antes de embarcarme, por miedo a que escapara. Te salvé aquel día, Telémaco, pero al hacerlo te perdí.


—Creo que ya entiendo, padre, cuál es el crimen del que hablas. No fue el dañar a alguien con tu astucia, sino el vengarte de la persona equivocada, pues no era Aquiles quien te agravió, sino Palamedes, a él debiste haber castigado.


—Casi, hijo, pero aún falta un último relato, pues también mi rencor contra el que fue mi compañero de estudios nunca se disipó, y a él también le llegó su hora.


Y así, el rey de Ítaca, comenzó su tercera historia de aquella noche.


Más de nueve años de guerra cruel llevabamos, en aquella lejana tierra, y no había un día en que no pensara en tu madre, y en la familia que había dejado atrás. A ti, hijo mío, te veía en todas partes, y pasaba las noches en velo imaginando que tan alto sería, que juegos estarías aprendiendo, cual había sido tu primera palabra. Y con cada semana, cada mes, más crecía mi odio por el culpable del fracaso de mi engaño. Mientras otros reyes se lanzaban como bestias contra las murallas construidas por los mismos dioses, o los ofendían saqueando los templos de las afueras, yo me dedicaba a combatir a los pueblos aliados de los troyanos antes de que llegaran a su auxilio, y quisieron las moiras que en un atardecer una de aquellas partidas enemigas cargaran consigo un enorme cofre de oro troyano. La ley decía que todo el tesoro debía ser presentado ante Agamenón y Menelao, para que estos repartieran entre los jefes, pero algo me decía que llegaría el día en que estaría agradecido de mantener el hallazgo en secreto.


Ocho días después de aquel combate, alrededor de una fogata, los reyes de la liga aquea peleábamos en concilio, pues los hombres se estaban cansados de una guerra que no parecía estar cerca de terminar. Áyax, Agamenón y Diomedes querían seguir el ataque, Aquiles y Menelao sugerían retos a combate singular, Néstor llegó a proponer incluso negociar con Príamo. Y antes de que yo pudiera intervenir, Palamedes habló. Me duele admitirlo, pero fue uno de los mejores discursos que jamás he oído, y primero caeré sobre mi espada que repetir una sola de sus palabras, pero el sentimiento principal era uno con el que, pese a mi odio y mi rencor, en secreto estaba de acuerdo:


“Abandonemos esta maldita playa y volvamos a casa. Que Troya se quede a la maldita Helena, con la sangre de nuestros hombres y los años de ausencia hemos cumplido nuestra deuda”.


Claro que Menéalo montó en cólera, y Aquiles lo llamó cobarde, pero veía en los rostros de los demás que las palabras de mi enemigo estaban haciendo efecto. Una noche más y podría convencer a la mayoría de volver a los barcos. Pero sí a Palamedes debía estar en aquel infierno, que me maldijeran los dioses si a él debía también mi regreso. Fue entonces que un plan comenzó a fraguarse en mi mente.


Bajo la luz de una vela, en un trozo de pergamino escribí una carta, y pese a la repugnancia que provocaba en mis entrañas la llené de elogios hacia mi enemigo. La concluí felicitando a Palamedes por una recompensa bien ganada, pues confiaba en su habilidad por alejar a los griegos de mis tierras. La firmé como Príamo, rey de Troya. Por la mañana, mientras mi antiguo rival supervisaba la empalizada, como hacía todos los amaneceres, arrastré el viejo cofre hasta su tienda, y coloqué la carta sobre la tapa. Por la tarde, de la forma más casual que pude, le comenté a Menelao que había encontrado los huesos de un batallón enemigo, muertos quizá desde hacía una semana, pero que me sorprendía que ningún saqueo hubiera sido reportado.


El señor de Esparta actuó como yo esperaba, y ordenó revisar las tiendas de todos los reyes y jefes. Oh, ni todas sus artes pudieron salvar a Palamedes de las acusaciones de ladrón, pues no hay palabras que le ganen al hambre de oro de los reyes, pero su destino sólo habría sido el de un despreciado, pero vivo, si no se hubiera encontrado la carta. Hijo mío, tu madre te educó para que no disfrutaras de la muerte de ningún hombre, ni siquiera de la de tus enemigos, y es una lección con la que estoy de acuerdo, pero no negaré que aún sonrío al recordar los gritos de Palamedes cuando la lluvia de piedras cayó sobre él.


—Padre, nunca te tomé por cruel —dijo Telémaco, pero tras mirar a su madre, y pensar en él mismo y en los años perdidos, dijo—pero te entiendo, pues fue mucho lo que te fue arrebatado.


—Y todo hijo mío— concluyó Odiseo a Telémaco, mientras veían a Penélope dormir— fue porque juré ir a la guerra por una mujer que nunca me amó. Conocí a tu madre un día después de poner mi espada a los pies de su prima Helena, pero entonces ya era muy tarde. Escucha mi consejo, Telémaco, pues mi error no fue el rencor contra Palamedes, ni el agravio contra Aquiles, ni siquiera la arrogancia de creer que podría ir contra mi promesa impune. No, el error del que nacen todas mis tragedias, fue creer que el primer amor era el que más importaba.

¡Bienvenidos pasajeros! Odiseo siempre fue mi héroe favorito de la mitología griega, al que más admiro, pero el día de hoy quise compartir con ustedes un puñado de los pasajes más oscuros de su vida.



Hasta el próximo encuentro…


Navegante del Clío



Entradas recientes

Ver todo
La nieta de Hermes y el hijo de Poseidón

Las costas de Ítaca, diez años después de la partida de Odiseo Eones llevando mensajes para los dioses, y ahora, cuando más necesitaba palabras, se atoraban en su garganta. Paralizado en la arena, dem

 
 
 
La primera historia

Vivo en la era donde sólo existe el hoy; antes del tiempo y la memoria. ¿Qué sentido tiene pensar en el ayer, cuando siempre se vive igual? Siempre la misma cacería, el mismo amanecer, la misma espera

 
 
 
El constituyente y el arquitecto maldito

Ciudad de México, 05 de febrero de 1857 Aun faltaban un par de horas para el alba; y la que antaño se llamara Plaza de Armas de la Nueva España estaba desierta. Rodeada en sus cuatro lados, la luz de

 
 
 

Comentarios


bottom of page