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La niña de cartón

París, a principios de 1896


Alice era bienvenida en todas partes, pero no sentía que perteneciera a ninguna. Pretendientes no le faltaban, pese a su evidente pobreza, pues era de sonrisa fácil y rostro amable. Mas en su corazón, aún estaba en la búsqueda desesperada de un hogar. La única francesa entre cuatro hermanos chilenos. La única dejada atrás, para criarse con una abuela suiza, mientras el resto migraba de vuelta a Sudamérica, y aunque después la mandaron llamar, una parte de ella siempre se sintió una extraña en su propia casa. La única de su grupo en el colegio jesuita que no tomó los hábitos. Había enterrado a su padre y a su hermano; y su madre, pese a su juventud, era ya incapaz de trabajar. Así, Alice había sacrificado su infancia para traer sustento a la mesa, con veintidós años, no había vivido lo suficiente para sentirse mujer, pero tampoco supo lo que era ser niña.


El mundo a su alrededor cambiaba a pasos agigantados, con el final de siglo cada vez más cerca, y la joven había sabido aprovechar las nuevas oportunidades. Decenas de negocios necesitaban una secretaria formada en el nuevo campo de la estenografía, y Alice se pudo colocar en una compañía con la mirada en perpetua búsqueda de nuevos horizontes.


Aunque su contrato decía que era la secretaria de sólo uno de ellos, durante casi un año, había tomado apuntes y recados para los cuatro dueños de la compañía, y en verdad no existía en Francia grupo tan ecléctico, pues no tenían en común edad, apariencia o ciudad natal. El señor Besnier era un banquero, su principal tarea era la de traer dinero. Aún no entendía lo que abortaba monsieur Vallot, el astrónomo, quizá era necesario un soñador con la mirada puesta en las estrellas. Con el viejo ingeniero Eiffel, obsesionado con sus patentes, apenas intercambiaba palabra, pero era el cuarto, Don Léon, el fotógrafo. De él había surgido la idea de convertir la vieja planta industrial en una fábrica de cámaras y materiales para la captura de imágenes; y supervisaba la mayor parte del día a día. Con el paso de los meses entre patrón y secretaria se había forjado la mayor de las confianzas, y aunque la diferencia de edad no era insuperable, jamás se habían presentado de una parte u otra propuestas indecorosas, pues Alice era una mujer con dignidad, y Léon Gaumont, devoto a su mujer embarazada.


Sí, en aquella inesperada amistad la joven encontró la felicidad, pero aún sabía que algo le faltaba, y le entristecía el pensar que su destino quizá fuera languidecer frente a la máquina de escribir. Por las noches, recordaba los cuentos de hermosas hadas que sus padres le contaron alguna vez, y casi podía escuchar como una de aquellas criaturas le susurraba: “Algo más aguarda en tu futuro”. ¿Qué era aquello tan especial? No podía saberlo, pero aún así esperaba. El primer atisbo lo había tenido casi un año atrás, cuando Monsieur Gaumont se paró frente a su escritorio.


— ¿Terminó el inventario del equipo que acaba de llegar, madmoiselle Guy?


—Sí, señor; y también la propuesta para la campaña publicitaria de la nueva cámara. Está sobre el escritorio del director de departamento.


—Excelente. Espero que me perdone el atrevimiento, pero necesitaré que me acompañe al auditorio de la Sociedad Industrial en este momento.


— ¿Disculpe, señor? Creo que no entiendo.


— ¿Recuerda a los Lumière?


Alice no puedo evitar sonreír con sutileza antes de asentir, al pensar en aquellos excéntricos hermanos que habían sido socios de la compañía por unos meses antes de emprender su propio proyecto.


—Pues bien, ese par de locos han preparado una “pequeña sorpresa” y han tenido a bien invitarme, “en atención al tiempo y dinero que antaño invertí en ellos”. Sé que no es propio que la lleve de acompañante, pero es la única que conoce nuestros equipos mejor que yo mismo, y necesito otro par de ojos agudos a cualquier “similitud legalmente complicada” de lo que sea que vayan a presentar con un producto Gaumont.


Pero por primera vez en mucho tiempo, Alice Guy se vio sorprendida por algo totalmente nuevo. La palabra “cinematógrafo” ya existía desde hace un par de años, pero la patente que los hermanos presentaron aquella tarde superaba cualquier expectativa. “Hemos logrado lo que ni la gente de Edison, en América, puedo completar” fue como presentaron enigmáticos su nuevo aparato, antes de apagar las luces.


Los suspiros y las muestras de asombro no tardaron en llegar, en cuanto la primera imagen se proyectó contra la pared. Era una escena corriente, casi vulgar, que Alice reconoció como una fábrica en Lyon; pero lo que siguió un instante después la tomó desprevenida, pues como si fueran movidos por espectral conjuro o intervención divina, la gente en la fotografía comenzó a moverse, cientos de obreros, saliendo del viejo edificio.


Unos minutos después, mientras los reunidos discutían asombrados sobre cómo las “imágenes en movimiento” eran el futuro, la impresión inicial se desvaneció y Alice volvió a sentir el vacío. Preocupada pensó que si aquella magia no podía conmoverla más allá de un instante, quizá toda su vida estaba condenada, y juró que la próxima vez trataría de emocionarse más. Y así fue que durante meses asitió a cada vez más proyecciones: a la fábrica siguió un paseo por el parque, un tren, un truco cirquero; y entre más películas, como ahora las llamaban veía, más la dominaba el más profundo aburrimiento.


— ¿Qué está mal conmigo? —le dijo una noche a una fotografía de sus padres— a veces siento como si fuera una figura de cartón.


¿Cuando se había roto?, pensaba desesperada, tratando de recordar la época en la que aún sabía soñar. Cerrando los ojos, se trasladó al lugar donde recordaba su primera sonrisa: la vieja librería de su padre. Podía oler la humedad en las páginas, y sentir el papel en sus yemas, con portadas desfilando frente a ella. Al ver La cenicienta, recordó al hada que la visitaba en sueños, con palabras de esperanza; cuando le llegó el turno a Pinocho, casi rompe en llanto, pensando en si acaso su madre hubiera preferido a una “niña de verdad”; pero no fue hasta recordar el último cuento, que entendió que era lo que faltaba a las imágenes en movimiento.


—El invento de los Lumière nunca prosperará con la visión limitada que le han dado en estos ocho meses —le decía a su jefe tres días después— imágenes reales, grabaciones científicas, comerciales. El cinematógrafo es casi magia, pero no servirá de nada si lo que hay en pantalla no es igual de mágico.


— ¿Tiene alguna propuesta concreta, Alice?


— ¿Por qué no contamos ficción? Nunca será igual al teatro, pero eso no significa que no podamos contar nuevos tipos de historia.


— ¿Tienes alguna en mente? —dijo Gaumont, con un brillo extraño en los ojos.


—Un cuento que mi padre me leyó hace mucho. Una pareja recién casada atraviesa un campo de repollos, triste de no poder tener hijos. El granjero les enseña bebés de cartón, que han aparecido por arte de magia en el campo. Deciden comprarlo y entonces, la criatura comienza a llorar, un hada lo ha convertido en un niño de verdad. Se llamará La Fée aux Choux.*


Gaumont tardó en hablar, acicalando su barba con el ceño serio.


—Sería un riesgo. No dispondríamos de tanto tiempo, ni recurso. Pero quizá podríamos convencer a Méliès…


—Monsieur Gaumont, si de todas formas será un riesgo, no sería mala idea ahorrarse unos honorarios, y bueno, yo he estudiado cómo funciona el cinematógrafo. No pretendo excederme, pero si fuera posible, me gustaría dirigir yo esta historia.


Léon Gaumont sonrió y por primera vez, aunque no sería la última, estrecharía la mano de quien pronto dejaría de ser su secretaria para convertirse en jefa de producción de un estudio que comenzaba a germinar.


Un mes después, Alice Guy se encontraba en un campo de repollos, como el que crecía cerca de la casa de su abuela en Suiza. Conseguir a los tres actores había sido complicado, pero al final dos jóvenes entusiastas y un viejo se habían animado. Uno de los veteranos de la fábrica había pintado dos bebés en cartón, y había ofrecido a su propio nieto para interpretar al real. Monsieur Léon no pudo disponer de más que diecisiete metros de cinta; si tenía suerte, le alcanzaría para cincuenta y un segundos de grabación.


La muchacha de cartón, que nunca había pertenecido, en medio del barullo del caótico equipo, la ansiedad en el aire y el chirrido de la cámara, por fin había reencontrado un hogar. Volver los cuentos de la librería de su padre realidad, tal era su pasión, y poco le importaba si en el futuro había cientos, o el sueño acabaría tan rápido como empezaba. En medio de una granja de repollos, por primera vez en la historia, una mujer gritó:


—¡Acción!


*El hada de los repollos.

¡Bienvenidos pasajeros! La primera película de ficción jamás rodada fue una de fantasía, y con el relato de su origen concluimos esta semana dedicada al género. Por desgracia, aquella cinta se considera ahora perdida, y el nombre de su directora casi ha desaparecido, pero en este principio de año es importante recordar a aquellos a quienes debemos el arte que ha conquistado a millones: durante años Alice Guy sería no sólo la primera, sino la única mujer dirigiendo películas, la primera en experimentar con narrativas de ficción y años después, también la primera en dirigir una megaproducción (con más de trescientos extras) y la primera en rodar una cinta con un elenco totalmente afroamericano; gran parte de su trabajo para Gaumont & Cie, primer estudio fílmico en la Historia, que aún existe hoy en día.






Hasta el próximo encuentro…


Navegante del Clío



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