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La peor condena

Nueve días después


Vi playas infestadas de cadáveres, vi a las olas teñirse de rojo con la sangre de los míos, vi ciudades arder y a los inocentes llorar; pero sólo una vez un escalofrío recorriendo mi columna logró paralizarme, cuando la tempestad que nos persiguió desde que huimos de los cicones nos arrojó a la isla más lejana, la más bella, la más peligrosa.


Reunidos alrededor de un modesto fuego, mis hombres por primera vez se atrevían a sonreír. Nuestros hermanos perdidos a causa de nuestra imprudencia aún permanecían como una sombra sobre nuestra conciencia, y la mayoría veía por encima del hombro al menor sonido de la naturaleza, pero poco a poco la esperanza retornaba, y el sonido de las flautas volvía a acompañarnos. Aunque había prohibido abrir aún los odres de Marón, pues llevaba en el corazón la dura lección de desconfiar de toda tierra extranjera, permití a mi ejército un humilde festín, apenas poco más de las raciones usuales, pero suficiente para que se animaran a intercambiar historias entre ellos, ya no más hazañas de guerra, de las que todos estábamos hartos, sino relatos del hogar, y de aquellos que aguardaban nuestro regreso.


No soy tan viejo como aparento, pero he visto más que muchos ancianos. Mis ojos han contemplado los palacios dorados de Micenas, y los foros antiguos de Creta; las aguas cristalinas del Egeo y las costas apacibles del Jónico. Arte de la antigua Troya y la misteriosa Etiopía, pero en todos mis años solo un lugar, aquella isla, casi me hizo olvidar mi querida Ítaca, pues era la primera aparición que rivalizaba con su belleza. En la lejanía, riscos que rozaban las nubes, tan blancos como los granos de arena que escurrían entre mis dedos. Una poderosa cascada bajaba del monte, y se convertía en un río que brillaba como el diamante para alimentar un mar del color de la turquesa. Y la primera vez que vi los árboles que reinaban más allá de la playa ¡Oh, dioses! Es como si nunca antes hubiera conocido el verde.


Quería construir un palacio de plata en aquel lugar tan mágico, para que el agua besara la piel de Penélope, y mi reina despertara con la melodía de aves hasta entonces desconocidas. Para que Telémaco aprendiera a montar en el paraíso sobre la tierra, y mis padres encontraran el reposo en aquella costa. Soñaba despierto con ese y más proyectos, pero entonces el viento acarició mi rostro, y casi logré escuchar el susurro de una mujer, que me regresó la razón: aún deseaba conocer hasta el último rincón de ese lugar, pero quería hacerlo con mi familia, y el recordarlos a ellos impidió que me perdiera en mi ensueño, pues para lograrlo tenía primero que regresar a mi hogar.


"Regreso", "regreso". Sólo entonces comprendí porque, mientras en mis hombres crecía de nuevo la confianza para celebrar, la relajación me estaba vedada, y cada minuto dejaba mi corazón más intranquilo. Hasta yo, que me preciaba de mi astucia, había caído seducido por el encanto de este lugar, y no solo en ese momento, de noche cerrada, recordé que habíamos llegado poco después del mediodía, y que en el campamento faltaban tres, los valientes que mandé a explorar si aquel lugar estaba habitado. En la playa comenzaban a cantar, pero aún quedaban cinco hombres sobrios en mi ejército y a ellos convocó a un consejo al margen del río.


—Deben de estar muertos —dijo Euríloco, con total indiferencia —por eso sugerí sólo abastecernos de agua antes de reanudar. Si mi rey hubiera escuchado...


—La celebración no comenzó hasta hace poco. De haber existido una lucha, lo habríamos notado— lo interrumpió Polites con brusquedad.


—Pueden haber sido víctimas de animales salvajes, o de una caída. Ya es demasiado tarde para formar una partida, y dudo que los encontremos en la mañana.


Los silencié a ambos con un gesto, harto de sus eternas discusiones después de diez años de verlos todos los días. Polites era mi amigo más querido, nos habíamos críado juntos, y el único al único al que le toleraba que me cuestionara en público. Si el mundo fuera justo, él habría sido mi mano derecha en los combates y aventuras, pero Euríloco, que creía saber la respuesta a todo, se las había ingeniado para casarse con mi hermana, y eso le daba privilegios que ni un rey podía revocar.


— ¿Y los demás? —grité, exasperado— ¿son mudos?


Sabía que estaba siendo injusto con ellos, pero aquella isla me comenzaba a inquietar. En dos de los soldados tenía confianza absoluta: Perimedes no era muy listo, pero era el soldado más leal que jamás ha existido, incluso más que el viejo y querido Polites; me recordaba a mi perro Argos, al que extrañaba casi tanto como a mi familia. Euríbates, por otra parte, era una contradicción. Tímido en los consejos, tenía una lengua casi tan afilada como la mía, y había sido un heraldo fiel por décadas. El tercer guerrero era un hombre enorme, con el que me apenaba reconocer apenas había intercambiado un par de palabras, Ántifo se llamaba, y su padre había estado dentro del caballo, uno de los últimos muertos de Troya. Fue él quien se atrevió a hablar.


—A Euríloco no le falta razón en que ahora no podemos buscarlos; pero yo no creo que estén muertos. Presiento que esta isla es peligrosa, pero si es capaz de atraernos con su belleza, su trampa debe ser más astuta que la cruda violencia.


No fue necesaria ninguna otra intervención, las palabras del soldado no hicieron sino confirmar mi intuición inicial. Al alba dirigí en persona la partida de búsqueda, conformada por todos los que conversamos la noche anterior, salvo a Polites, a quien dejé al mando de las fuerzas, con la orden expresa de comenzar a abordar los navíos.


—Mi rey —me dijo Perimedes, en un momento en que nos quedamos solos, cuando ya llevábamos horas de búsqueda— ¿no deberíamos llevar a Polites con nosotros? Euríloco ni siquiera cree que estén vivos...


—Sí, pero si lo dejo a él al mando, es capaz de amotinarse y abandonarnos aquí. En mala hora mi hermana...


Pero los gritos de asombro de mis compañeros ahogaron mis quejas. Nos encontrábamos ya en la cima de los blancos riscos, descubriendo que no era sólo piedra desnuda lo que parecía brillar bajo el sol desde la playa, pues de las grietas brotaban las flores más hermosas que jamás había visto: de dorado centro, docenas de pétalos rosas coronaban la planta, que emanaba un aroma incluso más dulce que el vino de Marón.


— ¡No las toquen! —ordené.


—El rey habla con sabiduría —dijo Euríbates— esos colores... oí a mercenarios de Troya hablar de una flor similar en una de las negociaciones de tregua. El loto, la llamaban. No dieron más detalles, pero insinuaron que perdieron más hombres ante ellas que contra los héroes aqueos.


— ¿Venenosa entonces? —preguntó Euríloco— ¿podemos aceptarla como el origen de la muerte silenciosa de nuestros compañeros y marcharnos de aquí?


Cerca estuve de darle la razón, hasta que escuché a Ántifo gritar que veía hombres en un claro, más allá del risco. Pese a las protestas de mi cuñado, ordené que bajáramos a interrogarlos, y fue ahí que encontré al pueblo más extraño que jamás había visto: media centena de hombres desnudos, sin arma alguna, con largas y enmarañadas barbas. Todos tenían la misma sonrisa inocente en el rostro, pero su mirada perdida me inquietaba. Por más que intentamos hablarles, ninguno respondió, mas que para ofrecernos flores de loto recién cortadas. No intentaban matarnos, pues ellos mismos las devoraban en cuanto las rechazábamos, pero mi instinto me decía que era una trampa.


Poco después de llegar con aquel grupo, me percaté que uno de ellos, con el mismo semblante apacible e ingenuo, carecía de barba, el único del grupo. Cuando me acerqué a él, lleno de curiosidad, es que un escalofrío me recorrió la espalda, y por unos terribles instantes fui incapaz de moverme, pues conocía a aquel hombre. Era poco más que un niño cuando se enlistó para seguirme a Illión, el más joven de mis doce barcos, y de alguna manera había sobrevivido a la guerra que tantas otras vidas había cobrado.


— ¿Elpenor?


—El...pe...nor —respondió el aludido, como si fuera la primera vez que hablara en su vida— curiosa palabra, extraño amigo. ¿Qué significa?


—Eres tú.


— ¿Quién soy yo?


— ¡Deja de jugar, Elpenor! Debes volver con nosotros a tu hogar, a Ítaca.


—Í...ta...ca. Curiosa palabra, extraño amigo...


Al poco tiempo renuncié a cualquier intento de que me entendiera, y con terror descubrí el secreto de aquella isla, y el poder del loto. En esta tierra no existía el dolor o la tristeza, puede que ni siquiera la muerte misma. Y los perdidos con tan mala fortuna de comer en la isla jamás tendrían la motivación de irse, pues no puedes añorar lo que has olvidado. Yo jamás probé el fruto carnoso del loto, pero rodeado de su aroma, por un instante que se me hizo eterno, me costó evocar en mi mente el rostro de mi reina, de mis padres, de mi hijo; y eso me dio más miedo que cualquier lanza o espada enemiga, e incluso que la misma ira de los dioses.


— ¡Tengo a Elpenor! —grité— los otros dos deben de estar por aquí.


No tardaron en encontrarlos y pronto tuvimos a los tres perdidos juntos, pero no hubo forma de hacerlos reaccionar. Euríloco golpeó a uno, pero este sólo se levantó y continuó masticando una flor de loto. Euríbates les cantó sobre Ítaca y los héroes griegos de antaño, pero era como si fueran necios o sordos. Ántifo sólo pudo atarles las manos a la espalda, para evitar que siguieran comiendo.


—A dos de estos hombres los esperan mujeres en casa —dijo Perimedes, incrédulo— uno tiene una hija. ¿Cuánta angustia debieron haber tenido para probar esa maldita flor?


—Más les hubiera valido morir de hambre —dije, al tiempo que comenzaba a halar a Elpenor— arrástrenlos si es necesario, pero nos vamos ahora mismo.


Los comedores de loto nos seguían con sus miradas vacías, pero ninguno hizo el menor esfuerzo por impedirnos el paso. Caso contrario fue el de nuestros compatriotas: si hubiera podido, Elpenor se hubiera clavado en la tierra. Lloró, y gimió, gritando como una bestia herida de muerte, y demostró una fuerza inusitada para su edad, pues fue necesario que Perimedes lo jalara del otro brazo para que avanzara aunque fuera un poco. Con el rabillo del ojo, vi que Euríloco y Euríbates debían unir esfuerzos para arrastrar a otro de los griegos, que sollozaba con todavía más fuerza.


Si necesitabamos dos para mover a cada uno de los perdidos, comprendí que tardaríamos un día entero en regresar a los barcos, y que incluso así tendríamos que dejar a uno atrás. Pero no contaba con la fuerza de Ántifo, y en el momento en que tomó al tercero de mis hombres poseídos y lo colocó sobre sus hombros, el rostro brillando con sudor y una expresión de dolor con cada paso, juré que nunca olvidaría su nombre.


En efecto, ya era el crepúsculo cuando logramos volver, y antes de subir a los barcos hice jurar a mis cuatro compañeros que nunca hablarían de nuestra desventura. Para controlar la información, hice que todos abordáramos el mismo barco, aunque casi todos tenían los méritos para capitanear el propio, y le dije a los curiosos que el delirio de los perdidos era por un golpe de calor.


Tres días después, Polites, el único que no formó parte del grupo de búsqueda a quien conté esta historia, fue a verme en una noche sin estrellas, en la que tomé el rol de vigía.


—Los tres acaban de recordar sus nombres, y que están en un viaje a casa. Quizá el resto de su memoria regrese también con el tiempo.


— Dibuja la isla en un mapa, amigo mío, pero no des ninguna seña de su belleza. Si puedo evitarlo, ningún mortal volverá a pisar esa tierra. Creo que hemos dejado atrás el mayor de los peligros que enfrentaremos, y agradezco a Atenea por eso.


—No lo sé, Odiseo —me dijo Polites, el único a bordo que se atrevía a hablarme como un igual— muchos mueren en el mar, y hay horrores sin nombre en los confines del mundo. Creo que los que hemos perdido, en Troya y en Tracia, preferirían la tierra de los comedores de loto a los dolores que enfrentaron antes del Hades. Si su destino era jamás volver a Ítaca, ¿no es mejor al menos no sufrir?


—Amigo mío, sé que todo viaje es un riesgo, pero si mis únicas opciones fueran que todos en nuestros doce barcos muriéramos entre terribles dolores, o quedarnos en esa isla maldita, nos condenaría a todos al inframundo. Muriendo, tampoco veríamos el hogar, pero nuestras almas la recordarían por siempre, y si recordamos, algo vivo debe quedar de nosotros. Pero el olvido, Polites, es la peor de las condenas, pues el no saber quienes somos, existir de forma tan vacía, es lo único peor que no ser nada en absoluto.

¡Bienvenidos pasajeros! La publicación de hoy es una sorpresa, pues al coincidir el viernes con el día de la obra del mes, me hubiera sido difícil escribir el relato el mismo día, y como descubrirán mañana, creo que la sección de De todo un poco que planeé encaja bien con la obra. En cierto sentido, la organización de esta semana es un poco nostálgica, pues durante los primeros dos años de Navegante del Clío, los relatos fueron los jueves, de hecho no fue sino hasta hace poco que actualicé el calendario en la página de inicio.


Volviendo a Odiseo, el pasaje de los lotófagos siempre me pareció más escalofriante que muchos de los monstruos que conoceremos más adelante, pues desde joven le he tenido un miedo atroz a perder la memoria, pues es la base de la identidad. La trampa de la apatía, que muchas veces puede confundirse con paz o incluso con felicidad es una en la que es muy fácil caer, quizá las burbujas digitales sean el equivalente moderno de la flor de loto, por lo que recordar que en las dificultades muchas veces están las experiencias significativas, y que no hay que temer a los desafíos, por imposibles que parezcan, es una lección muy importante.



Hasta el próximo encuentro…


Navegante del Clío

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1 comentario


raul221063
hace 17 horas

Ya veo que fue en este pasaje de La Odisea en el que se inspiró Riordan para la aventura en el casino.

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