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Una última victoria

Unos días después de la caída de Troya


Los dioses son testigos de que no gozo con los actos de violencia, pero no seríamos mortales si careciéramos de defectos; y el día que zarpamos de los restos humeantes de Illión, no podía predecir todas las calamidades que me traería mi lengua. Pues, a mí, Odiseo, no me bastaba con ser el hombre más astuto de la liga aquea. No, fuera por arrogancia, orgullo, o el simple miedo a no serlo, necesitaba además que todo el mundo lo supiera, más allá de la sombra de cualquier duda.


Algunos de mis compañeros, al menos de entre aquellos que seguían con vida, zarparon a la mañana siguiente del triunfo: entre ellos Menelao, con la mujer a la que una vez amé, el prudente Néstor y Diomedes, el último que quedaba de aquellos entre los líderes a quienes podía llamar amigo, pero también el único hombre del que sentí envidia. En las costas permanecíamos Agamenón, el hijo de Aquiles, el arquero Filoctetes y muchos más; realizando sacrificios a Atenea.


Sí, la diosa me había favorecido muchas veces, pero no era sólo devoción lo que me inspiraba a buscar su buena voluntad. Una parte de mí, incluso en la efervescencia del triunfo, que no se habría logrado sin mi inteligencia, temía haber cometido un error al permitir el saqueo de los templos, y que la sangre de nobles y plebeyos por igual se derramara por la ciudad en llamas. ¿Pero no acaso merecíamos una recompensa, cuando la vida nos había arrebatado diez años lejos de casa?


En el templo de Atenea, que había permanecido casi intacto, veía el lugar donde Áyax había violado a la princesa Casandra. "Ese hombre se excedió", pensaba, "yo no soy nada como él. No tengo culpas tan grandes que purgar". Pero el viento me susurraba:


"No es la primera vez que estás entre estas columnas".


"En cualquier otra ocasión; robar el Paladio hubiera sido una ofensa imperdonable", contestaba, "pero fue la voluntad de la diosa. Me hubiera fulminado de no ser así".


"¿Y la diosa también te ordenó que intentaras matar a Diomedes, quien bien sabías también es su campeón?"


Y a eso no respondí, pues la culpa no me dejaba usar el arte de las palabras. He ahí mi defecto fatídico, pues aunque sé que sería celebrado por trepar las murallas de Troya disfrazado de mendigo, para robar una estatua sagrada, no soportaba tener que compartir la gloria con otro, sobre todo de uno a quien siempre nombraban con la misma admiración con la que decían mi nombre.


Sólo ahora comprendo que cualquier sacrificio hubiera sido insuficiente, pues lo que hicimos en Ilión no es algo que se perdone fácilmente. Terribles tempestades surgieron apenas nos alejamos de la costa humeante, y de alguna manera acabamos en la lejana Tracia; que sólo había visto una vez antes, cuando siguiendo una profecía, enterré ahí a un amigo al que había arrastrado a su muerte. Mas incluso ante ese desastre, yo permanecía ufano en mi arrogancia, pues estaba seguro que el haber atracado con mis doce barcos intactos, mientras que los otros aqueos habían perdido al menos uno; y el maldito Áyax había desaparecido con su flota entera; era una señal que era el favorito de los dioses.


Insisto, no soy un hombre que ame el derramamiento de sangre, y por eso no hablaré de lo que nos dijo el fantasma de Aquiles sobre su tumba, de la dignidad de Polixena mientras degollaban su garganta, y yo permanecía sin hacer nada. Fue la última vez que vi a la reina Hécuba, quien me correspondía como esclava en el reparto de las prisioneras. Desconozco cual habrá sido su destino, pero de permanecer conmigo habría padecido aún más desgracias de las que ya había sufrido, y en ningún momento añoré su presencia, pues en los días siguientes a la caída de Troya, no deseaba mas que a una mujer: ¡Oh, Penélope, amada mía, por quien tallé el lecho conyugal con mis propias manos! ¿Seguirías creyendo en mi regreso, o tras diez años de ausencia habrás perdido toda la esperanza? ¿Habrá alguien en mi isla con fe en que no he muerto?


Aquella mañana en Tracia, casi todos mis pensamientos eran para Penélope, pero no era la única razón por la que añoraba el regreso. Deseaba ver a mis padres, que ya eran ancianos antes de mi partida, aunque fuera una última vez. Deseaba conocer a mi hijo, sólo un bebé la última vez que lo sostuve entre mis brazos, pero quien pronto comenzaría a aprender las artes de la retórica y la espada. Incluso pensaba en Argos, el último regalo de mi reina, un cachorro juguetón e inocente que me había demostrado un amor incondicional en los nueve días que pude jugar con él antes de ser obligado a partir a la guerra.


Se preguntarán por qué, si tan desesperado estaba por volver, porque ordené que hicieran una parada en una de las ciudades de la costa tracia; y es verdad que incluso hoy no lo puedo explicar del todo. Sólo recuerdo haber estado frente a la tumba de Aquiles, sosteniendo su escudo y portando su armadura, mientras las naves de su hijo se perdían en el horizonte. Era el único aqueo que permanecía en ese lugar, y el pesar me embargaba. Mucho me preciaba de ser astuto, pero me preguntaba si acaso era suficiente para que se cantaran canciones sobre mi gloria. Tenía puesta la armadura de un gran guerrero, pero no me sentía como uno: en mi haber tenía grandiosas victorias, pero ninguna por talento en el campo de batalla, todas por trucos y artimañas. Quizá mi mente bastara para ponerme a la par de Menelao, de Agamenón, de Diomedes; pero si quería ser recordado por encima de todos ellos, rivalizar con el invencible Aquiles, necesitaba una victoria por la fuerza de las armas.


Y para lograr esa última victoria, escogí como objetivo la vieja Ismaro, entre el lago y la montaña. Ninguna ofensa habían cometido sus habitantes contra mí, pero la ciudad estaba cerca, tenía una reputación legendaria, y no eran del todo inocentes, pues Eufemo los había liderado en auxilio de los troyanos. Y solo una hora después de avistar los muros de la ciudad, sentado en el trono de los cícones, me sentía casi en el Olimpo; pues no fue necesario caballo alguno, ni tampoco disfraz de mendigo. Por fin me había probado como un comandante de batalla, y ni un solo hombre había perdido capturando la ciudad.


Sólo una vez durante toda la batalla tuve miedo, y fue cuando vi que mis hombres se dirigían hacia el templo de Apolo. Poco amor me despertaba el dios arquero, pues gran dolor entre los míos habían provocado sus flechas de pestilencia durante el largo asedio de Troya, pero incluso en la euforia de la batalla, imaginaba los gritos de Casandra.


"¡No!", grité, amenazando con la espada a mis propios hombres, "¡El templo no!"


Sólo una hora tardé en conquistar Ismaro, y otra más en repartir el oro a partes iguales entre mis hombres. Pocos varones habíamos encontrado en la ciudad, y no pude evitar que a la mayoría se le pasara por la espada. Quedaban las mujeres, a quienes mis oficiales querían tomar como esclavas, pero yo lo único que deseaba era salir de ahí, pues ya había logrado mi objetivo, portar la armadura del hijo de Tetis sin vergüenza.


"¡Tontos!", dije, "ha sido la victoria más rápida que el mundo ha visto ¿y ustedes quieren demorarse aquí sin necesidad, en lugar de volver a casa cubiertos de gloria? No pierdan el tiempo celebrando en tierras extranjeras. Concederé una audiencia, pero zarparemos en cuanto termine de hablar con mi invitado".


El invitado en cuestión era un anciano calvo y regordete, vestido con una túnica blanca y un manto púrpura. Arrodillado ante mí, se identificó como Marón, sacerdote de Apolo. Con lágrimas en los ojos, me dijo que al perdonar el templo, esa gracia se había extendido a él, y ningún soldado lo había lastimado. Más aun, cuando comenzó la batalla su familia entera se encontraba rindiendo culto a Apolo, y por eso todos habían salvado la vida, pues ningún griego había puesto pie dentro del templo.


"Eres un invasor y un enemigo, pero uno respetuoso; no lo esperaba, pues han llegado rumores de Troya. Te agradezco por mi familia, pero también porque escuché que zarparás pronto, y te irás sin quemar mi ciudad, o arrojar niños de las murallas. Por eso, quiero hacerte un regalo especial".


A su señal, dos hombres entraron al salón del trono, cargando dos inmensos odres; de los que emanaba la fragancia más dulce que jamás había olido. El viejo continuó:


"Seré ahora sacerdote de Apolo, pero también soy hijo de Dionisio; y mi padre me enseñó sus artes secretas. En estos odres encontrarás el mejor vino que jamás creó un mortal, fermentado por años en vasijas sagradas. Si me permites, ordenaré que lo suban a tu barco, pero te aconsejo que no lo pruebes hasta regresar a tu hogar. No aquí, y menos en altamar, pues una vez que la bebida toca tus labios, es muy difícil parar, y quien lo pruebe hallará tal dicha que, cuando finalmente duerma, no despertará en al menos tres días".


Agradecí el obsequio con un gesto, y decidí que dejaría celebrar a mis hombres un poco más, dándole tiempo a Marón de bajar hasta mis naves. Gran error, pensar que soldados ebrios de victoria obedecerían mis órdenes al pie de la letra, pues cuando abandoné el salón del trono, contemplé un espectáculo terrible: mis hombres seguían bebiendo y comiendo, engalanándose con collares de oro y plata. Muchos se repartían a gritos no sólo las mujeres, sino cientos de cabezas de ganado. Ninguno tenía sus armas y equipo listos para marchar a la playa, algunos incluso se habían desprendido de sus prendas para bailar y arrojar jabalinas.


"¡Necios! ¿No les advertí acaso que debíamos estar listos para zarpar en cuanto terminara de hablar con el viejo Marón?" Tardé muchas horas, a apenas unos instantes del ocaso, en lograr traer la disciplina de regreso a mis fuerzas, pero no pude llegar a reprenderlos con la severidad que me hubiera gustado, pues mis gritos furioso fueron ahogados por un sonido con el que había crecido, con el que había coexistido todos los días por los últimos días años, pero que por primera vez me paralizó de terror: era un cuerno de guerra, y sonaba en las puertas de la ciudad.


La última victoria de la guerra de Troya, así llamé a la captura de Ismaro; pero ahora comprendía que no era un gran jefe militar, y descubrí la razón por la que habíamos combatido con muy pocos hombres: la mayoría se encontraba fuera de la ciudad, y al demorar en los festejos les habíamos dado el tiempo de regresar, y los aqueos no estábamos en posición de presentar batalla. Mientras ordenaba una confusa retirada, dejando todo el botín que con orgullo había repartido detrás, recordé la primera historia que escuché de los cícones, cuando era un niño sobre la rodilla de mi padre, como eran en extremo fieros cuando se sentían agraviados, al punto que incluso sus mujeres combatían con locura, fueron ellas las que despedazaron al argonauta Orfeo cuando rechazó sus avances, aun extrañando a su querida Eurídice.


De alguna manera logramos llegar a los barcos, y en altamar ordené un recuento de las pérdidas, deseando con todo mi corazón que jamás se hicieran canciones de aquel día. Sólo la mitad logró regresar con su equipo y armas completos, incluido yo mismo, pero nada del tesoro de Ismaro había logrado ser subido a bordo, salvo el obsequio de Marón. La flota estaba intacta, no así la tripulación: seis hombres por cada uno de mis doce barcos. En la retirada de mi última victoria, había perdido más hombres que en diez años frente a las murallas de Troya. Sólo en mi camarote, mientras veía como las nubes de tormenta, enviadas por los dioses, se volvían a cernir sobre nosotros, me pregunté qué había obtenido en aquella batalla a la que mi orgullo me había conducido.


Ni tesoros, ni esclavos, ni gloria. Sólo setenta y dos muertos, dos odres de vino y una armadura legendaria, que nunca volvería a usar en combate.

¡Bienvenidos pasajeros! Por fin comenzamos a tener a Odiseo como protagonista de su propia historia, confiando en que la espera no se les haya hecho muy larga; y decidí retomar no sólo el regreso de Troya, con un par de referencias a las obras de Eurípides, sino el que es probablemente el pasaje de la Odisea menos presente en adaptaciones o versiones resumidas, que no recordaba hasta que comencé a preparar esta serie.



Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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