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La princesa prometida

¡Bienvenidos pasajeros! Esta ha sido, en muchos sentidos, una semana dedicada a George RR Martin. Sin embargo, para la sección del día de hoy hemos caído en un bache, pues lo más fácil, que hubiera sido discutir la adaptación de alguna de sus obras, se torna imposible pues ya he discutido todas en este espacio, salvo un par que no he visto. Pensando en una solución, encontré una lista de las diez películas favoritas del autor y descubrí que tenemos muchas coincidencias. De aquella lista, hay una de la que siempre había querido hablar en este blog, pero nunca encontré la oportunidad hasta hoy.


Dirigida por Rob Reiner y escrita por William Goldman, quien adapta su propio libro; la cinta de 1987 está protagonizada por Cary Elwes (Westley), Robin Wright (Buttercup), Mandy Patinkin (Iñigo Montoya), André el gigante (Fezzik), Chris Sarandon (Humperdinck), Christopher Guest (Rugen), Wallace Shawn (Vizzini), Billy Crystal (Miracle Max), Carol Kane (Valerie), Fred Savage (nieto) y Peter Falk (abuelo). Gozando de excelente recepción crítica (incluso nominada a un premio Oscar a mejor canción); pese a eso decepcionó en taquilla, pero resurgió en VHS y se convirtió en una de las cintas de fantasía más icónicas de la Historia, con algunos de los diálogos más citados de Hollywood.


Una estructura en muchos sentidos adelantada a su tiempo, la película es una deconstrucción del cuento de hadas desde su mismo planteamiento, que toma el formato de metaficción: el primer plano de la realidad es un abuelo leyendo un libro a su nieto, lo que lleva al segundo nivel del relato: una historia de amor entre un granjero convertido en pirata y una joven prometida a un príncipe; secuestrada por un trío de estrambóticos personajes, lo que detona una aventura que combina el romance, la acción y la comedia. Ambas realidades interactúan constantemente, con el nieto y el abuelo haciendo comentarios sobre la historia de fantasía, pero sin arruinar el ritmo narrativo del relato, uno de los pocos ejemplos donde creo que la narración constante funciona, pues es clave para que la película funcione.


Tomando inspiración de la era dorada del Technicolor, el diseño de producción de la película es sensacional, con la cinematografía aprovechando las bellas locaciones europeas para construir una atmósfera atemporal. Pese a ser en muchos sentidos un comentario sobre lo absurdo de los cuentos de hadas, el vestuario y paleta de colores recupera gran parte de la magia de aquellos relatos, y entre todo el humor, hay momentos en los que la película se toma a sí misma muy en serio, volviendo resonantes los temas de amor y venganza que originan muchas de estas historias.


De poco más de hora y media de duración, la película fluye muy rápido, sin embargo el ritmo en ningún momento se siente excesivo, pues las dinámicas de personajes tienen tiempo de respirar. Quizá algunas de las relaciones se forman muy rápido, pero el guion está consciente de eso, pues las interrupciones del nieto y el abuelo comentan, y en muchos sentidos se burlan, de los clichés de los cuentos de hadas. De esta forma, la película logra burlarse de muchos de los elementos más criticados del género al que pertenece, pero preservando y respetando la profunda sinceridad emocional de la que el cuento de hadas es capaz. La estructura de la cinta me parece perfecta, pues logra mantener la consistencia tonal a la vez de llegar a pequeños clímax, cada uno satisfactorio de forma distinta: por ejemplo, mi parte favorita de la cinta se encuentra en la primera mitad, un comentario sobre el cliché de las "pruebas del héroe" (en este caso habilidad, fuerza y astucia); mientras que el segundo acto tiene tintes más oscuros con la secuencia en el pantano y la cámara de tortura. El tercer acto, por otro lado, hace algo muy interesante: aunque hay acción, y se encuentra bien dirigida; la mayor parte del conflicto, incluyendo la confrontación final, se resuelve mediante ingenio, una decisión acertada pues hubiera sido difícil competir con el duelo de esgrima entre Westley e Iñigo en la primera mitad de la cinta, una de las mejores coreografías de acción de su década.


El elenco es sólido, elevando con su carisma (y el ingenio de los diálogos) los arquetipos que representan, dándole una perspectiva fresca a los mismos. Wright y en particular Elwes son sólidos en los roles protagónicos; pero es el trío de mercenarios, interpretado por Patinkin, André y Shawn, es el que se roba todas las escenas. Wallace Shawn es hilarante como el mafioso Vizzini, y su confrontación con Westley es probablemente la mejor escena de la película. Mandy Patinkin aporta a la película tanto carisma natural desde su primera aparición, que no es de extrañar que Iñigo Montoya sea el personaje favorito de la mayoría de los espectadores, y André el Gigante, pese a no ser un actor profesional, es en muchos sentidos el corazón de la cinta.


Además de los personajes, la otra gran virtud de la película es el sentido del humor, resultando en una de las películas que más me divierte volver a ver, pues la comedia encaja muy bien con mi sentido del humor particular. Aunque hay chistes, el guion no depende en exceso de ellos, lo que le ha permitido envejecer bien; por el contrario, las risas provienen de una compleja combinación de ingenio en el diálogo, humor circunstancial y humor físico. Las interacciones entre los personajes destilan dicha, es evidente que los actores están gozando el trabajo; y lo que más disfruto de ver, que siempre me hace sonreír, es la extrema cortesía con la que los personajes se tratan unos a otros, incluso siendo enemigos (por ejemplo, Rugen pidiéndole a Westley retroalimentación de sus mecanismos de tortura "por la ciencia" es tan absurdo, pero interpretado con tal sinceridad, que es imposible no reír). Como mencioné al inicio de este escrito, muchos de los diálogos de la cinta se han convertido en icónicos, y estaba familiarizado con muchos de ellos incluso antes de ver la película por primera vez.


En la parte de fantasía de la historia, el amor es el tema central: pese a que la película reconoce que el romance central es un poco absurdo, no niega el poder de las emociones. Sin embargo, este amor no se limita al de pareja, sino que también hace un comentario aún más efectivo sobre la amistad (la dinámica entre Westley, Iñigo y Fezzik es entrañable) y la última línea de la película recontextualiza los valores de lucha y sacrificio que han sido explícitos durante la trama. Sin embargo, es en el primer nivel de ficción donde radica el que yo creo que es el contenido temático más importante de la cinta, y el que más resuena conmigo: el nieto protesta constantemente en la primera mitad de la película por tener que escuchar la historia, y se niega a tolerar las partes románticas, pero al final acaba siendo seducido no sólo por la aventura, sino por el mismo romance. De esta manera, el director presenta la que es su tesis central: el poder transformador del contar historias, y la capacidad inigualable de la narración para formar y estrechar vínculos.


En apariencia simple, pero bien trabajada; divertida sin caer en el cinismo de la sátira; crítica de los clichés sin ser apática a sus encantos, La princesa prometida es una deconstrucción del cuento de hadas cuya cualidad principal es el encanto genuino, y de esta manera, comprende mejor que muchas narraciones tradicionales el porque la gente se enamora de estos relatos en primer lugar.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío



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